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¿Conoces el beso de Singapur, el único que se da sin los labios?

Inmersa en mi última lectura, que coincide que pertenece a uno de mis compañeros blogueros del diario, Ya está el listo que todo lo sabe de SEXO (autor del que muy pronto os traeré entrevista) encontré de pasada “El beso de Singapur” o también llamado “pompoir”.

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Así como conocía (y bien) todos los que habían aparecido hasta el momento como el beso francés o el beso griego, el de connotaciones asiáticas me pilló por sorpresa.

Como describe Alfred López, es una práctica que se realiza utilizando los músculos de la vagina sobre el glande ejecutando unas contracciones que dan placer y llevan al orgasmo (si se realiza bien, claro).

Pero ¿cómo podemos practicar para hacerlo? Exactamente igual que cuando nos ponemos un tutorial de hacer ejercicio en casa 20 minutos.

Por lo visto la rutina es la misma que la de mantener el suelo pélvico en forma. Los ejercicios de Kegel (contracciones controladas) y el posterior uso de bolas chinas para controlar la contracción son todo lo que debemos dominar para convertirnos en expertas.

Es decir, la contracción y relajación de los músculos circunvaginales con la idea de crear un efecto de succión como el que realizamos al hacer sexo oral.

A la hora de aplicar la teoría a la práctica, lo más recomendable es que la mujer esté colocada encima y que mantenga la cadera quieta en una postura en la que se encuentre cómoda y pueda concentrarse en el movimiento.

Perfecto no ya solo para sorprender a nuestra pareja sino para añadir algo nuevo a la cama y, ya de paso, mantener nuestros músculos de la zona siempre en forma (algo que agradecemos sobre todo después de los partos).

¿Le damos al pompoir?

Duquesa Doslabios

Así es como puedes mejorar tu manera de besar

Basta tener lengua para hacerse entender independientemente de cómo la utilices, pero yo soy especialmente partidaria de usarla para besar.

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Besar, ese gran arte del que todos nos consideramos aficionados y vamos perfeccionando con el tiempo.

Y si podemos definirlo como arte también podremos aprender cómo hacerlo cada vez mejor.

Antes de lanzarnos a besar debemos aprender a leer las señales. ¿Realmente quiere ser besada la otra persona? No pasa nada por recibir una “cobra” (el nombre dado a la maniobra de evitar un beso echando la cabeza hacia atrás), somos lo bastante maduros como para afrontar el rechazo, pero mejor ir sobre seguro, ¿no?

El lenguaje corporal es básico. Olvídate de si ella se retuerce un mechón de pelo entre los dedos o si él se muerde el labio inferior. Deja esos consejos en tu Super Top de 2009.

No hagas la pregunta de “¿Puedo besarte?”. Tener claro que la otra persona está de acuerdo en que suceda es fundamental, pero si la tienes a un milímetro de distancia con los ojos cerrados igual es un poco obvio que quiere que lo hagas.

A todos nos gusta que un beso surja de manera espontánea, natural y, al menos al principio, suave. Que ya llegará el momento de meter lengua, pero déjalo para dentro de unos instantes, no es necesario que empieces buscando la tráquea de la otra persona.

Ahora que has pasado del redoble al solo de batería, puedes hacer virguerías. Cambiar la presión de los besos, jugar con la lengua, morder delicadamente o usar el resto del cuerpo son cosas que van de la mano con un buen beso.

Dar un beso no es como acudir a una clase de edafología, pero también necesita que te concentres. Vive el beso disfrutándolo plenamente. Ya pensarás en que todavía no has tendido esa lavadora después y que luego vienen tus compañeros a quejarse de que necesitan usarla.

Da igual si el beso como tal es solo punto de partida, travesía o final. Al final, es como bailar. Y, si no te sabes bien los pasos, siempre puedes dejarte guiar por tu pareja.

¿Por qué cerramos los ojos cuando besamos?

Querido@s,

Besar es humano, y divino. Es cosa de reyes, herederos, mendigos, parientes, artistas y no tan artistas. Y no hablo de esos besos cualesquiera, que vienen de cualquiera. Hablo de esos besos épicos, eternos, de película. Les hablo de los besos de amor.

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Según Sheril Kirshenbaum, investigadora y autora del libro La ciencia del beso, cuando dos personas se besan  Los vasos sanguíneos se dilatan, el cerebro se llena de oxígeno, y nuestra respiración se vuelve errática y se acelera, nuestras mejillas arden, el pulso se desboca, nuestras pupilas se dilatan, los niveles de dopamina, serotonina, noradrenalina,  oxitocina y adrenalina tiene un pico, dejando nuestros cuerpos inundados de un baño químico”. Esta buena mujer se olvidó que además, dejamos caer los parpados en un inmediato acto reflejo. Pero, ¿por qué cerramos los ojos ¿Preferimos no verle la cara ni la mirada a quien besamos?

Un equipo de psicólogos de la Universidad de Londres explica los motivos científicos de esta inmediata caída de parpados en cuanto dos bocas entran en contacto, incluso antes de la colisión. Tras realizar pruebas visuales y medir las respuestas de un grupo de personas cuando eran tocadas mientras se besaban, dieron con la clave: cerramos los ojos porque nuestro cerebro no puede concentrarse en más de dos tareas a la vez. Y para deleitarlo más aún si cabe en ese beso.

Piensen si cuando han paladeado un manjar que les resultaba delicioso o cuando estaban en el concierto de su banda favorita no han cerrado los ojos para saborear ese momento mágico y retenerlo para siempre en su memoria. Esto lo explica todo. Si el ojo está avizor al panorama que ocurre alrededor, el resto de los sentidos no actúan con tanta agudeza. Cerrar el paso al sentido de la vista nos permite más recursos mentales para concentrarnos en los aspectos realmente importantes de las experiencias, en lo que de verdad vale la pena. Es decir, en lo que uno siente mientras ese beso está ocurriendo.

Yo, cuando me siento especialmente feliz, la más afortunada de la tierra, completamente consciente de que esto viva, cierro los ojos. Así siento que vivo toda esa experiencia con más intensidad y de paso, le hago una foto mental a ese instante, para que no se me olvide nunca. ¿No les pasa?

“Cuando unimos los labios a los de otra persona, nuestros cerebros tienen dificultades para procesar las sensaciones provenientes del contacto físico si el poder cognitivo también está siendo utilizado para analizar lo que vemos. La conciencia táctil depende del nivel de carga perceptiva que se dé en una tarea visual simultánea”, explicaron Polly Dalton y Sandra Murphy, académicas londinenses y autoras principales del estudio publicado en la revista ‘Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance’. Según las expertas, “Si nos centramos demasiado en una tarea visual, se reduce la conciencia de los estímulos relacionados con otros sentidos.” En cristiano, si las personas que se besan se dedican a mirarse mientras se están besando, realmente no procesarían el beso de la misma manera. Sino peor.

Todos, absolutamente todos los seres que habitamos la faz de la tierra cerramos los ojos cuando nos besamos. Personalmente no me fío un pelo de alguien que bese con los ojos abiertos. Yo no podría, al menos no si es uno sentido y pasional.

Si han de besarse, besen y cierren los ojos. Verán lo que es bueno.

Que follen mucho y mejor

Historia de un amor imposible

Se conocieron en lo que hoy se conoce como un afterwork. Sí, ya sabéis, esa suerte de bares a lo Ally McBeal en los que la gente, alguna gente, se va a tomar unas copas o lo que se tercie a la salida del trabajo. Ella no solía ir, pero ese había sido un día duro y necesitaba descargar tensiones. Además, tenía algo que celebrar profesionalmente hablando, algo por lo que había peleado duro y que le había supuesto mucho sacrificio personal. Le apetecía brindar por ello con sus compañeros, compartirlo.

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Él no trabajaba por la zona, pero esa tarde había ido al mismo edificio de oficinas para cerrar un trato con un cliente. Una empresa distinta, tres plantas más arriba. El asunto se demoró más de lo previsto y al final acabó en el afterwork de al lado junto a un compañero y otros tantos de la empresa de su cliente. Iba por el segundo gin tonic cuando ella entró.

No sé quién habló primero a quién ni cómo fue el acercamiento, no me han dado los detalles. Lo que sí sé es que, casi sin saber cómo, acabaron el uno frente al otro, contándoselo todo. Quiénes eran, qué querían, qué les frustraba, qué les dolía. Todo lo que dieron de sí unas cuantas horas y otras tantas excusas. A ambos les esperaban en casa. Y lo que les aguardaba no era una vida gris y anodina, no; sino una vida con amor, con sus claros y sus oscuros, con sus pasiones y sus vacíos. La vida que habían elegido y a la que en ningún caso querían renunciar. Los dos tenían, además, un hijo pequeño de edad casi similar.

Fue solo un beso, al final. Y un largo abrazo. Llovía a cántaros en ese momento, cuando se despedían, pero no les importó. “Sé que al resto del mundo le parecerá una locura, pero quiero a esa mujer y sé que en otra vida sería mi alma gemela”, me dice él. En otra vida, afirma. Pero solo tiene una, ésta, y tuvo que elegir. Ella también eligió, y aunque ninguno se arrepiente, hablan y se escriben periódicamente para saber cómo están, para contarse y apoyarse en la distancia. Para, de alguna forma, seguir queriéndose. Viven en la misma ciudad, aunque no han vuelto a verse. Saben que no podrían soportarlo. Ya ha pasado un año. Y yo, cuando me lo cuenta, no puedo evitar acordarme de aquellas palabras en off de Nick Nolte en el final de El príncipe de las mareas: “Ojalá repartieran dos vidas a cada hombre, y a cada mujer”.

La importancia de un beso

Hay besos, y besos. Largos, cortos, fugaces, húmedos, apasionados, lentos, rápidos, demoledores, mágicos, insípidos, inolvidables… El Kamasutra, sin ir más lejos, describe en sus textos más de 20 tipos distintos. Porque besar, más allá de un simple intercambio de saliva, es todo un arte tan antiguo como el hombre.

Suele ser la primera manifestación del deseo, el primer contacto entre los amantes y su importancia, tanto desde el punto de vista emocional como erótico, es vital. Hay besos que se te agarran por dentro y ya no te sueltan. Cuando hay dos que se tienen ganas y deciden al fin dar el salto que cruza la línea de sus labios, la descarga eléctrica que recorre los cuerpos y sacude el cerebro si el beso está a la altura es algo a lo que superan muy pocas cosas en este mundo. Química pura.

El BesoSe puede hacer el amor con un solo beso. No pasa a menudo, es cierto, pero a veces pasa. Y cuando pasa, puedes darte por bendecido… o por bien jodido. Porque esas tormentas perfectas no suelen tener marcha atrás y nunca se sale indemne.

Pero también hay besos capaces de arruinar la mejor de las promesas. Nada peor que descubrir, después de un deseo largamente macerado, que el tipo (o tipa) en cuestión es un baboso incapaz de controlar sus glándulas salivales, o que no para de chocar con los dientes, o un ansioso que te mete la lengua hasta la campanilla. Una más como esa y vomito, piensas, y tratas de ganar tiempo mientras encuentras una buena excusa con la que quitarte de en medio. ¿Cómo es posible, con lo bueno que estaba y lo que prometía? Lo es. Quizás sea de nuevo una cuestión de prejuicios, pero nunca me he colgado de ningún tipo que no me removiera la entrañas en el primer beso.