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El blog de Lilih Blue El blog de Lilih Blue

Historias de amor, sexo y otros delirios

Entradas etiquetadas como ‘besos’

Todo sobre el beso, el libro más dulce

Querid@s,

Cuentan las malas lenguas que un beso tiene, no 20, ni 40, ni 60, sino hasta 80 millones de bacterias. “Los vasos sanguíneos se dilatan, el cerebro se llena de oxígeno, y nuestra respiración se vuelve errática y se acelera, nuestras mejillas arden, el pulso se desboca, nuestras pupilas se dilatan, los niveles de dopamina, serotonina, noradrenalina,  oxitocina y adrenalina tiene un pico, dejando nuestros cuerpos inundados de un baño químico”. Esto es lo que  ocurro cuando nos damos un muerdo con alguien.

¿Conocen el libro más dulce del mundo? Se llama Todo sobre el beso y con él, su autor Albert Soler, pretende que ni usted ni yo nos vayamos a dormir sin haber besado a alguien. ¿Por qué? La respuesta es fácil. Porque, como afirmaba hace años el psiquiatra Jesús de Gándara, «buena parte de nuestra felicidad depende de la cantidad de besos que nos dan o damos».

¿Conocen la mejor técnica para dar un beso? ¿Quieren lograr un beso de alguien que no conoce con solo tres preguntas? ¿Quieren tener buen aliento? ¿Conocen los errores más comunes en el momento de besar? ¿Quieren saber si él o ella quieren ser besados? ¿Conocen los beneficios de besar a los bebés? ¿Quieren conocer algunos trucos para robar un beso? Porque ya saben que los besos no se piden, se roban.

Encontrará respuestas clarividentes a todo esto y más en este libro, el más dulce que han visto sus ojos. Todo sobre el beso es el segundo libro de este publicista de profesión. Después de escribirlo, Soler ha calculado que en lo que lleva de vida ha dado y recibido unos 85.000 besos de toda clase, que lo que le pide el cuerpo mientras se besa es girar la cabeza hacia la derecha, que su beso preferido es el llamado «Beso para encender la llama».Es un libro único en forma de diccionario, dedicado exclusivamente al beso: información, curiosidades, consejos, técnicas y datos del acto más dulce creado por la humanidad. El libro viene acompañado de las encantadoras y originales ilustraciones de la ilustradora y disenañadora Mamen Díaz.

Y para terminar, cinco consejos para tener una buena relación: besar, besar, besar, besar y besar.

Que follen mucho y mejor

¿Qué es el coitocentrismo? Se lo explicamos

Querid@s,

El coitocentrismo es la tendencia generalizada a considerar que si la práctica de las relaciones sexuales no culmina en penetración y orgasmo no son satisfactorias ni completas. Este ismo jerarquiza la sexualidad en prácticas significativas, adultas y completas (es decir, el coito) y prácticas vanas, infantiles e inmaduras (las otras prácticas restantes). La división es tan radical que la mayoría confunde relaciones sexuales con coito y no considera relaciones sexuales el resto de prácticas sexuales. El concepto coitocentrista apareció con el movimiento feminista y la reforma sexual ocurridos en el siglo XX.

El coitocentrismo se considera una de las características de la sexualidad hegemónica y debe ser procreativa, genital, monógama, en el matrimonio, naturalizada, por amor, de dos, a dos, y, por supuesto, heterosexual. Toma ya. Como cabría esperar, el resto de prácticas son rechazadas y tachadas de anormales, antinaturales y enfermas. Aunque se acepta que el coitocentrismo también está presente como norma en algunas relaciones homosexuales.

En occidente, la tradición judeocristiana ha estado fuertemente vinculada al coitocentrismo. Según esta tradición, el acto sexual es válido sólo dentro del matrimonio, y se considera un acto físico para expresar sentimientos íntimos con la exclusiva finalidad de reproducirse. Esta tendencia supone una serie de concepciones sobre la sexualidad completamente incorrectas y que hacen a nuestra educación sexual un flaquísimo favor.

  1. Considerar el coito (penetración) como lo más importante de las relaciones sexuales.
  2. Las prácticas donde no se haya producido coito no se consideran relaciones sexuales.
  3. Se subestiman el resto de prácticas sexuales, tales como el sexo oral o la masturbación, no considerándolas prácticas completas o satisfactorias por sí solas.
  4. El fin de la sexualidad es conseguir llegar al orgasmo a través del coito.

Si limitamos las relaciones sexuales a la unión de los genitales, es lógico que estos cobren excesiva importancia. Al ser las únicas partes del cuerpo implicadas en las relaciones sexuales, no es raro que tanto hombres como mujeres desarrollen disfunciones sexuales. Por miedo a no estar a la altura, no dar la talla, correrse o no, correrse demasiado pronto o demasiado tarde, etc…

El coito está sobrevalorado y en materia sexual, no todo va a ser llegar y besar el santo. Desde luego que la penetración es placentera, pero no es lo único que dos personas que se aman y se desean pueden hacer en el terreno sexual. Es imprescindible que cada uno bucee en busca de su propio placer, para hacer y que le hagan lo que más le gusta. Además del coito, la sexualidad nos brinda deliciosos manjares como los besos, las caricias, los roces, hacer manitas o piececitos, los tocamientos, los masajes, las metidas de mano, los mordisquitos, el sexo oral, las masturbaciones en ambas direcciones, etcétera, etcétera. etcétera. Si se abandonan ustedes a la imaginación, las posibilidades de relaciones sexuales son infinitas. Y sobre todo, disfrutarán más de todos y cada uno de estos momentos sexuales sin estar esperando como agua de mayo el coito y el consecuente orgasmo. Además de fortalecer la relación de pareja, aprenderán a disfrutar de “esas pequeñas cosas”, esas que hacen que la vida, y el sexo, valgan la pena.

P.D.: Puede que el sexo ya no vuelva ser como antes. Porque no todo es meterla o que se la metan.

Que follen mucho y mejor.

Mejores besos de película: 10 escenas que le dejarán con la miel en los labios

Querid@s,

Hoy es el Día Internacional del Beso. Aprovechen, lávense la boca, pónganse guapos, no teman y besen a esa persona cuyo nombre susurra en silencio cuando nadie le ve. Besen a sus parejas, esposos, amantes bandidos y no dejen su corazón malherido. Qué mejor forma de celebrar tan señalada y apasionante fecha. Desconozco qué significan para ustedes, pero a mí los besos me despiertan el sexo, la vida, las ganas y la pasión. Besar es hacer el amor con la lengua, es follar con los labios. Aspirando el aliento del otro, entrelazando las lenguas que se baten en pulso hasta comerse mutuamente. Comerse hasta las ganas. Mientras me beso y me besan no puedo dejar quietas las manos. Los ojos, siempre cerrados. No se fíen de alguien que besa con los  ojos abiertos, como no puede fiarse usted  de un hombre cotilla o de una mujer a la que no le gusten Los Smiths.

Para mí, el primer beso siempre se convierte en un momento muy anhelado que exuda expectación infinita por todas los rincones posibles. Ilusión, ansia, anhelo, deseo y placer es lo que me corre por las venas. ¿Me toparé con una nueva rana? De sobra sé que no será un príncipe, tampoco lo busco. Sólo quiero un hombre que me bese como si le fuera la vida en ello. Besar es humano, y divino.

Casablanca

Es cosa de reyes, herederos, mendigos, parientes, artistas y no tan artistas. No les estoy hablando de esos besos cualquiera, que vienen de cualquiera y que se dan de cualquier manera. Les hablo de esos besos épicos, eternos, de película. No abundan, pero los hay. Es casi tan difícil como buscar una aguja en un pajar, como que un rico entre en el mundo de los cielos, como que te toque la lotería. Pero a veces, ocurre, que tras besar a cientos de ranas, uno se tropieza con uno de esos magníficos e infinitos besos.

¿Cuál sería su beso favorito de la gran pantalla? A mí me gusta el besuqueo entre Elizabeth Taylor y Montgomery Clift en Un lugar en el sol. Adoro  el ósculo que se profesan Audrey Hepburn y George Peppard en Desayuno con diamantes. Me permito pues presentarles algunos, no todos, de los mejores besos de cine de todos los tiempos. Si quieren añadir alguno más, pueden hacerlo como siempre en los comentarios.

1. ¡Qué bello es vivir!, Jimmy Stewart y Donna Reed 

Puede que George Bailey tuviera grandes planes en esta comedia dramática de 1946, pero todos se fueron por la borda cuando se enamoró de Mary. El beso de la pareja, que ocurre después de que se vean obligados a acercarse el uno al otro para compartir un teléfono, es el resultado de una innegable tensión sexual no resuelta.

que bello es vivir

2. Lo que el viento se llevó, Clark Gable y Vivien Leigh. 

Después de que Escarlata le espetase descarada al señor Butler: “No sea estúpido. Usted sabe que siempre querré a otro hombre”, Rhett la coge del brazo y le dice: “Basta. ¿Me has oído, Escarlata? Basta. No vuelvas a decir eso”. Ese beso hace que valga la pena “tragarse” mil y una veces este clásico del 93.

No me extraña que la señorita Escarlata se sintiera a punto de desmayarse y aceptase con gusto la propuesta de matrimonio de ese caballero que siempre lucía ipecable.

3. De aquí a la eternidad, Burt Lancaster y Deborah Kerr.

Estos dos besadores de altos vuelos protagonizarían el que sería por siempre jamás el beso adúltero y más tórrido de la historia del cine. El sargento Warden (Burt Lancaster) se revuelca en la arena con la cálida Karen Holmes (Deborah Kerr), la mujer de su capitán. El público se puso a tono con esta canicular escena en la que sus pieles sobre la arena se achuchan y y se estrujan para darse el más apasionado de los besos. La arena, el bisbiseo de ellos dos, el rugir de las olas de esa playa entusiasmó al público de la época y sigue cautivando a los post modernos que entienden de cine de veras.

4. El diario de Noa, Ryan Gosling y Rachel McAdams 

Estrenada en 2004, es la escena del beso bajo la lluvia en la que el fornido y apuesto Noa asevera enfurecido sobre el embarcadero en el que acaba de amarrar la embarcación a causa de una inminente tormenta que acecha aquello  de “Lo nuestro no acabó. Jamás ha acabad” y luego la acerca en brazos hasta la cama donde se encaman con júbilo y consuman perfectamente ese beso que a muchos ha dejado sin aliento. A mí me gusta a rabiar. Se habló tantísimo de este beso que hasta los actores lo tuvieron que repetir en los premios MTV.

5.  Oficial y caballero, Richard Gere y Debra Winger

Pedazo de morreo que le planta el guapetón del oficial a la operaria para después deambularla en volandas por toda la fábrica y llevársela Dios sabe dónde. Es innegable que a la amiga le corroe la envidia mala por las entrañas y parece no congratularse por la suerte de la amiga. Pero al final le cambia el gesto de cara, la buena persona que alberga en su interior se manifiesta y se alegra por su amiga gritándole un ¡Te lo mereces Paula! que siempre despierta en mí un profundo sentimiento de vergüenza ajena. Desde que vi esta película, espero con ilusión que algún día mi jornada laboral concluya  de esta guisa. Y escuchar el mismo temazo de fondo.

6. Tobey Maguire y Kirsten Dunst en Spiderman (2002)

Aunque no es un beso de esos con el que puede uno toparse en algún momento de su vida, este poco convencional ejemplar  pasado por agua y boca abajo es el rizar el rizo de los ósculos cinematográficos. Salvo que esté usted liado con un superhéroe, espere sentad@ para un beso de este calibre.

7. Bus Stop, Don Murray y Marilyn Monroe 

El flechazo surge irremediablemente entre el cowboy Bo (representado por Don Murray) y la encantadora cantante de bar que encarna Marilyn Monroe. Los dos se enamoran cual tortolitos en el día de San Valentín y el beso entre ambos es de los que corta la respiración y pone la piel de gallina.


8. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en… Titanic (1997)

Jack y Rose se hacen amantes abordo del Titanic, que si hubiera sido porque se fue a pique, tenía todas las papeletas de ser una pareja de esas que se quieren a rabiar y a la que todo el mundo envidia de manera insana. ¿Quién no recuerda la escena protagonizada por los dos amantes de mundos completamente opuestos (ella rica y desgraciada, él pobre como una rata pero feliz). Jack le pide a Rose que abandone sus sombras y se suba a la proa del barco. Con los brazos abiertos para experimentar la sensación de libertad, el viento en la cara y el océano a sus pies, ella se emociona y le dice visiblemente conmovida: “¡Estoy volando!”, instantes antes de que Jack aproveche el momento para rodearla con sus brazos y meterle el morro, protagonizando una romantiquísima e impagable escena que he visto más de 10 veces. Qué pena que la historia acabase tan rematadamente mal. Vamos, peor imposible.

9. Casablanca, Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. 

Mítica, clásica e insuperable. Así es Casablanca. Viví un año en esta peligrosa ciudad llena de encantos y tribulaciones a partes iguales. Cada vez que veo esta escena, en la que la pareja se vuelve a encontrar en Marruecos tras un largo tiempo sin verse, se me desgarra el alma. Ella necesita su ayuda para rescatar a su esposo de los nazis. Allí descubren que el antiguo amor que se profesaban sigue más vivo que nunca.

Ilsa confiesa su amor por Rick y a continuación acontece el que es para mí sin duda alguna el segundo mejor de todos los besos que he visto nunca. Qué osadía la de estos dos insensatos que se enamoran irremediablamente mientras el mundo se derrumba.

10. El primero está por venir y espero ser yo la protagonista.

Que se besen, cuanto más mejor.

Que follen mucho y mejor

Tríos: una fantasía tan morbosa como compleja

Es la fantasía sexual por antonomasia. Tres pares de manos, de labios, de brazos, de piernas… triplete de lenguas y centímetros y centímetros de piel. Puestos a explorar y dejar volar nuestra mente, los tríos son la opción favorita para muchos hombres y mujeres en lo que a sexo se refiere. Y aunque no es algo mayoritario, es más habitual de lo que muchos se creen. Solo que quienes lo practican o han practicado alguna vez no llevan un cartel colgado: el tabú sigue estando bien arraigado y nadie quiere ser etiquetado ni cargar con kilos de prejuicios.

El componente de morbo que gira en torno al trío es muy elevado y las posibilidades y combinaciones se mutiplican, aunque hay una regla de oro: ningún participante debe mostrar preferencia por alguno de los implicados. De ser así, la situación puede volverse muy incómoda y alguien se irá a casa sintiéndose muy frustrado. Será por eso que yo nunca lo he practicado, porque soy cualquier cosa menos ecuánime.

GTRES

GTRES

El otro día, al sacarle el tema, una amiga me contaba precisamente que la suya fue una mala experiencia. Tendría unos 20 años y se había encaprichado del socorrista sustituto de la piscina que había en la urbanización de sus padres; un guaperas con pinta de surfero con el que solo había cruzado cuatro palabras más allá de hola y adiós. Una de sus amigas, harta de que nunca se atreviera a decirle nada, se plantó allí un día y, tras un poco de palique, convenció al tipo de que esa noche se tomara algo con ellas en uno de los bares de la zona.

Dicho y hecho. Horas y horas se pasaron los tres charla que te charla y bebiendo una copa detrás de otra. Tanto, que él no estaba para coger el coche de vuelta y ellas, que dormían ese fin de semana en la casa sin padres de la amiga dicharachera, no dudaron en ofrecerle alojamiento. Al final una cosa llevó a la otra y, cuando quisieron darse cuenta, las estaba besando a las dos. Momento de parálisis, miradas que se cruzan llenas de dudas, de preguntas y pidiendo permiso y, por último, un salto adelante y un pacto tácito sin necesidad de palabras: nada entre ellas dos.

Y pintaba todo muy bien, ciertamente, hasta que las caricias de él sobre su amiga empezaron a alargarse mientras las suyas se acortaban y los besos que le tocaban eran cada vez más escasos. Antes de que le diera tiempo a decidir nada su amiga se percató de todo y, evitando pasar a mayores, optó por la retirada con la excusa de ir al baño. El surrealista trío pasó así a ser un mano a mano, pero doblemente decepcionado sin posibilidad de remontada. Desde entonces no han vuelto a hablar del tema y ninguna de las dos ha querido repetir la experiencia, independientemente de los posibles participantes.

Muchos me dicen que tienen muy claro que quieren hacerlo al menos una vez en la vida, aunque la mayoría coincide en que nunca metería a su pareja de por medio. Los expertos recomiendan cuidado en esto último: el sexo entre tres es algo que impacta y puede ser difícil de gestionar para una pareja, ya sea por celos, porque a uno le guste la experiencia y al otro no, porque uno se arrepienta a mitad de camino… Demasiado arriesgado y complicado, en cualquier caso, si no se tienen las cosas muy muy claras.

¿Qué opináis vosotros? ¿Alguien apuesta por el tres?

Amores de ida y vuelta

Quedamos a cenar y enseguida me di cuenta de que tenía algo que contarme. Las tres veces anteriores me lo había olido, pero en esta ocasión consiguió sorprenderme. “He vuelto con Lidia”, me dijo, y habría jurado que sentía un poco avergonzado. Tardé varios segundos en responder, supongo que en parte porque pensé que me estaba vacilando, aunque al notar su malestar comprendí que era cierto e intenté disimular mi escepticismo: “¿¿¿¿De verdaaaaaaad????, ¿¿¿en serio???, ¡cuánto me alegro!. ¿Y cómo ha sido eso?”.

El cómo es lo de menos, era prefectamente capaz de imaginarlo, pero desde que me lo contó, hace ya varios días, no he podido dejar de pensar en ellos. ¿Qué es lo que lleva a estas dos personas, ambos listos, guapos y divinos de la muerte, a marear la perdiz una y otra vez durante la friolera de ocho años? ¿Por qué no cuajan, si tanto se quieren? Y si no es así, ¿por qué se muestran incapaces de romper del todo y rehacer sus vidas?

Elizabeth Taylor y Richard Burton

ARCHIVO

Ellos dicen que lo han intentado. En el caso de ella me pierdo, pero en el de él, que es al que tengo cerca, es una verdad a medias. Ha tenido mil líos, pero no lo ha intentado en serio con ninguna; ni una sola tuvo la más mínima oportunidad.

La primera vez eran demasiado jóvenes. El exceso de hormonas les llevó a cometer mutuas infidelidades. Él porque era él; ella por rencor… y luego por capricho. La bola de mierda se hizo demasiado grande y acabó llevándoselos por delante.Y ahí han seguido durante todos estos años, unidos por un hilo invisible que nunca rompen y que siempre les lleva de vuelta al mismo lugar, al uno frente al otro.

“Vuelven porque prefieren lo malo conocido”, “no han encontrado a la persona adecuada”, “todos sus amigos están emparejados y se sentían solos”… Son algunas de las frases que he escuchado sobre ellos esta última vez. Yo misma llegué a colarme por el agujero pestilente del que se cree en posesión de la verdad. “¿Por qué se empeñará la gente en relaciones que ya están agotadas?”, me dije.

Este fin de semana estuve con ellos. Ella había regresado tras dos años viviendo en Londres y daba una fiesta en su nueva casa. Lo que vi no fueron dos viejos conocidos, sino miradas cómplices y serenas, ojos y manos que se buscaban, besos acumulados. Va a ser que estos dos se quieren, pensé. Y aunque no fuera así, ¿quién narices soy yo para juzgarlos?

Pasiones que dejan huella

Hay pasiones que marcan, que no se olvidan. Tatuajes emocionales que llevamos ocultos en los pliegues del alma y de la vida, grabados a fuego a golpe de besos y piel que un día fue nuestra y cuyo recuerdo aún hoy, años después, nos estremece. Casi siempre por dentro, pero a veces también por fuera.

Estas pasiones, por definición, no suelen durar mucho. Y menos mal, porque de otra forma, no sobreviviríamos. Es imposible vivir mucho tiempo en esos niveles de intensidad, de ansiedad, de deseo. Sí, ese que hace que te duela el cuerpo de las ganas, de la necesidad extrema de mezclarte con el otro y perderte en su olor, en su cuerpo. Deseo del que provoca mono. Ese deseo.

TangoEstas pasiones, por las razones que sean, suelen ir unidas a circunstancias que las dificultan. Amores imposibles, casi siempre. O al menos eso es lo que se cuentan a sí mismos algunos de sus protagonistas cuando les falta el coraje y la valentía para intentar que dejen de serlo. Imposibles, digo.

El consuelo es que, al no ser sometidas a las erosiones y estragos del paso del tiempo, estas pasiones quedan suspendidas, grabadas intactas en la gelatina de la memoria. Y en momentos de necesidad y vacío, los afortunados que hayan tenido la suerte de experimentarlas pueden al menos mirarse al espejo y decir: “Yo he sentido, yo he amado, yo he vivido”. Porque vivir no es solo que el corazón te bombee y te mande oxígeno al cerebro. Para vivir, hace falta mucho más.

Hoy, mientras buscaba algo para leer entre los libros de mis estanterías, me tropecé con uno que creía olvidado, una selección de letras de tangos de 1.897 a 1.981. Un regalo. Al abrirlo, me arrojó a la cara sin compasión una vieja dedicatoria. Alguien, hace años, me la escribió cuando estuvo de viaje en Buenos Aires. “El tango es belleza, es intensidad, es seducción. El tango es compenetración, es conexión, es unión. Vos sos tango. Tú y yo fuimos tango”.

Cerré el libro y me estremecí.