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Todo lo que tienes que tener en cuenta antes de quitarte la mascarilla en una cita

Las llaves, la cartera, el móvil y la mascarilla: las cuatro cosas que necesitamos antes de salir de casa para una cita. Y aunque de tres de ellas casi no te enteras, la cuarta puede arruinarte un poco el momento.

GTRES

Porque, por muy acostumbrados que estemos a estas alturas a lavarnos las manos más veces al día de las que podamos contar, es difícil recordar que, también con alguien que nos gusta, no podemos bajar la guardia.

La espontaneidad es un lujo que no podemos permitirnos desde que estalló la crisis sanitaria. Este permanente estado de alerta, incluso con quien queremos que pase a un ámbito más íntimo, es lo que nos toca ahora.

Pero la vida sigue, la gente se mueve -o lo hacía antes de las restricciones- y los sentimientos florecen. No podemos esperar a que llegue esa hipotética fecha en 2022, la que pronostican los expertos como vuelta a la normalidad (normalidad real, de la de antes)

Hasta el nuevo horizonte sin virus, nos acompañará la pregunta del millón.

Si ya ha pasado un tiempo, las cosas van bien y le vemos potencial a lo que va surgiendo, ¿cuándo podemos quitárnosla?

Es nuestra responsabilidad mirar más allá del impulso inicial y tener en cuenta a qué gente estamos exponiendo. Si vivimos con abuelos o un familiar inmunodepresivo (o incluso si la otra persona lo es) está en nuestro entorno, es como para pensarlo dos veces.

Si nos da confianza para dar ese paso, también dependerá mucho de conocer cuáles son las medidas que toma. ¿Está pendiente de desinfectarse? ¿Procura relacionarse lo mínimo posible? ¿Estornuda en el codo? Son buenas señales.

Otros factores, como el lugar de trabajo, se escapan de nuestro control. Pero, por desgracia, la exposición no es la misma estando en casa teletrabajando, que yendo en metro todos los días a una oficina.

Así que, lo mejor que podemos hacer, es darnos tiempo. Tiempo para averiguar todo eso y aprovechar para decidir si realmente es algo con futuro.

Hasta entonces, tener citas al aire libre con poca gente será clave. Cuando llegue el momento -quizás un par de semanas más tarde-, habrá que poner sobre la mesa si solo se está viendo (y si solo se va a ver) a la otra persona antes de tomar la decisión. Un primer ensayo de la famosa charla del compromiso versión Covid-19.

Y, mientras, toca aguantarse las ganas, jugar con las miradas y entrecruzar las manos solo si las hemos pasado por gel hidroalcohólico.

También aferrarse a que, en algún momento, podremos echar la vista atrás y brindar -con un poco de suerte, con la misma persona- por aquel periodo tan raro que ya ha quedado en el pasado.

Duquesa Doslabios.

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Si todavía te da miedo acercarte, aquí tienes ideas de citas a un metro de distancia

Nunca he sido de llevarme bien con esas personas que no conocen (ni respetan) el concepto de ‘espacio personal’. Así que me encuentro extrañamente cómoda en este mundo poscoronavirus en el que nos obligan a guardar las distancias y no hace falta ir dándole dos besos, de buenas a primeras, a cualquier persona que nos presentan.

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Y lo bueno es que es algo que tenemos que tener en cuenta en todo momento. Desde cuando vamos al supermercado a hacer la compra, hasta esa tarde tomando el sol en la piscina de la comunidad (o en la de tu amiga).

Incluso en el mundo de las citas la distancia, parece algo imprescindible.

Ya que dejar de conocer gente -sobre todo con la facilidad que nos da internet- no es una opción para la mayoría, es el momento de poner a prueba la imaginación y dar con esos sitios en los que pueden convivir los encuentros cara a cara con la seguridad de no contagiarnos.

Una de mis ideas favoritas para tener una cita en la nueva normalidad, es el senderismo. Andar por la naturaleza (o ir en bici) no solo te va a ayudar a alejarte temporalmente de la ciudad, sino que obliga a dejar a un lado los móviles y hablar. Eso sí, ojo con la sierra madrileña y sus marabuntas estos fines de semana.

Si ves que Guadarrama está hasta arriba, otra opción es organizar un picnic en el que cada uno se lleve su comida y su manta. Y, lo mejor es que no hace falta que te vayas lejos, puedes hacerlo en un parque o en la playa a última hora de la tarde.

Una sesión de deporte al aire libre permitirá lo mismo (y además ponerse en forma después de la cuarentena, dos pájaros de un tiro). Si os veis sudados y despeinados y os seguís sintiendo atraídos, no lo dudes, hay material. O, si te ves con ganas de subir la temperatura, el yoga puede ser una práctica -visualmente hablando- muy erótica.

Aunque los cines han vuelto a abrir sus puertas, cumpliendo las medidas de seguridad, si quieres más distancia todavía, los autocines nos dan la seguridad de que cada uno esté en su coche. ¿Y para comentar la película? Siempre se pueden mandar mensajes (o pasar del móvil y recurrir a las miraditas).

Para los fans de la gastronomía, las terrazas y restaurantes vuelven a estar en marcha, así que es tan sencillo como comentarle a la otra persona que os vais a sentar un poco separados el uno del otro. Y también es la excusa perfecta para que no tengas que compartir las patatas.

Pero si no ves claro lo de estar sentados en el mismo espacio, la alternativa de que cada uno pida comida para llevar en su restaurante favorito y se haga intercambio para conocer los gustos, me parece tierna y deliciosa. Eso sí, no hay que olvidarse (nunca) de pedir postre.

Duquesa Doslabios.

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El lado bueno del ‘coronadating’

Hace unos días, en plena cuarentena, uno de mis amigos vivió su particular primavera de las rupturas después de que su novia le pusiera fin a una historia de amor de años.

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Pasado el duelo inicial por su expareja, las aplicaciones para conocer gente a través de Internet le devolvieron al campo de juego. ¿El único impedimento? Que no es sencillo conocer a alguien si las pruebas de compatibilidad, las citas, están prohibidas por el Gobierno.

Tanto él como quienes quieran que su vida sentimental no se vea afectada por esta situación, tendrán que volverse imaginativos.

Lo bueno es que la tecnología, esa que tanto culpamos de aislarnos, ha demostrado ser quien nos acerca en estos momentos de distancia física.

Gracias a las videollamadas podemos seguir viéndonos las caras y comprobar si es la misma que la que aparece en las fotos del perfil de la aplicación (recordemos que no está de más ser precavidos cuando la delincuencia online ha crecido en estas semanas).

Con ese encuentro virtual se puede diseñar una cita al gusto de cada uno, algo que vaya desde ver una película al mismo tiempo y compartir opiniones, a beber de un vaso de vino a una cerveza (pasando por una tila para calmar esos nervios que la mayoría tenemos encima).

Otra de mis amigas se está convirtiendo en toda una experta en organizar con su cita cenas románticas a la luz de las velas. Sí, incluso con lista de canciones suaves de Spotify diseñadas para la ocasión de fondo.

Aunque no significa que solo podamos poner en práctica los planes más convencionales. La oportunidad de sorprender con un curso online, un videojuego o una receta que se debe de seguir a la vez puede ser la alternativa que una a quien busque una experiencia distinta.

Al final, la lección que podemos sacar de la reclusión en casa es que tenemos que dejar a un lado el roce físico, ese que hasta ahora dábamos por sentado, y encontrar la forma de conectar con una persona más allá del tacto.

No digo que todas las relaciones que salgan de las conversaciones más profundas -con el extra añadido de haber tenido la fortaleza de aguantar la situación y sobrellevarla-, vayan a ser definitivas.

Pero sí que sus miembros estarán aprendiendo a conocer a alguien de una manera que también puede ser plena.

Duquesa Doslabios.

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Toda primera cita debería empezar por comer una hamburguesa

De todos los sitios, de todos los planes, de todo Madrid, ir a tomarnos una hamburguesa fue la primera cosa que hicimos juntos. Nuestro comienzo.

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No lo sabía entonces, pero sería el mejor plan para conocerte, o, al menos, para darme cuenta rápido de que el estómago era una de las vías más directas para conquistarte.

Ni Burger, ni McDonalds, ni Goiko Grill: un mercado de Malasaña fue el elegido para alejarnos de las más típicas y buscar algo de calidad, ya que eras nuevo en la ciudad.

Porque mi objetivo, el que pudiste adivinar si leías entre líneas entonces, y el que sigue siendo a día de hoy, es descubrirte lo menos conocido de aquí.

Que el veganismo no era lo tuyo me quedó claro cuando tu elección fue una hamburguesa de buey. Quién te iba a decir que, años más tarde, me verías a mí pidiendo lo mismo, solo que de lentejas y quinoa.

Si la tortilla -con o sin patata-, funciona a la hora de hacerte una idea de si tienes futuro con tu acompañante, con la hamburguesa pasa lo mismo.

O eres de huevo o de tomarla sin huevo. Te gusta con pepinillo o lo aborreces. Y, en el peor de los casos, de esa gente que incluso teniendo una buena carne, le echa ketchup.

La escogiste con el típico pan de semillas de sésamo pero de una carne peculiar. Clásico, pero con un punto sorprendente, muy en tu línea, como eres en todos los aspectos.

Al poco descubrí, con tu ofrecimiento de probarla, que eras (y eres) muy de compartir. Hasta el punto de que somos de esos que piden dos platos que nos vayan a gustar a ambos para catar siempre la mitad del otro.

Que no dejaras ni una miga en la bandeja tachó otra de las cosas de la lista. Tenía ante mí a alguien de buen comer. Si llegaba el momento, ibas a encajar en la familia.

También la hamburguesa me sirvió para analizar hasta qué punto me seguías pareciendo atractivo cuando tenías la boca manchada con un poco de tomate (y me lo pareciste mucho, créeme).

Deduzco que lo mismo te pasó a ti, que me viste pringada casi hasta los codos. Mi técnica, en ese momento, era tan terrible que terminé por comerla medio deshecha.

La particular prueba de fuego gastronómica me permitió fantasear sobre cómo eras en la cama. Viendo cómo la cogías y te la llevabas a la boca -con ganas, de forma casi apasionada-, la imaginación jugó la buena pasada de pensar que es así como podrías llegar a hacérmelo a mí.

Aunque la respuesta más simple de por qué mi test de compatibilidad empieza por una hamburguesa es tan sencilla como que se trata de una de mis comidas favoritas. Encontrar a alguien con quien compartir no ya el gusto, sino el amor por ella (ya que pretendo comerla muy a menudo a lo largo de mi vida), me parece un buen punto de partida.

Duquesa Doslabios.

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