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Sexo con dolor, no todo es culpa del vaginismo

Por muy genial que sea el sexo, no todas las experiencias son igual de buenas. De hecho, creo que hablo en el nombre de casi todas al decir que, hay ocasiones en las que ha podido resultar hasta doloroso.

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Que una acción que debería ser placentera produzca algún tipo de dolor, es preocupante, claro. Y quizás la respuesta más común que encontramos en esos casos sea el vaginismo.

Pero ni todo el dolor en el sexo es vaginismo ni todo el vaginismo es dolor en el sexo. Es algo un poco más complejo y si, como a mí, te ha pasado alguna vez, estas son las formas de diferenciar las causas.

Lo primero de todo es partir de la base de que, por mucha gracia que puedan hacer ciertas posturas a nuestra pareja, la penetración, más profunda o con un ángulo diferente al que estamos habituadas, puede llegar a ser molesta.

También entra en este caso el tamaño de la persona con la que estemos. Aunque en la pornografía se vendan apéndices con el mote de cockzilla, lo cierto es que unas medidas comunes son mucho más prácticas (y de agradecer para no pasarlo mal).

Pero este tipo de daño se puede atajar de una manera muy rápida. Tan sencilla como cambiar de posición buscando una que satisfaga a ambos, por lo que no se trataría de vaginismo.

El vaginismo se considera una disfunción femenina que puede tener tanto causas físicas como psicológicas. Por lo que, si el dolor es persistente cada vez que se quiere mantener una relación sexual o realizar la introducción de un tampón, es probable que nos encontremos ante este problema.

Quitando las causas físicas como endometriosis, himen rígido, tumores pélvicos u otras afecciones que, requieren ayuda ginecológica, las otras causas necesitan apoyo psicológico para ser solucionadas ya que puede deberse a la ansiedad por la penetración, el miedo a quedarse embarazada, haber tenido experiencias anteriores negativas, una educación sexual ineficiente…

La lista, donde también se encuentran los casos de violaciones, padecer depresión u hostilidad a la pareja entre otras, incluye algunos causantes de que, inconscientemente, se contraigan los músculos de la vagina haciendo totalmente imposible la penetración.

Afortunadamente, como comentaba antes, también tiene solución. El asesoramiento de profesionales conseguirá también que, poco a poco, la paciente consiga solventar la incomodidad con el apoyo de su pareja.

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“When you love someone, they become a part of who you are. They're in everything you do. They're in the air you breathe and the water you drink and the blood in your veins. Their touch stays on your skin and their voice stays in your ears and their thoughts stay in your mind. You know their dreams because their nightmares pierce your heart and their good dreams are your dreams too. And you don't think they're perfect, but you know their flaws, the deep-down truth of them, and the shadows of all their secrets, and they don't frighten you away; in fact you love them more for it, because you don't want perfect. You want them.”“When you love someone, they become a part of who you are. They're in everything you do. They're in the air you breathe and the water you drink and the blood in your veins. Their touch stays on your skin and their voice stays in your ears and their thoughts stay in your mind. You know their dreams because their nightmares pierce your heart and their good dreams are your dreams too. And you don't think they're perfect, but you know their flaws, the deep-down truth of them, and the shadows of all their secrets, and they don't frighten you away; in fact you love them more for it, because you don't want perfect. You want them.” Amazing photo by @chelsmariephoto

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Fuera del vaginismo, otras circunstancias pueden también desencadenar las molestias. La irritación vaginal (por el uso de tampones o jabones), una falta de lubricación ya sea por la brevedad de los preliminares o por razones hormonales, padecer una infección de orina o incluso una reacción alérgica a algunos métodos anticonceptivos, también pueden causar que el sexo sea doloroso.

La conclusión es que, si por lo que sea, tu vida íntima no está resultando placentera al 100%, escucha a tu cuerpo y plantéate qué puede estar pasando ahí abajo. Piensa que el sexo está para que disfrutemos (todos y todas).

Duquesa Doslabios.

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Un hombre confirma que la regla duele, por lo que debe doler de verdad

Hay una cosa muy curiosa de los dolores que puedes sufrir durante la menstruación y es que todo el mundo te da su opinión al respecto sin que la pidas (sí, incluso hombres que nunca la han tenido en su vida).

Mujer feliz gracias al doctor John Guillebaud sabiendo que no está loca inventándose el dolor que sufre durante la regla. GTRES

Me he encontrado de todo: desde amigas que han tenido que ser hospitalizadas porque tenían unas anemias de caballo, otras que, siendo alérgicas a los antiinflamatorios, pasan la regla con el suplicio de una tortura medieval, y, mis personas favoritas, las que sostienen que el dolor de regla no es para tanto y que la cosa es quejarnos.

Llevo desde los 15 años sufriendo cada vez que me venía y atiborrándome de pastillas para que se me aliviaran los dolores, y, os aseguro que las molestias no se deben a, como he leído por ahí, que no acepto mi feminidad.

La regla me duele y me duele de narices. Me duele hasta el punto de que cuando me han dado dolores intensos he tenido que acuclillarme en el suelo, hecha una bola sobre mí misma, porque no podía ni andar.

Por supuesto, os hablo de unos márgenes “normales”, de los que se pasan con un antiinflamatorio, no de los que ni con esos se van, que pueden ser síntomas de que algo por ahí dentro está yendo mal.

Es por eso que me llama la atención la repercusión que ha tenido la declaración que hizo el doctor John Guillebaud, Profesor de salud reproductiva en el University College London, al medio Quartz revelando que ciertas pacientes habían descrito el dolor como “casi tan malo como tener un ataque al corazón”.

Es como que, a raíz de su artículo, la gente realmente se ha dado cuenta de lo intensas que pueden ser las molestias. Pero en realidad no es que la regla haya empezado a doler en 2018 y él lo haya descubierto, sino que ha tenido que ser su declaración la que le ha dado veracidad y un respaldo serio al asunto.

Por lo visto, ahora que un hombre ha confirmado lo que nosotras llevamos sabiendo y experimentando en carne propia desde que vamos al colegio, ya es algo real.

No estaba en nuestras cabezas, no nos lo estábamos inventando ni es algo relativo a la “histeria femenina” ni a todas esas cosas que hacían que se nos ignorara a lo largo de la historia de la Humanidad cuando se nos ocurría proferir una queja al respecto del periodo.

Debemos sentirnos afortunadas por este tipo de revelaciones. Quizás el siguiente hito que nos deje sorprendidos sea que averigüen que el fuego quema, o que el agua moja. Sinceramente, no puedo esperar.

Duquesa Doslabios.

¿Qué es el electrosex o electroestimulación sexual?

Lo sé, soy una cateta, pero tengo que admitir que de esto no tenía idea. Por eso cuando ayer una pareja de amigos de lo más convencional me contó que se habían animado a probarlo y que estaban entusiasmados, se me pusieron los ojos como platos. Por la novedad que suponía para mí y porque nunca nunca me los habría imaginado.

Mystim tension lover

Mystim tension lover (Mystim.es)

La electroestimulación erótica, también llamada electrosex, es una práctica sexual que implica la estimulación de los nervios del cuerpo, especialmente de los genitales, a través de la aplicación de una fuente de energía eléctrica. Y no, no se trata de dejar el asunto echando humo y oliendo a chamusquina. Aunque es habitual asociarlo a prácticas de bondage y sadomasoquismo (BDSM), se la considera, más bien, una evolución de éstas.

El caso es que, pese a esta habitual asociación, cada vez son más los que se animan a probarlo y a incorporarlo a su vida sexual como una forma más de explorar el placer, el erotismo y la propia sexualidad. Hasta donde se quiera llegar es cosa de cada uno, pero estos amigos me aseguraban que tienen unas experiencias de lo más placenteras e inocuas. Esta tecnología puede usarse tanto en hombres como en mujeres, pero en el caso de ellos, por ejemplo, él es el mayor entusiasta.

Tienen varios aparatejos. Uno consiste en dos anillos: el primero se coloca en la base de los genitales y el otro, justo detrás de la cabeza del pene. De esta forma, la electroestimulación fluye a lo largo de todo el tallo, donde hay muchas terminaciones nerviosas. Su preferido, no obstante, es otro que se limita a estimular los testículos, dejando el pene libre para otras cosas. Cuánto cosa por aprender…

Amor desigual: cuando uno quiere y el otro solo se deja querer

Su historia es aquella que canta el bolero: “Yo sé bien que entre dos que se quieren/ el cariño distinto ha de ser/ que mientras uno da entera su vida/ el otro solo se deja querer…” Solo que sin tanto, drama, supongo. Es simplemente así, siempre lo fue y ambos tienen su papel perfectamente asumido y aceptado.

GTRES

GTRES

Ella es hermosa, un animal elegante y bello, pero también herido. Su pasado es un enigma para todos los que la conocemos. Sabemos que estuvo lejos, mucho tiempo, y que le hicieron daño. Esto último no lo cuenta, lo dicen sus ojos, su escepticismo, su desgarrador sarcasmo y esa intuición que a veces más bien parece un sentido arácnido. No va de lista, pero cuando la veo, hablemos de lo que hablemos, siempre tengo la sensación de que ella ya estuvo allí. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, suele decir.

No sabemos cómo se conocieron, ni dónde, pero un día aparecieron juntos y desde entonces no se han separado. Él es un buen hombre. Culto y de mirada honesta. Como un oso grande, protector y leal, y profundamente enamorado. Es consciente de que ella nunca podrá quererlo como él, pero no le importa. O puede que si, que le importe, pero lo acepta. Es el precio que está dispuesto a pagar con tal de tenerla cerca, de oírla dormirse a su lado y de verla despertar por las mañanas. Se conforma con sus contados besos, sus caricias en la cara y vete tú a saber cada cuanto, un poquito de su calor. No es que ella no lo quiera. Lo hace, a su manera, pero de una forma distinta. De la única forma que puede. “Lo único bueno de estar muerta es que ya no pueden matarte otra vez”, le oí decir una vez, una de las pocas que la vi pasarse de rosca con el alcohol.

Puede que alguna vez fuese distinta, quien sabe. O que a él lo amaran apasionadamente también. Pero mientras el resto especulamos sobre sus respectivas historias ahí siguen ellos, quedos y tranquilos, serenos, disfrutando de la paz de un pacto que están dispuestos a cumplir hasta el fin.

Polvos que curan

A veces pasa. Cuando más jodido está uno, cuanto más pisoteado el corazón y anémica la autoestima, se cruza alguien que pone del revés nuestro dolor, lo relativiza y nos ayuda a encontrar el camino para curar las heridas. No hablo de amigos, sino de completos desconocidos/as que la vida te pone delante en el momento adecuado para darte justo aquello que más necesitas. Eso sí, durante un breve espacio de tiempo, el justo.

No, no es un rollo utilitario, ni un polvo cualquiera para intentar olvidar. Son una especie de ángeles enviados por no sé quién para provocar auténticas catarsis. O al menos así los consideran quienes han tenido la suerte de cruzarse con uno. Mi amiga Beatriz es una de ellas. Llevaba con su chico desde el instituto, un amor de los de toda la vida. Se casan y a las pocas semanas él se va tres meses a hacer un master a México. El día anterior a su marcha, Beatriz recibe la noticia de que su padre, al que adora, tiene un cáncer inoperable, y a partir de ahí todo explotó.

Mujer se acaricia el hombroEl marido se debió de trastocar con el tequila y las rancheras y decidió que era el mejor momento para tener una amante, una que lo sacara de la rutina de su compañera de tantos y tantos años. Su matrimonio duró lo mismo que su padre: ocho meses. Ocho meses de infierno en los que su marido no dudó en pasárselo todo por el forro y decirle a bocajarro que él necesitaba vivir experiencias, entrar, salir y hacer lo que le saliera del alma.

Ella se convirtió en una piltrafa; la sombra llorosa y arrastrada de la mujer que un día fue y que no se podía creer lo que le estaba pasando. Se engañaba pensando que el viaje lo había cambiado pero que pronto se daría cuenta de todo y volvería a ser él, el de siempre. Pero no. Solo juergas, copas, cuernos y más cuernos. Mientras, ella fingía ante su padre, al que le ocultó todo. El día que murió, su aún marido no estuvo a su lado: resulta que la música del bar en el que estaba no le permitió oír las 15 llamadas perdidas. “Cómo lo siento, Bea, sabes que lo quería muchísimo, no creía que estuviese tan mal…”

Semanas después ella estaba sentada frente al palacio real, en Madrid, leyendo. Y un hombre con acento norteamericano se acercó a preguntarle que qué leía. No miente cuando dice que era muy atractivo, he visto las fotos. Duró solo el fin de semana porque él, productor de cine, tenía que volver el mismo domingo a Los Ángeles, donde vivía. Ella, tan blanquita, acabó con moratones y la piel enrojecida de tanto roce. 48 horas sin casi salir de la cama, salvo para comer, hidratarse e ir al baño.

Pero no fue solo sexo… fue mucho más. Besos en heridas abiertas en carne viva, palabras medicinales, charlas interminables sobre lo divino, lo humano y los secretos del averno. Vendas caídas y ojos abiertos. Y de repente, algo cambia. A los dos días su marido pasa por casa para decirle que todo ha pasado, que se ha dado cuenta de lo mucho que la quiere, que lo perdone pero que era un proceso por el que tenía que pasar.

Ella asegura que hasta compasión llegó a sentir entonces, cuando le dijo que le diera las llaves de la casa alquilada que compartían y que no quería volver a verlo nunca más. Le costó creérselo, al tipo, hasta que el abogado de Bea, el único con el que pudo hablar desde entonces, acabó por convencerlo. Hoy es un hombre divorciado y libre, pero me cuentan que ya no tiene tantas ganas de juerga.

Recomponer un corazón tras una ruptura inesperada

Me había propuesto escribir sobre algo trivial en el siguiente post, en plan ligerito y nada denso. Pero por más que lo intento, no puedo. Es difícil abstraerse de la tristeza y el sufrimiento, aunque sean ajenos. Y este fin de semana el dolor de alguien muy querido se ha instalado en mi casa pidiendo refugio, buscando arropo y un poco de consuelo. Solo que no hay forma de consolar a un corazón al que acaban de partir en mil pedazos.

Esta historia no tiene nada nuevo; es una más de tantas sobre desamor y abandono. Una separación repentina e inesperada y un divorcio inminente. En este caso es el dolor de una mujer, aunque igualmente podría ser el de un hombre, nada más lejos de mi intención que intentar poner sexo al sufrimiento. Como decía, no hay nada de especial en esta historia, salvo la inmensidad de un dolor que me conmueve hasta lo indecible.

Mujer llorandoPero por más que quisiera aliviar su pena, no se pueden llorar las lágrimas de otro, ni llenar sus huecos. Dicen que lo más duro y estresante por lo que puede pasar una persona es el fallecimiento de un ser querido y una separación, por ese orden. Y es verdad, aunque es lo mismo, en cierto modo. Porque una separación es como una forma de muerte, sobre todo cuando es unilateral y se está enamorado. Es la desaparición repentina de una forma de vida, de un proyecto común, y a ello hay que sumar la sensación de fracaso y el sentimiento de rechazo y abandono.

“Me ha echado de su vida”, me repite. “No me ha elegido a mí…” Hace tres semanas estaban buscando tener un hijo; hoy se ha dado cuenta de que ya no la quiere. La consecuencia es alguien roto, confuso, desorientado. Aniquilado.

La veía así, hecha un ovillo en la cama, con el rostro congestionado por el llanto, y sentía una impotencia enorme. Cualquier gesto o palabra por mi parte me resultaba groseramente ridículo e intrascendente ante semejante despliegue de desolación. Me parecían casi un insulto o una falta de respeto hacia sus sentimientos, hacia la profundidad de su tristeza.

Así que la única forma digna que hallé de acompañarla fue acordarme de mi propio dolor. Pero no el reciente, ya superado y diferente, sino otro muy lejano. Heridas de otra vida, casi. Una vida prácticamente olvidada, si no fuera porque, muy de vez en cuando, cuando menos me lo espero, me veo la cicatriz. Y entonces me acuerdo; me acuerdo de sentir dolor en partes del cuerpo que ni siquiera sabía que existían, de las noches oscuras y eternas repasando todos los detalles y preguntándome qué hice mal, qué fue lo que malinterpreté y cómo coño pude pensar que era tan feliz.

Y así estuvimos las dos. Ella lamiéndose las heridas y yo luciendo cicatrices mientras intentaba convencerla, sin éxito, de que no hay mal que dure 100 años.

¿Es mejor dejar o que te dejen?

Cuando una pareja se rompe, siempre hay algún cretino cerca que lo primero que pregunta es: ¿quién dejó a quién? Más allá de la curiosidad morbosa y humana, que es entendible, lo que me molesta realmente es el tufo a prejuicio (sí, aquí cabalgan de nuevo), ese que parece catalogar a las personas y colgarles la etiqueta de pobrecitos/desgraciados a los dejados, y de tipos/as guays y duros a quienes dejan. Más de una vez he oído a gente hablar de otra gente con cierta admiración solo porque sus exparejas se quedaron hechas polvo tras la ruptura y tardaron en recuperarse. Como si eso les hiciera ser mejores o más atractivos de cara a los demás.

a00528242 581Soy consciente de que cualquier planteamiento sobre este asunto pecará de reduccionista (no se trata de hacer una tesis), pero la premisa es que el dolor, en ambos casos, es inevitable. Llorar por las esquinas y sentir que te mueres de pena, o sentir mucha pena y creer que te mueres de culpa. En este último caso, además, se suman grandes dosis de duda. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Y si no es que esté desenamorada, sino que no estoy sabiendo asumir las distintas fases por las que pasa una pareja? ¿Será peor el remedio que la enfermedad?

A menos que hablemos de un psicópata sin empatía, y por supuesto dejando fuera aquellos casos de historias muy chungas y rupturas aún peor, lo normal es que el que deja también lo pase mal. Y mucho. Porque aunque ya no estés enamorado, ¿cómo no vas a sufrir al asistir al fin de un proyecto en común por el que un día apostaste? ¿Cómo no te va a afectar el sufrimiento de alguien a quien has amado y a quien seguramente aún sigas queriendo? La costumbre, las rutinas, los recuerdos… Muchas cosas que llorar antes de poder abrazar nuevas causas.

El asunto es, ¿cuál de estas dos opciones es más deseable? Como todo, dependerá de la persona. En mi caso, lo tengo claro. Por mucho que duela, el abandonado siempre lo pasa peor. Esa sensación de desahucio, de vacío, de noches enteras pensando qué hiciste, en qué fallaste, la autoestima por los suelos… Además, siempre es mejor poder elegir. Aunque para ser sincera, he de decir que nunca he sido capaz de dejar a alguien de forma unilateral y tajante. El otro siempre me ha importado tanto, aunque ya no lo amara, que siempre he optado por intentar convencerlo de que él tampoco me amaba a mí. Y así, tras meses de mostrarles los beneficios de que rompiéramos, casi siempre acabé por convencerlos y que al menos pareciera una separación de mutuo acuerdo. Quizás por eso me llevo bien con casi todos. No es muy valiente, pero cada uno hace lo que puede. ¿Y vosotros?