Archivo de junio, 2020

Ni higiénicas ni saludables, la cara B de las duchas vaginales

La primera vez que vi la película La fiesta de las salchichas, tuve que buscar qué clase de objeto era el villano: una ducha vaginal animada.

Y sí, como periodista curiosa, me pudieron las ganas de seguir indagando en lo que era aquella especie de jeringuilla pensada para llenar de líquido la entrepierna.

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Para mi sorpresa, internet me regaló con la búsqueda imágenes de todo tipo de edemas y productos para ‘limpiar’ bien a fondo la zona.

Yo que pensaba, inocente de mí, que la vagina era lo bastante autosuficiente como para limpiarse sola… Resultaba que el capitalismo había encontrado otra cosa más en las que las mujeres debíamos gastar dinero.

Aquel instrumento -a medio camino entre parte de un set de un juego educativo de química y un instrumento de tortura de la Inquisición-, servía para introducir soluciones líquidas en la vagina mediante una especie de pera, con la promesa de dejar las paredes impecables y con buen olor.

Pero además, hay mucha leyenda negra alrededor de este producto. No sirve para prevenir las ETS por mucho que se hagan antes o después de tener sexo. Es más, es la mejor forma de cargarte el pH de la flora vaginal, lo que significa que queda todavía más expuesta.

Tampoco es anticonceptiva, no va a servir para evitar que los espermatozoides sigan su camino por tus entrañas.

Es más, si se usa con regularidad, puede llegar a producir a largo plazo dificultad para quedarse embarazada o incluso embarazos de riesgo.

Y eso sin hablar de las infecciones o irritación vaginal que suelen ser un clásico efecto secundario de este tipo de artículos.

Entonces, ¿qué hacemos con la vagina? ¿Cómo la limpiamos? Pues en la ducha y como limpias otra parte del cuerpo, con agua y jabón en la vulva, dejando que la zona interior siga con su autolavado.

Nos sale arriesgado lo de obsesionarnos con productos con olor para camuflar nuestro perfume propio, cuando es algo natural y, no una señal de falta de higiene.

Duquesa Doslabios.

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¿Pensabas que no había nada peor que el ‘ghosting’? Te presento el ‘caspering’

¿Hay alguien que, a estas alturas, no conozca el término ghosting? Si no te resulta familiar, lo identificarás sin problema (porque o bien lo has hecho o te ha tocado vivirlo). Ghosting es cuando la persona que te gusta desaparece de repente, como un fantasma.

Y lo peor es que lo hace sin ninguna razón aparente (o al menos que tú sepas) y sin darte ningún tipo de explicación.

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Si ya de por sí que se vayan de golpe de tu vida, así de un día para otro, es bastante chocante, tenemos una nueva etiqueta para seguir explicando malos comportamientos a la hora de ligar: el caspering.

Una ‘tendencia’ que vendría a ser la versión amigable del ghosting, ya que recibe su nombre por Casper, el más adorable de sus compañeros fantasmas.

Claro que eso no quita que siga siendo un hábito negativo.

A diferencia de desaparecer de pronto, el caspering es más sutil, más ‘amable’. Puedes identificarlo porque la persona que te lo está haciendo nunca llega a desaparecer del todo y siempre tiene una buena excusa por la que no habéis podido veros.

Ahí es cuando apelan a tu sentido de la empatía. ¿Cómo no vas a comprender que estaba con mucho lío por el trabajo, la familia, la situación de la cuarentena…? Pero te convence de que quedaréis, claro que sí. ¿Que cuándo? No se sabe, pero pronto, eso seguro.

Pero no, ese día nunca llega. Y cuando vuelvas a intentar retomar el contacto, la lista de excusas será otra igual de comprensible.

Una vida muy ajetreada, una racha muy ocupada, y vuelta a empezar con la táctica y el “Nos tomamos algo pronto”.

Así que ahí estás tú, en esa espiral de ganas y desilusión constante de la que no llegas a salir porque no recibes lo que tiene en su cabeza la otra persona, un claro y contundente “No me gustas”.

Esto es lo que hace que sea duro por doble partida para quien padece el caspering, porque se siguen alentando las ilusiones para no dar el “no” definitivo, pero tampoco se tiene intención real de que eso pase a mayores.

Duquesa Doslabios.

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¿Verdadero o falso? Estamos más salidos después del confinamiento

Primero fue la fase del encierro con todo ese tiempo libre que no sabíamos a qué dedicar -cuando las exparejas volvieron a la carga incluso después de años-, a continuación siguió la fase de la adaptación, convirtiendo el nuevo campo de juego para ligar en las aplicaciones para conocer gente.

Y, con la desescalada, la última de ellas: la del desfase.

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Las imágenes que vemos de aglomeraciones en playas o fiestas, se pueden comparar a cómo está ahora el panorama de las citas teniendo en cuenta que se han levantado las restricciones.

Hemos cogido la vuelta a la normalidad -sí, aunque sea nueva-, con tantas ganas que ¿cómo no caer en la euforia sexual?

Por un lado, está la liberación de poder volver a tener contacto físico, aunque sea con medidas de seguridad, después de haber estado varios meses en aislamiento.

Esas parejas separadas por el estado de alarma, han vuelto a encontrarse. Lo mismo que los matches, que por fin se han puesto cara.

Y es que durante esos meses, las apps no han dejado de crecer, pero ahora han pasado a bullir, lo que ha permitido que cada cual diseñara su particular agenda para cuando volviera a estar permitida la vida social.

De esa forma, hay quien ve la urgencia de tener sexo ahora como una especie de reacción lógica al periodo en el que solo tenía cabida la masturbación.

Por otro lado, el miedo del rebrote sigue ahí. La incertidumbre ante la llegada de una posible segunda ola hace que se haya adoptado la postura del carpe diem, aprovechando al máximo los días en los que sí es posible tener encuentros, algo que me confirman mis amigos solteros.

Esto incluye encuentros que igual antes ni se planteaban y se ven ahora con otros ojos (ya sea el vecino del quinto que hasta antes del aislamiento te parecía insoportable o incluso ese ex).

El miedo por la pandemia, el consecutivo encierro, la sensación de irrealidad constante por vivir algo que nos imaginábamos imposible sumado a la sensación de libertad de la nueva normalidad, hace que nos sintamos llenos de vida, con ganas de aprovechar al máximo.

Así que disfrutemos, mientras nos dejen, pero con cuidado. El riesgo no ha desaparecido.

Duquesa Doslabios.

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¿Entonces solo depende de los padres explicarles a sus hijos que el porno no es real?

Hace unos días, una lectora me preguntaba cómo podía conseguir que le gustaran los azotes y tirones de pelo que le daba su novio cada vez que tenían sexo. Ella tiene 21 años y él 19.

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Lo que me alarmó del asunto es que ella me comentaba que ni siquiera sabía que le gustaba o si le asustaba. Pese a ello, prefería aprender a aceptarlo en vez de preguntarse por qué recibía ese trato o incluso hablarlo con él.

Con 19 años, aquel chico estaba reproduciendo lo que, seguramente, llevaba viendo desde la adolescencia. Un sexo en el que no se habla, se tiene la mano muy suelta y el daño se confunde a veces con el placer.

Eso no significa que no haya quien disfrute de este tipo de interacciones donde la dominación juegan un papel fundamental. Pero con 19 años no has experimentado lo suficiente como para saber si eso es realmente lo que te va.

Sobre todo cuando llega a preocupar a la persona con la que se está acostando, que participa con una mezcla entre deseo y miedo, haciendo que se le enreden también esos conceptos.

Nos falta concienciación en ese aspecto, y por eso hoy quiero hablaros de la idea de Nueva Zelanda para advertir a sus habitantes de que lo que ven en el porno no es la representación de lo que sucede en la vida sexual habitual (os la dejo debajo de estas líneas para que sepáis de lo que hablo).

En su campaña, dos actores porno llaman al timbre de una casa. Una señora les abre la puerta y ellos le comentan que vienen a buscar a su hijo, Matt, a quien conocen porque les suele ver online.

“Nos mira en el ordenador, en el iPad, PlayStation, el teléfono, su teléfono (el de la madre), SmartTv, proyector…”, empiezan a decirle. “Solemos actuar para un público adulto, pero tu hijo es solo un niño. Puede que no sepa cómo funcionan las relaciones en realidad. Ni siquiera hablamos sobre consentimiento. Simplemente vamos directos al grano”, dice la actriz.

“Sí, yo ni siquiera actúo de esa manera en la vida real”, le responde su compañero de profesión.

Cuando el niño aparece (ordenador en mano), deja caer la taza de la sorpresa. La madre respira hondo. “Muy bien, Matty, creo que es el momento de tener una charla sobre las diferencias entre lo que ves online y las relaciones de verdad. No te voy a juzgar”, le dice.

Te puede interesar: Tu hijo ve porno y tú no lo sabes: la campaña viral de concienciación del Gobierno de Nueva Zelanda

Y es que por mucho que se dispongan de sistemas de control parental, es difícil limitar el acceso a una industria dirigida a un público mayor de edad que se mueve por Internet. Como el propio vídeo demuestra, la solución la tienen los padres.

Pero, ¿es justo que sean los propios progenitores los únicos responsables? ¿No vienen a menudo las películas del cine con advertencias de “Los sucesos y personajes retratados en esta película son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia”?

Por supuesto que, en cada casa, hay que tener la famosa charla, esa de explicar los cambios por los que pasa el cuerpo y lo fundamental que es protegerse. Una conversación en la que fácilmente se puede incluir el asunto de la pornografía.

Sin embargo no puede ser solo trabajo de los padres. Hay que ser conscientes del poder de influencia que tiene el porno, de ahí que Nueva Zelanda sea todo un ejemplo al considerar que, como país, es su deber sensibilizar de la ficción que ven sus espectadores más jóvenes.

Los padres que vean ese anuncio, y no hayan tenido esta conversación, seguramente se planteen sacar el tema. Pero también entre los propios niños será un tema del que se hablará al poder sentirse retratados con el jovencísimo Matt.

¿La conclusión? Que esto es trabajo y responsabilidad de todos y no solo de unos pocos. Las campañas potencian la educación y ya que el porno es una industria tan extensa, al alcance de cualquiera, no debería limitarse a la educación familiar, si hacemos eso, nos arriesgamos a que el tema nunca llegue a salir. De ahí que sea fundamental que se ponga el problema ‘sobre la mesa’ en televisión o redes sociales.

Aunque sea limitándose a explicar, como en la campaña neozelandesa (que lo hacen de una forma muy divertida y concisa), que no es todo tan real y que las relaciones son muy distintas.

Duquesa Doslabios.

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Si todavía te da miedo acercarte, aquí tienes ideas de citas a un metro de distancia

Nunca he sido de llevarme bien con esas personas que no conocen (ni respetan) el concepto de ‘espacio personal’. Así que me encuentro extrañamente cómoda en este mundo poscoronavirus en el que nos obligan a guardar las distancias y no hace falta ir dándole dos besos, de buenas a primeras, a cualquier persona que nos presentan.

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Y lo bueno es que es algo que tenemos que tener en cuenta en todo momento. Desde cuando vamos al supermercado a hacer la compra, hasta esa tarde tomando el sol en la piscina de la comunidad (o en la de tu amiga).

Incluso en el mundo de las citas la distancia, parece algo imprescindible.

Ya que dejar de conocer gente -sobre todo con la facilidad que nos da internet- no es una opción para la mayoría, es el momento de poner a prueba la imaginación y dar con esos sitios en los que pueden convivir los encuentros cara a cara con la seguridad de no contagiarnos.

Una de mis ideas favoritas para tener una cita en la nueva normalidad, es el senderismo. Andar por la naturaleza (o ir en bici) no solo te va a ayudar a alejarte temporalmente de la ciudad, sino que obliga a dejar a un lado los móviles y hablar. Eso sí, ojo con la sierra madrileña y sus marabuntas estos fines de semana.

Si ves que Guadarrama está hasta arriba, otra opción es organizar un picnic en el que cada uno se lleve su comida y su manta. Y, lo mejor es que no hace falta que te vayas lejos, puedes hacerlo en un parque o en la playa a última hora de la tarde.

Una sesión de deporte al aire libre permitirá lo mismo (y además ponerse en forma después de la cuarentena, dos pájaros de un tiro). Si os veis sudados y despeinados y os seguís sintiendo atraídos, no lo dudes, hay material. O, si te ves con ganas de subir la temperatura, el yoga puede ser una práctica -visualmente hablando- muy erótica.

Aunque los cines han vuelto a abrir sus puertas, cumpliendo las medidas de seguridad, si quieres más distancia todavía, los autocines nos dan la seguridad de que cada uno esté en su coche. ¿Y para comentar la película? Siempre se pueden mandar mensajes (o pasar del móvil y recurrir a las miraditas).

Para los fans de la gastronomía, las terrazas y restaurantes vuelven a estar en marcha, así que es tan sencillo como comentarle a la otra persona que os vais a sentar un poco separados el uno del otro. Y también es la excusa perfecta para que no tengas que compartir las patatas.

Pero si no ves claro lo de estar sentados en el mismo espacio, la alternativa de que cada uno pida comida para llevar en su restaurante favorito y se haga intercambio para conocer los gustos, me parece tierna y deliciosa. Eso sí, no hay que olvidarse (nunca) de pedir postre.

Duquesa Doslabios.

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Es absurdo tenerle tanto miedo a ser malos en la cama

¿Has tenido alguna vez miedo a no dar la talla en la cama? Yo unas cuantas. Supongo que no es como la repostería, donde ves a la hora de probarlo si se te ha dado bien el cocinado.

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Si hemos podido estar a la altura de las circunstancias, o no, es un misterio y, al mismo tiempo, un agobio para algunas personas.

Pero ya que este año se están derribando tantos mitos (como el de que el secador de manos no mata al coronavirus), voy a aportar mi granito de arena: no, no existe ser buen o mal amante.

Lo que sí existe es nuestra percepción, que se construye en función de lo que podemos valorar la experiencia.

Aunque claro, es algo muy relativo. Mientras que hay a quien puede gustarle llevar las riendas, también hay quien prefiere adoptar un rol pasivo.

Y como eso, todo el resto de circunstancias. Besos, gestos, caricias, movimientos… Todo el repertorio completo que nos sale en el momento y que puede gustar más o menos en función de con quién lo pongamos en práctica.

Incluso la química -una variante fuera de nuestro control-, es crucial a la hora de que el sexo pase de ‘bueno’ a ‘increíble’.

En lo que sí coincidiremos es en que nadie nace sabiendo cómo hacer bien el sexo, y con toda la cantidad de gustos diferentes, tampoco es que haya un manual universal en el que todos los habitantes del globo nos hayamos puesto de acuerdo.

Haberse acostado con mucha gente, saberse de memoria 50 posturas del kamasutra, aguantar durante horas o correrse varias veces no son métricas que garanticen ser un buen amante.

Para mí, es más importante, para empezar, conocerse en la intimidad para que los demás sepan cómo hacerte disfrutar. Escuchar a la otra persona, empatizar, transmitir tranquilidad, mostrar interés y llevar a cabo los gustos ajenos con una mentalidad abierta y, sobre todo, poner en práctica la reciprocidad, me parecen otras cualidades que realmente hacen que, lo que sea que pase en la cama, se lleve un sobresaliente.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si en las aplicaciones de ligar solo ‘triunfan’ los mismos?

Da igual la cantidad de veces que hagas swipe right, que dejes un match o un superlike. Si al poco tiempo de usar una aplicación para ligar te sientes como si estuvieras solo porque nadie te devuelve las interacciones, hay una explicación.

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Es gracioso que, cuando te planteas dar el paso y abrirte una cuenta, en seguida te sale el amigo o amiga de turno diciéndote que lo vas a tener facilísimo, que hay muchos peces en el mar (aunque sea digital).

Además, si a tu compañero del trabajo le sirvió para encontrar pareja, ¿por qué a ti no?

Lo que no te cuentan cuando marcas las casillas mediante las que aceptas que conozcan casi hasta tu marca de pasta de dientes es que las aplicaciones de ligar tienen truco y se llama algoritmo (sí, como el de Instagram).

Según diferentes estudios, se ha descubierto que este tipo de apps tienen un sistema que ordena a los usuarios en función de su deseabilidad.

Esto se traduce en que si te da match alguien popular en la aplicación (que a su vez tiene un perfil alto de deseabilidad), te convertirá en parte de ese círculo, llamémoslo vip, abriéndote a su vez la puerta virtual a que conozcas usuarios en la misma linea de puntuación.

Por el contrario, si esa misma persona te rechaza o quienes te hace match son usuarios con bajo nivel de deseabilidad, tu calificación, a ojos de la aplicación, bajará y solo te mostrará perfiles de nivel (bajo) parecido.

Es decir, aunque te dé la sensación de que puedes encontrarte con cualquiera, lo cierto es que una gran cantidad de gente siempre estará -por mucha geolocalización que tengas activada-, fuera de tu radar.

A esa conclusión llegó un estudio sobre Tinder publicado en Medium.com (que podéis leer más en profundidad si os interesa) también comprobó que los que se encuentran en los primeros puestos del 80% de los hombres más atractivos de la aplicación, según sus parámetros, son los que llegan al 22% de las mujeres más atractivas.

De la misma forma, el 78% de las mujeres más atractivas se cruzarían con el 20% de los hombres más atractivos.

No solo el nivel de deseabilidad es crucial a la hora de posicionarte en el ranking, hay otras cosas que te afectan a los puntos. Datos que van desde las veces que te conectas, las palabras que más usas o el tiempo que pasan los usuarios con los que te cruzas viendo tus fotos.

Otro sesgo -de carácter bastante machista bajo mi punto de vista-, coloca a las mujeres mayores de 21 años en puestos bajos de la lista (independientemente de si tienen una carrera, un piso cerca del Mercadona o sean autosuficientes económicamente), lo que sucede a la inversa si ese usuario es un hombre. Un varón mayor de 21, con estudios y trabajo se considera un partidazo, mientras que nosotras seguimos sufriendo el estigma de la ‘solterona’.

Esto no significa que no vayas a encontrarte con alguien que te pueda gustar y con quien puedas tener una conexión e incluso algo más. Pero, ¿hasta qué punto estamos de acuerdo con que decidan por nosotros de quién nos podemos enamorar?

Duquesa Doslabios.

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Sobre el sexo oral y el coronavirus: ¿es seguro practicarlo o me puedo contagiar?

El lío que tenemos con las fases y lo que podemos hacer en cada una de ellas, solo me parece comparable a las dudas que nos han surgido respecto al sexo.

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¿Podemos volver a hacerlo? ¿Está limitado a parejas estables? ¿Qué posturas son las mejores para evitar el contagio? ¿En serio deberíamos usar mascarilla?

Y la pregunta a la que intentaré darle respuesta hoy: ¿qué hay del sexo oral?

Parece que encontrar una respuesta unánime y avalada por la ciencia, está todavía por llegar, ya que las investigaciones solo han dado comienzo.

Por un lado, el estudio del Hospital Municipal de Shangqiu llegó a encontrar rastros del virus en muestras de semen de pacientes con coronavirus. Por otro, la Universidad de Harvard destacaba el riesgo de las excreciones respiratorias, lo que se traduce en que no podemos descartar que ahora la mascarilla también forme parte de la vida íntima.

Pero ya sabemos cómo es la vida con mascarilla. Al igual que, en cuanto llegamos a la terraza, nos la quitamos para darle un trago a la bebida, podríamos llegar a pensar que es un caso idéntico, ya que también se trata de llevarse algo a la boca.

O incluso de engancharla en el codo a modo de pulsera (los que salís a la calle coincidiendo con runners o gente paseando sabéis a qué me refiero) mientras dure el momento, para luego volver a colocarla sobre la nariz y la boca en cuanto se termine.

Incluso aunque se haga con preservativos, sigue siendo una práctica de alto riesgo.

Por activa y por pasiva nos han repetido que las microgotas que expulsamos al toser (hasta al hablar), son las que poseen más carga vírica.

Imaginemos entonces lo que puede contener nuestra saliva. Al final, por mucho que intentemos hacerlo con cuidado -es decir, salivando lo menos posible-, ¿de verdad podemos evitar que no termine en nuestras manos, en la piel de la otra persona, en el sofá o incluso en las sábanas?

Como me dijo hace unas semanas Ana Lombardía, la práctica más segura actualmente sigue siendo la masturbación a solas.

Así que, por mucho que queramos usar todas las barreras del mundo, mejor que la boca quede fuera del juego.

Duquesa Doslabios.

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Ligar ya no volverá a ser como antes según las series de Netflix

“Las series hablan de nosotros y nosotros somos como en las series” fue una frase que me dijo mi padre hace poco. Y sí, coincido con él por completo.

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Por un lado, se nutren de lo que vivimos, lo que conocemos, la forma que tenemos de relacionarnos, nuestros anhelos, nuestros miedos…

Por otro, tendemos a sentirnos identificados con lo que sale en la pequeña pantalla, acercándonos a causas, lugares o aficiones nuevas de las que trata la ficción.

Así que casi parece predictivo el hecho de que, al poco de empezar el confinamiento, fueran Love is blind y Too hot to handle dos de las series más vistas del catálogo de Netflix.

¿Significa que nuestra forma de relacionarnos, de conocer gente y de crear conexiones románticas –en definitiva, el amor– está cambiando? Si nos fijamos en sus tramas, parece que sí.

La primera trataba de darle el ‘Sí, quiero’ a un desconocido con el que solo te habías relacionado a través de conversaciones, uno aislado del otro.

Mientras que la segunda reunía a un grupo de solteros en una villa que no podían tener contacto físico sexual, algo que solo estaba permitido si llegaban a crear conexiones emocionales primero.

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Al eliminar las posibilidades de que se diera atracción por el físico o de tener sexo fugaz, los concursantes tenían que conocer a fondo a la otra persona.

Teniendo en cuenta que hemos estado (al menos los madrileños y catalanes) tres meses aislados en casa, recurriendo a formas de ligar alternativas que solventaran la distancia física, hemos vivido, como los participantes de ambos reality shows, nuestro particular proceso de deconstrucción.

Y, aunque ahora vuelve a estar permitido relacionarse en vivo y en directo -aunque sea en grupos pequeños-, como en los programas de Netflix, el contacto físico no entrará en juego hasta pasado un tiempo por cuestión de prudencia o desconfianza.

Es posible que el modelo de usar y tirar aplicado a las relaciones, el fast dating, se haya terminado. O, al menos, hasta que se encuentre una vacuna para el coronavirus.

Duquesa Doslabios.

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Llamarle por el nombre de tu ex, ¿lapsus o algo más?

La primera vez que mis padres hablaron por teléfono, ella le llamó, erróneamente, ‘Juan Carlos’. Aunque no fue culpa suya (una de sus compañeras de trabajo le había dicho que ese su nombre), la cara de mi padre en aquel momento fue un poema.

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Por suerte, una vez explicado el lío, tuvieron su primera cita que vino seguida de convivencia, matrimonio y el pack de hijos y perro unos años más adelante. Aquel desliz es ahora una anécdota de la que nos reímos en las comidas familiares.

Como digna hija de mi madre, también he pasado por lo de confundirme y ser confundida. Pero en mi caso era más por el parecido de la dicción al tener, casi de seguido, parejas con nombres que empezaban por la misma vocal.

Cuando me ha pasado, no le he dado la más mínima importancia (además de que nunca me ha sucedido en un momento especialmente íntimo).

Pero me consta que no todos nos tomamos el lapsus por igual. A las pruebas me remito con la consulta que me hizo un amigo este martes, que había dejado de hablar a la chica a la que estaba conociendo cuando, en un momento de cachondeo, ella se equivocó llamándole por el nombre de su exnovio.

El término que recibe este fallo es misnaming y, por lo que dicen los expertos, no, no significa que al nombrar a la anterior pareja se sigan teniendo sentimientos hacia ella.

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Por lo visto, es más un fallo en el sistema de recuperación de información del cerebro que algo consciente. Al estar en compañía de una persona con la que nos sentimos cómodas, ilusionadas y felices, nuestras neuronas van al nombre de la última persona que nos hizo sentir así, por eso hay tantas probabilidades de que se te escape o se lo oigas decir a la persona que estás conociendo.

Lo bueno es que hay esperanza al respecto: no solo termina desapareciendo esa conexión con la expareja según va pasando el tiempo (si lo ha superado, claro), sino que, cerebralmente, eres tú el sucesor o sucesora de esa persona, lo que significa que te ve como algo más que una persona muy simpática con la que tener una gran amistad.

¿Mi conclusión? Que al igual que a nadie le gusta ver su nombre mal escrito en la taza del Starbucks, es mejor no tomárselo como algo personal y pasar del tema.

Mis padres lo hicieron y ahí siguen, con más de tres décadas de amor a sus espaldas.

Duquesa Doslabios.

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