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Inés, la diseñadora de vestidos de novia que te ayuda a ligar (y quizás casarte) en tiempos de Covid

Sabía que las cosas estaban mal para aquellos sin pareja. Que si tener citas es casi como un juego de azar -que podía salir medio bien, regular o fatal-, el Covid lo ha convertido en un deporte de riesgo.

Algunas preguntas parecen de obligado cumplimiento, como si se ha pasado el virus, si por un casual todavía se tienen anticuerpos o fijarse disimuladamente en si la otra persona tiene las precauciones suficientes manteniendo círculos más o menos cerrados y procurando desinfectarse a menudo.

Lo mismo que sucede con el miedo a una cobra -ese que podía ser paralizador-, elevado a la máxima potencia de complejidad en el momento en el que entra la mascarilla de por medio.

INÉS MARTÍN ALCALDE

Aun así, hay románticos que no han perdido la esperanza e incluso se han animado a participar en ‘Ligar en tiempos de Covid’, una iniciativa ideada por Inés Martín Alcalde, diseñadora de vestidos de novia.

Con un año en el que la mayoría de las bodas se han pospuesto y un panorama futuro tanto o más desolador con la ausencia de interacción social, la diseñadora llegó a la conclusión de que, si quería revertir la situación en 2021, no podía sentarse a esperar la vacuna.

“Queríamos hacer algo distinto que hiciese feliz a la gente, que volviese a sonreír y, por otro lado, generar nuevas bodas“, declara Inés.

¿Su estrategia? Animar a través de sus redes a que las personas solteras mandaran su número de teléfono con breves descripciones y poder crear chats uniendo –al estilo de una celestina moderna– a los más compatibles según la ciudad, edad y aficiones.

El único requisito, no tener pareja, ha hecho que más de 3.000 personas se inscribieran, lo que llevó a crear una lista de espera.

La intervención de un grupo de restauración en Madrid fue clave a la hora de organizar los encuentros en la capital. “Fue para facilitarles quedar en un sitio. Ellos se ponen de acuerdo y, si quieren, las de grupo Lalala les reservan el día. Fuera de Madrid hacemos los chats y la gente queda donde quiera”, contesta Inés.

“En el chat se ponen de acuerdo para quedar un día y previamente se van conociendo por ahí“, declara la diseñadora.

Aunque su papel como hada madrina moderna (por aquello de que además de diseñar el vestido sin necesidad de varita mágica, también ayuda a encontrar el match perfecto) no ha quedado solo en formar chats.

Tenemos que estar muy pendientes de los grupos por si hay que reubicar personas. Hay gente que tiene menos disponibilidad o está fuera”, responde Inés respecto a los retos de su iniciativa.

Para aquellas personas que no llegaran a tiempo a la primera ronda, la diseñadora no descarta repetir la experiencia (eso sí, animando a participar a más solteros, ya que la cantidad de hombres es mucho menor).

“Nos gustaría hacer futuras convocatorias, aunque no tenemos nada cerrado todavía“, afirma.

Pero, al menos de los primeros encuentros, parece que comienza a verse la luz al final del túnel para sus creaciones nupciales. Inés confía en que alguna boda saldrá del experimento: “Ya ha surgido alguna pareja”.

Duquesa Doslabios.

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¿Podemos terminar ya con la costumbre de tirar el ramo en las bodas?

Tengo una teoría respecto a las novias que disfrutan con la experiencia de poner a todas sus invitadas (solteras) en un corro en medio de la pista de baile a ver quién es la que agarra el ramo: tienen un punto sádico.

PIXABAY

Por mucho que, según la tradición, signifique suerte o que será la próxima en casarse, se ha ido pervirtiendo su significado y hay un placer interno y oscuro en reunir a tus amigas como un rebaño y someterlas a lo que viene a ser una humillación pública de ver cómo se pegan por ser la siguiente, por vivir lo que está pasando la novia en ese momento.

Como invitada, es una experiencia que me parece horrible más que divertida. Para empezar, ¿por qué tenemos que ponernos las mujeres? Lo único que se consigue es dar la imagen de lo desesperadas que estamos por casarnos, la historia de que solo el altar va a convertirnos en mujeres, y luego madres, claro, nuestros dos objetivos en la vida que son las únicas vivencias que la llenan de significado.

Quizás no quiero el ramo, quizás no quiero participar en ese espectáculo. A lo mejor estoy muy bien en un noviazgo en el que los únicos votos que recitamos en alto son las facturas, a ver cuánto nos toca pagar a cada uno este mes. O igual estoy soltera y ESTOY BIEN. Sorprendentemente, puedes ir a una boda y no necesariamente estar soñando con casarte.

Enfrentarnos por un ramo es crear una competición entre nosotras (con sus correspondientes envidias por no haber sido quien lo ha cogido). La historia de que las mujeres somos nuestras peores enemigas, ¡hasta en una boda! Incluso en un momento de felicidad como es que unos amigos o familiares contraigan matrimonio, tienes que dejar de disfrutar para arrimarte al grupo de las que van a saltar hacia el bouquet.

Y no se te ocurra decirle que no a esa novia cuando te plantea la idea de tirar el ramo, porque es su boda y se hace lo que quiere, aunque tú no quieras participar, da igual. “It’s my party and I’ll cry if I want to“, te dirá. Ella quiere que te pongas en el grupo y hagas el amago, que lo finjas (palabras textuales que me dijo una amiga en su fiesta), que tampoco es tan complicado. Y todo para darle un extraño tipo de satisfacción. ¿No os resulta una escena macabra?

Es aún más indignante cuando buscas vídeos del estilo en Internet y son los más reproducidos los que incluyen caídas, resbalones o peleas entre nosotras. Somos el chiste de la boda, uno de los tantos espectáculos como cortar la tarta o abrir el baile: las invitadas llegando a las manos. Pasen y vean a las gladiadoras del siglo XXI, que, en vez de espada usan un tacón y cambian la armadura por la gasa o el chifón.

Así que, si eres de esas novias, por favor, ten en cuenta que quizás estás obligando a tus amigas a hacer algo que no quieren por ti. Ten en cuenta que, igual entre tu lista de invitados, tienes amigos, conocidos, primos o un hermano al que sí que le haría ilusión casarse próximamente (sorpresa, los hombres también tienen sentimientos y se emocionan en las bodas) y cree que recibir el ramo le va a traer suerte.

Rompe estereotipos. Si de verdad quieres hacer el juego del ramo, crea un grupo mixto formado por los que realmente quieran casarse y tengan ilusión en recibirlo. Que por mucho que tu prima de 14 años lo haya cogido porque es la más rápida, todos sabemos que le va a durar la emoción por las flores lo que a ti el gas de tu copa de cristal y que es muy poco probable que sea ella precisamente quien siga tus pasos.

Haz algo mejor, dale un significado especial y regálalo a quien tú quieras, sin más razón que, porque sí, porque quieres que lo tengan de recuerdo o porque quieres que le traiga suerte (eso ya es cosa tuya). En las bodas a las que he ido donde el ramo no era algo por lo que pegarse y se regalaba de esta manera, se respiraba paz por todos los lados. A quien se lo habían regalado lo quería y las demás no teníamos que hacer el paripé ridículo de dar saltitos.

O incluso otra opción es dividirlo y regalar una flor a cada asistente (o a aquellos más destacados). Tengo el caso reciente de una compañera de trabajo que lo va a dejar en el sitio en el que están enterrados sus abuelos para hacerles partícipes en la ceremonia. Y me parece precioso.

Hay tradiciones geniales en las bodas, pero tal y como está planteado el lanzamiento del ramo, ya no forma parte de ellas. Es una manera de avergonzar a las solteras, como si las señalaras en medio de toda la fiesta.

Es como si las novias, una vez habiendo contraído matrimonio, no recordaran algo básico de cuando estaban solteras. Cuando estás sin pareja hay algo que no quieres que te estén recordando constantemente como si fuera algo malo y es precisamente tu soltería, lo que hace esta tradición en medio de una celebración del amor. Así que amigas, dadnos un respiro.

Duquesa Doslabios.

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