Sexo oral y menstruación, ¿mala idea o buena combinación?

Mucho se ha hablado de los beneficios del sexo durante los días de regla. Se libera la que se conoce como la “hormona de la felicidad”, la oxitocina; los orgasmos ayudan a que, si tenemos dolor, este remita; la sangre puede compensar la falta de lubricación… Y es que a muchas de nosotras se nos pone la libido por las nubes en esos días.

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Pero, ¿qué pasa con los cunnilingus, una de las prácticas preferidas de aquellas mujeres que, como yo, solo alcanzamos el orgasmo mediante la estimulación directa del clítoris?

He de admitir que, de primeras, la idea de que alguien te baje a la entrepierna cuando estás en pleno sangrado, no es que resulte algo muy apetecible para ninguno, a no ser que salgas con uno de los hermanos Cullen.

Por suerte, el sangrado, a excepciones de casos atípicos, no es algo que salga a chorro y de manera constante durante todos los días de regla. De hecho, a partir del segundo o el tercero, la cantidad de sangre se reduce bastante.

Sin embargo, para los momentos en los que es abundante, hay una serie de objetos de higiene íntima que nos permiten seguir disfrutando. No, las compresas no entran en la lista, pero tanto los tampones como la copa menstrual, dejan la zona lista para cualquier tipo de acercamiento.

Gracias a que el aparato reproductor femenino está coronado por el cuerpo carnoso del placer por excelencia, la sangre no llega a afectar a la zona, por lo que ambos pueden disfrutar con la tranquilidad de que las sábanas no necesitarán recambio.

El cunnilingus, además, es una postura perfecta cuando estás con la regla si eliges la versión en la que la chica se coloca boca arriba, ya que en estos días, ponerse al revés resulta molesto para algunas de nosotras (el peso sobre la tripa puede ser inaguantable).

Para los días de invierno, en los que no quieres coger frío, ya sabemos que en plena regla lo que te pide el cuerpo son bolsas de agua caliente que te mantengan la barriga templada, puedes incluso dejarte el jersey puesto y unos calcetines altos que te permitan disfrutar de la experiencia sin que se te congelen los riñones.

Lógicamente, tener o no este tipo de vivencia sexual en el momento de la menstruación, es una decisión personal. Si una de las dos partes no se siente cómoda, en ningún caso hay que forzar la situación, ya que, recordemos, el sexo es para disfrutar.

Pero si lo ves con buenos ojos o incluso con curiosidad, solo que hasta ahora no te habías animado, ya sabes que puedes bajar al pilón sin ningún tipo de preocupción.

Duquesa Doslabios.

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Un violador en cada esquina

Fue uno de los reproches que le hice a mis padres respecto a la educación que me habían dado: que habían conseguido que nunca me sintiera segura por la calle, que caminaba con el miedo de que, en cualquier momento, podría salir un violador detrás de una esquina. 

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Para mí, entender a una edad tan temprana, porque nos lo enseñan cuando todavía somos pequeñas, que fuera siempre con cuidado por si alguien me hacía algo, me marcó de la manera en la que a todas nos marca saberlo cuando llega el momento.

Y si a mí me parecía injusto, doloroso y horripilante, si me hizo sentir insegura, ahora pienso en el lugar de mis padres.

Pienso en lo que debe ser tener una hija que nace mujer y saber que, en algún momento de su vida, tendrás que tener esa charla con ella. La charla en la que le haces entender a tu hija, a lo que más quieres, que puede haber gente que la quiera agredir, violar o incluso matar.

La impotencia, el dolor y el miedo que yo siento, imagino que es solo la mitad de lo que pueden llegar a sentir ellos. Mucho más vasto y lacerante que el mío.

Unas sensaciones que, me consta, podrían volverse más intensas, aunque no me lo dijeran, si me olvidaba de contestarles a qué hora volvía a cada o si al final me quedaba a dormir en una casa de una amiga y no tenían señales de mí hasta el día siguiente.

Al tiempo que a mí me enseñaban eso, el mensaje para mi hermano ha sido el del máximo respeto hacia las mujeres.

Pero que él haya aprendido que no debe hacer nada en contra de la voluntad de otra persona, no garantiza que las mujeres estemos exentas de peligro en manos de otra persona que no ha tenido el mismo desarrollo.

Si los padres siguen teniendo esa charla con sus hijas es porque la sociedad tiene un problema estructural cuya solución no es solo que los padres den una buena educación.

La responsabilidad, más que la culpa, es de todos y somos incapaces de asumirla. Así que mientras no haya cambios en las leyes, no se refuercen las penas, no se tomen medidas, no se apliquen estrategias en los colegios o las series de televisión, como The Big Bang Theory, no dejen de vendernos como objetos, seguiremos transmitiendo ese mensaje generación tras generación.

Seguiremos diciendo, como mi bisabuela a mi abuela, mi abuela a mi madre, mi madre a mí, y yo, si tengo algún día, a mi hija, que tengamos mucho cuidado, porque ya no se esconden en las esquinas, puede ser el de la casa de enfrente, tu ex novio o el compañero de la oficina.

Y no habrá cuidado o medida que podamos tomar, ropa larga, calle llena, sobriedad o luz del día, que garantice nuestra seguridad ni nuestra vida.

Duquesa Doslabios.

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Las veces en las que fui machista (sin darme cuenta)

Es imposible, o al menos en mi caso, no hacerme autocrítica con todo lo que estamos viviendo (no en vano “feminismo” ha vuelto a ser una de las palabras del año).

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Y es que resulta que me he portado muchas veces de manera machista. No ha sido de manera consciente ni consecuente, no es que realmente piense que el hombre está por encima de las mujeres.

Pero sí que es fruto de haber crecido en una sociedad machista con unos ideales machistas que me van moldeando a través de las películas, las series, la publicidad, las canciones o los propios mensajes de las camisetas del Primark.

Gracias a mi madre, a leer muchos libros al respecto, a Pamela Palenciano, a Barbijaputa o a Caitlin Moran, poco a poco me he quitado la venda de los ojos y me los he pintado de morado. Pero hasta ese momento, en el que aún me queda mucho por ver a través de las gafas de cristal violeta, repito, he tenido varias actitudes machistas.

He juzgado la vida sexual de otras mujeres, desde compañeras del colegio que daban un beso hasta otras de la carrera que hacían pleno acostándose con un hombre diferente cada día de la semana. Así hasta darme cuenta de que cada una podía hacer lo que le diera la gana, que no cambiaba absolutamente nada.

Me he atormentado a mí misma pensando “¿Y la maternidad para cuándo?” como si fuera lo único alrededor de lo que debiera construir mi vida. Según ha pasado el tiempo me he dado cuenta de que no es una prioridad y que no solo no pasa nada sino que no soy menos mujer por ello. No es necesario que tenga hijos para que, como persona, tenga valía.

Me he levantado de la mesa en numerosas ocasiones a ayudar a recoger a mi madre mientras otros miembros de mi familia (varones) se quedaban sentados esperando a que las mujeres limpiáramos, sirviéramos y volviéramos a limpiar el siguiente plato. Y ya van 26 años. Aunque, por suerte, en mi casa, es algo que vamos cambiando.

He utilizado “qué coñazo” cuando algo me parecía aburrido y “cojonudo” si quería expresar alegría. He insultado diciendo “hijo/a de puta”. Ambos los he cambiado de mi vocabulario por otras expresiones más acertadas y menos ofensivas (para las mujeres, claro).

Incluso he llegado a decir que era feminista, pero en ningún caso feminazi. Luego terminé entendiendo que feminazi no existe, es un término creado para desprestigiar la búsqueda de la igualdad. Y que si me lo llaman, sigo sin ser una persona que va a Polonia a asesinar judíos.

Me he reído de un chiste o una gracia machista en público solo por no generar polémica, por no incomodar a la otra persona. Y por no incomodar contestando, he llegado a sentirme incómoda yo al recibir un piropo pensando “No es para tanto, solo te ha dicho algo bonito” sin entender que lo único que estaba dejando la otra persona hacia mí era un acoso normalizado.

Y ahora soy capaz de ver esas cosas porque reconocí que tenía un problema. No es tan grave haber tenido comportamientos machistas en una sociedad machista como darse cuenta de ello y no hacer nada para cambiarlo. El machismo es como la ignorancia, se sale queriendo.

Duquesa Doslabios.

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¿Qué demuestran los juguetes eróticos?

El aumento en la venta de juguetes sexuales ha dejado en evidencia varias cosas, como que la sexualidad cada vez es un tema que tratamos con mayor naturalidad. Las conversaciones de sexo han pasado de ser la excepción a uno de los temas más divertidos que sacar en conversaciones con personas de confianza.

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Hemos perdido la vergüenza sobre la cama y fuera de ella. ¿Cómo mantenerla en una época en la que el sexo es el pan de cada día y de cada hora, si queremos, gracias al teléfono? Pero no solo se quedan ahí las conclusiones de quienes trabajan en este mercado.

Basta de prejuicios, las mujeres jugamos solas. La masturbación femenina se aleja cada vez más del tabú según la encuesta que ha realizado Platanomelon.com cruzada con el análisis de los productos que se han vendido en 2018.

Buscar un juguete para uso personal fue la respuesta del 63% de las mujeres encuestadas. Aprender a disfrutar en la cama empieza por conocerse a una misma, por lo que recurrir a los sex toys es de gran ayuda.

La búsqueda del placer es el objetivo principal (nadie se compra un vibrador, por muy de diseño que sea, para decorar la casa). Esto es algo que demuestra el 72% de las participantes, que compraron un juguete para mejorar sus orgasmos. Los productos que estimulan el clítoris son la apuesta segura de este tipo de negocios.

Aunque no solo en nosotras queda la magia de los artículos de placer. Los hombres también la experimentan, aunque lo hacen más en compañía que por su cuenta. De hecho, el 62% busca algo que pueda utilizar con la otra persona para incrementar la experiencia de su pareja.

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Sin duda es una cifra esperanzadora que nos habla bien de la salud de nuestras relaciones sexuales. Recordemos que, hace décadas, ni se planteaba que las mujeres pudieran tener orgasmos.

Además el 43% de los hombres encuestados buscaban salir también de la zona de confort viviendo experiencias nuevas entre las sábanas. No solo las mujeres somos las curiosas por mucho que, como clientas, superemos en número a los usuarios masculinos. Trabajar en que el sexo no se convierta en algo monótono es responsabilidad de todos.

Dicen en Platanomelon.com que los juguetes de dominación y sumisión han pasado de ser una moda a convertirse en un básico del cajón de las perversiones (ese que tenéis en la cómoda cerca de la cama, ya sabéis cuál os digo). Es tal su éxito que, si se apilaran, rebasarían sobradamente la Torre Eiffel.

Y es que si de algo podemos estar agradecidos a Cincuenta sombras de Grey es que ha arrojado luz sobre lo que antes se veía como una afición sexual un poco oscura. Eso y que experimentar por encima de la línea entre el dolor y el placer, es un acierto seguro.

Como consumidores, podemos tener patrones similares, y si algo ha demostrado esta investigación sobre las verdades irrefutables de la compra de objetos eróticos es que nos sirve como aliciente para enfrentarnos a la semana. Es el domingo la jornada en la que más juguetes sexuales se compran desde el móvil.

Ya sea para contrarrestar el efecto lunes o para tener una ilusión a lo largo de los cinco dais de trabajo que nos esperan. Así que, si mañana no tienes planes, aquí tienes una idea de lo que puedes hacer para pasar el tiempo.

Duquesa Doslabios.

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No estoy más sola, soy más libre

Cada vez que quedo con mi abuela, me pregunta hasta el hastío que cuando me voy a casar, que ella con 26 años ya tenía un hijo (mi padre). Sabe que los tiempos han cambiado, pero no se hace una idea de cuánto.

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La principal diferencia es que las mujeres ya no tenemos miedo de la soledad. Ella creció escuchando que tenía que cuidar la casa, ser buena esposa y buena madre, a cambio su marido se encargaría de todo lo demás.

La generación de mis padres puede que tuviera algo menos de presión, sin embargo continuaban todavía muy lastrada por el modelo familiar tradicional que aún prevalece en España (el hombre sustenta y la mujer vive mantenida). Pero poco a poco, las cosas empiezan a cambiar.

Cada vez somos más libres económicamente hablando gracias a la educación que nos han dado nuestros padres babyboomers. Que no tengas que depender de nadie” es seguramente una de las frases que más nos han dicho hasta que se nos ha quedado grabada.

Ya no es necesario formar parte de una pareja para tener un sustento, para viajar, para salir, para abrirte una cuenta en el banco o para disfrutar de la vida. Entiendo que en la época de mi abuela todo a lo que podría aspirar una mujer era a hacer de secretaria o taquígrafa, pero la batalla que luchamos contra el techo de cristal nos acerca, espero, a puestos de mayor importancia y, por tanto, a más remuneración económica.

No podemos olvidarnos, si hablamos de la libertad de la mujer, de la Iglesia, por supuesto, ese órgano supresor que te condenaba al infierno si ibas a vivir en pecado con tu pareja sin pasar por el sacramento. Cuando la educación que recibes dice que el centro de tu vida es tu marido, tu Dios, tus hijos y tu casa, ¿qué queda para ti?

¿Qué clase de escapatoria podrían tener quizás de un matrimonio en el que no eran felices si ni siquiera sabían qué les gustaba a ellas mismas? Y claro, ¿cómo tomar esa decisión? Con lo mal visto que iba a estar entre las vecinas. Y ya si se enteraban en el pueblo mejor ni hablamos.

Quizás actualmente estamos tan absorbidas entre el trabajo, las amigas, las series e Netflix y las manifestaciones feministas que lo último que nos preocupa es si vaciamos la lavadora aunque luego suponga una discusión con la compañera de piso de turno.

Y aún con todos estos pasos hacia adelante, hay quien se atreve a criticarlos. Se nos acusa, injustamente, de haber perdido el romanticismo, de no ser lo bastante dedicadas a las relaciones, a las parejas, a la crianza de los hijos. Se nos acusa de lo que los hombres llevan haciendo toda la vida. “Con dinero pero pobres en espíritu” es como una escritora inglesa, Suzanne Venker, nos ha definido a las millennials.

Claro que nuestra percepción del dinero ha cambiado. Dinero es poder, dinero es éxito, el dinero representa felicidad ya que, ¿qué puede hacerte más feliz que trabajar por y para ti misma? Estamos centradas en llegar a la cima de nuestras carreras y si no es la cumbre, todo lo alto que podamos subir mientras tanto.

Por mucho que sepamos hacer la declaración de la renta, construir edificios o salir airosas de operaciones a corazón abierto según ella y sus hordas de seguidores, no tiene ningún valor ya que hemos perdido la noción básica de criar a un bebé. Qué contrariedad. ¿Ya soy menos mujer? Casi parece con esa manera de pensar que por no dejar el trabajo y quedarnos en casa la sociedad está abocada al desastre.

A ella y a quienes compartan ese punto de vista, les pediría que no miraran solo la paja en el ojo ajeno. A fin de cuentas, lo único que consiguen con esas ideas es mantener que son los hombres los que pueden elegir tenerlo todo y nosotras las que, sin más opción, nos toca quedarnos con solo una de las caras de la moneda. Pero es que queremos ambas, queremos lo mismo que ellos, es decir, todo.

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Así que quienes nos compadecen a las mujeres de estas nuevas generaciones, estas que no sabemos cambiar un pañal ni falta que nos hace (además si lo necesitaríamos ya buscaríamos un tutorial en Youtube), que nos ven ricas pero miserables por preocuparnos solo por el trabajo sin centrar todas nuestras energías en encontrar una pareja, decirles que no estamos solas, que somos libres y felices de serlo.

Duquesa Doslabios.

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Mujeres velludas, mujeres pistonudas: ama (de una vez) a tus pelos

En una de mis primeras cenas de trabajo, cuando estaba de becaria, uno de mis compañeros de trabajo se jactaba de la cantidad de cosas que se había encontrado en la cama.

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Para él, la peor y más desagradable de todas era tan demencial que no me lo iba a creer, o eso me aseguraba reiteradamente. “Una mujer con pelos en los pezones“, me dijo al poco de echarse a reír como si hubiera descubierto en la teta de su compañera un cómico contando chistes de anuncio de embutidos.

Le miré y pensé que, además de que necesitaba una sesión con los caza fantasmas de lo que había presumido delante de mí, que no me conocía de nada, lo más divertido del asunto no eran los pelos de aquella chica, sino lo cachondo que me parecía encontrarme a alguien con esa mentalidad tan obtusa por la vida.

Por lo visto ese hombre, con sus casi cuarenta a cuestas, seguía pensando que las mujeres son de cerámica. Lisas y delicadas como un jarrón chino.

Lo que no le dijo nadie es que las mujeres también tenemos pelos. Y no, no solo en la cabeza, sino en muchos más sitios.

Tenemos pelo en las cejas y en el entrecejo, a no ser que nos lo quitemos, y muchas también, en la comisura superior de los labios. También me he encontrado con mujeres que los tenían en la barbilla, en las patillas e incluso debajo del cuello, y seguían siendo mujeres.

Puede que los brazos, las axilas, las ingles, el pubis o las piernas sean las zonas clásicas en las que antes pensamos cuando hablamos de pelo femenino, pero los dedos de los pies, la espalda o incluso el culo pueden tener también extra de vello corporal.

BILLIE BODY HAIR

Y es que la pelusilla no está reñida con las tetas ni con el segundo cromosoma X. Ni siquiera aunque salga en las tetas, alrededor de los pezones o incluso unos pocos en la zona del canalillo. Algunas tenemos un caminito de pelo suave que desciende al ombligo, donde hace un poco de espiral y continua bajando.

Es una zona tan increíblemente sensible que casi parece que tener esos vellos no sirven sino para señalar el camino exacto que deben seguir los labios hasta perderse en otra zona con más pelo, claro (esa en la que estáis pensando).

Será nuestra decisión dejarlos o quitarlos, pero aceptar que salen y que no afectan a nuestra vida sexual debería estar asimilado desde las edades más tempranas para aprender a vivir lo natural con naturalidad.

Y creedme, lo sé porque soy una de esas mujeres con pelos y nadie me va a hacer sentir vergüenza por ello.

Duquesa Doslabios.

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Ocho (buenas) razones para ver ‘Sex Education’, la serie que mejora tu sexualidad

Que la educación sexual en este país brilla por su ausencia (el incremento de las enfermedades de transmisión sexual es solo una de las pruebas de ello) es algo que no podemos seguir negando.

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En plena era de la desinformación, donde la pornografía se convierte en la principal maestra prolongando estereotipos e ideas que no son más que una fantasía, aparece Sex Education.

La nueva serie de Netflix ha sido mi descubrimiento de la semana manteniéndome enganchada hasta el punto de habérmela ventilado como si hubiera sido una temporada de Stranger Things.

Pero, ¿qué es lo que realmente funciona de Sex Education? Aquí tienes los motivos por los que deberías darle una oportunidad.

  1. Porque trata cuestiones de actualidad como son la identidad, la orientación o el consentimiento sexual, el acoso, la cosificación o el slutshaming, cuestiones que por diferentes motivos, son el pan de cada día de un tiempo a esta parte.
  2. Los temas se plantean con naturalidad, y, francamente, es toda una satisfacción. Que en una serie llaman al pene “pene”, a la vagina “vagina” y a follar “follar”, se agradece. No se dice “el miembro”, “la flor” ni ningún otro recurso poético del estilo de los que abundan en las series.
  3. Es capaz de acercarnos a problemáticas que igual ni nos habíamos planteado por todos los estereotipos que nos rodean como por ejemplo las desventajas de tener un pene de dimensiones por encima de la media. Tiene un lado didáctico del que podemos sacar partido ampliando conocimientos luego por nuestra cuenta (que hay muchas webs de divulgación sexual).

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  4. Porque aunque creas que ya sabes todos los temas que tratan, nos refrescan conceptos que siempre deberíamos tener presentes como dónde está el clítoris.
  5. Además de ser dinámica, interesante y con una trama que te engancha desde el principio, es divertida, y todos sabemos que tratar cuestiones con humor, especialmente si hablamos de sexo, son puntos a favor.
  6. Porque salen penes. Juego de Tronos va de rompedora con sus topless constantes. ¿Alguien recuerda lo que pasó en la primera temporada más allá de las tetas? A mí me cuesta hacer memoria. Sex Education rompe un poco (un poquito solo) con esto enseñándonos la ansiada anatomía masculina en la pequeña pantalla.
  7. Vincula el ámbito sexual con el emocional. Un reto a la hora de plantearte una serie de estas características es el de no caer en el morbo, en el aspecto físico, situación que solventan a las mil maravillas ya que, a fin de cuentas, el cerebro sigue siendo el órgano sexual más importante.
  8. En definitiva, porque Sex Education es como ese amigo con el que puedes hablar de sexo con total confianza, contarle tus preocupaciones más íntimas, tus miedos, tus deseos con la seguridad de que no solo no te va a juzgar sino que va a estar ahí para escucharte y para ayudarte.

Duquesa Doslabios.

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Suegros tóxicos, el artículo que tu familia política no quiere que leas

“Tóxico” es una palabra que ha marcado este 2018. “Contiene veneno o produce envenenamiento“, es la acertada manera en la que la Real Academia Española define un concepto que hemos podido asociar a las relaciones de pareja.

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Se ha popularizado tanto de un tiempo a esta parte gracias a artículos, libros, debates o campañas por las redes sociales que sabemos, a estas alturas, si la persona con la que nos encontramos reúne ese tipo de características.

Pero, ¿qué pasa cuando no es tu pareja con quien mantienes un lazo envenenado sino con alguien cercano a ella o a él? Hoy quiero hablaros de los suegros tóxicos, una clase de personas con las que, o tienes cuidado o, más que seguramente, tu relación terminará al borde del abismo (eso si con suerte consigues evitarlo).

Aunque hablo en plural, no significa que ambos compartan la personalidad tóxica, puede ser que tu suegra sea una santa llevándole la contraria a los tópicos y a los chistes casposos y por tanto tu suegro, el que te ponga la cruz.

¿Cómo saber entonces si la conexión está empezando a ser nociva? La psicología nos da la respuesta.

En primer lugar, no respetan vuestro espacio. Esto puede manifestarse de muchas maneras. ¿Te agobia la cantidad de mensajes que te escribe al día? ¿Lleva una vigilancia constante de tus redes por lo que dejan ver sus likes y comentarios?

¿Interrumpe en las conversaciones que mantienes con otras personas para contarte otras cosas que no tienen nada que ver solo para que dejes de hablar con otros? ¿Se inmiscuye constantemente en tus planes o incluso en tu casa? Es probable que sea uno de los primeros síntomas en aparecer.

El suegro o la suegra tóxica te hace sentir mal a propósito. Todos sabemos que, como humanos, puede que en algún momento hagamos daño sin quererlo, pero en este caso es totalmente buscado. Lo notarás en comentarios que llegarán sin que los veas venir.

No solo en incomodar o dañar se queda el asunto. Llega un momento en el que el chantaje emocional se convierte en el denominador común de vuestra relación. “Qué solos estamos” o “Ya no nos queréis” son quizás dos de los ejemplos más típicos que puedes haber identificado, aunque son solo la punta de un iceberg de manipulaciones en las que, el único resultado, es que terminas sintiéndote mal y en la obligación de hacer ciertas cosas.

Otra manera de envenenar es meterse constantemente en las decisiones que se deberían tomar como pareja. Cuestiones que pueden ir desde la decisión de avanzar en la relación hasta algo tan simple como comprar un cuadro para decorar el salón.

Es propio de este tipo de familiares políticos hablar mal de ti a tus espaldas cuando por delante todo son sonrisas y emoticonos de corazones. Son capaces de desarrollar una doble cara de la que puede que estés años sin darte cuenta de que existe.

Los suegros tóxicos no respetan las emociones ajenas. Puede que tú seas la persona más cuidadosa en tratar ciertos temas cuando te encuentras con la familia de la pareja, pero no encontrarás lo mismo por su parte. Ante situaciones que enfrentes de dolor, enfado o felicidad notarás pequeños desprecios que solo tienen cabida en este tipo de relaciones envenenadas.

Otro rasgo característico que cumplen este tipo de personas es que logran ponerte en contra de la gente. Sobre todo contra tu pareja o contra otros miembros de la familia, miembros sobre los que pueden ejercer el control.

Tener el control es uno de los principales objetivos de los suegros tóxicos, una meta que puede desencadenar otra serie de reacciones, con tal de seguir manteniéndolo, que encajan en el patrón de comportamiento venenoso.

¿Te suena encontrar a tu suegro vociferando por una nimiedad o a tu suegra fingiendo un desmayo o un ataque? Las reacciones de este tipo de personas, cuando ven que pierden el mando, es la de llevar la situación al extremo para volver a recuperarlo actuando de manera desmesurada.

Los ataques contra ti o el hecho de meter a segundas personas, que nada tienen que ver con el conflicto inicial, son otros recursos que pueden llegar a utilizar en cualquier tipo de situación.

Y ahora, cuéntame. ¿Te suenan estos rasgos? ¿Has vivido algún caso de suegros venenosos? Recuerda que estaré encantada de leer tu experiencia en los comentarios.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha muerto el sexo telefónico?

¿Os acordáis del sexo telefónico? Bueno, pues yo no. Me he dado cuenta de que todo lo que sé sobre sexo a través del aparato (el aparato del teléfono, ya me entendéis) lo he visto en películas o en series antiguas. Y con antiguas quiero decir de 1990.

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Pero ni yo, ni la mayoría de las personas de mi círculo cercano, todos millennials de principios de los 90, habíamos probado a tener sexo a través del auricular. De hecho, lo más excitada que me he sentido hablando por teléfono fue una vez que mi pareja me llama decirme que ya había cogido las pizzas.

¿Significa entonces que el sexo por teléfono ha muerto?

Puede que me digáis, quienes sí lo conozcáis de oídas, por aquello de que el estímulo es auditivo, que no me pierdo nada, que ha evolucionado, que ahora tenemos más opciones para poner en práctica nuestras perversiones sin necesidad de estar pegados.

En mi caso, habiendo tenido una relación a distancia, estoy familiarizada con las formas de crear intimidad a través de un ordenador, sin embargo he de admitir que el sexo telefónico 2.0 me parece de todo menos excitante.

Lo de ver a la otra persona desnuda en una especie de chat sexual cutre de mala calidad que me recuerda a los vídeos de publicidad, que aparecen como pantallas emergentes, no termina de ponerme.

La velocidad de la conexión, verte también a ti misma en la pequeña pantalla haciendo cosas que te hacen pensar que pareces totalmente ridícula o el miedo de que te oigan los compañeros de piso, son cosas que enfrían un poco el momento. Y no es que mejore con auriculares, menos todavía si tiendes a ser torpe por naturaleza.

Quizás se podría hablar del sexting como sustitutivo, que viene de unir las palabras “sex” y texting” refiriéndose a mandar mensajes de carácter sexual, pero la forma de utilizar el móvil para excitar a alguien tampoco me parece la más efectiva.

Desde que los móviles tienen cámara, el sexting que predomina es el del envío de imágenes. De hecho, si te paras a pensarlo, ¿cuántas exparejas tuyas tienen fotos comprometidas de ti? Yo he hecho las cuentas, son varias.

Llega un momento en el que las fotos se intercambian sin más, simplemente como aliciente visual. Y claro que a nadie le amarga un dulce, especialmente si llega en un momento inesperado en plena clase de Bioquímica o en una jornada dura de oficina, pero a mí, como buena amante de las letras, se me queda cojo.

Si me dais a elegir, me quedo sin duda con el sexting redactado. Ese que no precisa casi de emoticonos pero que, de insinuante, resulta tan potente como una buena copa de vino rosado (o del afrodisíaco que se os venga a la cabeza en vuestro caso).

El sexting vía mensaje juega con el juguete sexual más potente que tiene el ser humano, la imaginación. Precisamente el mismo principio que estimula el sexo telefónico. Excitarse viendo una imagen es tan sencillo que la pornografía ha hecho de ello un negocio, pero ¿qué hay de la dificultad, el morbo y el reto que supone conducir a alguien al orgasmo jugando con sus fantasías únicamente a través de la voz? ¿No os parece un buen motivo como para recuperarlo?

Duquesa Doslabios.

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Mis consejos para que el 69 se convierta en tu nueva postura favorita

El 69 a mi vida sexual se puede equiparar a las matemáticas durante mi etapa en el colegio. Lo de darle la vuelta a las cosas hacía que nunca me salieran las cuentas.

CALVIN KLEIN

Sin embargo, tras años estudiando la postura, y horas de dedicación mediante prácticas en la cama, he conseguido no solo cogerle el gusto sino encontrarla perfecta llegar al orgasmo. Algo que, como mujer clitoriana, y como sabréis muchas de mis lectoras, no sucede tanto como nos gustaría.

La manera más célebre de practicar sexo oral no solo es sinónimo de un rato de diversión, sino que nos hace conectar y experimentar en pareja. Pero, ¿cuál es la manera de que pase de ser una postura que se nos resiste por su compleja técnica, que te hace sentir como en tu primera clase de práctica de conducir, a una de las preferidas?

“Manos aquí, ojos allá, acelera, frena, cuidado con el de atrás”, serían la clase de instrucciones que podrían compartir tanto el profesor de autoescuela como una sesión informativa de 69.

La coordinación es uno de los factores clave, no solo para manejarte en la zona, sino también para colocarte. Aunque todos estamos familiarizados con la postura clásica, en la que la mujer se coloca encima, hay más formas de acoplarse.

Para quienes tengan ganas de innovar, pueden reinterpretar la pose tradicional con unos ligeros cambios. Que el hombre se tumbe a lo ancho de la cama, dejando la cabeza ligeramente fuera del colchón, y la mujer se ponga encima con las piernas apoyadas en el suelo, supone un nuevo punto de vista.

Si lo que se busca es hacer del 69 el número final en vez de un preliminar, la comodidad es lo más importante, por lo que colocarse de lado conseguirá que ambos puedan aguantar más tiempo.

Que pruebes una postura diferente no significa que esa sea toda la improvisación que puedes realizar. Al ser una posición que requiere interacción constante, no es mala idea dejar juguetes sexuales a mano.

Vibradores, dildos o incluso objetos cotidianos que tenemos por casa que pueden tener un segundo uso para sorprender debido al cambio de textura, serán aliados a tener en cuenta.

Los juguetes son de mucha ayuda al igual que las manos. No te olvides de las manos. La clave del 69 es precisamente explorar desde un nuevo punto de vista. Por mucho que pienses que es buena idea centrarte en tu manejo bucal ya que es una posición oral, aprovecha que tienes las manos libres y toca libremente.

Y hablando de chupar, coincidiremos en que no es lo mismo hacerlo al revés, así que cambia la técnica. Modifica la velocidad, la intensidad o la frecuencia. Busca nuevas formas de estimular aprovechando todo lo que tienes a tu alcance.

Una de las mejores cosas que tiene el 69 es que puedes estar tan pendiente de hacer bien el trabajo que de repente, te llega un orgasmo por sorpresa. En el caso de que suceda, no pasa nada porque pares un momento.

No es una fábrica japonesa, no tenéis que estar al 100% de productividad desde el primer minuto. Podéis disfrutar por turnos. Eso sí, prepárate para volver al terreno de juego para que la otra persona no se quede a dos velas.

Duquesa Doslabios.

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