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Separados que quieren volver a casa por Navidad

La dejó de la noche a la mañana. Un día cualquiera de este otoño reciente, solo horas después de una comida familiar y una siesta con polvo incluido. Mirada perdida, unos cuantos suspiros para provocar los miedos y la conversación y voilà, un disparo a bocajarro y sin anestesia. La historia, aburrida de tan corriente. Que si tengo que encontrarme a mí mismo y vivir cosas nuevas, que si eres la mujer más maravillosa del mundo pero necesito estar un tiempo solo… Eso, en cuanto al manido discurso de manual; la verdad, como casi siempre, tenía nombre de mujer. El de otra, claro, una desconocida llegada tan solo unos meses antes a la oficina.

Tras la bomba y el aturdimiento iniciales ella vivió su duelo, con todas sus etapas. En ninguna de ellas él mostró el más mínimo signo de arrepentimiento, duda o siquiera compasión. Sin embargo, a medida que la Navidad se acercaba, empezó a dar sospechosas muestras de acercamiento. Aparecía por la casa con cualquier excusa, adoptó un estúpido tono paternalista y no dejaba de curiosearle los planes.

Comida de NavidadLa guinda llegó anoche, cuando con cara de corderito a punto de ser degollado le soltó con ojos llorosos que estaba confundido, que la echaba mucho de menos y que por qué no cenaban todos juntos en Nochebuena y comían en Navidad, en familia, como siempre. Daba la casualidad de que la chica de la oficina, que era de la otra punta de España, se iba a pasar las fiestas con su gente.

Mientras me lo contaba, no pude evitar acordarme de mi madre y de su horda de amigos jseparados, todos cincuentones. “Los ‘medias pagas’ siempre vuelven a casa por Navidad”, le he oído decir toda la vida. Así es como llama ella a los/las separados que tienen que pagar pensión a sus ex por los niños, etc. “Estas fiestas son muy malas, te remueven por dentro y la gente quiere volver a donde se siente seguro”. En definitiva, volver a sentir de cerca el calor del hogar perdido.

Mi madre es un poco chunga, lo reconozco, pero cuando hago un repaso a los amigos de la familia veo multitud de episodios en los que no ha parado de repetirse ese patrón. Y justo cuando empezaba a creer que era cosa de hombres, resulta que me entero de que la chica de la oficina, la de la otra punta de España, en realidad no se ha movido de la ciudad. Y no lo ha hecho porque ha preferido quedarse estos días a compartir el turrón con el que hasta hace poco ha sido su novio. El mismo al que hace unos meses le dijo que necesitaba tiempo, espacio para pensar. El mismo con el que ha compartido los últimos cinco años. Cosas del espíritu navideño.

Felices fiestas a todos.

Recomponer un corazón tras una ruptura inesperada

Me había propuesto escribir sobre algo trivial en el siguiente post, en plan ligerito y nada denso. Pero por más que lo intento, no puedo. Es difícil abstraerse de la tristeza y el sufrimiento, aunque sean ajenos. Y este fin de semana el dolor de alguien muy querido se ha instalado en mi casa pidiendo refugio, buscando arropo y un poco de consuelo. Solo que no hay forma de consolar a un corazón al que acaban de partir en mil pedazos.

Esta historia no tiene nada nuevo; es una más de tantas sobre desamor y abandono. Una separación repentina e inesperada y un divorcio inminente. En este caso es el dolor de una mujer, aunque igualmente podría ser el de un hombre, nada más lejos de mi intención que intentar poner sexo al sufrimiento. Como decía, no hay nada de especial en esta historia, salvo la inmensidad de un dolor que me conmueve hasta lo indecible.

Mujer llorandoPero por más que quisiera aliviar su pena, no se pueden llorar las lágrimas de otro, ni llenar sus huecos. Dicen que lo más duro y estresante por lo que puede pasar una persona es el fallecimiento de un ser querido y una separación, por ese orden. Y es verdad, aunque es lo mismo, en cierto modo. Porque una separación es como una forma de muerte, sobre todo cuando es unilateral y se está enamorado. Es la desaparición repentina de una forma de vida, de un proyecto común, y a ello hay que sumar la sensación de fracaso y el sentimiento de rechazo y abandono.

“Me ha echado de su vida”, me repite. “No me ha elegido a mí…” Hace tres semanas estaban buscando tener un hijo; hoy se ha dado cuenta de que ya no la quiere. La consecuencia es alguien roto, confuso, desorientado. Aniquilado.

La veía así, hecha un ovillo en la cama, con el rostro congestionado por el llanto, y sentía una impotencia enorme. Cualquier gesto o palabra por mi parte me resultaba groseramente ridículo e intrascendente ante semejante despliegue de desolación. Me parecían casi un insulto o una falta de respeto hacia sus sentimientos, hacia la profundidad de su tristeza.

Así que la única forma digna que hallé de acompañarla fue acordarme de mi propio dolor. Pero no el reciente, ya superado y diferente, sino otro muy lejano. Heridas de otra vida, casi. Una vida prácticamente olvidada, si no fuera porque, muy de vez en cuando, cuando menos me lo espero, me veo la cicatriz. Y entonces me acuerdo; me acuerdo de sentir dolor en partes del cuerpo que ni siquiera sabía que existían, de las noches oscuras y eternas repasando todos los detalles y preguntándome qué hice mal, qué fue lo que malinterpreté y cómo coño pude pensar que era tan feliz.

Y así estuvimos las dos. Ella lamiéndose las heridas y yo luciendo cicatrices mientras intentaba convencerla, sin éxito, de que no hay mal que dure 100 años.

Ojito con lo que grabas en la cama

Dicen que las armas las carga el diablo, pero este dicho tan famoso como antiguo bien podría aplicarse a las cámaras, ya sean de vídeo, de móvil, digitales o de cualquier tipo. Son muchas las parejas que conozco que, aunque sea una vez, se han grabado practicando sexo de una u otra manera. Les resulta divertido y muy excitante recrearse en ese momento, verse en acción, desde otra perspectiva. Muchos lo utilizan como prolegómeno, a modo de introducción traviesa y prometedora de lo que vendrá después. Para calentar motores, vaya. A otros simplemente les gusta conservarlo como recuerdo.

No obstante, tengo que reconocer que entre la gente de mi entorno son mayoría los que no se han grabado nunca. A las chicas, sobre todo (a las que me rodean, no estoy generalizando), les da cierto reparo. No por moralismo, sino por temor a donde pueda acabar ese material algún día. Porque no nos engañemos, si acabara donde no debe, ellas suelen ser las más perjudicadas, que en este país sigue habiendo mucho machismo y mucho doble rasero. Aunque tampoco es que a ellos les fuera a hacer gracia. En cualquier caso, sería una putada.

Entre las que no tenían estos reparos estaba mi amiga Almudena, que tenía una relación de muchos años con su novio, un tipo con bastante pasta al que volvían loco las cámaras, los equipos de música de alta fidelidad y todo ese rollo. Cuando llevaban solo unos meses saliendo él le sugirió grabar uno de sus encuentros; ella aceptó y desde entonces se convirtió en una práctica habitual entre ellos. Nunca hubo ningún problema y, con el paso de los años, se hicieron con una buena colección. Con pelucas, sin ellas, con disfraces, con juguetitos…

Grabar sexoHasta que un día, Almudena y su chico decidieron romper. Las razones no vienen a cuento, aunque diré que básicamente fue porque ella quería tener hijos y él no. El caso es que fue una ruptura muy civilizada, sin reproches y con mucho cariño. Se repartieron el material como recuerdo, y listos. Una tarde, Almudena se dio cuenta de que aún tenía en la casa de su ex unos papeles que le hacían falta, y como aún conservaba las llaves de la casa que habían compartido, le pidió permiso para ir a recogerlos. Él, que en esos momentos estaba trabajando, no le puso ningún problema.

Todo muy civilizado, como decía antes, solo que ella no estaba preparada para encontrarse en medio del salón un trípode enorme con la cámara que ella conocía tan bien apuntando directamente al sofá. A la pobre le entró un mareo tan grande que tuvo que sentarse en el suelo. Que sí, que ya no estaba con él y podía hacer lo que quisiera, pero es que no había pasado ni un par de meses desde la ruptura. De repente pensó en sus grabaciones y le entró un ataque de pánico, así que entró como una loca en el despacho, arrasó todo el material de los cajones y salió de allí pitando. Nunca más ha querido grabarse con nadie.

Belén, otra amiga, era bastante más modosita. Tanto, que siempre le estábamos dando la tabarra con que tenía que soltarse la melena. Y un día, harta, quiso darle una sorpresa por su cumpleaños a su novio, con el que vivía. Así que se compró lencería sexy y montó un streaptease con coreografía incluida que lo dejó francamente impresionado. Tanto, que quiso inmortalizar el momento, y después de mucho insistir, logró convencerla. La cinta, la única que hicieron, fue a parar a un cajón y allí siguió durante años, los mismos que duró la relación. Porque Belén y su chico también se separaron y ella, lo primero que hizo cuando fue a preparar las cajas y las maletas con sus cosas, fue ir al cajón donde estaba la cinta… salvo que no la encontró.

Presa de otro ataque de pánico llamó corriendo a su ex, que vino corriendo a ayudarla a buscar. Tiraron la casa abajo, pero la maldita cinta no apareció. Y por más vueltas que le daban, ninguno de los dos sabía a dónde narices habría podido ir a parar. Belén no tuvo más remedio que desistir, pero vivía en un sinvivir. A las dos semanas, finalmente su expareja la llamó para tranquilizarla: había dado la cinta por error a un compañero de trabajo con el que había ido de viaje hacía poco, pero el tipo aseguraba que no la había visto aún. De hecho, todavía la tenía en su mesa de trabajo, en un cajón bajo llave. Si era cierto o no, ella nunca lo sabrá, aunque la cinta fue devuelta a su dueña y posteriormente destruida. Otra a la que tampoco le han quedado ganas de volver a grabarse jamás.

Yo, por mi parte, tengo mi propio historial de ridículo cuando, en un viaje a Italia con unas amigas, les di mi cámara de fotos para que vieran todas las que habíamos hecho ese día sin acordarme de que no había borrado el material anterior. Aún se están riendo.

“Vamos a darnos un tiempo”… ¿De verdad funciona?

Leo estos días que Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones, que anunciaron su “separación temporal” en agosto, vuelven a vivir juntos para dar una oportunidad a su matrimonio. No es que me parezca mal, al contrario, les deseo todo lo mejor, pero no puedo evitar sentir cierto escepticismo sobre sus probalidades de éxito. Y no es porque se trate de ellos en concreto, sino porque, en general, nunca he creído en eso de “vamos a darnos un tiempo” o “tomarse un descanso”.

Por supuesto, conozco a gente a la que le fue estupendamente y, después de un paréntesis temporal, retomaron la relación y ahí siguen, tan bien o tan mal como cualquier otra pareja. Pero una es ya perra vieja y ha visto lo suficiente como para dejarse dar gato por liebre, a estas alturas, y mucho menos para intentar darlo.

a00498227 225Porque para mí, decir “vamos a tomarnos un tiempo” es un eufemismo. Es lo que alguien dice cuando no se atreve a afrontar la realidad, ya sea de cara a otro alguien o consigo mismo. Es un estado de pre-abandono, la milonga que se le cuenta al otro para que el palo sea menos duro, una ruptura por fases, en pequeñas dosis.

El objetivo, aunque inconsciente, es ganar tiempo para que ambos se hagan a la idea, pero guardándose en la manga el as cobarde de poder volver si el proyecto de nueva vida que nos hemos montado se nos tuerce o dejamos de verlo claro. Lo he visto hacer mil veces, a hombres y mujeres. Quiero volar sin ti, pero antes de hacerlo, mientras practico un poco, me esperas pseudocongelado, por si me doy el batacazo.

Otras veces no es tan ruin, no hay una bala en la recámara, es solo que la pareja no funciona pero los miembros que la conforman se niegan a aceptarlo. Miedo a la soledad, a equivocarse… hay tantos motivos como personas en el mundo. Y nos contamos mil películas y nos agarramos a un clavo ardiendo con tal de no coger el toro por los cuernos. Porque hacemos cualquier cosa con tal de evitar el dolor, no asumimos que forma parte de la vida, y en lugar de aceptar nuestros huecos, nuestros vacíos, y vivir con ellos, tratamos compulsivamente de llenarlos, con lo que sea. Algunos más que otros, bien es verdad.

Nunca he tenido rupturas temporales. Bueno sí, miento. Una vez, y no fue cosa mía. Transigí porque estaba enamorada y era demasiado joven y estúpida, pero sabía perfectamente que, llegados a ese punto, no había nada que hacer. Prometí intentarlo cuando retomamos el asunto, pero mi falta de fe me llevó pocos meses después a decir a aquello de colorín colorado… Y no me arrepiento.

Aunque bueno, lo dicho, cada uno es mundo. Es solo que me cuesta mucho creer que dos personas con problemas como pareja los vayan a arreglar tirando un tiempo cada uno por su lado. Siempre he pensado que, si de verdad hay amor, hay que luchar juntos, y si no se puede, pues no se puede. Lo demás son trucos, vulgares argucias y apaños. Pero claro, esto no es más que teoría, opinar es gratis y es muy fácil hablar… por hablar.

¿Es mejor dejar o que te dejen?

Cuando una pareja se rompe, siempre hay algún cretino cerca que lo primero que pregunta es: ¿quién dejó a quién? Más allá de la curiosidad morbosa y humana, que es entendible, lo que me molesta realmente es el tufo a prejuicio (sí, aquí cabalgan de nuevo), ese que parece catalogar a las personas y colgarles la etiqueta de pobrecitos/desgraciados a los dejados, y de tipos/as guays y duros a quienes dejan. Más de una vez he oído a gente hablar de otra gente con cierta admiración solo porque sus exparejas se quedaron hechas polvo tras la ruptura y tardaron en recuperarse. Como si eso les hiciera ser mejores o más atractivos de cara a los demás.

a00528242 581Soy consciente de que cualquier planteamiento sobre este asunto pecará de reduccionista (no se trata de hacer una tesis), pero la premisa es que el dolor, en ambos casos, es inevitable. Llorar por las esquinas y sentir que te mueres de pena, o sentir mucha pena y creer que te mueres de culpa. En este último caso, además, se suman grandes dosis de duda. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Y si no es que esté desenamorada, sino que no estoy sabiendo asumir las distintas fases por las que pasa una pareja? ¿Será peor el remedio que la enfermedad?

A menos que hablemos de un psicópata sin empatía, y por supuesto dejando fuera aquellos casos de historias muy chungas y rupturas aún peor, lo normal es que el que deja también lo pase mal. Y mucho. Porque aunque ya no estés enamorado, ¿cómo no vas a sufrir al asistir al fin de un proyecto en común por el que un día apostaste? ¿Cómo no te va a afectar el sufrimiento de alguien a quien has amado y a quien seguramente aún sigas queriendo? La costumbre, las rutinas, los recuerdos… Muchas cosas que llorar antes de poder abrazar nuevas causas.

El asunto es, ¿cuál de estas dos opciones es más deseable? Como todo, dependerá de la persona. En mi caso, lo tengo claro. Por mucho que duela, el abandonado siempre lo pasa peor. Esa sensación de desahucio, de vacío, de noches enteras pensando qué hiciste, en qué fallaste, la autoestima por los suelos… Además, siempre es mejor poder elegir. Aunque para ser sincera, he de decir que nunca he sido capaz de dejar a alguien de forma unilateral y tajante. El otro siempre me ha importado tanto, aunque ya no lo amara, que siempre he optado por intentar convencerlo de que él tampoco me amaba a mí. Y así, tras meses de mostrarles los beneficios de que rompiéramos, casi siempre acabé por convencerlos y que al menos pareciera una separación de mutuo acuerdo. Quizás por eso me llevo bien con casi todos. No es muy valiente, pero cada uno hace lo que puede. ¿Y vosotros?

De vuelta a la vida

¿Cuántas cajas hacen falta para empaquetar una vida? Hace casi cuatro meses me hacía esa pregunta mientras ayudaba a mi chico, bueno, a mi exchico, a meter la suya en un par de maletas viejas y un montón de cajas de cartón cortesía de Mercadona y del chino de la esquina. Ni cuernos, ni malos rollos (los justos) ni dramas mexicanos de Buñuel, como diría Aute.

Pero por muy civilizada que sea, una ruptura siempre es una ruptura y, tras el portazo, antes o después una tiene que verse frente a frente con la ausencia y el vacío. Sí; ese que aparece en los armarios y cajones desiertos, en la comida que se pudre en la nevera porque aún no te has acostumbrado a comprar para uno y en la tapa del váter que ya no tienes que bajar cada puñetera vez que vas a mear. Ese vacío te asalta y te apuñala en cualquier momento, y el objeto más nimio o precisamente la ausencia de él son capaces de provocarte un llanto incontrolable. ¿Qué demonios voy a hacer con tanto espacio?, te preguntas.

IbizaPero todo duelo tiene su fin y, para qué engañarnos, mi historia con A. estaba más acabada que Napoleón tras la batalla de Waterloo. El porqué no lo dejamos antes ya es otra historia… El caso es que casi cuatro meses y muchas lágrimas después aquí estoy, tomándome un ron en una playa de Ibiza, el lugar elegido por mis amigas para nuestras vacaciones tardías, con las que pretenden sacarme de mi letargo.

Agradezco sus intentos, pero mi falta de tono vital me ha llevado a pensar todos estos días que estábamos perdiendo el tiempo… Hasta hace 15 minutos. Se llama Felipe, es uno de los camareros de este garito playero y tiene unos años menos que yo. No me interpretéis mal, no hablo de un flechazo; es solo que casi me pongo a llorar de alegría cuando me he dado cuenta de que, por primera vez en muchos meses, he vuelto a tener ganas de acostarme con alguien. Y de qué manera…

Una ya no tiene 20 años y hay mucha competencia, pero tengo a mi favor unos cuantos rones y cinco amigas taradas dispuestas a todo con tal de que me lleve una alegría para el cuerpo. Sea como sea, he vuelto a sentirme viva. Gracias Ibiza.

PD. Aprovecho el retraso en nuestro de vuelo de vuelta para escribir esta postdata desde el aeropuerto. No, no me acosté con Felipe. Pero mis amigas y yo nos lo pasamos en grande y, aunque tendré que aguantar el vacile durante años, mereció la pena intentarlo. La risa, como el sexo, es terapia pura. El caso es que la competencia no paraba de aumentar, y yo, para desinhibirme, no paraba de pedir rones que Felipe preparaba la mar de dispuesto. Y una está muy bien, para qué mentir, pero aquello era otra liga.

Aún así, mi adonis me ponía ojitos cada vez que tenía oportunidad, a los que yo respondía con una cada vez más ebria y amplia sonrisa. Todo el mundo bailaba en aquel trozo de arena pegado a la barra y yo, claro, me fui creciendo. Hasta que los rones a favor se volvieron en mi contra y acabé echando la pota entre los taburetes, derribando un par de mojitos recién servidos y salpicando los pies de pedicura perfecta de una de mis principales rivales. Tan malita me puse que ni tiempo me dio a morirme de vergüenza. Han pasado dos días y he aprendido una cosa: lo único peor que una gran resaca es una gran resaca con calentón incluido.