Fiarse (o no) del ‘crush’ de Tinder

Cuando llegas a Tinder (y todo el compendio de aplicaciones en las que conocer gente) es normal que el panorama te genere dos reacciones contrarias.

La primera y más rápida: “¿De dónde ha salido esta gente?”.

La segunda, conclusión evidente de la primera reflexión: “Yo formo parte de este circo”.

DEREK ROSE

Por mucho que podamos llegar a pensar que las personas que pululan en este tipo de aplicaciones forman parte de una especie distinta, nadie ha diseñado individuos específicamente para cumplir la función de aparecer en tu pantalla cada vez que deslizas a la derecha o a la izquierda.

Son (somos) gente cualquiera. Gente que se agobia cuando hace la declaración de la renta, que se olvida de comprar papel higiénico cuando tiene el último rollo a dos cuadraditos de agotarse y que quiere a su perro por encima del resto de seres vivos del planeta.

Y sí, puede parecer obvio hablar de esto, pero no tanto si nos paramos a analizar la clase de relaciones que surgen fuera de la app.

Hay un limbo cuando empiezas a quedar en el que no sabes bien de qué va todo. Un momento en el que seguís viendo a gente en el que, cualquier paso en falso, puede significar no volver a veros más.

Poco hablamos de que las fotos del perfil haciendo deporte, viajando o posando abrazada a una amiga estratégicamente recortada esconden un equipaje emocional que solo se descubre más adelante.

Ligar por la vía digital tiene ese inconveniente: solo se ve lo que queremos por varias razones: queremos gustar, subimos las murallas defensivas porque estamos detrás de una pantalla y, en muchas ocasiones, no decimos claramente lo que queremos para no ahuyentar a la otra persona.

Nos movemos en la delgada línea entre no ser muy insistentes pero mostrar el interés suficiente como para que aquello avance.

Me decía un amigo que, tras quedar brevemente e incluso viajar con una chica que conoció por internet, la cosa se había estancado. Se encontraban en un punto muerto en el que no sabían hasta qué punto estaban con el usuario de Tinder o con la persona real.

Volviendo a las obviedades, la solución a eso es quedar. Seguir dando pasos, conocerse más a fondo y hablar de forma transparente.

En definitiva, alcanzar un nivel de comunicación profundo que nos permita averiguar si aquello es real.

¿No es el mismo proceso que hacemos (salvando las distancias) cuando compramos en una página web?

Al final, por mucho que nos guste el jersey de la tienda online, no es hasta que lo vemos puesto delante del espejo, comprobamos la calidad del tejido, si es nuestra talla o si nos agobia el cuello alto, que decidimos si lo queremos incorporar al armario.

Fiarse solo de la imagen virtual nos limita hasta el punto de que perdemos la visión -y experiencia- de 360 grados con alguien que puede ser especial.

Claro que da miedo desprenderse de las corazas y empezar a combinar el jersey con la duda de si nos sentará bien o no. Pero al final, las posibilidades de equivocarnos, son las mismas que tendríamos si nos hubiéramos conocido de la manera analógica. Y, a cambio, hay tanto que ganar

Si el roce hace el cariño, la práctica hace el amor.

Duquesa Doslabios.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser rafa

    esas aplicaciones no se yo, hay que tener mucho cuidado con la gente que te puedes encontrar ahi

    20 noviembre 2020 | 12:46

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