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A vueltas con la virginidad y la cirugía íntima

Gilipollas. Es la primera palabra que me viene a la cabeza tras leer las declaraciones de Leticia Sabater, expresentadora y pretendida cantante, sobre su reciente cirugía para volver a ser virgen a los 48 años. “Quería volver a sentir con esta edad lo que es la virginidad”, afirma indolente. Personalmente, creo que toda la sarta de patochadas que ha soltado por la boquita esta mujer no es más que una maniobra desesperada por llamar la atención y promocionar así su nuevo single, que acaba de grabar con los productores de Tata Golosa. Sea como fuere, ella insiste en que su reconstruido himen está intacto y asegura que solo lo entregará a “alguien muy especial”.

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Alguien debería decirle a Leticia Sabater que, igual que el hábito no hace al monje, el trozo de carne llamado himen tampoco hace a la virgen. Para el que no lo sepa, no es más que una membrana en forma de anillo situada a la entrada de la vagina y que, mientras conserva su integridad, reduce su orificio externo, de manera que protege a las niñas contra las infecciones. Se nace con él, aunque no siempre, y se puede perder por muchas razones que van más allá de una relación sexual con penetración. Sobre todo porque, a a partir de la adolescencia, la vagina desarrolla su propia “flora antigérmenes” y el himen, también llamado virgo, se hace más débil. Puede romperse, por ejemplo, al introducir un tampón, montando a caballo, en una caída, con un golpe en la zona genital o mientras se practica deporte, entre otras muchas maneras. Y no, al perderlo o romperse, no siempre se sangra. De hecho, el 44% de las mujeres no sufren pérdida de sangre durante el primer coito, y una de cada mil nace sin él.

La virginidad, si entendemos por ella el no haber tenido nunca relaciones sexuales completas con alguien, es todavía un valor para muchos, sobre todo en determinados países y culturas. No es que yo crea que haya que perderla con el primero que pase, ni mucho menos, pero no puedo evitar que la sola idea de concebir la virginidad como un sinónimo de virtud me provoque un profundo rechazo, por decirlo de una forma suave. Pero entiendo que, dentro de determinadas culturas, como decía, puede ser un problema para muchas mujeres. Sobre todo porque no solo tienen que ser vírgenes; tienen que parecerlo. Buena prueba de ello son las cifras que 20minutos publicaba sobre la himenoplastia, una cirugía reconstructiva destinada a rehacer el himen, allá por el 2007. En aquel entonces, la media de mujeres que se sometían a esta práctica quirúrgica solo en la Comunidad de Madrid estaba en torno a las 500 al año, cifra que no ha dejado de aumentar en los últimos años, según aseguran muchos cirujanos.

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La mayoría de las pacientes, un 80%, son de etnia gitana o musulmanas, y pasan por el quirófano para poder casarse (aparentemente) vírgenes, según mandan sus costumbres. La edad oscila entre los 19 y los 25 años. Miedo al rechazo familiar, al repudio… El 15%, en cambio, son prostitutas de lujo jóvenes que se reconstruyen el himen para aumentar su caché. Porque, como no, a muchos les pone acostarse con prostitutas vírgenes. El 5% restante serán mujeres que pensarán algo parecido a lo que Leticia Sabater, supongo. Y para ello están dispuestas a pagar 2.500 euros y pasarse en el quirófano entre 20 minutos y dos horas, según el caso. Después, un poco de sangrado los primeros días y luego, esperar un mes hasta tener todo cicatrizado y poder ya mantener relaciones sexuales…

Con todo, la himenoplastia no es más que una más de las múltiples intervenciones quirúrgicas a las que hoy en día se someten cada vez más mujeres no sé muy bien para qué. Cirugía íntima femenina, se ha venido a llamar, e incluye ensanchamientos o estrechamientos de vagina, blanqueamientos anales, labioplastias, implantes de vello púbico… Pero, volviendo al tema en cuestión, digo yo: más allá de temas culturales como los anteriormente descritos, ¿quién cojones, aparte de la Sabater, puede querer volver a ser virgen?

La mayoría de la gente a la que he preguntado recuerda su primera vez como un “desastre”, un episodio vital lleno de torpeza, temor e inseguridades que hacen que te pase por la cabeza cualquier cosa menos relajarte y disfrutar. Por supuesto, hay excepciones y las circunstancias lo son casi todo, sobre todo el “con quien”. No es lo mismo dos tolilis de 16 años intentando acertar con el asunto por primera vez, que dar con alguien experimentado y generoso/a que te guíe en semejante trance. Ambas pueden convertirse en algo bonito y digno de recordar o en un recuerdo claramente lamentable, pero, en cualquier caso, sexualmente hablando, las primeras veces son siempre las peores. Y no hay himen reconstruido que valga capaz de devolverte a ese momento de nervios e inexperiencia. Sencillamente porque la virginidad, como la vida, solo se puede perder una vez.