Lecciones sobre el amor que aprendí en 2020 para poner en práctica en 2021

Ayer tocó lo de siempre, solo que como nunca lo habíamos hecho.

Tocó brindar, tomarse -una a una o medio a trompicones, como es mi caso- todas las uvas. Y durante esas felicitaciones, antes multitudinarias y ahora reducidas, cruzaba los dedos por debajo de la mesa pidiendo un deseo para el año recién estrenado.

CALVIN KLEIN

Vale que no llevaba ropa interior roja (una tradición que sí cumplí el año pasado), pero confiaba en la suerte de poner el contador del calendario a cero.

365 días antes deseaba que fuera eterna aquella persona que me agarraba la mano entre plato y plato de la cena. Hay que ver lo mucho que han cambiado las cosas desde aquel momento.

Son tantos los tipos de amor que siento en un instante, concretamente en el primer minuto de este 1 de enero, que me maravillo de lo multitasking que me ha salido el corazón.

Voy del amor que siento por quien ha sido todo mi pasado y mi presente al que sentía por quien era mi presente y apuntaba maneras de convertirse en mi futuro.

No me malinterpretes, este no es un comienzo de año triste. Es imposible sentirse desanimada viendo el abrazo de mis padres en el extremo contrario de la mesa.

Uno de esos que envuelven hasta el punto de que no sabrías distinguir dónde empieza uno y dónde acaba el otro.

Me doy cuenta de que, por mucho que eche de menos la sencillez que suponía fijarme en los labios de con quien fuera que me cruzara, de cogerse de la mano sin preocupaciones de que se hubiera desinfectado previamente o de dar un beso sin miedo a poder contagiar a tu abuelo, hay aprendizajes de 2020 que quiero mantener este año.

Como haber desarrollado la inesperada habilidad de hablar con los ojos (e interpretar ese dialecto de signos mediante miradas, guiños y algún que otro pestañeo en el que desearía perderme), a sonreír con ellos.

Por primera vez, las denostadas arrugas por las marcas de belleza eran mi prueba inequívoca de que el rastro de felicidad continuaba si lo seguía por debajo de la mascarilla.

El confinamiento nos ha llevado a que hiciéramos algo que pensábamos imposible: armarnos de valor, escribir a esa persona con la que llevábamos años sin cruzar una palabra, permitirnos admitir que, más allá de lo fugaz, somos seres afectivos: necesitamos atención y cariño.

También me llevo a 2021 esa selectividad emocional de conocer a alguien a fondo más que la de conocer a mucha gente. Porque poder abrirnos y sentirnos acompañados en los momentos más solitarios ha marcado un antes y un después.

Y lo mejor es que volverme más selectiva viene de la mano con las ganas de vivirlo todo. Y vivirlo con urgencia. Porque no sabemos cuándo va a venir la siguiente, cuándo será la próxima vez que nos toque derramar lágrimas por alguien.

Mientras tanto, hay que dejarse la piel en cada respiración, en amar, en follar y en repetir. Hasta el fin y con la certeza de que los mejores días de nuestra vida están por llegar.

Duquesa Doslabios.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser agapornis

    del amor siempre se aprende, es algo que nunca aprendemos a dominar al 100%

    02 enero 2021 | 17:21

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