¿Y si aceptamos que en las relaciones de pareja siempre habrá mentiras?

Esta semana llegué a una conclusión: no existen las relaciones de pareja sin mentiras. Antes de que te lleves las manos a la cabeza o te compadezcas por mi vida sentimental, quiero aclarar a qué mentiras me refiero.

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Conoces a alguien, te gusta, salís, el sexo es bueno, salen sentimientos y de repente, en tu perfil de Instagram o Facebook, las fotos que más te emociona ver de nuevo son aquellas en las que estáis juntos.

Una vez llegados a ese punto, alguna mentirijilla ha hecho ya acto de presencia. Y, conforme pasan los años, es habitual que terminen por salir a la luz unas cuantas más.

A estas alturas, y tras comerme varias de todos los tipos y colores, he entendido que las mentiras se dividen en categorías.

Y solo hay dos: las mentiras que se dicen para proteger al otro y las que se dicen para protegerse a uno mismo.

Es en el primer grupo donde puedo incluir ese “qué guapa estás” cuando pasas por tu peor día de regla, has dormido dos horas y las hormonas hacen fiesta en tu cara en forma de acné.

Ahí va también cuando te dice que no ha oído ese pedo, aunque incluso tu vecino de al lado haya sentido la vibración en la pared.

En definitiva, aquellas que se justifican en nombre de los modales, el tacto, la consideración hacia la otra persona o incluso empatía, porque sabes que no es la verdad lo que necesita escuchar en ese momento.

Forman parte de la segunda categoría las mentiras por razones, ni más ni menos, egoístas.

Creo que cuando el objetivo es el de proteger los sentimientos de la otra persona y sea sobre asuntos sin gravedad, siento que no solo se puede vivir con ellas, sino que incluso son necesarias para la convivencia (esto se puede aplicar también a todo tipo de relaciones: familiares, amistades, compañeros del trabajo…).

Pero el otro tipo de mentiras no deberían ser tan frecuentes. Es más, todos aquellos engaños, manipulaciones de la verdad o casos en los que se oculta información relevante que solo buscan cubrirse las espaldas, evitar peleas, proteger imagen o se dan por una cuestión de ego, no deberían ni existir en una relación.

Por que son esas las que, una vez descubiertas, hacen tambalear la pareja al haberse dañado el pilar de la confianza. ¿Las consecuencias? Desastrosas. Distancia emocional, se pierde la intimidad, la conexión y hasta las ganas.

Así que empecemos a asumir que habrá mentiras en nuestra vida por parte de la persona a la que queremos (y hacia ella por parte nuestra), pero seamos muy conscientes de qué es lo que las motiva.

Al final, mentir es una decisión y, como otras, debe ser tomada por las razones correctas.

Duquesa Doslabios.

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