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‘Lauda 2’, de Octavio Paz

En su libro Homenaje y profanaciones (1960) Octavio Paz Lozano (Ciudad de México, 1914-1998) se confiesa admirador de Quevedo. Hasta el punto de reproducir al incio de la publicación, como seña inequívoca de identidad, ese soneto maravilloso ‘Amor constante más allá de la muerte’ que todos conocemos; el que concluye con:

su cuerpo dejará no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

Parecía imposible superar al maestro Quevedo, pero Paz lo logró en esta ‘Lauda 2’ admirable, donde el poeta existencial se nos descubre con un lirismo insuperable, mágico, también surrealista.

Entre la vida inmortal de la vida

y la muerte inmortal de la historia

hoy es cualquier día

en un cuarto cualquiera

Festín de dos cuerpos a solas

fiesta de ignorancia saber de presencia

Hoy (conjunción señalada

y abrazo precario)

esculpimos un Dios instantáneo

tallamos el vértigo

Fuera de mi cuerpo

en tu cuerpo fuera de tu cuerpo

en otro cuerpo

cuerpo a cuerpo creado

por tu cuerpo y mi cuerpo

nos buscamos perdidos

dentro de ese cuerpo instantáneo

nos perdemos buscando

todo un Dios todo un cuerpo y sentido

otro cuerpo perdido

Olfato gusto vista oído tacto

el sentido anegado en lo sentido

los cuerpos abolidos en el cuerpo

memorias desmemorias de haber sido

antes después ahora nunca siempre

Seleccionado y comentado por César-Javier Palacios.



‘Tu risa’, de Pablo Neruda

Sólo por este poema, Pablo Neruda (1904-1973) sería inmortal. ‘Tu risa’ pertenece al cancionero ‘Los versos del Capitán’, en mi opinión una de las grandes obras de la literatura mundial.

Cuarenta y siete poemas, mas una carta y una explicación para justificar su anonimato inicial. Efectivamente, cuando se publicó en 1952 apareció sin autor reconocido, en una reducida edición napolitana de 44 ejemplares, aunque todo el mundo sabía que era obra suya. Un sensual homenaje a su entonces amante Matilde Urrutia, con quien vivió una apasionada historia de amor en Capri. La primera noche en tan paradisíaca isla la resume así el poeta:

“Toda la noche he dormido contigo

junto al mar, en la isla.

Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,

entre el fuego y el agua”.

¿Quien era el capitán?

Según se asegura en el libro, el poemario fue escrito por un soldado comunista español que venía de la Guerra Civil. Se lo dedicó a una supuesta artista cubana, Rosario de la Cerda, con quien había tenido “un gran amor”. Ella nunca supo su nombre. Sólo era su capitán.

No era cierto. Como explica con todo detalle el escritor Omar Pérez, allí en Capri, un día de luna llena, Neruda le regala a Matilde un anillo donde se lee “Capri, 3 de mayo, 1952, Su Capitán”.

Emoción musical

Os dejo más abajo el texto íntegro del poema, pero no puedo evitar poneros antes un vídeo con la magnífica versión que en 1979 hicieron mis admirados Olga Manzano y Manuel Picón. Aunque mucho cuidado, provoca nostalgia.

‘Tu risa’, de Pablo Neruda

Quítame el pan, si quieres,

quítame el aire, pero

no me quites tu risa.

No me quites la rosa,

la lanza que desgranas,

el agua que de pronto

estalla en tu alegría,

la repentina ola

de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo

con los ojos cansados

a veces de haber visto

la tierra que no cambia,

pero al entrar tu risa

sube al cielo buscándome

y abre para mí todas

las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora

más oscura desgrana

tu risa, y si de pronto

ves que mi sangre mancha

las piedras de la calle,

ríe, por que tu risa

será para mis manos

como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,

tu risa debe alzar

su cascada de espuma,

y en primavera, amor,

quiero tu risa como

la flor que yo esperaba,

la flor azul, la rosa

de mi patria sonora.

Ríete de la noche,

del día, de la luna,

ríete de las calles

torcidas de la isla,

ríete de este torpe

muchacho que te quiere,

pero cuando yo abro

los ojos y los cierro,

cuando mis pasos van,

cuando vuelven mis pasos,

niégame el pan, el aire,

la luz, la primavera,

pero tu risa nunca

por que me moriría.

Seleccionado y comentado por César-Javier Palacios.






‘Ayer te besé en los labios’, de Pedro Salinas


Ayer te besé en los labios.

Te besé en los labios. Densos,

rojos. Fue un beso tan corto

que duró más que un relámpago,

que un milagro, más.

El tiempo

después de dártelo

no lo quise para nada

ya, para nada

lo había querido antes.

Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;

estoy solo con mis labios.

Los pongo

no en tu boca, no, ya no

-¿adónde se me ha escapado?-.

Los pongo

en el beso que te di

ayer, en las bocas juntas

del beso que se besaron.

Y dura este beso más

que el silencio, que la luz.

Porque ya no es una carne

ni una boca lo que beso,

que se escapa, que me huye.

No.

Te estoy besando más lejos.

Muchos lectores de este blog nos han pedido con insistencia poemas de Pedro Salinas (1891 – 1951). Ayer te besé en los labios pertenece a La voz a ti debida (1933), obra que junto a Razón de amor y Largo lamento, constituye una trilogía poética dedicada a Katherine R. Whitmore, el gran amor de su vida.

Fue allá por 1932 cuando se conocieron. Ella, hispanista estadounidense, viajó a España y asistió a unas clases de Salinas en la Residencia de Estudiantes. Se enamoraron. La relación se mantuvo hasta 1934-1935, cuando la esposa del poeta, Margarita Bonmatí, descubre el idilio e intenta suicidarse.

Pedro y Margarita continuaron casados hasta el final, pero al menos hasta 1947 él siguió escribiendo cartas a Katherine.

Sus poemas de amor han sido calificados como “los más bellos del siglo XX”. Aunque al leerlos todas nos sentimos Katherine de alguna manera, yo no puedo evitar que una parte de mi pensamiento sea siempre para Margarita.

Seleccionado y comentado por Virginia P. Alonso.

‘A la izquierda del roble’, de Mario Benedetti

Aunque quizá demasiado largo para nuestra avidez de segundos que es esta vida tan arrebatadoramente efímera, quiero compartir hoy con vosotros este precioso poema de mi adorado poeta uruguayo Mario Benedetti, el injustamente eterno candidato a Premio Nobel.

Nacido Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia en 1920, nuestro Benedetti sigue siendo todo un modelo de integridad, compromiso y, ante todo, sensibilidad lírica, que derrocha a raudales tanto en su poesía como en su prosa, donde sus cuentos destacan siempre con luz propia.

El poema elegido forma parte de su libro Noción de Patria, y fue publicado en 1963. Se titula: ‘A la izquierda del roble’ y habla del Jardín Botánico Profesor Atilio Lombardo, de Montevideo, aunque para mí es como si se refiriera al madrileño del Paseo del Prado, siempre tan evocador y sugerente.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el Jardín Botánico es un parque dormido

en el que uno puede sentirse árbol o prójimo

siempre y cuando se cumpla un requisito previo.

Que la ciudad exista tranquilamente lejos.

El secreto es apoyarse digamos en un tronco

y oír a través del aire que admite ruidos muertos

cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el Jardín Botánico siempre ha tenido

una agradable propensión a los sueños

a que los insectos suban por las piernas

y la melancolía baje por los brazos

hasta que uno cierra los puños y la atrapa.

Después de todo el secreto es mirar hacia arriba

y ver cómo las nubes se disputan las copas

y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

ah, pero las parejas que huyen al Botánico

ya desciendan de un taxi o bajen de una nube

hablan por lo común de temas importantes

y se miran fanáticamente a los ojos

como si el amor fuera un brevísimo túnel

y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.

Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble

(también podría llamarlo almendro o araucaria

gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)

hablan y por lo visto las palabras

se quedan conmovidas a mirarlos

ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero es lindísimo imaginar qué dicen

sobre todo si él muerde una ramita

y ella deja un zapato sobre el césped

sobre todo si él tiene los huesos tristes

y ella quiere sonreír pero no puede.

Para mí que el muchacho está diciendo

lo que se dice a veces en el Jardín Botánico:

Ayer llegó el otoño

el sol de otoño

y me sentí feliz

como hace mucho

qué linda estás

te quiero

en mi sueño

de noche

se escuchan las bocinas

el viento sobre el mar

y sin embargo aquello

también es el silencio

mírame así

te quiero

yo trabajo con ganas

hago números

fichas

discuto con cretinos

me distraigo y blasfemo

dame tu mano

ahora

ya lo sabés

te quiero

pienso a veces en Dios

bueno no tantas veces

no me gusta robar

su tiempo

y además está lejos

vos estás a mi lado

ahora mismo estoy triste

estoy triste y te quiero

ya pasarán las horas

la calle como un río

los árboles que ayudan

el cielo

los amigos

y qué suerte

te quiero

hace mucho era niño

hace mucho y qué importa

el azar era simple

como entrar en tus ojos

déjame entrar

te quiero

menos mal que te quiero.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero puedo ocurrir que de pronto uno advierta

que en realidad se trata de algo más desolado

uno de esos amores de tántalo y azar

que Dios no admite porque tiene celos.

Fíjense que él acusa con ternura

y ella se apoya contra la corteza

fíjense que él va tildando recuerdos

y ella se consterna misteriosamente.

Para mí que el muchacho está diciendo

lo que se dice a veces en el Jardín Botánico:

Vos lo dijiste

nuestro amor

fue desde siempre un niño muerto

sólo de a ratos parecía

que iba a vivir

que iba a vencernos

pero los dos fuimos tan fuertes

que lo dejamos sin su sangre

sin su futuro

sin su cielo

un niño muerto

sólo eso

maravilloso y condenado

quizá tuviera una sonrisa

como la tuya

dulce y honda

quizá tuviera un alma triste

como mi alma

poca cosa

quizá aprendiera con el tiempo

a desplegarse

a usar el mundo

pero los niños que así vienen

muertos de amor

muertos de miedo

tienen tan grande el corazón

que se destruyen sin saberlo

vos lo dijiste

nuestro amor

fue desde siempre un niño muerto

y qué verdad dura y sin sombra

qué verdad fácil y qué pena

yo imaginaba que era un niño

y era tan sólo un niño muerto

ahora qué queda

sólo queda

medir la fe y que recordemos

lo que pudimos haber sido

para él

que no pudo ser nuestro

qué más

acaso cuando llegue

un veintitrés de abril y abismo

vos donde estés

llévale flores

que yo también iré contigo.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el Jardín Botánico es un parque dormido

que sólo despierta con la lluvia.

Ahora la última nube ha resuelto quedarse

y nos está mojando como alegres mendigos.

El secreto está en correr con precauciones

a fin de no matar ningún escarabajo

y no pisar los hongos que aprovechan

para nadar desesperadamente.

Sin prevenciones me doy vuelta y siguen

aquellos dos a la izquierda del roble

eternos y escondidos en la lluvia

diciéndose quién sabe qué silencios.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico

aquí se quedan sólo los fantasmas.

Ustedes pueden irse.

Yo me quedo.

Seleccionado y comentado por César-Javier Palacios.

“Y no hay más que sentarse”, de Belén Reyes

“Crecer es pasar por la piedra del sistema, ponerle un bozal al corazón. No conozco a nadie que en un momento de su vida no se haya tenido que poner un bozal en el corazón”. De todas las veces que tenemos que sujetarnos el dolor, de todas las veces que la vida nos deja sin aire, de todas las veces que las trampas de la existencia nos hacen volver a empezar (a veces ni siquiera)… en definitiva: de todos los mordiscos que se nos acumulan en el pecho nos habla Belén Reyes, y no sólo en este poema, en todos sus poemas. Si algo está siempre presente en su obra son todos esos arañazos que nunca se curan del todo. En este caso uno de los más duros, el del desamor. Un zarpazo que nos deja sin margen para la hipocresía y una gran verdad:. “quien nos amó a lo loco… nos dejará a lo bestia”.

Para Mª Rosa.

Y NO HAY MÁS QUE SENTARSE

y esperar que suceda…

Ponerle un bozal al corazón.

Meterte en los ojos dos esponjas.

Suturarte los poros.

Quitarle los bafles al deseo.

Dos tapones de cera en los oídos.

Un somnífero al sexo y una amnesia.

Tragarte los versitos.

Atarte las caricias.

La leche calentita…

y un peluche en el pecho.

Que conozco la copla…

Y no hay más que sentarse y esperar que suceda…

Quien nos cubrió de besos azules y promesas.

Quien abrió nuestro cuerpo y nos sorbió la esencia.

Quien reprochó constante nuestra muda presencia.

Quien nos amó a lo loco…

nos dejará a lo bestia

Seleccionado y comentado por Paula Arenas.