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‘Voy cayendo’, de Alejandra Pizarnik (1936 – 1972)

el vino es como un llanto desolado que

humedece mi juventud frente a tus besos que

otra deglute

el vino es el elixir que pulveriza los

pestilentes deseos de

mi cuerpo que

aletea gimiendo frente a tu efigie de

sombre amodorrada

el vino se aclara mezclado a mis

lágrimas tan mudas

tu rostro de gitano enharinado aparece en

cada burbuja

mi garganta es un archipiélago maldito

mi sien la tapa de un pozo inmundo

desearte amor y enfrentar tu altura con

cursis angustias

POEMA

Tú eliges el lugar de la herida

en donde hablamos nuestro silencio.

Tú haces de mi vida

esta ceremonia demasiado pura.

Creo que fue Freud -y si no, pues que sus estrambóticos discípulos me lo perdonen- quien dijo aquello, tan socorrido, de que uno puede defenderse contra el insulto, pero que contra el elogio se está indefenso. Gracias, Peckinpah, por tus comentarios (siempre sutiles) y por tus cumplidos (que no merezco).

Por cierto, que el psicoanálisis no está de más aquí, en el mismo párrafo que comienzo a escribir sobre Alejandra Pizarnik, poetisa argentina, suicida y surrealista. Y no por su nacionalidad y su final, imponderables quizá, sino por su obra, tan empapada de una vanguardia tan empapada de las lecciones del espinoso terapeuta vienés.

Los poemas de Alejandra Pizarnik son hojas de cuchilla -sus filos se llaman ‘corrupción’, ‘abismo’, ‘silencio’, ‘claroscuro’- que perforan “la suave necesidad de ser”. Son casi siempre breves y casi nunca felices. Hablan de la Alejandra que está debajo de Alejandra con un vigor poético no impostado (ventajas de llegar un poco antes que los epígonos).

A pesar de la muerte, de las máscaras y de la metafísica de la ruina, las tres cosas omnipresentes en sus poemas, me aferro a lo que para mí salva a Pizarnik y por extensión a todo el movimiento surrealista: “Mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto“.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado




‘La llave del gas’, de Juan Gelman (1930)

 

La mujer de poeta está

condenada a leer o a escuchar los

versos del poeta que humean

recién sacados del alma. Y más:

la mujer del poeta está condenada al poeta, a ése

que nunca sabe dónde

está la llave del gas y finge

que pregunta para saber

cuando sólo le importa preguntar

lo que no tiene respuesta.

 

NOTA AL PIE DE ‘LA LLAVE DEL GAS’

La mujer del poeta se enojó

con el poema “La llave del gas”.

No ve por qué la metapalabra de la palabra,

o la ambigüedad de la palabra,

o las heridas que la palabra produce,

puede impedir a cualquiera

saber dónde está la llave del gas y

cómo se cierra y abre. Tiene razón.

El poeta está en error porque

la llave de la palabra, digamos, ni se cierra

ni se abre, y hasta pretende que ni existe,

y menos su metapalabra, ambigüedad heridora o vacío.

La realidad de la cocina tranquiliza,

hay llaves que se cierran, se abren funcionan

cumpliendo la función de demostrar

que hay cosas que se cierran y se abren,

y suenan desde ayer en mi cabeza

que no puedo cerrar.

 

De Juan Gelman admiro lo extraordinario poeta que es y admiro la inteligencia con la que apuntala su imagen pública. El arquetipo del poeta ignorante del mundo en el que vive, que rehúsa conscientemente a lo terrenal, no se cumple en él. Las entrevistas que concede, quizá demasiadas para un anciano (ya se sabe: premios llaman a entrevistas), son piezas de periodismo lucidísimo (“Lo contrario del olvido no es la memoria, es la verdad“), llenas de sensatez política, sensibilidad humanista y rigor intelectual.

Carlos Monsiváis ha escrito, en el prólogo a una de las numerosas antologías de la obra de Gelman, que cada poema suyo es “un tejido orgánico donde el último verso ilumina al primero, y el primero le confiere su densidad al último”. Este Las bellas compañías:

Es muy común que un buitre me trabaje las entrañas no devorándolas sino más bien amándolas o como desgarrándolas para sacar a la luz mis rostros últimos y míralos me dice mira lo que te comes animal me dice el bello buitre.

Siempre en pie de guerra con las palabras y al mismo tiempo confiando ciegamente en ellas, Juan Gelman ha escrito poemas clarísimos y bellos, sufridos y redondos, dramáticos y humorísticos. Y no sólo poemas, pues el difícil y a menudo olvidado arte del aforismo también lo ha cultivado con tino: “Alma que sólo ves un animal herido al fondo del espejo: cesa ya de jadear”.

Los dos poemas de hoy reúnen humor y reflexión; poesía, metapoesía y sonrojo. Una vuelta de tuerca. Una improvisación del lenguaje y de los conceptos. Como un clásico, Gelman.

 

IMAGEN: EFE

Seleccionados y comentados por Nacho Segurado.

 

‘Como la cigarra’, de María Elena Walsh

Se nos fue la Negra Sosa y se fue cantando. Mercedes Sosa (1935-2009) era cantora y no cantante, pues como decía Facundo Cabral, “cantante es el que puede y cantor el que debe”. Por eso su último trabajo, impagable, se llama Cantora. Fue la voz de lationamérica, del indigenismo, pero también de los poetas.

Hoy quiero rendirle un sincero homenaje proponiéndoos la lectura del bellísimo poema cantado compuesto por la también juglar argentina María Elena Walsh, cuyo vídeo os dejo al final del texto. Todo un himno a la vida y a la inmortalidad de la lírica.

Gracias por todo Negra Sosa, con tu música eterna sigues resucitando todos los días entre nosotros.

Como la cigarra.

Tantas veces me mataron,

tantas veces me morí,

sin embargo estoy aquí

resucitando.

Gracias doy a la desgracia

y a la mano con puñal,

porque me mató tan mal,

y seguí cantando.

Cantando al sol,

como la cigarra,

después de un año

bajo la tierra,

igual que sobreviviente

que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron,

tantas desaparecí,

a mi propio entierro fui,

solo y llorando.

Hice un nudo del pañuelo,

pero me olvidé después

que no era la única vez

y seguí cantando.

Cantando al sol,

como la cigarra,

después de un año

bajo la tierra,

igual que sobreviviente

que vuelve de la guerra.

Tantas veces te mataron,

tantas resucitarás

cuántas noches pasarás

desesperando.

Y a la hora del naufragio

y a la de la oscuridad

alguien te rescatará,

para ir cantando.

Cantando al sol,

como la cigarra,

después de un año

bajo la tierra,

igual que sobreviviente

que vuelve de la guerra.

Seleccionado y comentado por César-Javier Palacios.