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‘Historia de un lector’, de Fernando López de Artieta (1983)

Nunca he leído un libro

en el que llegara

a la última página

sin que hubiera mirado

-de reojo, un momento

(o dos o tres momentos)-

el trecho que quedaba

por leerme. Al llegar

al centro -o mucho antes-

mi triste, melancólica,

impaciente, prosaica,

inculta, despreciable,

soez, vulgar, mezquina

mirada calculaba

el grosor de las hojas

que en la mano derecha

quedaba… sospechando

que anda nuevo habría

que no se hubiera dicho

en la otra mitad.

Y aunque me pasa siempre,

también siempre me pasa

que cuando empiezo

a terminar sus páginas,

cuando el pulgar y el índice

de nuestra mano práctica-

mente casi se tocan,

la mayoría de las veces siento

un agradecimiento

exageradamente

paternal y patético

hacia esos pobres libros

que nunca nunca nunca

se acaban;

y acaso, junto a él,

el archiconsabido

sentimiento de culpa

-inútil ya- de no

haber sido más buenos

con alguien que se ha muerto.

Fernando López de Artieta era en 2004 un “incipiente poeta” prácticamente “limpio de antecedentes poéticos, / que es lo mismo que decir / que, el pobrecito, es inédito”. En Jugar en serio, un libro que ganó un premio importante, echa la culpa de todo a la lluvia, pero con humorLa destrucción o el humor-, que es al cabo lo único que salva.

Artieta tenía 21 años y ya sabía que “escribir versos es lo mismo / que predicar en el desierto”. Además, se permitía dar consejos, como el de huir del sustantivo alma, los finales pomposos o de comprenderlo todo. He vuelto a ojear su libro para cerciorarme de que en verdad apenas hablaba de la muerte o de temas elevados. De la vida sí, y mucho. Pero, algo impropio de un joven, refugiándose en los lugares maduros de los adultos:

La vida la pasamos

Rellenando esos huecos

Con vocación artista

Y con manos de obrero.

A la desilusión

De terminar el juego

Le salva la alegría

De que ya estamos hechos.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.





‘De nuevo ha llegado un día sombrío’, de Patxi López

De nuevo ha llegado un día sombrío

Hemos oído el ruido de una bomba

El asesino vasco nos ha matado a un ciudadano

Han matado a Eduardo Antonio Puelles para doblegarnos a todos

Qué caro se hace el camino de la libertad

Pero no ganarán

No saben que no somos como ellos.

No aceptamos a los asesinos

Somos mejores que ellos

Ahí radica nuestra fuerza y su debilidad

Tenemos lágrimas amargas en la cara

El dolor nos rompe el corazón

Pero las manos de la libertad nos unen

Con las fuerzas de todos unidas

Juntando las voces

Para decir todos a una, “ETA no”.

EL MISMO POEMA EN EUSKERA

Heldu da berriz egun iluna.

Entzun dugu bonbaren zarata.

Euskaldun hiltzaileak hil digu hiritarra.

Eduardo Antonio Puelles hil dute guztiok makurtu nahian.

¡Zein garesti egiten zaigun askatasunaren bidea!

Baina ez dute irabaziko.

Ez dakite ez garela berdinak,

Guk hiltzailerik ez dugula onartzen.

Eurak baino hobeak garela.

Hor datza gure indarra.

Eta euren ahulezia.

Negar gazia daukagu aurpegian,

Minak apurtzen digu bihotza,

Baina askatasunaren eskuek biltzen gaituzte,

Guztion indarrak batzeko

Ahotsak elkartzeko,

Guztiok batera “ETA ez” esateko

El 7 de abril pasado, Patxi López prometió -no juró humillado ante Dios- su cargo de Lehendakari. En aquella ceremonia junto al Árbol de Guernica el nuevo presidente de Euskadi leyó dos poemas: uno del poeta vasco Kirmen Uribe, titulado Maiatza, y otro de la poetisa polaca Wislawa Szymborska, Nada dos veces.

Han pasado dos meses y medio desde aquel día y ETA ha asesinado de nuevo. Fue el viernes. Un inspector de la lucha antiterrorista. Ayer sábado, al término de la manifestación de Bilbao, López leyó otro poema, uno escrito por él mismo. En comentario de texto poético no sé cómo saldría parado; como declaración de principios política, el verso “El asesino vasco nos ha matado a un ciudadano“, es lo más felizmente lejos que ha llegado nunca un Lehendakari.

Seleccionado por Nacho Segurado.






‘Estamos en invierno, amor, y llueve’ de Luis López Anglada (1919-2007)

Alguien le llamó “un clásico rezagado”. López Anglada perteneció al grupo de los poetas del bando vencedor de la Guerra Civil. Participó en la guerra como Alférez provisional, y se retiró como coronel en 1985. A pesar de su currículum de colaborador del régimen, gozó del respeto de sus colegas por su honestidad literaria. Hace algunos años conocí este poema (no recuerdo por qué ni cómo), y desde entonces lo conservo como un monumento al sentimiento de desamparo en el invierno del final de una vida. Nunca supe el título del poema, si es que tiene alguno.

Estamos en invierno, amor, y llueve,

y en el corazón entra tanto frío

como si lo invadiese un negro río

de soledad que hasta la sangre bebe.

En el espacio de tu sueño breve

¿entra la lluvia, amor? Negro y sombrío

tu corazón, acaso, como el mío

ni a despertar de su dormir se atreve.

Tengo, amor, mucho frío y en mis venas

se me han helado soledad y pena

y el tiempo del dolor se vuelve eterno.

Y tanto llueve, amor, y tanto duele

que tengo miedo de que se me hiele

hasta la misma pena en este invierno.

Seleccionado y comentado por Manuel Saco