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‘Cordura de Dios que quitas el pecado del mundo’, de Juan Bonilla (1966)

Padre nuestro que estás en paradero

desconocido, líbranos de Ti.

No nos llenes el tiempo con tu ausencia.

Tú utilizaste el fuego del infierno

para encender el sol de nuestra infancia.

No nos des certidumbre de tus ojos

después de que los nuestros ya no puedan

mirar la rosa negra de la vida.

Oh cordura de Dios que catas

el pecado del mundo,

dispendia tu bondad con los cobardes,

los que te encuentran en cualquier fenómeno

de meteorología, los que imponen

tu Nombre en leyes y oraciones.

Confórmate con ser un huésped

de nuestra infancia rota en mil pedazos.

Vacíanos de Ti,

regresa a tus orígenes

a aquella inmensa noche de tormenta

en la que el miedo de unos monos te inventara.

A un tú poético llamado Dios se le puede interrogar a la manera de Unamuno en La Oración del ateo: “Oye mi ruego Tú, Dios que no existes, / y en tu nada recoge estas mis quejas”. O a la manera de Juan Bonilla: “Padre nuestro que estás en paradero / desconocido, líbranos de Ti”. La de Unamuno es la exaltación de la crisis de fe de un deísta de corazón y racionalista de mente. La de Bonilla es el dictamen de un ateo que, en la mejor tradición de Bertrand Russell, no soporta ya una enfermedad nacida del miedo.

En opinión de algunos críticos y escritores, a Juan Bonilla le sobra aquello con lo que tantos otros sueñan: ingenio. Demasiado ingenio mata. Y así parece aceptarlo el propio escritor cuando juzga retrospectivamente su obra: “He de reconocer que esa veta irónica le dio muchos quebraderos de cabeza al que fui: servía para etiquetar lo que hacía uno como ingenioso, cuando el ingenio sólo era parte del brebaje que uno destilaba”.

El Bonilla poeta es, en comparación con el Bonilla cuentista o novelista, un artista relativamente anónimo. Su poesía inicial, casi un divertimento, un punto de fuga improvisado y provocativo, se fue haciendo con el paso del tiempo y los versos, más consciente, seca y madura.

NOTA: El poema de hoy esta cogido De Partes de Guerra.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.



‘Lauda 2’, de Octavio Paz

En su libro Homenaje y profanaciones (1960) Octavio Paz Lozano (Ciudad de México, 1914-1998) se confiesa admirador de Quevedo. Hasta el punto de reproducir al incio de la publicación, como seña inequívoca de identidad, ese soneto maravilloso ‘Amor constante más allá de la muerte’ que todos conocemos; el que concluye con:

su cuerpo dejará no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

Parecía imposible superar al maestro Quevedo, pero Paz lo logró en esta ‘Lauda 2’ admirable, donde el poeta existencial se nos descubre con un lirismo insuperable, mágico, también surrealista.

Entre la vida inmortal de la vida

y la muerte inmortal de la historia

hoy es cualquier día

en un cuarto cualquiera

Festín de dos cuerpos a solas

fiesta de ignorancia saber de presencia

Hoy (conjunción señalada

y abrazo precario)

esculpimos un Dios instantáneo

tallamos el vértigo

Fuera de mi cuerpo

en tu cuerpo fuera de tu cuerpo

en otro cuerpo

cuerpo a cuerpo creado

por tu cuerpo y mi cuerpo

nos buscamos perdidos

dentro de ese cuerpo instantáneo

nos perdemos buscando

todo un Dios todo un cuerpo y sentido

otro cuerpo perdido

Olfato gusto vista oído tacto

el sentido anegado en lo sentido

los cuerpos abolidos en el cuerpo

memorias desmemorias de haber sido

antes después ahora nunca siempre

Seleccionado y comentado por César-Javier Palacios.



‘Dios’, de Fernando Pessoa

Sigo sin encontrarle morada al verso que mencionaba la semana pasada: “Senta-te ao sol. Abdica e sê rei de ti próprio”. En alguna dirección andará de esa intrincada urbe de espejos y heterónimos que era la personalidad de Fernando Pessoa. Sí he dado, tras golpear una puerta al azar en la rua da saudade, con un interesante poema sobre las cambiantes formas en que nos percibimos.

DIOS

A veces soy el Dios que traigo en mí

y entonces soy el Dios y el creyente y la oración

y la imagen de marfil

en que ese dios se olvida.

A veces no soy más que un ateo

de ese mi dios que soy cuando me exalto.

Veo dentro de mí todo un cielo

y es un mero hueco cielo alto.

Seleccionado y comentado por Hernán Zin.