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Entradas etiquetadas como ‘jose’

‘Contraelegía’, de José Emilio Pacheco (1939)

Mi único tema es lo que ya no está

Y mi obsesión se llama lo perdido

Mi punzante estribillo es nunca más

Y sin embargo amo este cambio perpetuo

este variar segundo tras segundo

porque sin él lo que llamamos vida

sería de piedra.

José Emilio Pacheco, mexicano, 71 años, recibe hoy el Premio Cervantes. Callen los artículos; hable el poeta.

Es la segunda vez.

Nacho S. (@nemosegu)



‘En la variedad está el gusto’, de José Luis Jover (1946)

Poemas rellenos de trufas

Poemas con dedicatoria del autor

Poemas con lazos (normales o de amistad)

Poemas con pedrería

Poemas en piel y en polipiel

Poemas recargables

Poemas bordados en oro

Poemas con pilas o a la red

Poemas con una capa de crema de pistacho

Poemas envasados al vacío

Poemas con reglaje lumbar

Poemas escarchados

Poemas con peineta

Poemas halógenos

Poemas no retornables

Poemas muy absorbentes, con doble capa

Poemas pilongas

Poemas estreñidos

Poemas castellano-manchegos

Coproemas

Poemas cogidos con redecilla

Poemas alicatados hasta el techo

Poemas básicos y cúbicos

Poemas autistas

Poemas tetrapléjicos

Poemas con vistas al patio interior del domicilio del poeta.

Lo que son las cosas, el día que me la jugué con un peso pesado como Gérard de Nerval no podía imaginar que su traductor al castellano, José Luis Jover, sería alguna vez protagonista del blog. ¡Y qué protagonista! Sutil, socarrón, mínimo… Ya. Corro el peligro de emocionarme demasiado y tapizar esto de adjetivos laudatorios que, al cabo, dirían más de mí que de su obra.

José Luis Jover es un poeta que hace collages y un cartelista que hace poesía (como, recordad, Joan Brossa). Su divisa, y a fe que la cumple, es “siempre sobra algo”. Hace poco estuve en una exposición en el MuVIM que recoge buena parte de su producción desde 1996 hasta hoy. Es fantástico comprobar su evolución, desde un surrealismo minimalista hasta un expresionismo urbano y maquinista (personalmente, me quedó con sus últimas series, en especial Parejas de hecho).

Jover asegura que los hallazgos poéticos, ya sea con las palabras o con las imágenes, llegan muchas veces por casualidad, mientras se buscaban otros. Cuesta pensar que sea tan sencillo viendo algunos de sus collages, milimétricamente compuestos para emocionar más allá de la fascinación que produce la tregua momentánea del sentido cotidiano.

NOTA: Os traigo un poema suyo perteneciente al libro A esta baraja le faltan corazones, de 1993. La imagen que ilustra el post es uno de sus collage que más me gustan.

Nacho S. (En Twitter: @nemosegu)





‘Sobre ser la poesía un estudio frívolo, y convenirme aplicarme a otros más serios’, de José Cadalso (1741 – 1782)

Llegóse a mí con semblante adusto,

Con estirada ceja y cuello erguido

(capaz de dar un peligroso susto

al tierno pecho del rapaz Cupido),

un animal de los que llaman sabios,

y de este modo abrió sus secos labios:

“No cantes más de amor. Desde este día

has de olvidar hasta su necio nombre;

aplícate a la gran filosofía;

sea tu libro el corazón del hombre.”

Fuese, dejando mi alma sorprendida

de la llegada, arenga y despedida.

¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,

no más requiebros, gustos y dulzuras,

no más decirte halagos, darte flores,

no más mezclar los celos con las ternuras,

no más cantar por monte selva o prado

tu dulce nombre al eco enamorado;

no más llevarte flores escogidas,

ni de mis palomitas los hijueos,

ni leche de mis vacas más queridas,

ni pedirte ni darte ya más celos,

ni más jurarte mi constancia pura,

por Venus, por mi fe, por tu hermosura.

No más pedirte que tu blanca diestra

en mi sombrero ponga el fino lazo,

que en sus colores tu firmeza muestra,

que allí le colocó tu airoso brazo;

no más entre los dos un albedrío,

tuyo mi corazón, el tuyo mío.

Filósofo he de ser, y tú, que oíste

mis versos amorosos algún día,

oye sentencias con estilo triste

o lúgubres acentos, Filis mía,

y di si aquél que requebrarte sabe,

sabe también hablar en tono grave.

José Hierro, José Agustín Goytisolo, José María Valverde… De los José que aún no habían pasado por este blog, quizá sea José Cadalso uno de los más conspicuos y, por qué no, más olvidados (cada vez se lee menos literatura clásica, salvo por obligación escolar o profesional).

Este poemita satírico del entusiasta de la espada y la pluma (Cadalso murió en uno de los mayores asedios de Gibraltar, después de una carrera fulgurante en el ejército y tras haber viajado por medio mundo) revela -quizá sin querer- alguna de las razones de fondo de la baja estima que la filosofía, considerada materia bien árida, ha gozado durante los últimos siglos en España.

(Bueno, puede que no sea para tanto. Poesía y filosofía han constituido también matrimonios fructíferos, ahí están Unamuno, o Santayana o Agustín García Calvo para demostrarlo. Y, en cualquier caso, habrá pocos que niegen que estos versos de Cadalso son un buen antídoto contra la seriedad).

PD: Días en que las frases salen como cojas. Hoy fue uno. Ah, nulla dies sine linea…

Nacho S. (En Twitter: @nemosegu)



‘Etereidad’, de José Antonio Muñoz Rojas (1909 – 2009)

Y se queda uno con la esperanza,

colgando de su delgado hilo

de tantas cosas colgando,

de tantas esperanzas deshaciéndose,

con tanto temor oculto,

con tantos olvidos como caben

en un instante, tantos olvidos

vividos y padecidos,

como para llenar una estrella.

Y esa mujer que llegó hoy con su misterio,

con su etereidad, que lo hace posible,

que la define y la sostiene

y ha dejado la casa

llena de su misterio.

El casi centenario (hubiera cumplido el siglo el 9 de octubre) José Antonio Muñoz Rojas falleció el pasado lunes en su casona de Málaga. Poeta, memorialista, traductor, prosista, Muñoz Rojas, pese a la gran amistad que le unió con muchos de los escritores del 27, se inserta cronológicamente en la generación siguiente, al lado de figuras como Leopoldo Panero, Luis Rosales o Dionisio Ridruejo.

Políticamente, lo recuerda hoy miércoles Andrés Trapiello en un sentido artículo, Muñoz Rojas perteneció, como Gaziel o Chávez Nogales, a la “improbable tercera España”. Poéticamente fue no sin fastidio más machadiano que juanramoniano, un escritor intimista, sencillo, nostálgico de la infancia y las primeras experiencias y también del mundo rural en extinción, al que se acercó con un lirismo exento de paternalismo.

Foto: EFE

Seleccionado por Nacho Segurado.



‘East 41st Street’, de José M. Fonollosa (1922 – 1991)

Está maldita esta ciudad. La piso,

mas ignora mis pies sobre su espalda;

mis pies que la recorren cada día.

Sólo hay puertas cerradas a mi paso.

Recorro la ciudad. Suplico. Escupo.

No hay sitio para mí, no. En parte alguna.

Como el viento que cuenta sus heridas

después de atravesar los pedregales,

vuelvo a casa de noche, fatigado.

Mi mujer llega tarde. No pregunto

cómo paga el manjar. Como en silencio.

Está maldita esta ciudad maldita.

José María Fonollosa tuvo una existencia anónima durante casi toda la segunda mitad de siglo XX. En los noventa, un feliz encuentro con Pere Gimferrer y un disco de Albert Pla que puso música a sus poemas, le recuperaron -mejor sería decir le nacieron- para las antologías. Ésta sin ir más lejos.

East 41st Street está sacado de su primer libro publicado, Ciudad del hombre: Nueva York, una especie de callejero poético, una elegía urbana compuesta de destrozos y mujeres.

Una canción de Supone Fonollosa, de Albert Pla:

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.



‘Elegía para mi muerte (II)’, de José María Valverde (1926-1996)

Más conocido por sus trabajos como traductor de Shakesperare, Hölderlin, o Joyce, José María Valverde, comprometido antifranquista, renunció a su cátedra de Estética en la universidad de Barcelona (1964) cuando el régimen expulsó de la universidad a los profesores Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis Aranguren.

Poeta temprano, publicó su primer libro a los 19 años.

Cuando leí esta “Elegía para mi muerte” (de la que os traigo la parte II) me llamó la atención que alguien se hiciese una pregunta que me perseguía desde mi niñez y que pensaba era una locura mía, un desvarío muy personal. Pero ya somos dos. Cuando las cosas no las vemos, ¿se quedan quietas o tienen vida propia? ¿Qué hacen cuando no las vigilamos? En el primer verso ya lo dice todo. Son tan mías, tan hechas a mis costumbres y manías, que cuando falte definitivamente de este mundo “se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas”. Sin tragedias. Simplemente desconcertadas por la falta de dueño.

Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas.


Seguirá mi tristeza paseando


por rincones de sombra.


En mi amada ventana del sillón y la mesa


seguirán los ocasos cayendo como siempre,


y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,


morirá y volverá como cuando yo estaba.


En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.


Se secarán mis libros poco a poco,


oliendo a fruta vieja.


Diminutas reliquias de mi vida


-una flor en un libro, un verso en alguien-


seguirán, como piedras disparadas,


conservando mi fuerza en este mundo


cuando yo me haya ido.


…Y os quedaréis vosotras, muchachas, pero un día


os marcharéis también


y en el mar de la muerte se hallarán nuestras olas,


morirán vuestros labios, vuestra piel, vuestra carne.


Pero siempre habréis sido.


Ser una sola vez, ¿no es ya bastante?


Mientras dure el espacio guardará vuestros huecos,


mientras quede una brisa llevará vuestro aroma.


…Pues habéis sido un día, seréis siempre.

Seleccionado y comentado por Manuel Saco