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Archivo de diciembre, 2010

Auguste Strindberg, entre el teatro y la poesía

Recuerdas,
Éramos reales amanuenses
Obsesionados por ideales,
Ni a Zola ni a Spencer leíamos
Y el realismo era trimestral.
Recuerdas,
Si el banco nos prestaba un duro
Comíamos ostras y buen vino
Y un puro nos anestesiaba.
Rosado era nuestro futuro.
Recuerdas,
Escribíamos para el teatro
Al son del patio de butacas:
Como un café y su buen coñac
O un dulce con queso de postre.
Y ahora
Somos viejos. Tú ya no cantas,
Te consuelan tus subscriptores.
En tu despacho das el callo,
Piensas: non canit plenun Venter.
Y yo
Ya no escribo la bella prosa,
Me sumo en la lengua diaria.
La justicia social me enciende
Y doquier me siento en peligro.
Y ahora
Como y bebo flojo y barato
Procreo y no voy por los bares.
Tú aun comes ostras con tu moza
Y a tus ideales sigues fiel.

Strindberg. Cuando se repasa la lista de damnificados que no recibieron el Nobel nunca está él… ¡y eso que, como quien dice, jugaba en casa! En mi caso, leí la Señorita Julia muy tarde, hace un par de años, cuando comenzaba lentamente a desperezarme en cuestión de teatro (temo, ay, que me he quedado a la mitad del despertar: aún la he llegado a ver puesta en escena).

Eso sí, me quedé entonces con que Strindberg también había escrito, aparte de un puñado de ensayos de difícil clasificación (como un nietzscheano Alegato de un loco), mucha poesía. Bueno, digamos que suficiente para su justificada fama de grafómano.

La he ido leyendo estos días en ratos sueltos, y confieso que no me ha calado. Me cuesta un poco reconocerlo, sobre todo tras leer el prólogo entusiasta de Jesús Pardo, pero no percibo la luz de su genio -que seguro existe- por ninguna parte. Lo raro es que, gustándome como me gusta la poesía de corte clásico, elegiaca, añorante, no me hayan hecho efecto sus versos, que a todas las anteriores cualidades, añaden el sarcasmo y un toque demodé deliciosamente deliberado.

En cualquier caso, y como esto es un blog de poesía y como tal el fracaso es un ingrediente indispensable, me hago cargo de mi inepcia hacia Strindberg publicando uno de los poemas, incluido en su obra completa, que más me han gustado. Para que juzguéis (y, llegado el caso, me juzguéis).

(Para E.P.)

IMAGEN: Autoretrato. Casa-museo de Strindberg (http://www.strindbergsmuseet.se/)

TRADUCCIÓN: Jesús Pardo

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Stephen Spender: escribir bajo los bombardeos (Poesía y guerra II)

Por supuesto, todo el esfuerzo se emplea en que uno
Se sitúe fuera del alcance ordinario
De los que llamamos estadísticas. Cien mueren
En los suburbios del extrarradio. Bien, bien, uno sigue adelante
En tanto esa cosa, el ‘yo’, continúe acomodado en
La cama de tablas, tan parecida a un féretro,
En ese cuarto de hotel cuyo papel pintado hace que estallen
Rosas en espirales de humo, uno puede ignorar
La presión de aquellos nombres bajo los dedos
Clavados a la noticia con tipos de plomo,
En el bar, la radio protestando al margen.
Pero supongamos que una bomba asoma
Su nariz en esta misma cama, con uno ocupándola.
La idea es obscena. Y, sin embargo, hay muchos
Para quienes la pérdida de uno en verdad
Ilustraría la expresión ‘impersonal’. Lo esencial es
Que cada ‘uno’ se mantenga aislado,
Acomodado bajo rosas, y que ninguno sufra
Por su vecino. Así el horror se pospone
En fracciones para cada uno, hasta sentar sobre él
Esa corona de incomunicable aflicción
Que es todo el misterio o no es nada.

Hoy la guerra civil española (y alrededores) sólo produce novelas. También algunas excepcionales obras de Historia, como lo son todas las de Ángel Viñas, pero mayormente novelas (por otra parte, prescindibles casi todas).

La española fue, para la literatura, la guerra civil más internacional del siglo XX. España fue el laboratorio donde maduraron su prosa un buen puñado de periodistas, novelistas y poetas. De estos últimos, y en concreto de los ingleses, quiero hablaros brevemente.

Para empezar, la mayoría no pisó el frente. Además, al contrario que los poetas que participaron en la Gran Guerra, su mensaje ideológico oscurecía casi siempre la sinrazón bélica. La retórica era más heroica -o pseudo heroica en algunos casos- que antibelicista.

Así sucede, por ejemplo, con los muchos poetas ingleses que dejaron testimonio del momento. Los Auden y Spender, ambos brigadistas internacionales, por citar sólo a los grandes, eran muy jóvenes entonces y sus poemas, sin llegar a ser huecos y podridos de propaganda, no tienen la intensidad y calidad de su producción posterior.

Quizá la excepción esto, como a casi todo en aquellos años, fuera George Orwell. Él, que sí estuvo en el frente pero que no era poeta ni lo sería en el resto de su corta vida, dejó escrito un poema –The italian soldier shook my hand– que incluye esta estrofa inmortal:

Tu nombre y tus hazañas fueron olvidados
Antes de que tus huesos se secaran,
Y la mentira que te asesinó está enterrada
Bajo otra mentira más honda.

PD: Pese a todo, Spender -que es uno de mis poetas ingleses favoritos, como ya dejé dicho aquí hace tiempo– escribió versos preciosos durante la guerra. Os dejo este Thoughts during an air raid para que juzguéis.

TRADUCCIÓN: Bernd Dietz (para la antología Un país donde lucía el sol. Poesía inglesa de la Guerra Civil, editado por Hiperión en 1980). Aquí podéis leer la versión original del poema.

IMAGEN: www.faber.co.uk

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Wilfred Owen: Morir por la patria no es dulce ni honroso (Poetas de Guerra, I)

Doblados como viejos mendigos bajo bolsas,
Chocando las rodillas y tosiendo como viejas, maldecimos a través del lodo
Hasta darle la espalda a las condenadas bengalas
Y empezar a arrastrarnos a un descanso remoto.
Los hombres marchaban dormidos. Muchos ya sin botas
Cojeaban calzados de sangre. Todos patéticos, ciegos todos,
Ebrios de cansancio, sordos incluso a los silbidos
De proyectiles decepcionados que caían más atrás.

¡Gas! ¡Gas! ¡De prisa, chicos! En un éxtasis de torpeza
Nos calamos torpes cascos justo a tiempo;
Pero alguno seguía pidiendo ayuda a gritos tropezando

Indeciso como un hombre ardiendo en llamas o cal viva.
Borroso tras los vidrios empañados y a través de aquella verde luz espesa,
Como hundido en un mar verde, lo vi ahogarse.

En todos mis sueños, ante mi vista indefensa,
Se abalanza sobre mí, se atraganta, se ahoga, se apaga.

Si en algún sueño asfixiante también pudieras seguir a pie
La carreta donde lo arrojamos
Y ver cómo retorcía los blancos ojos en la cara,
Una cara colgante, como un diablo harto del pecado;
Si pudieras oír, a cada tumbo, la sangre
Vomitada por pulmones de espuma corrompidos,
Obsceno como el cáncer, amargo como pus
De viles llagas incurables en lenguas inocentes,–

Amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo
A los niños que arden ansiosos de gloria
Esa vieja mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

Robert Graves, que sí sobrevivió, le retrata en sus memorias: “Convaleciente tras ser herido en batalla, no hacía otra cosa que repetir que había sido injustamente acusado de cobardía por un oficial superior. El encuentro con Siegfred Sassoon llevó a Wilfred Owen, un hombre pequeño y tranquilo, de cara redonda, a escribir poemas de guerra”.

Así pues, un hombre pequeño y tranquilo. Un poeta que se dejó la vida en las trincheras poco después de haber comenzado a versificar, con una clarividencia impropia de su edad y de su precario estado físico, sobre el fango inhumano de la Primera Guerra Mundial.

Wilfren Owen, al contrario que otros poetas ingleses de guerra, no lo era antes de alistarse en el Ejército de su Majestad. Fue su experiencia en el frente –My subjet is War and the Pity of War– la que hizo de catalizador de su poemas, ácidos, modernistas y comprometidos.

La obra de Owen, rimbaudiana por fatalidad, fue publicada tras su muerte -sucedida a las puertas del final de la contienda- por otro de aquellos poetas jóvenes, prematuramente envejecidos, enrabietados con la patria y desencantados de sus valores: el ya aludido Siegfred Sassoon.

PD: El título del poema, Dulce et decorum est (aquí la versión original en inglés), hace referencia al célebre verso horaciano Dulce et decorum est pro patria mori. El poema en sí es todo un emblema del antibelicismo.

NOTA: Con el de hoy comienzo una serie de post sobre poesía y guerra (con el tiempo iré añadiendo otras copulativas: poesía y revolución, poesía y ciencia…), de los que espero llegar a publicar uno a la semana.

TRADUCCIÓN: Nicolás González Varela

IMAGEN: English Faculty Library, University of Oxford / Wilfred Owen Literary Estate

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Por qué no un Foxá

Y pensar que, después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas;
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de aquella luz de plata
que inundaron mi vieja sementera
cuando aun cantaba Dios bajo mi frente.

Y pensar que no puedo, en mi egoísmo,
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la Luna brillará lo mismo
y que ya no la veré desde mi caja.

Esa especie de distanciamiento profiláctico cuando se escribe sobre Agustín de Foxá, dandy fascista y reaccionario melancólico, no hace mucho bien a la literatura. Y eso que al conde sibarita no le defienden ya sólo los nostálgicos del franquismo, sino los sabios sensatos como Andrés Trapiello, Luis Alberto de Cuenca o Jordi Amat.

Como todo esto aburre por obvio, su poesía. La he leído toda, o casi toda. Es una poesía triste que no corresponde a un vencedor que sólo lo fue en la superficie. Una poesía que desfigura el presente y lo borra. La niñez y Bizancio tienen en común que fueron aniquilados, y no importa que sucediera en siglos diferentes.

Los versos de Agustín de Foxá expresan nostalgia con ropajes modernistas. Exhiben con orgullo una cultura propia de otra época. Salvo sus poesías de guerra, tan penosas y olvidables como las homólogas de Alberti, el resto de su producción tiene un aire mortecino, deletéreo. Y la sencillez de las estrofas es la sencillez de quien no corrige y le importa poco y está eternamente en otra cosa. Quizá en ese “café de espejos con salas de billares, / las últimas tertulias liberales”.

NOTA: He dudado si traeros Melancolía del desaparecer, quizá su poema más citado y conocido, o algún otro de los que me gustan (Romance del opio, Lo inútil, Bizancio). Me he decantado por lo obvio pensando que así, quien no pasé de él, habrá conocido lo mejor de Foxá, y quien quiera profundizar, lo tendrá fácil.

-> En el blog: un poema de Luis Alberto de Cuenca y otro de Andrés Trapiello.

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‘Ciranda Manauara’, de Anibal Beca

Esta moza que baila por las plazas
Da vueltas y más vueltas por mi sueños.
Ella viene y me lleva en la ciranda
Con su vestido leve todo blanco
Su fino olor llevado de lavanda
Lavando mi deseo en contradanza.

Es morena esta niña de Manaus
Del verde de la floresta esta niña,
Bella cabocla en flor, patchuli
Me aprieta el pecho con su tipiti.

Viene esta moza del igarapé
Tan coqueta, mimo de mi cielo.
Sabe su beso dulce a jandaíra
Mi india tiene los labios de miel.

Es cabocla nativa de Manaus,
Su cuerpo se contorce por mi sueños.

“En la floresta, en medio de tantas lianas y si no tenemos cuidado, nos enredaremos sin claridad en los claroscuros de la selva”. Quien así previene es un poeta oriundo de la jungla brasileña. De la jungla urbana que es Manaos.

He leído hace poco sobre esta y otras ciudades de la Amazonia en un libro muy recomendable, Calle Amazonas. Entrevisté a su autor, y le pregunté si tanta exuberancia no implica que los adjetivos se multipliquen sin el consentimiento del escritor. Me respondió que no. Le creo.

También Anibal Beca, el poeta al que pertenece la advertencia del comienzo, trata de ser simple (la “bandeja de la simplicidad”, dice). Asume que pertenece a un mundo mágico, barroco (“lianas, verdores”), pero no se da por vencido con el lenguaje. Sus apretados haikus dan fe: “En la mañana de lluvia / las hormigas mojadas / marchan lentamente”.

NOTA: He escarbado un poco para dar con él. La poesía brasileña no es mi fuerte. El poema que he seleccionado, creo, combina algo tan aparentemente trivial como el amor casi pastoril con el vocabulario específico del Amazonas. He puesto enlaces a dichas palabras.

TRADUCCIÓN: Thiago de Mello

IMAGEN: www.felinia.org

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Robert Graves y la Diosa Blanca

El clima del pensamiento pocas veces se ha descrito.
No es el terror de la escarcha caucasiana,
ni ese cavilante calor hindú
para el que un taparrabos y un plato de arroz
alcanza hasta que llega el pestilente monzón.
Pero, sin invierno, la sangre se adelgazaría;
o, sin verano, los hogares arderían demasiado.
En el pensamiento las estaciones coinciden.
El pensamiento tiene un mar al cual mirar, sin viajar;
colinas para quebrar el borde de un cielo blando,
que no deben escalarse en busca de un paisaje aún más blando,
pocos pájaros, lo bastante para los gusanos
cuyo destino no es volverse mariposas;
pocas mariposas, lo bastante para las flores
que son el lujo de un huerto henchido;
algunas veces, viento, en las chimeneas del atardecer;
lluvia en el techo del alba, en la mirada adormecida;
rayas de nieve en la cumbre de la colina, alimentando
el tierno arroyo a la entrada del valle
que reverdece el valle y parte los labios;
el sol, simple como un vecino del campo;
la luna, grandiosa, sin nubes que la adornen.

Con caligrafía infantil sobre su tumba del cementerio de Deià está escrita una sola palabra: poeta. Su faceta menos conocida incluso entre aquellos que, aficionados a la (buena) novela histórica, siguen devorando sus sagas de mitos y emperadores.

Hace unos años se inauguró su casa-museo de Ca N’Alluny. No he estado y no creo que lo haga. Por lo que he leído, Deià ya no es el pueblecito apacible y preindustrial en el que vivió tantos años Robert Graves, al principio como un excéntrico, al final como un iluminado, y siempre invocando religiosamente a la Musa.

Robert Graves fue, ante todo y por encima de todo, poeta. “El primer poema que escribí como miembro de la familia Graves fue una traducción de una de las sátiras de Catulo”, confiesa en Adiós a todo eso, ejercicio de exorcismo de sí mismo y de la Gran Guerra, en la que combatió como oficial y fue herido en la batalla de Somme. Incluso entonces, la futura Diosa Blanca no le abandonó: Graves escribía poemas en las trincheras que guardaba en los bolsillos y mataba sus horas solo leyendo a Keats y a Blake.

El de la estirpe de los Von Ranke -guiño para el gremio olvidado- nunca entró dentro del canon moderno de los Ezra Pound (y compañía) ni tampoco fue jamás un epígono banal del estilo mandarín georgiano. Como dijo de él Alestair Raid, escritor y durante años amigo, Graves estaba convencido de que “en la poesía yacía una esperanza de cordura”. Versos carnales o descarnados. Versos terapéuticos.

El poema: El clima del pensamiento (En Cien Poemas, Lumen, Barcelona, 1981).

IMAGEN: robertgraves.org

– En el blog: Un poema de Keats y otro de Blake.

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