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‘Muerte vergonzosa’, de William Morris (1834 – 1896)

Éramos cuatro en torno al lecho,

El sacerdote se arrodilló junto a él

Su madre de pie en la cabecera,

Frente a sus pies aguardaba la novia;

Estábamos seguros de que había muerto,

Aunque sus ojos permanecían abiertos.

No murió durante la noche,

No murió durante el día,

Pero en la luz del crepúsculo

Su espíritu falleció,

Cuando ni el sol ni la luna brillaban

Y en los árboles sólo flotaba un ámbar gris.

No fue muerto por la espada,

Tampoco por la lanza o el hacha,

Aunque nunca pronunció una palabra

Desde que aquí regresó;

Yo corté el delicado cordón

Del cuello de mi hermano querido.

Él no azotó su golpe

Y la cobardía viene detrás,

En un lugar donde tiemblan los cuernos,

Un sendero difícil de encontrar,

Pues los cuernos oscilan en los arcos

Y el crepúsculo ciega los corazones.

Ellos iluminaron una gran antorcha,

Donde rápidos se agitaron los brazos,

Sir John, el Caballero del pantano,

Sir Guy, del doloroso golpe altivo,

Con tres veces veinte caballeros más diez,

Colgaron al bravo Lord Hugh al final.

Yo soy tres veces veinte más diez,

Y mi cabello se ha tornado gris,

He conocido a Sir John del Pantano,

Hace mucho, en un lejano día de verano,

Y me alegra pensar en aquel momento

En el que arranqué su vida con mis manos.

Yo soy tres veces veinte más diez,

Y mi fuerza quedó en el pasado,

Pero hace mucho yo y mis hombres,

Cuando el cielo estaba nublado,

Y la bruma se arrastraba por las cañas del pantano,

Matamos a Sir Guy, el del doloroso golpe altivo.

Y ahora todos ustedes, caballeros,

Ruego que oren por Sir Hugh,

Un hombre duro y honesto,

Y por Alice, esposa de un guerrero.

En la solapa trasera de la edición que Público vendió de El alma del hombre bajo el socialismo está su rostro arcaico y melancólico. Es coherente. El delicioso y en más de un sentido profético panfleto de Oscar Wilde debe mucho de su espíritu utópico a lo que William Morris había dejado escrito apenas un año antes en Noticias de ninguna parte.

El artista -pintor, arquitecto, impresor, artesano- y el revolucionario. William Morris imaginó y plasmó, como todos los artistas prerrafaelitas, su propia arcadia feliz (e ingenuamente bella) del Medievo. Pero, al contrario que la mayoría de ellos, no se deslizó más de lo debido por el tobogán del decadentismo. En la biografía que le dedicó E. P Thompson (hace unas semanas escribí sobre él y su hermano) aparece como un esteta neoromántico convertido en firme defensor de la clase obrera y crítico de la sociedad industrial desde posiciones más libertarias que marxianas.

Lo que entiendo por socialismo es un estado de la sociedad en que no haya ni ricos ni pobres, ni dueños ni esclavos, ni ociosos ni oprimidos, ni intelectuales de mente enferma ni trabajadores de espíritu decaído.

He tenido problemas para seleccionar un poema suyo. Finalmente, en la página elespejogotico.blogspot.com he encontrado traducidos algunos de los más conocidos. Desconozco el nombre del traductor y, cotejándolo con el original –que aquí os enlazo– creo que es mejorable. Prefiero su compromiso político a su arte escapista, pero el primero -lamentablemente- no fue expuesto en verso.

Nacho S. (@nemosegu)





‘El tigre’, de William Blake (1757 – 1827)

¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio

En las selvas de la noche,

¿Qué mano inmortal u ojo

Pudo trazar tu terrible simetría?

¿En qué lejanos abismos o cielos

Ardió el fuego de tus ojos?

¿Sobre qué alas se atreve a elevarse?

¿Qué mano se atrevió a tomar el fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte

Pudo torcer el vigor de tu corazón?

Y cuando tu corazón empezó a latir,

¿Qué espantosa mano? ¿Y qué espantosos pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?

¿En qué horno estaba tu cerebro?

¿Qué yunque? ¿Qué espantoso puño

Osa abrazar su mortales terrores?

Cuando las estrellas tiraron sus lanzas

Y mojaron el cielo con sus lágrimas,

¿Sonrió al ver su obra?

¿Aquel que hizo al cordero, te hizo a ti?

¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio

En las selvas de la noche,

¿Qué mano inmortal u ojo

Pudo trazar tu terrible simetría?

Sería necesario un Oliver Sacks que tradujese al lenguaje clínico las visiones extáticas de este p(r)o(f)eta, pintor y grabador inglés. Si los dibujos de la monja medieval Hildegard eran manifestaciones de origen jaquecoso, quizá los de William Blake también sean explicables desde la fisiología. Paradójico destino para un enemigo de las ciencias físicas y la filosofía natural que detestaba a Locke y a Newton.

En cualquier caso, el poder de su imaginación (visionaria), unido a un cristianismo místico, vital y enérgico, y a su indudable don artístico dieron como resultado -en palabras de Cernuda- “un orden nuevo, iniciando experiencias que alguna generación futura pueda estimar dignas de continuación”. Esa generación bien pudo ser la de la segunda mitad del siglo XX: Aldous Huxley y sus ‘puertas de la percepción’, Carlos Castaneda y su ‘Don Juan’.

El tigre es uno de los poemas de su último ciclo poético, Cantos de experiencia. El poder de la imagen de una naturaleza oculta, cuya perfección resulta enigmática y hasta desoladora, es una de las características de esta poesía. Compárese con El Otro tigre de Borges:

Pienso en un tigre. La penumbra exalta

la vasta Biblioteca laboriosa

y parece alejar los anaqueles;

fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,

él irá por su selva y su mañana

y marcará su rastro en la limosa

margen de un río cuyo nombre ignora

(en su mundo no hay nombres ni pasado

ni porvenir, sólo un instante cierto.)

NOTA: El lenguaje críptico y místico de Blake es un reto para los traductores de su poesía. Aquí hemos elegido la traducción que para Visor realizó Soledad Capurro, pero con un rápido vistazo en Internet se descubren otras diferentes. Por ejemplo, el verso “Tyger!, Tyger! burning bright”, aquí traducido por “¡Tigre! ¡Tigre! reluciente incendio”, en otros lugares aparece como “¡Tigre! ¡Tigre! que te enciendes en tu luz” o también como “¡Tigre! ¡Tigre! ardiendo brillante”.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.