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‘Vaucanson’, de John Ashbery (1927)

Mientras escribía, nevaba.

Se sintió sosegado y singular en la habitación gris.

pero, claro, nunca nadie se fía de estos humores.

Aquello tenía que tener entendimiento.

Pero, ¿por qué? De todos modos, sucede siempre,

y ¿quién se apunta el tanto? Seguramente

no aquello que se comprende,

y nos empequeñece saberlo

como saben los árboles de la tormenta

hasta que pasa y vuelve la luz a caer

desigualmente sobre toda la susurrante parentela:

las cosas con las cosas, las personas con los objetos,

las ideas con las personas o con las ideas.

Duele esta voluntad de proporcionarle a la vida

dimensiones, cuando la vida consiste precisamente en esas

dimensiones.

Somos criaturas, así que caminamos y hablamos

y la gente se nos acerca, o nos escucha

y luego se va.

La música llena los espacios

en los que se estiran las figuras hacia los bordes,

y puede solamente decir algo.

Los tendones se relajan entonces,

la conciencia empieza a albergar buenos pensamientos.

Ah, tiene que ser bueno este sol:

calienta de nuevo,

hace el número, completa su trilogía.

La vida debe de estar ahí detrás. La escondiste

para que nadie la encontrase

y ahora no recuerdas dónde.

Pero si volviera uno a inventarse la infancia

sería casi como volverse una reliquia viva

para librar a esta cosa, librarla del rubor

por el procedimiento de bajar el telón,

y durante unos segundos nadie se daría cuenta.

El final parecería perfecto.

Nada de consternación,

ni sueño trágico alguno del que despertarse sobresaltado

con un ataque de culpa apasionada, sólo la cálida luz del sol

que se desliza con facilidad por los hombros

hasta el corazón blando, derretido.

Lo que me ocurre al leer la poesía de John Ashbery lo creí hasta ahora fruto de mi ineptitud o mi falta absoluta de atención. A pesar de que me gustan sus poemas, de que de alguna forma intermitente me atraen y encuentro algo merecedor de ser rescatado en ellos, apenas si logro leer alguno de un tirón.

Quizá, me da ha dado por pensar, se debe a que su monólogo interior choca en un momento con mi monólogo interior y se rompe el débil hilo de sentido tejido entorno a la lectura. O quizá es otra cosa. Hace poco, leyendo una entrevista publicada en Babelia en 2004, comprendí que el distanciamiento y las inevitables interrupciones son tanto mías como suyas.

“Mi obra se sostiene sobre una improvisación interminable”, ha reconocido Ashbery. Una improvisación puramente estética, lenta, morosa, como desgastada. En un verso de Galeones de abril habla del “constante hormigueo que terminamos identificando con la vida“. Así, y de la misma forma, se termina uno identificando con su poesía.

NOTA: Traducido por Esteban Pujals para la editorial Visor.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.



‘449’, de Emily Dickinson (1830 – 1886)

Morí por la Belleza — pero apenas

en la Tumba yacía

Cuando a uno que murió por la Verdad dejaron

En la Estancia contigua —

Me preguntó en voz baja la causa de mi muerte.

“Por la belleza”, dije-

“Y yo — por la verdad — las Dos son Una sola —

Somos Hermanos”, dijo —

Así, como Allegados que de Noche se encuentran —

Hablamos a través de los Muros —

Hasta que el Musgo hubo alcanzado nuestros labios —

Y cubierto — nuestros nombres —

449

I died for Beauty — but was scarce

Adjusted in the Tomb

When One who died for Truth, was lain

In an adjoining room —

He questioned softly “Why I failed”?

“For Beauty”, I replied —

“And I — for Truth — Themself are One —

We Brethren, are”, He said —

And so, as Kinsmen, met a Night —

We talked between the Rooms —

Until the Moss had reached our lips —

And covered up — our names —

El puritanismo protestante de Nueva Inglaterra en el que fue educada y una vida adulta conscientemente retraída, doméstica, apaciguada, no han sido óbice para que los estudiosos lleven más de un siglo ocupados en destejer los inextricables misterios de la vida y obra de Emily Dickinson. Más de mil cartas (“Ésta es mi carta al Mundo / Que nunca Me escribió”) y dos mil poemas (salvo un puñado, todos publicados tras su muerte) son un legado tan jugoso como dado a las conexiones más disparatadas, como por ejemplo, interpretar sus versos en clave lacaniana.

(Una interpretación no psicoanalítica de uno de sus poemas y ajena a la frecuentemente previsible crítica literaria convencional, la ofreció el psicólogo evolutivo Steven Pinker en el capítulo que dedica en La tabla rasa a los vínculos entre las artes, la naturaleza humana y las ciencias físicas. Escribió Dickinson: “El cerebro es más grande que el cielo. / Si los pones uno junto a otro, El primero contiene al segundo”. Habla Pinker: “Este primer verso expresa la grandeza de la idea de una mente que responde a la actividad del cerebro. En su asombrosa complejidad para imaginar mundos reales y ficticios, el cerebro, qué duda cabe, es más grande que el cielo”.)

NOTA: Traducción a cargo de Amalia Rodríguez Monroy

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.