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‘East 41st Street’, de José M. Fonollosa (1922 – 1991)

Está maldita esta ciudad. La piso,

mas ignora mis pies sobre su espalda;

mis pies que la recorren cada día.

Sólo hay puertas cerradas a mi paso.

Recorro la ciudad. Suplico. Escupo.

No hay sitio para mí, no. En parte alguna.

Como el viento que cuenta sus heridas

después de atravesar los pedregales,

vuelvo a casa de noche, fatigado.

Mi mujer llega tarde. No pregunto

cómo paga el manjar. Como en silencio.

Está maldita esta ciudad maldita.

José María Fonollosa tuvo una existencia anónima durante casi toda la segunda mitad de siglo XX. En los noventa, un feliz encuentro con Pere Gimferrer y un disco de Albert Pla que puso música a sus poemas, le recuperaron -mejor sería decir le nacieron- para las antologías. Ésta sin ir más lejos.

East 41st Street está sacado de su primer libro publicado, Ciudad del hombre: Nueva York, una especie de callejero poético, una elegía urbana compuesta de destrozos y mujeres.

Una canción de Supone Fonollosa, de Albert Pla:

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.



‘Elegía para mi muerte (II)’, de José María Valverde (1926-1996)

Más conocido por sus trabajos como traductor de Shakesperare, Hölderlin, o Joyce, José María Valverde, comprometido antifranquista, renunció a su cátedra de Estética en la universidad de Barcelona (1964) cuando el régimen expulsó de la universidad a los profesores Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis Aranguren.

Poeta temprano, publicó su primer libro a los 19 años.

Cuando leí esta “Elegía para mi muerte” (de la que os traigo la parte II) me llamó la atención que alguien se hiciese una pregunta que me perseguía desde mi niñez y que pensaba era una locura mía, un desvarío muy personal. Pero ya somos dos. Cuando las cosas no las vemos, ¿se quedan quietas o tienen vida propia? ¿Qué hacen cuando no las vigilamos? En el primer verso ya lo dice todo. Son tan mías, tan hechas a mis costumbres y manías, que cuando falte definitivamente de este mundo “se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas”. Sin tragedias. Simplemente desconcertadas por la falta de dueño.

Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas.


Seguirá mi tristeza paseando


por rincones de sombra.


En mi amada ventana del sillón y la mesa


seguirán los ocasos cayendo como siempre,


y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,


morirá y volverá como cuando yo estaba.


En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.


Se secarán mis libros poco a poco,


oliendo a fruta vieja.


Diminutas reliquias de mi vida


-una flor en un libro, un verso en alguien-


seguirán, como piedras disparadas,


conservando mi fuerza en este mundo


cuando yo me haya ido.


…Y os quedaréis vosotras, muchachas, pero un día


os marcharéis también


y en el mar de la muerte se hallarán nuestras olas,


morirán vuestros labios, vuestra piel, vuestra carne.


Pero siempre habréis sido.


Ser una sola vez, ¿no es ya bastante?


Mientras dure el espacio guardará vuestros huecos,


mientras quede una brisa llevará vuestro aroma.


…Pues habéis sido un día, seréis siempre.

Seleccionado y comentado por Manuel Saco

‘Si me quieres, quiéreme entera’, de Dulce María Lyonaz

A ella no le gustaba que le llamaran poetisa. A la poeta Dulce María Loynaz (1903, La Habana-1997, La Habana), poco conocida por el público español, comenzó a leérsela cuando en 1992 recibió el Premio Cervantes. Es una maestra de los poemas cortos

(suyo también es este

“¿Y esa luz?

-Es tu sombra…”

tan evocador, tan inquietante).

Hoy os traemos un poema de amor muy contundente:

“Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz y sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca. Y gris, y verde y rubia,

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!…

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

Muchos más sobre la autora, en esta reseña.

Seleccionado y comentado por Arsenio Escolar