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‘Este viejo café de tertulias burguesas’, de Fernando Fortún (1890 – 1914)

Este viejo café de tertulias burguesas

tiene una vaga historia olvidada y magnífica;

en días ya lejanos ocuparon sus mesas

tipos dignos de alguna novela terrorífica,

figuras misteriosas que entraban embozadas;

y las luces de gas, discretas y cambiantes,

dejaban en penumbra sus sombras recatadas,

iluminando a veces juveniles semblantes.

Eran grupos herméticos, que siempre conspiraban,

en esa bella época de las revoluciones…

Al pasar, confundidas palabras se escuchaban:

el oro inglés… el día del grito… los masones…

¡Oh, aquella juventud cálida y arbitraria,

de ilusiones sonoras y de altos ideales,

desdeñadores líricos de la vida ordinaria,

bellamente románticos y un poco teatrales!

Tomaban actitudes de tribunos romanos,

siempre declamatoria su vieja teoría,

hablaban en los clubs haciendo poesía

y eran después discursos sus versos byronianos.

Son sus rostros aquellos que Madrazo retrata;

y estando en un sarao discutiendo ardorosos

contra los moderados quedaban silenciosos

oyendo recitar La canción del pirata.

Y sus almas acordes un momento latían,

posesas de un antiguo y generoso fuego,

mientras que sus palabras siempre se confundían,

pareciendo rimar con el Himno de Riego.

Así pasó su vida la juventud aquella,

como esa musiquilla de un día de jarana,

y por loca y romántica y fogosa, fue bella

y porque no sabía pensar en el mañana.

Y siempre se escuchaban sus voces exaltadas;

y sus grandes sombreros de copa y sus melenas,

como cascos guerreros detrás de las almenas,

emergían ornando todas las barricadas…

Creo verlas aún ocupando las mesas

de este antiguo café, donde se escucha ahora

el sosegado hablar de estas gentes burguesas

y en el piano, el sueño de un triste vals que llora…

A los clásicos del 98, esos que nos marcaron a fuego durante los años escolares, hay que añadir un puñado de nombres contemporáneos de los que apenas tienen cabida en las antologías y, menos todavía, en los manuales de literatura al uso: Tomás Morales, Lasso de la Vega o Fernando Fortún, de quien hoy os traigo el que para mí es su mejor poema.

La vida breve de Fernando Fortún apenas le dio para publicar un primer libro de poemas. El segundo lo editó póstumamente Juan Ramón Jiménez, que al parecer tenía en bastante estima al malogrado chaval (fallecido a los 24 años) e hizo lo posible para que su voz no fuera arrastrada al olvido por una muerte prematura. Tarea de resurrección de la que luego también se encargaría Agustín de Foxá (por cierto, ya va siendo hora de publicar algo de este señorito).

La obra principal de Fortún lleva por título Reliquias, y es una exquisita, nostálgica y decadente rememoración del romanticismo cuando éste ya había dejado de ser la corriente artística y social por excelencia. «Pensativos retratos, decidme vuestra historia», reclama el poeta mirando un mundo evanescente, de damas «coquetas y cordiales» y de tertulias «silenciosas y levíticas», donde él mismo imagina que gustosamente se habría dejado acusar de volteriano…

IMAGEN:Amalia de Llano y Dotres, condesa de Vilches, pintada por Federico Madrazo. Siglo XIX. Museo del Prado.

Nacho S. (En Twitter: @nemosegu)



‘Historia de un lector’, de Fernando López de Artieta (1983)

Nunca he leído un libro

en el que llegara

a la última página

sin que hubiera mirado

-de reojo, un momento

(o dos o tres momentos)-

el trecho que quedaba

por leerme. Al llegar

al centro -o mucho antes-

mi triste, melancólica,

impaciente, prosaica,

inculta, despreciable,

soez, vulgar, mezquina

mirada calculaba

el grosor de las hojas

que en la mano derecha

quedaba… sospechando

que anda nuevo habría

que no se hubiera dicho

en la otra mitad.

Y aunque me pasa siempre,

también siempre me pasa

que cuando empiezo

a terminar sus páginas,

cuando el pulgar y el índice

de nuestra mano práctica-

mente casi se tocan,

la mayoría de las veces siento

un agradecimiento

exageradamente

paternal y patético

hacia esos pobres libros

que nunca nunca nunca

se acaban;

y acaso, junto a él,

el archiconsabido

sentimiento de culpa

-inútil ya- de no

haber sido más buenos

con alguien que se ha muerto.

Fernando López de Artieta era en 2004 un «incipiente poeta» prácticamente «limpio de antecedentes poéticos, / que es lo mismo que decir / que, el pobrecito, es inédito». En Jugar en serio, un libro que ganó un premio importante, echa la culpa de todo a la lluvia, pero con humorLa destrucción o el humor-, que es al cabo lo único que salva.

Artieta tenía 21 años y ya sabía que «escribir versos es lo mismo / que predicar en el desierto». Además, se permitía dar consejos, como el de huir del sustantivo alma, los finales pomposos o de comprenderlo todo. He vuelto a ojear su libro para cerciorarme de que en verdad apenas hablaba de la muerte o de temas elevados. De la vida sí, y mucho. Pero, algo impropio de un joven, refugiándose en los lugares maduros de los adultos:

La vida la pasamos

Rellenando esos huecos

Con vocación artista

Y con manos de obrero.

A la desilusión

De terminar el juego

Le salva la alegría

De que ya estamos hechos.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.