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‘Los motivos del lobo’, de Rubén Darío

08 febrero 2009

¿Es tan fiero el lobo como lo pintan? Igual de odiado como temido por nuestra especie durante milenios, perseguido hasta la extinción/extenuación por medio mundo, a nadie deja indiferente. Tampoco al genial poeta modernista Rubén Darío, cuyo auténtico nombre era Félix Rubén García Sarmiento. Nacido en Metapa (hoy Ciudad Darío) en 1867 y muerto en León de Nicaragua en 1916, dedicó al cánido salvaje un hermoso cuento rimado en versos dodecasílabos que seguramente muchos de vosotros habréis representado alguna vez en el teatrillo del colegio. No es lo mejor del llamado “príncipe de las letras castellanas”, autor de obras inmortales como Azul… (1888) o Cantos de vida y esperanza (1905), pero sí probablemente su más clarividente aportación a lo que, un siglo después, denominaremos movimiento ecologista.

También es una reflexión sobre las razones profundas de la violencia callejera, de esos lobos urbanos que nuestra sociedad ha creado y desprecia tanto como teme.

Al ser un poema muy largo, para los más cómodos os incluyo al final una versión leída colgada en el You Tube.

El varón que tiene corazón de lis,

alma de querube, lengua celestial,

el mínimo y dulce Francisco de Asís,

está con un rudo y torvo animal,

bestia temerosa, de sangre y de robo,

las fauces de furia, los ojos de mal:

el lobo de Gubbia, el terrible lobo,

rabioso, ha asolado los alrededores;

cruel ha deshecho todos los rebaños;

devoró corderos, devoró pastores,

y son incontables sus muertes y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros

fueron destrozados. Los duros colmillos

dieron cuenta de los más bravos perros,

como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:

al lobo buscó

en su madriguera.

Cerca de la cueva encontró a la fiera

enorme, que al verle se lanzó feroz

contra él. Francisco, con su dulce voz,

alzando la mano,

al lobo furioso dijo: ¡Paz, hermano

lobo! El animal

contempló al varón de tosco sayal;

dejó su aire arisco,

cerró las abiertas fauces agresivas,

y dijo: ¡Está bien, hermano Francisco!

¡Cómo! ?exclamó el santo?. ¿Es ley que tú vivas

de horror y de muerte?

¿La sangre que vierte

tu hocico diabólico, el duelo y espanto

que esparces, el llanto

de los campesinos, el grito, el dolor

de tanta criatura de Nuestro Señor,

no han de contener tu encono infernal?

¿Vienes del infierno?

¿Te ha infundido acaso su rencor eterno

Luzbel o Belial?

Y el gran lobo, humilde: ¡Es duro el invierno,

y es horrible el hambre! En el bosque helado

no hallé qué comer; y busqué el ganado,

y en veces comí ganado y pastor.

¿La sangre? Yo vi más de un cazador

sobre su caballo, llevando el azor

al puño; o correr tras el jabalí,

el oso o el ciervo; y a más de uno vi

mancharse de sangre, herir, torturar,

de las roncas trompas al sordo clamor,

a los animales de Nuestro Señor.

Y no era por hambre, que iban a cazar.

Francisco responde: En el hombre existe

mala levadura.

Cuando nace viene con pecado. Es triste.

Mas el alma simple de la bestia es pura.

Tú vas a tener

desde hoy qué comer.

Dejarás en paz

rebaños y gente en este país.

¡Que Dios melifique tu ser montaraz!

-Está bien, hermano Francisco de Asís.

-Ante el Señor, que todo ata y desata,

en fe de promesa tiéndeme la pata.

El lobo tendió la pata al hermano

de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía

y lo que miraba casi no creía.

Tras el religioso iba el lobo fiero,

y, baja la testa, quieto le seguía

como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza

y allí predicó.

Y dijo: -He aquí una amable caza.

El hermano lobo se viene conmigo;

me juró no ser ya vuestro enemigo,

y no repetir su ataque sangriento.

Vosotros, en cambio, daréis su alimento

a la pobre bestia de Dios. -¡Así sea!,

contestó la gente toda de la aldea.

Y luego, en señal

de contentamiento,

movió testa y cola el buen animal,

y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo

en el santo asilo.

Sus bastas orejas los salmos oían

y los claros ojos se le humedecían.

Aprendió mil gracias y hacía mil juegos

cuando a la cocina iba con los legos.

Y cuando Francisco su oración hacía,

el lobo las pobres sandalias lamía.

Salía a la calle,

iba por el monte, descendía al valle,

entraba en las casas y le daban algo

de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo

dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,

desapareció, tornó a la montaña,

y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma,

entre los vecinos y entre los pastores;

colmaba el espanto los alrededores,

de nada servían el valor y el arma,

pues la bestia fiera

no dio treguas a su furor jamás,

como si tuviera

fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,

todos lo buscaron con quejas y llanto,

y con mil querellas dieron testimonio

de lo que sufrían y perdían tanto

por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.

Se fue a la montaña

a buscar al falso lobo carnicero.

Y junto a su cueva halló a la alimaña.

-En nombre del Padre del sacro universo,

conjúrote -dijo-, ¡oh lobo perverso!,

a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?

Contesta. Te escucho.

Como en sorda lucha, habló el animal,

la boca espumosa y el ojo fatal:

-Hermano Francisco, no te acerques mucho…

Yo estaba tranquilo allá en el convento;

al pueblo salía,

y si algo me daban estaba contento

y manso comía.

Mas empecé a ver que en todas las casas

estaban la Envidia, la Saña, la Ira,

y en todos los rostros ardían las brasas

de odio, de lujuria, de infamia y mentira.

Hermanos a hermanos hacían la guerra,

perdían los débiles, ganaban los malos,

hembra y macho eran como perro y perra,

y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos

y los pies. Seguía tus sagradas leyes,

todas las criaturas eran mis hermanos:

los hermanos hombres, los hermanos bueyes,

hermanas estrellas y hermanos gusanos.

Y así, me apalearon y me echaron fuera.

Y su risa fue como un agua hirviente,

y entre mis entrañas revivió la fiera,

y me sentí lobo malo de repente;

mas siempre mejor que esa mala gente.

y recomencé a luchar aquí,

a me defender y a me alimentar.

Como el oso hace, como el jabalí,

que para vivir tienen que matar.

Déjame en el monte, déjame en el risco,

déjame existir en mi libertad,

vete a tu convento, hermano Francisco,

sigue tu camino y tu santidad.

El santo de Asís no le dijo nada.

Le miró con una profunda mirada,

y partió con lágrimas y con desconsuelos,

y habló al Dios eterno con su corazón.

El viento del bosque llevó su oración,

que era: Padre nuestro, que estás en los cielos…

Seleccionado y comentado por César-Javier Palacios.

















9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. MENUDO PESTIÑO ES EL PAVO ESTEhttp://comielotrodia.wordpress.com

    08 febrero 2009 | 17:07

  2. MENUDO PESTIÑO ES EL PAVO ESTEwww.comielotrodia.wordpress.com

    08 febrero 2009 | 17:07

  3. Dice ser Black Aloysius

    Me encantan.Y menos caza que están acabando con estos nobles animales.Saludos.

    08 febrero 2009 | 17:28

  4. Dice ser Antonio larrosa

    Y como el oso , el jabalí y (el hombre), para vivir , el lobo ha de matar.Clica sobre mi nombre

    08 febrero 2009 | 23:52

  5. Dice ser Lara

    ¿Y es posible que desaparezca ese temor?Muaks mañanerosLAra tiene alas

    09 febrero 2009 | 10:51

  6. Dice ser mar

    Lleváis cuatro días con el mismo poema. ¿No era un poema al día?

    11 febrero 2009 | 09:29

  7. Dice ser ازياء

    صور رومانسيةصوره حزينة

    06 noviembre 2009 | 15:54

  8. صور بناتصور شباب

    06 noviembre 2009 | 15:54

  9. Dice ser منتديات

    صور رومنسيهصور رومانسيه

    06 noviembre 2009 | 15:55

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