9 Febrero 2010

'El perezoso', de Antoine Girard, señor de Saint-Amant (1594 - 1661)


De pereza abrumado, y de melancolía,

Sueño dentro de un lecho donde estoy embutido,

Tal liebre deshuesada dormida en un pastel,

O como un Don Quijote en su triste locura.

Allí sin preocuparme de las guerras de Italia,

Ni de la majestad del Conde Palatino,

Consagrado un bello himno a tal ociosidad

En que mi alma en langores casi está sepultada.

A este placer tan dulce encantador lo hallo

Que pienso que los bienes me vendrán mientras duermo,

Pues observo en qué forma la barriga me crece.

Y odio el trabajo tánto que, entreabriendo los ojos,

Con una mano fuera de las mantas, Balduino,

Casi no me decido a escribirte estos versos.


Como el yerno de Marx. Le Droit à la paresse. ¡Es algo tan francés! Este soneto barroco, de afectación como descuidada, es mi excusa hoy para no escribir un post de más de dos párrafos.

Lo imprescindible. Antoine Girard pasó el otoño en Canarias, el verano en Roma, la primavera en París y el invierno en Los Alpes. Frecuentó los primeros salones literarios y se ganó la enemistad del gran Boileau, que no es poco. Este otro terceto genial:

No, no encuentro apenas diferencia ninguna

entre fumar tabaco y vivir de esperanza,

pues sólo viento y humo son lo uno y lo otro.

NOTA: Traducido del francés por Luis Martínez de Merlo

NOTA 2: Premio al que adivine a qué cuadro pertenece este detalle. :)

Nacho S. (En Twitter: @nemosegu)



8 Febrero 2010

'Otros vinieron aquí', de Robert Brasillach (1909 - 1945)


Otros vinieron por aquí

cuyos nombres en los muros mohosos

ya se deshacen y desconchan.

Ellos sufrieron y tuvieron esperanzas

y a veces la esperanza acertaba

a veces engañaba a esas murallas.

Venidos de aquí, venidos de otros sitios

nuestros corazones no eran iguales,

según nos dijeron. ¿Hay que creerlo?

¡Pero qué importa lo que fuimos!

Nuestros rostros, ahogados de bruma,

se parecen en la noche negra.

Es en vosotros, hermanos desconocidos,

en quienes pienso, cuando cae la noche,

¡Oh mis fraternales adversarios!

Ayer está cerca de hoy,

a pesar nuestro estamos unidos

por la esperanza y por la miseria.


De Robert Brasillach sabía que fue un joven escritor brillante que ha pasado a la historia de las letras francesas por haber sido el único intelectual colaboracionista ejecutado tras el fin de la ocupación nazi.

Este párrafo de Tony Judt de su libro Pasado imperfecto, que devalúa el mito: "Escritores que de pronto habían descubierto en De Gaulle virtudes que anteriormente alabaron en Pétain, fueron acogidos en la comunidad resistente sin que apenas disintiera una sola voz".

No Brasillach. Él no participó de la amnesia colectiva, y murió por no haber sabido fingir arrepentimiento. A pesar de su talento. O, mejor dicho, a causa del mismo. Colaboró con el enemigo, aunque en menor medida que otros a quienes la mano -ora ciega ora tuerta- de la justicia pasó sobre ellos sin rozarles.

Lo que no sabía era que en la cárcel, esperando el ajusticiamiento del Bien, escribió este poema que traigo hoy, y que leí por primera vez el sábado en un reportaje fantástico de Ignacio Vidal-Folch titulado Genios del mal.

PD: Atribuyo la traducción, por falta de datos, al propio Vidal-Folch.

Nacho S. (en Twitter: @nemosegu)



5 Febrero 2010

'Al fondo de la escena', de Eduardo García (1965)


He cruzado el umbral. Estoy en casa.

Después del frío, y el viento y los veranos

he venido. Saludo a los objetos

Con un suspiro grave y respetuoso.

La sala decorada con flores que parecen

desplomarse carnívoras sobre los comensales.

He ocupado mi silla. Alguien comenta

el precio escaso de la vida humana

en un país remoto y las noticias

dejan caer promesas de un futuro

que merezca la pena. La mujer

me sirve una sonrisa.

El hombre habla con ella como quien acaricia

un sueño que se hiciera cotidiano.

Bajo el mantel los niños se pelean.

La sal. El pan. La mesa como siempre:

cada cual en su sitio, absorto en la tarea

de ser el personaje que la trama

dispone.

Así, ya ves, somos felices.

Ignoramos que un día la ausencia de la madre,

esa silla vacía, inconcebible,

hará que el niño aquél -al fondo de la escena-

escriba estas palabras.


Las muletas habituales de la literatura -lugares comunes sobre el estilo o la trascendencia- tampoco sirven para el autor de hoy. Eduardo García es poeta a tiempo parcial. Ha publicado poemarios y ensayos de teoría literaria. Pero su ocupación principal es ser profesor de enseñanza media. Un cierto anonimato... hasta 2008, en que ganó el Premio Nacional de la Crítica.

Eduardo define el oficio (el de poeta, no el de maestro) como una forma de "explorar nuestra tan confusa como plural identidad". A esta búsqueda le ha puesto una etiqueta: 'poética del límite' (que suena muy parecido a aquella 'filosofía del límite' de Eugenio Trías, quizá porque Eduardo es -además de poeta- filósofo de carrera).

En el primer verso de uno de sus poemas más redondos dice que "en el fondo mí mismo hay cuatro puertas". Y luego las nombra: la de los deseos, los instantes prodigiosos, la infancia recobrada y la "nada imponderable". El poema que os traigo muestra lo que su autor halló dentro de ellas. Concretamente dentro de la tercera.

(FOTO: www.eduardogarcia.eu)

Nacho S. (Twitter: @nemosegu)



4 Febrero 2010

'Encuentro con el famoso poeta', de Jesús Fernández (1974)


Encontré al famoso poeta

Junto a la barra de un bar

Bebía y parecía

Muy interesado en la camarera.

Él tenía premios, fama

Y yo sólo

Una pluma cargada

Con odio.

Pero el odio

Ha sido

Lo que ha llevado más lejos al hombre

Que ninguna otra cosa.

El amor es lento

Como un corredor de fondo

Y no puedes fiarte de él

Demasiado.

Pero el odio

Es gas esperando una cerilla

Es la piedra donde afilar

Tu pluma, tus garras, tus balas

Cualquier cosa, que deba estar afilada.

Pero allí, viéndole balbucear,

De modo penoso

Con mis ojos afilados por el fracaso

Supe que mis versos

Valía más

Que toda su panoplia.

Sus poemas estaban gordos y no

Había pasado hambre

Ni se había vuelto locos

Habían perdido su filo

Olían a colonia y a papel timbrado.

Volví a casa y fue el final

De una noche magnífica.

Así que pensé que

En cierto modo

Le estaba agradecido

Porque es más fácil disparar

Cuando tienes un blanco.


Llevo varias semanas publicando poesías de genios que están muertos. Demasiado fácil. Cualquiera con sensibilidad y un mínimo de entrenamiento literario aprecia a Emerson, Mishima, Heine o Garcilaso de la Vega.

Pero creo que un blog como éste tendría verdadero valor si en él pudiera trazarse un modesto itinerario de la poesía actual. Infundir en los lectores curiosos el deleite del descubrimiento sin inducir a la culpa por no comulgar con los mandamientos del canon. Sin notas a pie, sin obtusos críticos ni 'claves para entender', sin obligación de mentir: "Me gusta".

Tenía marcada con un doblez la página donde aparece este poema desde hacía meses. Está incluido en Qué nos han hecho, un librito que Ana Pérez Cañamares me regaló cuando asistí en Lavapiés a mi bautizo en una lectura poética. Su autor es un cordobés de 35 años, editor de varias revistas (Nacht & Nebel) y colaborador de otras (La Bella Varsovia).

A mí me gusta, claro, de otro modo no os lo hubiera enseñado.

Nacho S.



3 Febrero 2010

'El muchacho que escribía poesía', de Yukio Mishima (1925 - 1970)


Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.

Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.

Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.


A T. le gustaría saber que Yukio significa ‘nieve’ y Mishima ‘lugar desde el que se ve la nieve’. Se emocionaría leyendo El rumor del oleaje. Pero nada más. El exhibicionismo proteico, la asunción de una moral heroica, un sentido trágico y absoluto del deber no van con ella. En cambio, J. se desharía en elogios hacia su apetito por lo fúnebre y sus cientos de máscaras y su vanidad, tan fecunda como su genialidad.

En Yukio Mishima, la vida y la obra (la obra y la vida, pues son inextricables, como coincidieron en explicar Marguerite Yourcenar y José Antonio Vallejo-Nájera) están tan cubiertas de veladuras que, por extenuación del personal, acaba saliendo triunfante el inoportuno estereotipo: genio-obsesionado-con-la-belleza-la-muerte-el-sexo-la-tradición-el-cuerpo-y-tan-fríamente-perfeccionista-que-pasó-años-planificando-con-todo-detalle-su-propia-muerte.

Me importa muy poco si su Seppuku tuvo un 55% de japonés, un 30% de helenístico y un 25% de occidental (o si las proporciones varían). Las patologías, que las tuvo, tampoco me quitan el sueño. La fragmentación anecdótica de su vida según los conceptos de la genealogía foucaultiana, me parece de entrada una absoluta tomadura de pelo. Pero su literatura, ah. Cuantísima belleza. Lirismo extremo, casi dañino. Terminarse una novela, pongamos El marino que perdió la gracia del mar, y flotar en la ingravidez de lo sublime.

PD: El muchacho que escribía poesía es un relato de juventud de Mishima, pleno de metáforas poderosas, referencias a la muerte, al significado del arte, la compasión, el amor o el reconocimiento literario. Espero que el fragmento os haya atrapado tanto como para que sigáis leyendo aquí el resto.

Nacho S.



2 Febrero 2010

'Back to Africa', de Louise Bennett-Coverley (1919 - 2006)


¿Volver a África, Miss Matty?

¿Sabe lo que dice usté?

Hay que venir de algún sitio,

Pa’ regresar luego a él

Sé que tu tátara-tátara-

Tátara’buela africana fue,

¿Pero tu tátara-tátaratátara’buelo,

no era inglés?

¿Y el padre ‘el tátara-tátarabuelo

‘e tu padre judío, jum?

¿Y tu abuelo, por part’e madre

¡Fue franchute par le vú!

Pero el resto e’ tu familia

Los de tu generación

Todos en Bun Grun nacieron

¡Todos jamaicanos son!


Hubo un tiempo en que las lenguas pidgin y criolla (y sus hablantes) eran menospreciados por no alcanzar, en opinión de los puristas, la complejidad gramatical de las lenguas históricas, no poseer su riqueza de matices ni su tradición literaria. De ir corrigiendo esta injusticia se ha encargado la lingüística (el maravilloso instinto del lenguaje de Pinker), sus propios hablantes y sus escritores. La protagonista del post de hoy, la jamaicana Louise Bennett-Coverley, dedicó vida y genio a dignificar el patois.

Antes que Louis, cariñosamente apodada Miss Lou, han ido apareciendo aquí otros escritores del Caribe anglófono, como el helénico Derek Walcott o Aimé Césaire, el poeta de la negritud. Con Louis Bennet (gracias @sephora_s) se completa el círculo… momentáneamente.

Miss Lou hizo de todo, teatro, poesía, televisión, radio, "creyendo en la risa". Risa para distanciarse de la seriedad, combatir el racismo, la exclusión y reivindicar el mestizaje. Como en estos versos tan, tan significativos que llevan por título Colonisation in Reverse:

Por cientos, por miles

Del campo y la ciudad

En barco’, en avión

Jamaica se va a Inglaterra

Y en bulto caen

Lo’ campesino como el fuego,

Pa' inmigrá y poblá

La sede del’imperio

.

PD: Traducido al castellano por David Chericián.

Nacho S.



1 Febrero 2010

'Oídme amigos', de Marcos Ana (1920)


Oídme amigos. He visto

con los ojos soñolientos

algo que quiero contaros.

Es la madrugada. Un preso

enfrente de mí despierta.

Se incorpora sobre un codo.

Lía un cigarro. Se sienta.

Mientras fuma tiene ausente

la mirada, como dormida la frente

(Sueña el viento en la ventana)

Tira el cigarro. Se inclina.

Saca un pedazo de pan,

se lo come lentamente

y después… rompe a llorar.

(Quizás no tenga importancia…

Yo os lo cuento)

Ya sabéis que a mi las losas

me han gastado hasta los huesos

del corazón,

pero ver llorar a un hombre

es algo, siempre, tremendo.

Y este preso no es un árbol

que se ha roto. Sigue ileso.

Pero de pronto ha venido

todo lo "suyo" a su encuentro

en esta noche tranquila…

Con su dolor en mi pecho

le miro. No puede verme.

Sus ojos están muy lejos.

Sus ojos cerca, llorando

tan suave, tan hondamente

que apenas si mueve el aire

y el silencio.

Un "alerta" le estremece.

(Por el patio

se oye cruzar el relevo).


Cuando el miércoles en el Ateneo de Madrid reciba un homenaje, no habrán pasado 15 días desde la fiesta de cumpleaños -90 de edad, 67 de vida- que reunió a varios centenares de personas en el Círculo de Bellas Artes. Marcos Ana, poeta comunista y decano de los presos políticos durante el franquismo (23 años y dos condenas a muerte), se ha convertido en un lieu de mémoire (físico, es verdad) para la sociedad civil: premios, películas, reportajes.

Aunque no comparto su fe comunista (ni su trasfondo católico), admiro a Marcos Ana por ser capaz de decir que "la venganza no es ningún ideal político ni revolucionario". Algunos, como le recordó Camus a Gabriel Marcel, sólo parece que se indignan cuando la víctima comparte sus mismas ideas. Por eso respeto tanto el testimonio de Ana y tan poco el de muchos que le suelen acompañar. Y también por eso me pregunto con pena porqué Jorge Semprún no recibe ni la mitad de homenajes que él, al menos en España. Pero de esa memoria selectiva no tiene culpa Marcos Ana.

PD: Sobre la historia de sus poemas Marcos Ana ha dejado testimonio en muchas entrevistas. Sirva este parrafito como ejemplo para acompañar al publicado hoy: "Empecé a escribir poemas en la cárcel en 1954. Nunca he tratado con las editoriales. Mis poemas salían clandestinamente de la prisión y los echaba a andar por el mundo. (…) Mi voz era la de muchos cautivos".

Nacho S.



29 Enero 2010

'A Dafne ya los brazos le crecían', de Garcilaso de la Vega (150? - 1536)


A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos qu’el oro escurecían;

de áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros que aun bullendo ’staban;

los blancos pies en tierra se hincaban

y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar, crecer hacía

este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!


Su espada valía tanto como su pluma. Diverso entre contrarios, como él mismo alcanzó a describirse. Arquetipo de poeta guerrero y devoto representante de la cultura literaria del Renacimiento. Alcanzó la gloria y la muerte al servicio del emperador Carlos V. Y logró algo que hoy nos parece extraño, participar activamente de su belicoso siglo y encontrar un terreno al margen para cultivar su locus amoenus. También tiempo para la introspección:

Cuando me paro a contemplar mi’stado

y a ver los pasos por dó me han traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado.

He descartado por razones obvias de espacio sus églogas, epístolas y elegías (quienes queráis seguir leyendo o releyendo su obra podéis hacerlo en esta página espléndida). Dudaba entre una canción, una copla o un soneto. Y me decidí por éste último. El XIII es uno de los más justamente recordados: el mito de Apolo y Dafne suscita en Garcilaso el doloroso recuerdo del amor perdido y las lágrimas, siempre impotentes.

Nacho S.



28 Enero 2010

'Los ojos llenos de alegría', de Ralph Waldo Emerson (1803 - 1882)


Los ojos llenos de alegría de ese muchacho caprichoso y salvaje

Dibujan su órbita como meteoros, bordeando la oscuridad

Con su rayo secreto. Saltan sobre la línea del horizonte

En pos del privilegio de Apolo: miran a través del hombre

Y de la mujer, del mar y de las estrellas: miran la danza

De la naturaleza y miran más allá, a través de las lenguas

Y de las razas y de los confines del tiempo. Esos ojos

Miran el orden musical y la armonía de los poetas

Que en el Olimpo cantaron a las divinas ideas.

Esos ojos nos hallarán siempre jóvenes;

Siempre nos mantendrán así.


ORIGINAL EN INGLÉS

A moody child and wildly wise

Pursued the game with joyful eyes,

Which chose, like meteors, their way,

And rived the dark with private ray:

They overleapt the horizon's edge,

Searched with Apollo's privilege;

Through man, and woman, and sea, and star,

Saw the dance of nature forward far;

Through worlds, and races, and terms, and times,

Saw musical order, and pairing rhymes.

Olympian bards who sung,

Divine ideas below,

Which always find us young,

And always keep us so.


Otra deuda poética, esta vez -u otra vez- con Shepora (¡para estar al día ya sólo me queda traer a Garcilaso!). Vaya por delante que nunca he sido un lector ávido ni demasiado constante de Emerson (lo advierto, excusatio non petita, por todas las superficialidades que desde ahora pudiera contener este post).

El mensaje cifrado de El poeta, el librito donde Ralph Waldo registra su ansia inefable de Belleza, evoca lo que para muchos todavía hoy sigue consistiendo la poesía: una profesión ascética, incorrupta, alejada del comercio con lo cotidiano, pero al mismo tiempo el único vínculo fiable entre la Naturaleza y la Verdad (siempre en mayúsculas).

El 'Poeta' para Emerson es poco menos que un sumo sacerdote de lo Sublime, perfección que en ningún caso uno alcanzará con atajos -drogas, alcohol- sino a través de la pureza del alma. ¿Ingenuidad? ¿Deslizamiento naïve por la ladera de lo recóndito y lo virgen? Bueno, un poquito de todo eso hay, claro.

Los jóvenes del siglo XX que se miraron en su espejo (y en el de Thoreau) se vieron primero encantados y luego confundidos. El mundo no conservaba ya ese territorio primigenio hacia el que dirigirse con mirada limpia. Territorio que en la Norteamérica del siglo XIX, la de Emerson, recibía -también en lo espiritual- el nombre evocador de La Frontera.

NOTA: He seleccionado precisamente el poema de Emerson que encabeza su librito teórico más conocido porque dice casi todo sobre el valor que otorga a la poesía: voluntad redentora más allá de lo que el resto de los mortales ven, y reveladora del secreto.

NOTA 2: Traducido por Jorge Rodríguez Padrón

Nacho S.




27 Enero 2010

'Entre imaginación y humildad', de Mircea Dinescu (1950)


Subían a la hoguera como si fuera la diligencia del atardecer,

en la primera posta

Dios les esperaba disfrazado de fondista,

todo era gratis: divertimento - la muerte,

los amigos traían montones de enjutos…

Ahora, viajando por el sur de las latas,

con la inquisición en la sangre como un hereje pagado,

curado de la rebeldía por el dulce vaho de la sopa,

todavía tengo esperanza en el empolvado tren provincial

el que decía “personal”, como si fuera mío,

el chamuscado tren que tosía entre las estaciones

por cuyo amor me comería yo mismo los carbones,

entre imaginación y humildad

vacilando, vacilando, vacilando.


Mi amigo Jesús, que vive ahora en Rumanía, seguro que sabe desde hace más meses que yo quién es Mircea Dinescu. Apuesto podría hacerme una descripción inteligente y originalísima de él, como la que me ha hecho sobre viajar cuando nadie lo hace: "Un tren soviético, vacío, el 1 de enero a las 7 de la mañana, atravesando los Cárpatos, dormitando entre el paisaje y el traquetear. Viajar sólo en un tren es como tener otra vida, y más en ese momento, cuando sabes que más de medio mundo duerme".

Dinescu es la clase de poeta que uno llega a conocer leyendo libros de historia (tal fue mi caso). En los ochenta se enfrentó a la dictadura comunista de Ceaucescu lo suficiente para convertirse en objetivo perpetuo de la Securitate hasta la caída del tirano. Tras la revolución pasó a ser -como suele decirse, de forma algo pedante- un miembro carismático de la sociedad civil. En los noventa, el haber alcanzado el status de celebridad como editor influyó para que su empeño en sacar a la luz las complicidades de la era comunista fuera visto como una frivolidad más que como un compromiso serio.

Este escueto perfil no alcanza más allá de 2003. Así que lo dejo abierto por si alguno de vosotros puede aportar datos recientes o por si, en su próximo mail, Jesús me regala su entrevista. En cuanto al poema, lo seleccioné entre varios de Dinescu por su título, porque me descoloca y por este verso: "Curado de la rebeldía por el dulce vaho de la sopa".

NOTA: Enjuto, además de seco o escaso, significa según la RAE: "Bollitos u otros bocados ligeros que excitan la gana de beber". Nunca te acostarás… etc. :)

NOTA 2: Traducido del rumano por Darie Novaceanu

(Aclaración: el de la foto es Dominescu)

Nacho S.



26 Enero 2010

'Mutis por el foro', de Antonio Martínez Sarrión (1939)


De modo que tú intérnate,

piérdete (y te hallarás)

al otro lado

de esa lisura desasosegante.

Como la dama que, mano en mejilla,

va concertando sin mover un músculo,

mas con respiración parsimoniosa,

el juego de la llama decrece,

y el templado reflejo.

Una conjugación

que avisa descendencia:

ese instantáneo acorde

antes de que la sombra definitiva anuncie

que la función pasó

y un bis no está previsto,

aun cuando los aplausos,

a escenario vacío,

sonasen, sonasen y sonasen.


Los que visitáis un poquito este blog quizá no os cueste recordar otros poemas con cuadro: el de Gregory Corso sobre una escena bélica de Paolo Uccello o aquel de Robert Walser y La caída de Ícaro de Brueghel. Ambos, sobre todo el segundo, ejercicios de verdad y profundidad.

Este Mutis por el foro de Antonio Martínez Sarrión, inspirado (o expirado) en La magdalena penintente de Georges de la Tour, no tiene nada que envidiarles. La lisura desasosegante es una descripción precisa y bella de la exquisita técnica de De la Tour. Y la elección cuidadosa de las palabras, imitando los trazos sobre el lienzo, consiguen trasmitir la serena majestad de la muerte.

A Martínez Sarrión no le hace justicia la humorada que Gil de Biedma le soltó tras leer algunos de sus poemas: "¿Cómo, coño, puedes ser tan decadente, habiendo nacido en Albacete?". Su poesía es a veces difícil, sí, pero sin llegar nunca a la oscuridad total ("Pretendo aún ser de aquellos que a lo claro se orientan"). Empezó siendo un novísimo, como mandaban los cánones (nunca mejor dicho), de collage cultista y cinemateca. Ha acabado como un poeta sin generación, ocupado en lo que a todos preocupa:

Lo demás es penumbra, griterío,

la deformante grieta del espejo,

los años desecando tanto aljibe

para, al cabo, encontrar monedas de latón.


PD: Allá por mayo de 2009 Antonio Muñoz Molina escribió un artículo precioso sobre este mismo cuadro: "La luz es la fugacidad de la vida; la calavera, el recordatorio de la cercanía de la muerte; los libros cerrados, la vanidad del conocimiento humano".

Nacho S.




25 Enero 2010

'Los buenos muchachos muertos', de Ernest Hemingway (1899 - 1961)


Ellos nos aventajaron.

Nación y rey

Cristo poderoso

Y el resto;

Patriotismo

Democracia

Honor-

Palabras y frases.

Ellas nos puteaban o asesinaban.


Más poemas de la antología Poesía y periodismo. Sección anuncios por palabras. El excesivo Hemingway. Coincide que estos días, para compensar cierto empacho de romanticismo decimonónico, me he inflado a leer al (último) gran crítico inglés: Cyril Connolly, un genio perezoso y melancólico.

En un artículo de 1961, homenaje al novelista fallecido, escribía: "Hasta tal punto eligió representar su época que nunca pudo escapar a sus limitaciones; en el fondo era un poeta romántico que usaba la ficción, incluso el periodismo, como su medio de expresión". Imposible ser más preciso.

Nunca está de más volver al viejo cascarrabias, a su prosa musculosa, hecha de tensiones absolutas, muerte y heroísmo; pero si no hay tiempo ni ganas para tanto, basta con una dosis como la de hoy. Filtrada. Seca.

Nacho S.



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