Pasó un vagón con ruedas escarlata
y carrocería amarilla, nuevo flamante.
"¡Espléndido! -dije-, qué bueno
es estar vivo, cuando la belleza pela
la dura cáscara de la vida". Y tú
dijiste: "¡Espléndido!". Y pensé que habías visto
ese vagón brillando calle abajo;
pero miré y vi que tu mirada había caído
sobre un niño que atizaba puntapiés
a una obscena inmundicia marrón.
Nuestras almas son elefantes, pensé,
aisladas tras estrechos barrotes,
con trompas que asomadas fisgonean
y sobre la realidad se abalanzan;
y cada cual según su dulce antojo
se apodera del pastel que más le gusta
y deja atrás todos los demás.
Después de recordar con algo de inquina que nunca fue un científico de primera fila, el ambiguo defensor del diseño inteligente Michael Behe reconoce que la inagotable fuerza que movía al grandísimo Julien Huxley era "nuestro viejo amigo el progreso". Julien fue toda su vida un defensor entusiasta del darwinismo y de los logros de la ciencia. Su hermano Aldous, en cambio, se mostró obstinadamente pesimista acerca de los avances tecnológicos del ser humano; un espanto que en Un mundo feliz elevó casi a dogma distópico. Las nuevas generaciones, más predispuestas a la satisfacción instantánea o tal vez menos ingenuas, quizá no hayan oído hablar sobre sus experiencias, a medio camino entre la indagación personal y la búsqueda de los paraísos artificiales, con las drogas alucinógenas.

Pero los provechosos paseos de Aldous por delante de las puertas de la percepción y el misticismo orientalista son facetas de su personalidad y de su obra literaria que aún no estaban de manifiesto -o estaban, pero sólo en fase embrionaria- en su obra poética. La poesía fue la primera devoción artística de Aldous Huxley. Empezó a escribirla de veinteañero y la abandonó, sin haber logrado el reconocimiento de la crítica y de sus amigos escritores, rozando la cuarentena.
Sus poemas, como apuntan certeramente sus primeros traductores al español, son un borrador fiable de sus futuras obsesiones: visión trágica del mundo, amenaza constante de la hecatombe, búsqueda del significado de la inmortalidad, definición de un dios deísta, solución a los enigmas existenciales… Como dice en Villiers de L'Isle-Adam, un poema incluido en La rueda ardiente, su primer libro: "Tú llamaste al alma a emborracharse / de las cosas infinitas, diciendo: Todo lo demás no es nada".
NOTA: Traducido del inglés por J. Isaías Gómez López. La edición, la primera en castellano, de las poesías completas de Aldoux Huxley corrió a cargo la editorial Universidad de Almería en 2008.
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado
A todo me he entregado
como si fuera a durar.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad
firmé un contrato
escrito sobre la piel.
Para decir adiós
he tenido que arrancarme
las cláusulas
a tiras.
Así ha sido
una y otra vez.
con cada persona
cada casa
cada ciudad.
La letra pequeña
se esconde ya
entre cicatrices.
En la travesía de la Primavera, junto al café Barbieri, hay un local recoleto con una puerta verde, una máquina de escribir amarilla, sillones de cuarto de estar, luz propicia y un cubano llamado Pipo, un tipo alto, desgarbado y jovial. Pipo dirige una asociación cultural homónima de Lavapiés que organiza conciertos de jazz, cursos de francés y recitales de poesía. Ayer, miércoles de un inusual noviembre, tocaba velada de poetas. Y allí estuve acompañado de dos amigos, Adrián y Erea, que se dejaron arrastrar mansamente por mí aunque no conocía el lugar y mis dos únicas pistas seguras eran un nombre y un oficio: Ana Pérez Cañamares, poetisa.
Conocí a Ana gracias a este blog donde tienen a bien darme libertad para que publique con desvergonzado pudor. A finales de octubre Ana dejó dos comentarios en el poema de Óscar Hahn. A los pocos días, y tras un par de mensajes cruzados, me proporcionó amablemente una tonelada y media de información sobre el cómo, el quién y el dónde de la poesía madrileña, realidad de la que desconocía -y sigo desconociéndolo- casi todo. Festivales. Lecturas. Antologías. Librerías. Un refugio cultural que, aunque amenazado por la endogamia (eso dice Ana), parece militar con rabia candorosa en la lucha contra la necesidad y sus leyes (eso lo digo yo).
Ana y dos compañeros poetas, Hasier Larretxea y Ada Menéndez, leyeron ayer un puñado de sus poemas, algunos inéditos, otros ya publicados. Doce personas escuchamos -en la mano botellines, cigarros o nada- sentados en un recogido círculo, y más en familia que muchas familias. Para reforzar la sensación de rito laico, cuando se apagaron los aplausos finales apareció Pipo con un cestito de mimbre. La voluntad para el artista, el cepillo poético. Que los versos, y me parece justo, también tienen derecho a su peso en vil metal.
(Ampliación: Me escribe Ana, amable como siempre, para decirme que es la primera vez que en un recital ve pasar el cepillo. Ella nunca ha cobrado por acudir a una lectura. El dinero de ayer se lo donó Ada en nombre de los tres poetas a la asociación Pipo. Mea culpa por transformar lo que fue una anécdota en una costumbre).
NOTA: La alambrada de mi boca (Editorial Baile del Sol, 2008) es el primer poemario que publica Ana Pérez. Ayer me lo regaló firmado -"como Umbral", bromeó- y hoy, con su permiso, he querido publicar dos de los poemas que más me han gustado. El primero se titula El contrato; el segundo no tiene título.
Hija, si en algún momento
mientras estás ocupada en crecer
-dura y licita tarea-
puedes mirarme a los ojos
hazlo.
No te dejes las preguntas
para cuando sea la misma voz
la que cuestione y la que responda.
Mira que en esta familia
tenemos la costumbre
de conocernos mejor muertos.
Seleccionados por Nacho Segurado.
Joven escanciador del añejo Falerno
llena mi copa del vino más fuerte,
como mandan las reglas de la anfitriona
Postumia, más borracha que una uva borracha.
y vosotras, aguas, perdición del vino,
iros de aquí, a donde os plazca, y emigrad
junto a los puritanos: aquí sólo hay Baco puro.
Quienes hayáis leído a Catulo seguro que os viene una sonrisa al recordar este epigrama suyo: "Que el poeta piadoso debe ser decente, / pero de ninguna manera sus versos". Entre bromas y vino vivió Catulo. Alejado de la gran política en un momento en que la República romana se deshacía en conspiraciones y traiciones. Enamorado de Lesbia, harto de Lesbia. Cómico o profundo, puritano o lascivo, según soplara el viento y sus humores.

Hay un Catulo para cada estado de ánimo: el bufonesco narrador de historias de burdel (Cogido en un desliz), el sátiro despechado (Renuncia de amor), el indolente (Preparaos para algo fuerte), el obsceno (Una pareja depravada) y el elevado (Carta a Manlio). He decido cerrar el post con un poema amoroso, Besos de Lesbia; la misma idealizada Lesbia de la que luego renegaría -Odi et amo- con estas palabras: "Y que no busque, como antes, mi amor, / que por su culpa ha muerto como una flor / al borde de un prado, cuando el arado / la troncha al pasar".
Me preguntas, Lesbia, cuántos besos
tuyos me bastarían y sobrarían.
Cuantos infinitos granos de arena Libia
hay en Cirene, rica en lasepercio,
entre el abrasador templo de Júpiter
y la sagrada tumba del legendario Bato,
o cuantas estrella en la noche callada
contemplan los furtivos amores de los hombres,
tantos besos tuyos bastarían
y sobrarían al loco de Catulo:
así los curiosos no podrán contarlos
ni una malévola lengua hechizarlos.
NOTA: Traducido del latín por Antonio Ramírez de Verger.
NOTA 2: Catulo y Lesbia, en una pintura de Lawrence Alma-Tadema.
Seleccionados y comentado por Nacho Segurado.
Seguro que la noche mejorará la escena,
pero ahora el mediodía y esta vida
saben mucho de las tragicomedias
del teatro -del mundo- del absurdo.
En el bar de los cuerdos que miran a los locos,
el hombre y la mujer están bailando
con la música de las tragaperras.
Acaban de perderlo todo. Tienen
en cambio manos con las que tocarse,
labios para estar en silencio,
sus pies para moverse con el ritmo
de una música que viene de lejos
enturbiando la bolsa de la vida
-circuitos y neuronas, máquinas japonesas-.
Los que miran
(miramos)
sólo tienen
(tenemos)
un poco de dinero
(y a veces ni dinero).
Hace tiempo que se ha perdido todo.

El bar de la foto no es el bar del poema, sino el más siniestro y pestilente tugurio de Kreuzberg; uno de los rincones oscuros más apetecibles del itinerario que J. nos preparó este verano a A. y a mí. Como el bar del poema, tenía locos y máquinas tragaperras (dos, enfrentadas e intermitentemente ocupadas). Había allí quien lo acababa de perder todo (y no hablo de dinero, o no sólo). Había, por decirlo pronto, insolentes espectadores -nosotros- de una decadencia que no pedía nada a cambio por ser observada. Agarramos mesa en el bar de la foto y salimos tres horas más tarde después de haber hablado muy cerca de la intimidad. Era media tarde. J. nos dijo antes de irnos que no se cerraba nunca, aquello. Al contrario que el bar del poema, la noche allí no mejoraría la escena.
NOTA: Riqueza está sacado del libro Frágil de Javier Rodríguez Marcos, poeta y periodista que actualmente escribe para El País. Como no he dicho nada de su biografía, escribiré rápidamente que es cacereño y que nació en 1970. En el libro citado se lee esta píldora a modo de poética: "Evitar hacerse sangre en la planta del pie / con los trazos de las palabras rotas / al caminar descalzos".
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.
Aunque a veces la carga es pesada,
el carro avanza ligero;
el intrépido cochero, el canoso tiempo,
no se baja del pescante.
Nos acomodamos por la mañana en el carro,
alegres de partirnos la cabeza,
y, despreciando el placer y la pereza,
gritamos: ¡Adelante!
A mediodía se ha esfumado ya el arrojo;
trastornados por la fatiga y aterrados
por las pendientes y los barrancos,
gritamos: ¡Más despacio, loco!
El carro sigue su marcha; ya a la tarde,
a su carrera acostumbrados, soñolientos,
buscamos posada para la noche,
mientras el tiempo azuza a los caballos.
¿Son verdad las últimas palabras de los escritores moribundos? ¿Es relevante su veracidad? ¿O les basta con ser un instante de lucidez final, una aspiración agónica a la totalidad? La tentación de los finales legendarios es directamente proporcional al impulso retrospectivo de explicar las vidas a través de ellos.

Alexander Pushkin, al ser preguntado en el lecho de muerte si quería despedirse de sus amigos, se volvió hacia sus libros y dijo: "Adiós, amigos". Un final plausible para cualquier escritor, pero que en su caso disimula una vida azarosa, ondulante, muy alejada del estereotipo libresco de hombre de letras asceta y comodón.
Pushkin nunca ocultó que escribió por dinero (ver poema final) ni que su intención era ser lo más burlón y descarado posible dentro del rígido esquema mental de la alta sociedad zarista, a la que nunca dejó de pertenecer. Salvo la tradición literaria clásica, que respetaba con veneración, el resto de cualidades personales de Pushkin, librepensador, rebelde, fresco, las concentraba todas en la escritura. Una escritura exacta y breve, virtuosa y clarificadora.
Pushkin vivió poco ("el diablo dispuso que naciera en Rusia con espíritu y talento"). El zar lo mandó al exilio interior -que en Rusia es muy, muy lejano y muy, muy frío- un par de veces. Conoció el éxito y el olvido (también el desprecio, la forma más amable de olvido). Falleció a los 38 años por las heridas mortales que le provocó batirse en duelo por una causa de honor (como el matemático Galois, un poco antes). Ya sabéis sus palabras. Ahora, el prometido genial poema del dinero:
Y me dirán con pérfida sonrisa:
Mire, es usted un poeta estrafalario e hipócrita.
Asevera que la gloria no le importa,
Que le parece cosa ridícula y vana.
-Entonces, ¿por qué escribe? -¿Yo? Por mí mismo.
-En ese caso, ¿por qué publica? -Por dinero.
-¡Oh, Dios mío, qué vergüenza!
-Pues, ¿Qué hay de malo?
(Para Teresa. Cuánto te gustaba su calle de Berlín).
NOTA 2: Traducido del ruso por Víctor Gallego Ballestero.
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado
Lloro, me aflijo,
Sólo recuerdo que dejaremos
Las bellas flores, los bellos cantos.
Ahora gocemos, cantemos,
Del todo nos vamos y desapareceremos en su casa.
¿Quién de vosotros, amigos, no lo sabe?,
Mi corazón sufre, se irrita.
No dos veces se nace, no dos veces se es joven,
Sólo una vez pasamos por la tierra.
Que aún por breve tiempo estuviera con ellos.
¿Nunca será, o nunca tendré alegría, nunca estaré contento?
¿Dónde vivía mi corazón?
¿Dónde está mi casa, dónde mi hogar perdurable?
Aquí en la tierra solamente sufro.
Sufres, corazón mío,
No te angusties en la tierra.
Ése es mi destino, sábelo.
¿Dónde merecí yo nacer,
En la tierra engalanarme?
Grata cosa donde se vive,
Sólo dice esto mi corazón.
La lengua indígena mexicana, el náhuatl, no es una lengua muerta como habitualmente se cree: más de dos millones de personas la siguen hablando en distintas regiones centroamericanas. Sí que es cierto que el náhuatl, como vehículo para el estudio de las culturas precolombinas, se conserva felizmente en bellos códices repartidos en museos y bibliotecas de Estados Unidos, México, España y algún otro país europeo.

El náhuatl es una lengua ardua de aprender (yo comencé un curso de iniciación en el Museo de América de Madrid con el gran Batalla Rosado y no pasé de los verbos irregulares). Tiene los dichosos inconvenientes de ser aglutinante y estar repleta de prefijos, sufijos y afijos que le confieren esa grafía tan característica, que se percibe en las pocas palabras que han traspasado el restringido ambiente de los eruditos: Quetzalcoatl (Dios serpiente emplumada), Popocatépetl (montaña que humea)....
El eminente americanista Miguel León Portilla, que ha dedicado toda su vida al estudio de los vencidos, recopiló y tradujo de nuevo hace un año un compendio de poesía náhuatl de gran valor literario: pasajes fundacionales sobre el origen del mundo, la relación del hombre con la naturaleza, la fugacidad de la vida o la exaltación de la guerra. Me he decidido por un lamento titulado Me aflijo (Nicnotlamati), que me recuerda mucho al tópico latino del memento mori, y que forma parte de los conocidos como ‘Cantos de privación’.
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado
Muchas veces has oído
hablar de la electricidad.
¿Qué sabes tú de ese fluido
maravilloso, en verdad?
Es una fuerza esparcida
que vaga por el mundo incierta;
mansa, muy mansa dormida,
y aterradora despierta.
Es material muy sutil,
que se junta y enrarece,
produciendo efectos mil
cuando en un punto aparece.
Tal es la electricidad,
que por todas partes cunde,
la que con velocidad
más que la luz se difunde.
Contrarias fuerzas motiva,
según cómo se presenta;
positiva o negativa,
Ya apacible, ya violenta.
las fuerzas de un mismo nombre
a su encuentro se rechazan;
las contrarias, no te asombre,
estrechamente se abrazan.
Y de este abrazo resulta
misteriosa conmoción,
fuerza terrible , que oculta,
se desarrolla a su acción.
Mas este potente fluido
hoy lo maneja cualquiera,
pues el hombre ha conseguido
domesticar esta fiera.
Hoy se aplica…. A cualquier cosa,
madre, la electricidad;
los focos de luz copiosa
que iluminan la ciudad.
Trasmisión del pensamiento
y de la palabra humana…
¡Quién sabe el feliz portento
que le ha de caber mañana!
Se aplica a la locomoción,
y a tantas cosas se aplica,
que su provechosa acción
el progreso vivifica.
mas en fiera libertad
en la atmósfera, es de ver
aquel terrible poder
que tiene la electricidad.
Mi amigo Jesús, duro arqueólogo postprocesual él, nos suele repetir con gracia y con frecuencia aquello de "¡pero qué neokantianos que sois!". No voy a negar, no, que por mis venas corren cada vez más gotas de sangre positivista. Y por lo que compruebo día a día, la enfermedad está infectándome hasta los gustos más terriblemente subjetivos, como la poesía.

Hubo un tiempo, que tuvo su inspiración en la racionalidad de la Ilustración y que fue poco a poco declinando con los primeros brotes de paranoia anticientífica, en que los poetas escribían con mucho gusto odas a la penicilina, sonetos didácticos al ferrocarril, extensos poemas épicos de espíritu y letra lucrecianos y hasta ecuaciones de segundo grado que rimaban en consonante. Todas, magníficas expresiones de optimismo en la capacidad casi ilimitada del ser humano y al mismo tiempo de crítica a los misticismos varios que acechaban el feliz avance del progreso.
No negaré que mucho de ese optimismo acrítico del positivismo decimonónico era ingenuo y un pelín exagerado. Pero estos días, leyendo una divertidísima antología de poesía científica española del siglo XIX (publicada por Nivola en 2008), me he convencido de que haríamos muy bien en recuperar aquel honesto y recto espíritu de época. ¡Me haría tanta ilusión una oda a la doble hélice o un romance del hipertexto!
NOTA: Como complemento a La electricidad, aquí va un poema humorístico-científico, escrito alrededor de la segunda mitad del XIX por Joaquín María Bartrina, y titulado Madrigal futuro:
Juan, cabeza sin fósforo, con Juana
paseaba una mañana
(24 Reamur, Viento NE.,
cielo con cirrus) por un campo agreste.
Iban los dos mamíferos hablando,
cuando Juan se inclinó, con el deseo
de ofrecer a su amada, suspirando,
un 'Dyanthus Cariophyllus' de Linneo.
La hembra aceptó, y a su emoción nerviosa
en su cardias la diástole y la sístole
se hizo más presurosa,
los vasos capilares de las facies
también se dilataron
y al punto las membranas de su cutis
sonrosado color transparentaron.
NOTA 2: La percha de este post le debe bastante a la semana de la ciencia 2009, que empezó el lunes y durará hasta el día 22 de noviembre.
Seleccionados y comentados por Nacho Segurado.
Tú, con tus largas y vacías ubres
Y tu calma,
Tu ropa blanca manchada y tus
Flácidos brazos.
Con dedos saciados arrastrándose
En tus palmas.
Tus rodillas muy separadas como
Pesadas esferas;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas,
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.
Tu pelo teñido cardado a mano
Alrededor de tu cabeza.
Labios, mucho tiempo alargados por sabias
Palabras
Nunca dichas.
Y en tu vivir todas las muecas
De los muertos.
Te veremos sentada al sol
Dormida;
Con los más dulces dones que tenías
Y no has conservado,
Nos afligimos de que los altares de
Tu vicio reposen profundos.
Tú, el polvo del ocaso de
Un amanecer húmedo de fuego;
Tú la gran madre de
La cría ilícita;
Mientras otras se encogen en virtud
Tu has dado a luz.
Te veremos mirando al sol
Unos cuantos años más;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas;
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.
Estoy seguro de que saldría un entretenido artículo de reunir a los escritores que, habiéndose ganado el prestigio de la posteridad con otros géneros, consagraron sus esfuerzos privados a la poesía. Pienso en Nabokov. O en Kingsley Amis. O en Djuna Barnes, protagonista del post de hoy.

Djuna Barnes dedicó los últimos cuarenta años de su longeva, espirituosa y trasgresora (de verdad) vida a escribir poesía. En su caso no fue el aliento artístico de la madurez: su primera obra publicada -a principios de siglo XX- fue ya un libro de poemas. Después vendría el periodismo (para sobrevivir) y la novela (para inmortalizarse). La poesía entonces corría subterránea, en discreto segundo plano, como un compromiso inquebrantable pero íntimo. Después de la primera vejez, ya en su retiro solitario y definitivo de Greenwich Village, volvió a esa cosa “conmovedora, densa, dulce” que es el poema.
He elegido Ocaso de lo ilícito, una obra de juventud, porque al contrario que sus poemas últimos, endiabladamente crípticos, presenta temas universales -el declive físico, en este caso- con un lenguaje al tiempo simbolista y transparente, con algo de belleza sombría y, por qué no, de deleite decadente.
NOTA: Traducido del inglés por Osías Stutman y Rosa Lentini.
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.
No tiene el gran artista ni un concepto
que el mármol en sí no circunscriba
en su exceso, mas solo a tal arriba
la mano que obedece al intelecto.
El mal que huyo y el bien que prometo,
en ti, señora hermosa, divina, altiva,
igual se esconde; y porque más no viva,
contrario tengo el arte al deseado efecto.
No tiene, pues, Amor ni tu belleza
o dureza o fortuna o gran desvío
la culpa de mi mal, destino o suerte;
si en tu corazón muerte y piedad
llevas al tiempo, el bajo ingenio mío
no sabe, ardiendo, sino sacar de ahí muerte.
Hoy, en cumplimiento del severo afán conmemorativo, hubiera debido publicar un poema sobre el Muro de Berlín. ¡Qué mejor que una poesía para acompañar los fastos de la nostalgia! Pero no lo voy a hacer. Visto lo visto, el periodismo se basta él solo para edificar palacios de la memoria moral de nuestro olvidado siglo XX, más olvidado cuanto más conmemorado…

Retrocedo cinco siglos, hasta el Renacimiento. Supe que Miguel Ángel también había escrito poemas por mi profesora de Historia del Arte. Entonces me pareció un exceso de un genio de por sí excesivo, aunque no lo olvidé; demasiado tenía yo con saber definir correctamente la terribilità. Hace un tiempo, pensando en nuevos autores que traer a este blog, pasé un buen rato leyendo sus sonetos.
Miguel Ángel, como apasionado y especialista en la Divina Comedia, escribió poemas en honor de Dante, donde expresaba su amargura por lo mal que el pueblo conocía las obras del florentino. También compuso versos quejumbrosos por la extenuación que le suponía el encargo de decorar la Capilla Sixtina, y alguno más donde mostraba su desacuerdo con el Papa Julio II por cuestiones profesionales y políticas.
Pero el tema por excelencia de sus sonetos es el amor en su vertiente más petrarquista: versos amargos, sombríos, atormentados y platónicos. Como el publicado hoy, dedicado a la poetisa Victoria Colonna, donde además de la consabida elegía, introduce -en la primera estrofa- una síntesis preciosa de la naturaleza del artista.
NOTA: Sacado de la edición de sus sonetos completos publicada en Cátedra. Traducción de L. A. de Villena.
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.
Oyó caer el agua de las termas
Oyó caer su espada de magnesio,
Su moneda de sílice.
Oyó caer el agua sin principio ni fin,
Sin verdad ni mentiras.
Oyó caer el agua, con su primer sentido.
Miró correr el agua de las termas,
Miró correr sus peces de rubidio,
Su reptil de nitrato.
Miró correr esa agua que es la mitad visible
De un volcán invisible.
Miró correr el agua, con su segundo sentido.
Tocó el agua caliente de las termas,
Tocó su hombro de cesio,
Su espalda de fluoruro.
Tocó el agua y el agua puso un dios en su mano:
Un dios líquido que habla una lengua indescifrable.
Tocó el agua, con su tercer sentido.
Olió el agua sin cielo de las termas,
Olió su flor de litio,
Su mujer de potasio;
La olió mientras oía su batalla infinita
Entre ángeles de calcio alacranes de barro.
Olió el agua, con su cuarto sentido.
Bebió el agua embrujada de las termas,
Bebió el agua y se hizo un hombre de cloruro:
Tuvo huesos de sodio, piel de bicarbonato.
Bebió el agua y sintió que el tiempo detenía
Su corazón de arena.
Bebió el agua, con su quinto sentido.
Cuando se fue
Ya no era el que había llegado.
Cuando se fue
Ya era un hombre submarino.

El que confesó que su existencia toda era Bob Dylan, que redactó un catálogo de poetas asesinados en su siglo, que recibió de Ángel González el consejo de "buscar la claridad y comprender lo oscuro" es un poeta optimista y felizmente persuasivo: Benjamín Prado.
Lo he leído, pero no releído. En poesía, dijo aquel, lo importante es releer, así que si escribo que el verso "cada poema trata / de lo que no ha logrado el anterior" es fabuloso, quizá me esté precipitando. Lo volveré a leer. "Cada poema trata / de lo que no ha logrado el anterior", "cada poema trata…". Nada. Me sigue pareciendo -y ahora lo afirmo libre de culpa- fabuloso.
Benjamín Prado es un poeta que no oculta a sus poetas. Nombres y apellidos que no es necesario rascar para que salgan, sino que coronan sus versos en la superficie. Me alegra compartir con él ciertos autores (Bachmann, Ajmátova, González). Me da pena que tenga en tan alta estima a otros (Alberti) y me estimula no conocer (aún) a los demás (Orten, Pais, Jacob).
Me gusta Prado, y también su trato con ellas: "Palabras que se dejen escribir /como fieras que acceden a ser acariciadas".
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.
como el sentimiento es lo primero
quien presta atención
a la sintaxis de las cosas
nunca te besará completamente;
ser un completo estúpido
mientras la Primavera está en el mundo
mi sangre consciente,
y los besos son un destino mejor
que la sabiduría
señora lo juro por todas las flores. No llores
-el mejor gesto de mi cerebro es menos que
el aleteo de tus párpados que dice
que estamos hechos el uno para el otro: así pues
ríe, recostándote en mis brazos
porque la vida no es un párrafo
Y creo que la muerte no es un paréntesis

A mí su poesía me parece más lírica que insolente, más seria que imaginativa, más clásica que vanguardista. Es verdad que E. E. Cummings fue insolente, imaginativo y vanguardista, pero también que han pasado las décadas y que lo que entonces parecía una osadía hoy es compañía habitual y hasta repetitiva (misterios del presentismo).
La poesía de Cummings abarca desde sonetos impecables (o más o menos impecables) a estrofas verticales llenas de paréntesis y comas imposibles. Un abanico formal muy amplio -mejor dicho, incatalogable- que tiene la naturaleza, la guerra y el amor como preocupaciones de cabecera.
Cuatro es un poema de amor no demasiado exuberante (para lo que es él) y una atinada clave para comprender su poética: la subordinación de la sintaxis, otros dirían su desprecio, a la emoción y el desconcierto. El otro poema, el publicado a continuación, es un ejemplo extremo de su experimentación y búsqueda del sentido a través de lo mínimo.
s (una
ho
ja
cae)
ole
ddad
NOTA: Traducido del inglés por José Casas
Seleccionados y comentados por Nacho Segurado
Vida al instante.
Función sin ensayo.
Cuerpo sin prueba.
Cabeza sin reflexión.
Ignoro el papel que hago.
Sólo sé que es mío, no es intercambiable.
De qué va la obra,
debo adivinarlo sobre el escenario.
Malamente preparada para el honor de la vida,
Soporto a duras penas el compás impuesto de la acción.
Improviso , aunque aborrezco la improvisación.
Tropiezo a cada paso con el desconocimiento de causa.
Mi modo de vivir huela a aldea.
Mis instintos son de aprendiz.
La vergüenza, al excusarme, tanto más me humilla.
Siento las circunstancias atenuantes como crueles.
Palabras y gestos irrevocables,
estrellas no contadas,
el carácter, como un abrigo abrochado, en marcha,
he aquí el penoso fruto de este apremio.
¡Si al menos pudiera un miércoles ensayar primero,
o al menos un jueves repetir una vez más!
¿Acaso está bien? –pregunto
(con voz ronca,
pues ni me han dejado aclararla tras los bastidores).
Es vano pensar que no es más que un examen somero
hecho en un lugar provisorio. No.
Me hallo entre los decorados y veo cuán sólidos son.
Me choca la precisión de cualquier atrezzo.
El equipo giratorio funciona desde hace largo rato.
Las nebulosas más lejanas ya han sido encendidas.
Ah, no me cabe duda de que esto es el estreno.
Y lo que haga
se tornará siempre en lo que hice.
Este poema de Wislawa Szymborska tiene mucho de aquel "¡Tratemos de vivir!" de Paul Valéry. El mundo como un teatro y la vida como una (única) función. Un guión improvisado, ningún director y sin tiempo para nada más que actuar. El individuo que se atreve. En un verso de otro poema de la poetisa polaca se percibe aún mejor ese extrañamiento de la realidad: "Desperté. Abrí los ojos. / Y palpé este mundo como un marco entallado".

Una de las características de la poesía de Szymborska es el escepticismo distante con el que aborda los vaivenes de la existencia. Su poesía, se ha dicho, está compuesta de preguntas generales. Generales y radicales. Preguntas de manual de filosofía que sortean con inverosímil facilidad lo ampuloso y lo abstracto para llegar sin énfasis y limpias al lector. Poemas como Del montón, Nada en propiedad o Cálculo elegíaco son ejemplos de una visión desoladora para consigo misma pero esperanzadora con todo lo demás.
Szymborska -escritora muy popular en Polonia y muy poco conocida en España, a pesar del impulso de las traducciones a raíz de ganar el Nobel en 1996- ha conseguido algo muy difícil en poesía: concebir algo profundo con materiales sencillos y revestir lo triste con los ropajes de lo cómico: "Debo mucho/ aquellos que no quiero. / El alivio con el que acepto / que sean más cercanos a otros".
NOTA: Traducido del polaco por Elzbieta Bortkiewicz
Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.