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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Sarita, la joven homínida de Atapuerca, murió de hambre hace 430.000 años

Juan Luis Arsuaga muestra en Atapuerca los restos de Sarita.

Ha sido la gran atracción del fin de la campaña de excavaciones de 2018, la guinda informativa con la que celebrar los 40 años del seguramente más importante yacimiento arqueológico del mundo. Se llamaba Sarita, era una adolescente de unos 13 años y murió hace unos 430.000 años en la Sierra de Atapuerca. “Muy probablemente de hambre“, sospecha Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones. El cráneo de esta joven homínida (Homo heidelbergensis) hace el número 16 de esa formidable tumba comunal con 28 individuos de ambos sexos y diferentes edades de muerte denominada Sima de los Huesos, de los que tan solo dos parece que sufrieron una muerte violenta. El resto, aunque solo es una hipótesis, tiene muchos boletos para haber muerto por inanición. La vida en el Pleistoceno medio era muy dura. Lee el resto de la entrada »

La degradación de los suelos nos deja sin comida y sin farmacias

LaPisquerra

Hace unos días se ha clausurado con más pena que gloria el Año Internacional de los Suelos. Parece que algo así sólo pueda interesar a los especuladores del ladrillo, pero nos interesa a todos. Y mucho.

A los suelos se les conoce como los aliados silenciosos de la humanidad. Resultan de vital importancia para la producción agrícola. También filtran, acumulan y limpian el agua. Almacenan carbono, ayudando a regular las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Y casi todos los antibióticos para combatir nuestras infecciones se obtienen de microorganismos del suelo, incluidos los que todavía están por descubrir. Son una inmensa farmacia. Lee el resto de la entrada »

Acabemos con el despilfarro de tirar alimentos a la basura

Basuras

La crisis nos ha traído terribles escenas inéditas. Como el rebusque de comida caducada en contenedores de los grandes supermercados. Algunos los cierran con candados para evitar la mala imagen.

Cada año, sólo en España  más de 50.000 toneladas de comida fresca de las tiendas de alimentación (dañada, fea, desigual, cercana a su fecha de caducidad) acaban en la basura.

Miles de personas podrían comer si se prohibiera ese derroche, pero el problema no es donar los alimentos desechados. El problema es distribuirlos, hacerlos llegar a quien los necesita. Porque la legislación obliga a que esa comida cuente con todos los controles sanitarios, sea manejada por personal acreditado, transportada en vehículos homologados y almacenada en espacios refrigerados. Al final lo más barato y sencillo es tirarlo todo a la basura.

Ocurre lo mismo con alimentos como la pasta, el arroz o las latas. Solo el 20% de los distribuidores donan habitualmente este tipo de productos, lo que implica desechar otras 357.000 toneladas de alimentos al año.

En Francia es diferente. País famoso por la importancia que allí se da a la cocina, está causando furor el reciente movimiento de “Les Gueules Cassées” (Los Rostros Rotos). Una alusión a los soldados franceses desfigurados por la Primera Guerra Mundial que fomenta el consumo de productos feos, destinados a la basura sólo por su aspecto. Igual de sanos, pero más baratos y sostenibles.

Además, una reciente Ley exige a los supermercados galos donar toda su comida sobrante.

Siguiendo el modelo francés, casi medio millón de europeos han firmado una solicitud reclamando que en la futura “estrategia de economía circular” promovida por la Comisión Europea se incluya la obligación de donar los alimentos desechados. Y se sancione a las empresas que no lo hagan.

Sólo así acabaremos con tan insolidario despilfarro.

Foto: Editorial J / Flickr

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Milán convoca al mundo en torno a un banquete

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En la Expo de Sevilla nos preocupaba la historia. En la de Zaragoza el agua. En Shanghái la calidad de vida en las ciudades. Y la próxima Exposición Universal, que será inaugurada dentro de apenas 40 días en Milán, apuesta por nuestra última y más acuciante preocupación: la comida.

El lema elegido para esta incomprensiblemente poco publicitada convocatoria es “Alimentar el planeta, energía para la vida“. Se trata de reunir a 145 países, que por sí mismos representan el 94% de toda la población mundial, para reflexionar sobre los grandes retos de la humanidad: el hambre, la seguridad alimentaria, la agroganadería sostenible y el cambio climático. Espera recibir más de 20 millones de visitantes.

El pabellón español sacará pecho con la calidad de nuestros productos y nuestra cocina, pero también con su gran atractivo turístico. Otros países como Israel nos van a sorprender con lo último de cultivos en ambientes tan imposibles como ese desierto que se nos viene encima. Los holandeses presentan tractores drones impulsados por energías renovables, capaces de arar y cosechar con exactitud milimétrica bajo las órdenes de un ordenador. Los norteamericanos proponen campos de cultivo verticales instalados en las fachadas de los edificios.

Habrá mucha tecnología, es verdad, pero sobre todo se dará prioridad a los productos agroalimentarios tradicionales de alta calidad. Porque por muchas innovaciones científicas y tecnológicas que presentemos en esta época de globalidad mundial, la mesa y el mantel se han convertido en lo poco que nos queda verdaderamente auténtico, el sabor de las culturas. Unos productos que además son modeladores del paisaje, el otro gran atractivo identitario y turístico de los países.

Por si teníamos dudas, la comida es nuestra patria… y su correcta gestión nuestro futuro.

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Los plaguicidas nos arrastran hacia un mundo silencioso… y hambriento

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Imagen: © Colin Grey / Wikimedia Commons

En 1962 Rachel Carson horrorizó al mundo al explicar cómo el DDT, peligroso y cancerígeno insecticida, arrastraba al mundo hacia una Primavera Silenciosa. Un planeta sin aves canoras. Bosques y campos sin otros sonidos que el viento y nuestros coches. 10 años después se prohibía su producción y uso. Pero no hemos aprendido nada.

Una revisión de la literatura científica publicada en los últimos años sobre los plaguicidas sistémicos o neonicotinoides confirma que están causando daños significativos a un gran número de especies de invertebrados beneficiosos y son un factor clave en el declive de las abejas.

Según los autores del estudio, el uso generalizado de estos productos está teniendo un impacto similar al del DDT y su efecto va más allá de las tierras de cultivo.

Según explica SEO/BirdLife a través de un comunicado, lejos de asegurar la producción de alimentos, estos plaguicidas están amenazando la propia capacidad productiva a largo plazo, pues reducen o eliminan los polinizadores y los controladores naturales de las plagas, elementos clave del buen funcionamiento de los sistemas agrarios.

La preocupación sobre el impacto de los plaguicidas sistémicos o neonicotinoides en una amplia variedad de especies beneficiosas ha crecido en los últimos 20 años, pero hasta ahora las evidencias no habían sido consideradas concluyentes.

Para realizar un análisis completo de la situación, el Task Force on Systemic Pesticides, un grupo internacional de científicos independientes que asesora a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), ha revisado durante cuatro años toda la literatura científica disponible, más de 800 estudios publicados en revistas de alto impacto sometidas al sistema de revisión por pares.

Este meta-análisis, el Worldwide Integrated Assessment (WIA), será publicado próximamente en el Journal Environment Science and Pollution Research. Su conclusión es que hay claras evidencias de que los plaguicidas sistémicos causan un impacto tan grave que exigen una imperiosa regulación de su uso.

 

Las aves agrarias están en declive 

Para SEO/BirdLife, ésta es una prueba más de la degradación ambiental de los sistemas agrarios, detectada ya a través de sus programas de seguimiento de aves, que muestran un declive continuado de las especies comunes asociadas a los paisajes agrarios.

Por ejemplo, la golondrina, Ave del Año de 2014, muestra una reducción de su población de más del 30% en la última década. Y otras, como la codorniz, el sisón o la calandria están en una situación similar.

El uso de plaguicidas se une a otros factores que influyen en este escenario de pérdida de biodiversidad, como la reducción directa de hábitats favorables o enfermedades nuevas traídas con el comercio internacional de mercancías.

Aunque la UE ya ha prohibido temporalmente el uso de estos productos en algunos cultivos, el problema tiene una escala global. De acuerdo con SEO/Bird Life, sería necesario empezar a trabajar en un cambio profundo del modelo agrario, reconectando los sistemas productivos a los ciclos naturales.

Esto podría tener un impacto en los rendimientos por hectárea en ciertas zonas, pero igualmente acabaría reduciendo los costes crecientes en inputs y ofrecería más garantías de futuro sobre el suministro de alimentos. Cuestión que por otra parte requiere atajar también otros problemas como la distribución, el acceso y el desperdicio de comida, junto con los modelos de consumo y las dietas.

En todo caso, lo fundamental ante los neonicotinoides sería aplicar el principio de precaución, pero no se hace. El principio máximo de nuestra sociedad actual es el del negocio. Los que vengan detrás, ya sean abejas, pájaros o nuestros hijos, que arreen.

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Más restaurantes para los buitres

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Os lo he contado varias veces en este blog. Los buitres se mueren de hambre. La rígida aplicación de normativas generales europeas surgidas a raíz de la enfermedad de las vacas locas trajo consigo, además de una carga económica considerable para muchos ganaderos, graves problemas para las poblaciones españolas de buitres. La ley obliga enterrar todo animal muerto, ajena a que en países como el nuestro gran parte de esas carroñas son sabiamente aprovechadas por las aves necrófagas, especialmente buitres, alimoches y quebrantahuesos.

Gracias a la presión de naturalistas y ornitólogos, Europa aceptó finalmente incluir una serie de enmiendas que abrían la posibilidad de volver a dejar en el campo restos animales disponibles para la alimentación de los buitres. Y ha sido ahora Castilla y León la región que ha dado un importante salto al aprobar un decreto que recupera la práctica de los muladares, esos lugares alejados de los pueblos donde se pueden dejar restos de ganado. Como se hizo toda la vida. Restaurantes para los buitres. Ellos nos limpian el campo de animales muertos y nosotros les damos comida abundante para que nos sigan regalando con la impagable imagen de sus ingrávidos vuelos.

Uno de los objetivos de la nueva normativa es reducir los ataques de buitres a ganado vivo, provocado por el hambre que pasaban los pobres bichos mientras los animales muertos debían de ser destruidos por empresas autorizadas, con el consiguiente coste para el ganadero.

Según datos de la Junta, Castilla y León cuenta con el mayor censo en España de aves necrófagas de Europa, con unas 6.000 parejas de buitre leonado, el 24 por ciento del total nacional; 380 de alimoche, el 26 por ciento; y el 15 por ciento de buitre negro y de águila real, pues esta última tampoco hace ascos a un animal muerto. No parecía lógico seguir matando de hambre tan extraordinaria riqueza natural.

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La crisis vuelve a poner de moda la caza de pajaritos

Eran escenas de los años de hierro, de los tiempos de la pobreza extrema, el hambre y el analfabetismo. Gentes sin oficio ni beneficio, obligadas a ganarse unas pocas perras gordas cazando pajaritos con cepos de ballesta hechos de chatarra reaprovechada. Que luego se comían fritos en casa o vendían en los bares para ser consumidos como esquelética tapa entre chato y chato de vino.

Zorzales, colirrojos, currucas, gorriones, petirrojos, mirlos,… Ave que vuela a la cazuela. O a la sartén.

¿Escenas del pasado? Desgraciadamente no. Entre otras muchas calamidades esta crisis nos ha traído de nuevo a los pajareros. Especialmente en el sur de la Península, mayoritariamente en los extrarradios de las grandes ciudades, la caza de pajarillos vuelve a estar de moda. De triste moda.

No os confundáis. No es una necesidad. Esta raquítica caza ni da dinero ni aplaca el hambre. Se hace más que por otra cosa por aburrimiento de parado. Por hacer algo. Ajenos a la barbaridad de matar unas avecillas insectívoras que han elegido nuestro país para pasar el invierno. Protegidas con cariño en sus lugares de cría y comidas en el nuestro. Vergonzoso.

Está prohibido, es verdad, pero da lo mismo. Este método es ilegal y la utilización de tales trampas mortales puede suponer desde multas hasta penas de cárcel. El problema es que muchos de quienes deberían perseguirlos les permiten seguir matando con esa condescendencia que da la lástima. Pobre gente. Sólo son unos pajarillos. Unos pocos miles, cientos de miles de pajarillos, de aves canoras, de beneficiosas aves.

Yo no estoy de acuerdo. Seremos pobres pero nos queda la cultura y el respeto a las leyes. Con los cazadores de pajaritos tolerancia cero. ¿No opinas tú lo mismo?

Foto: Ecologistas en Acción-Jaén

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¿Qué comeremos en Europa en 2050?

No es una proclama de ecologistas radicales. Es una resolución del Parlamento Europeo sobre el reconocimiento de la agricultura como sector estratégico en el contexto de la seguridad alimentaria. En ella se presentan unas estadísticas terroríficas, a saber:

Según la FAO, el crecimiento estimado de la población mundial (de 7.000 a 9.100 millones) exigirá un incremento del 70 % del suministro alimentario para 2050. Comida que no produciremos en Europa.

Paralelamente, la pobreza y el hambre siguen existiendo en la Unión Europea, donde 79 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza (60 % de los ingresos medios en el país de residencia) y en donde 16 millones de ciudadanos de la UE recibieron el pasado invierno  ayuda alimentaria a través de organizaciones benéficas. Paradójicamente, en toda la cadena de producción, suministro y consumo de alimentos se tira a la basura hasta un 50 % de la comida.

Por otro lado, los ingresos de los agricultores se han reducido dramáticamente debido al incremento de los costes de producción y a que los ingresos agrícolas son significativamente más bajos (un 40 % menos) que en el resto de la economía, y que el ingreso por habitante en zonas rurales es un 50 % inferior al de zonas urbanas. Seguramente por ello sólo el 7 % de los agricultores europeos tienen menos de 35 años, mientras 4,5 millones se jubilarán en los próximos diez años sin encontrar relevo generacional a su actividad.

En resumen, los agricultores y ganaderos europeos son cada vez menos, más pobres y más viejos. Hemos externalizado algo tan importante como la alimentación en un mundo global, industrial y profundamente injusto, entregando nuestra soberanía alimentaria a las grandes compañías de distribución. Quizá compremos más baratas las alubias o los pimientos, pero nos estamos cargando nuestro futuro y el de nuestros hijos. Por que como este sistema falle un día, a ver de dónde vamos a sacar alimentos suficientes para darnos de comer a todos. Nos habremos olvidado hasta de cómo se plantan unas patatas.

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Zimbabue propone alimentar presos con carne de elefante

Estas cosas sólo pueden ocurrir en lugares como Zimbaue, donde el tirano Mugabe sigue arruinando su arruinado país. Allí los presos llevan más de cuatro años obligados a una dieta vegetariana (alubias y repollo) que les mata de hambre y reclaman comer carne al menos alguna vez. Ante ello, y según informó la agencia EFE, las autoridades penitenciarias han anunciado una innovadora solución: ponerles carne de elefante en el menú.

El promotor de la iniciativa es el viceministro de Justicia, Obert Gutu. En una entrevista concedida al diario The Zimbaue Independent, Gutu afirma que la carne de elefante puede ser un ingrediente viable para acabar con la hambruna en las cárceles. Sus palabras fueron:

“El Ministerio y la Comisión Penitenciaria consideran que la carne de elefante puede ser una opción. Existe el consenso de que hay una superpoblación de elefantes en el país. ¿Por qué no coger algunos de ellos y dárselos de comer a los reclusos?”

Coger algunos de ellos, como si fueran gallinas, como si su existencia no fuera un importante atractivo turístico, además de fundamental pieza ecológica en el ecosistema africano. Pero están decididos y ya han cerrado un acuerdo con Parques Nacionales para el suministro de carne de paquidermo.

Como locura final os dejo el último párrafo de la información de EFE:

La carne de elefante no se consume de manera habitual en Zimbabue, aunque en los últimos diez años el Gobierno de Mugabe ha ordenado con frecuencia a Parques Nacionales el suministro de filetes de esta especie y de búfalo para alimentar a los soldados en grandes eventos, como el cumpleaños del presidente.

Recuerda la Wikipedia que el 21 de febrero de 2009, en momentos en que Zimbabwe atravesaba la peor crisis social, económica y sanitaria de su historia, su longevo presidente, Robert Mugabe, celebró el cumpleaños junto con miles de seguidores en una lujosa fiesta que incluyó champán, coñac y langosta. A los soldados, en vez de caviar les dieron carne de elefante.

Matar elefantes. ¿Puede haber gente tan bestia? Los hay. Y orgullosos de serlo. Como los dos energúmenos que protagonizan este espeluznante vídeo.

Una advertencia, no lo veas si eres mínimamente sensible, resulta de una atrocidad terrible.

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Toneladas de pan acaban en la basura

Los españoles no podemos comer sin pan. Es nuestro alimento estrella, el más natural y básico. También el más diverso, pues sólo en España tenemos más de 300 variedades diferentes de todos los tamaños, formas y texturas.

No por casualidad, su consumo ha estado siempre rodeado de un aura de sacralidad. ¿Recuerdas? Nuestras abuelas lo besaban si se caía al suelo, nunca se podía poner boca abajo (“Llora la Virgen”), se le hacía una cruz al amasarlo y se guardaba en bolsa blanca. “Está bendito”, nos decían. Si se tiraba al fuego se alimentaba al diablo, y si se le pinchaba con el tenedor se atraían desgracias a la casa.

En los pueblos se cocía a lo sumo un par de veces a la semana y, a decir de nuestros mayores, cuanto más duro se quedaba más rico estaba. Nunca se desperdició un solo mendrugo, por lógica y por que hacerlo daba mala suerte. El sobrante, si es que alguna vez sobraba, se usaba para empanar carnes, hacer torrijas o dar consistencia a las sopas, tanto las de leche de los desayunos como las de ajo de las comidas. Pero todo eso era antes.

Ahora seguimos comiéndolo, aunque ajenos a supersticiones ya no lo reverenciamos. En realidad lo desperdiciamos. Al día siguiente de comprado lo consideramos duro y lo tiramos. Da igual que caiga hacia arriba o hacia abajo. Como resultado, miles de toneladas de pan fresco acaban todos los días en el vertedero. Según las estadísticas más conservadoras, un 30 por ciento de todo lo que se elabora al año en España, 660 millones de kilos de los 2.200 producidos, terminan en el cubo de la basura.

Pienso en el hambre en el mundo, en la tragedia de Haití, y se me cae la cara de vergüenza. Con todo este despilfarro podríamos ayudar a mucha gente, reciclándolo, repartiéndolo, pero no lo hacemos. Preferimos comprar todos los días el pan calentito.

Pero seamos positivos. Aportemos entre todos soluciones.

Una fantástica es la de la ONG francesa Pan contra el Hambre. Sus voluntarios recogen por las panaderías todo ese pan duro, lo preparan como comida para animales, y el dinero de la venta lo destinan a proyectos de ayuda al Tercer Mundo.

Seguro que se pueden hacer otras muchas cosas para acabar con este despilfarro. ¿Qué ideas se te ocurren a ti para no desperdiciar el pan duro? Por ejemplo, nosotros en casa hacemos unas crepes y un puding buenísimos.

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