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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Un millón de firmas contra el herbicida más popular


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La decisión de la Agencia para la Investigación sobre el Cáncer de la OMS de considerar al herbicida más popular y globalmente utilizado en el mundo, el glifosato, como una substancia “probablemente cancerígena para humanos” (grupo de substancias 2A de la IARC), ha encendido todas las alarmas. Las de los ciudadanos asustados, que han empezado a recoger firmas solicitando la retirada del producto, pero también las de la famosa multinacional Monsanto, que ve peligrar su negocio más rentable y niega la existencia razones científicas convincentes para llegar a tales conclusiones.

Los primeros llevan recogidas en unos pocos días casi un millón de firmas. Evidentemente tenemos miedo, y por pura precaución debería ser una prioridad mundial realizar con urgencia estudios serios, rigurosos y determinantes con la finalidad de garantizar la salubridad del planeta y, mientras tanto, restringir al máximo la utilización de este polémico producto.

El glifosato es la base del RoundUp, la fórmula química clave del imperio transgénico de Monsanto que les reporta ganancias de 6.000 millones de dólares al año. La empresa dice que el informe de la OMS no ha tenido en cuenta otros muchos estudios donde se demuestra exactamente lo contrario, su inocuidad. Desdice las conclusiones de los 17 de los mejores expertos en oncología del mundo que revisaron a fondo estudios independientes aunque, eso sí, excluyendo aquellos realizados por las empresas que buscaban la aprobación del veneno para poder seguir vendiéndolo. A estas alturas, la independencia de algunos expertos pagados por las multinacionales está más que en entredicho.

Hace cincuenta años, el pesticida DDT se usaba en todo el mundo, hasta que el esencial libro de Rachel Carson Primavera Silenciosa demostró su peligrosidad en personas y medio ambiente. Para cuando se prohibió llevaba décadas matándonos.

El grupo de expertos de la OMS ha dictaminado ahora que existen “pruebas suficientes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma no Hodgkin)”. Para esto último se basaron en estudios de exposición a glifosato de agricultores en Estados Unidos, Canadá y Suecia. Si hicieran estos mismos estudios en Sudamérica, donde se planta el mayor volumen de soja transgénica resistente a glifosato del planeta, los resultados serían aún más graves, pues allí la fumigación aérea y la falta de control está mucho más extendida.

Un excelente artículo de mi compañera de 20 Minutos Amaya Larrañeta explica con todo detalle los pros y contras del popular veneno; qué, cómo, dónde, para qué y cuáles son sus efectos y posibles alternativas. Os lo recomiendo.

Se han encontrado residuos de glifosato en aire, agua y alimentos. También en la orina de los europeos y en la leche materna de las norteamericanas. En algunas zonas agrícolas con grandes plantaciones de transgénicos donde se usa, los casos de cáncer y malformaciones congénitas se han disparado.

En realidad este herbicida es tan popular como la cocacola. Es con el que se fumigan las cunetas de carreteras en toda España para controlar las malas hierbas, pero también el que podemos comprar en cualquier tienda para eliminar los matojos del jardín. El usado en grandes plantaciones de maíz, pero también en las pequeñas huertas de los pueblos. La mayoría no tiene ni idea de su peligrosidad potencial. Pero al menos un millón de personas sí que estamos más que preocupadas. 

NOTA ACLARATORIA: He eliminado dos errores de bulto que había deslizado por error en el texto. Monsanto no fabricaba DDT ni tiene en estos momentos la exclusiva del glifosfato. Mil disculpas.

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¿Beberse la orina cura el cáncer?

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Nunca olvidaremos a Azarías, el entrañable personaje de Los Santos Inocentes, la novela de Miguel Delibes a quien bordó el querido Paco Rabal en la famosa película de Mario Camus.

“Me orino las manos cada mañana pa’ que no se me agrieten”.

Y su hermana la Régula (Terele Pávez) le miraba con cara de asco y le decía:

“Semejante puerco, ¿no ves que estás criando miseria y se la pegas a la criatura?”.

Sin embargo era verdad. La orina, rica en urea, es un remedio excelente contra las grietas de la piel. El pobre Azarías no hacía otra cosa que repetir lo que siempre hicimos seguramente desde tiempos prehistóricos, mearse las manos. Pero claro, no tenía cremas de urea al 5% que ahora obtenemos por medios químicos mucho más asépticos.

Viene esto a cuento por la tendencia, últimamente renovada con fuerza inusitada entre los amigos de lo natural y lo magufo, de utilizar la propia orina para supuestos fines medicinales. Orinoterapia la llaman. Y aseguran sus defensores que se trata de un líquido casi milagroso, capaz de regular la tensión arterial, mejorar las defensas, tonificar, servir como potente antidepresivo, aumentar la potencia sexual y no sé cuántas cosas más incluido, por supuesto, curar el cáncer. ¿Para qué tirarlo entonces por el retrete cuándo puede mejorar nuestra vida? Pues porque es mentira.

Como tantos otros de esos remedios tan básicos como increíbles que pululan por las redes, rechazo soluciones sencillas para problemas tremendamente complicados y que, a la larga y a la corta, son tan eficaces como peregrinar de rodillas a un apartado santuario: puro placebo.

Placebo viene de complacer, causar placer. Y yo, amante como soy de los placeres mundanos, sigo sin encontrarle el gustillo a beber mi “agüita amarilla, cálida y tibia”. Prefiero la cerveza.

Los plaguicidas nos arrastran hacia un mundo silencioso… y hambriento

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Imagen: © Colin Grey / Wikimedia Commons

En 1962 Rachel Carson horrorizó al mundo al explicar cómo el DDT, peligroso y cancerígeno insecticida, arrastraba al mundo hacia una Primavera Silenciosa. Un planeta sin aves canoras. Bosques y campos sin otros sonidos que el viento y nuestros coches. 10 años después se prohibía su producción y uso. Pero no hemos aprendido nada.

Una revisión de la literatura científica publicada en los últimos años sobre los plaguicidas sistémicos o neonicotinoides confirma que están causando daños significativos a un gran número de especies de invertebrados beneficiosos y son un factor clave en el declive de las abejas.

Según los autores del estudio, el uso generalizado de estos productos está teniendo un impacto similar al del DDT y su efecto va más allá de las tierras de cultivo.

Según explica SEO/BirdLife a través de un comunicado, lejos de asegurar la producción de alimentos, estos plaguicidas están amenazando la propia capacidad productiva a largo plazo, pues reducen o eliminan los polinizadores y los controladores naturales de las plagas, elementos clave del buen funcionamiento de los sistemas agrarios.

La preocupación sobre el impacto de los plaguicidas sistémicos o neonicotinoides en una amplia variedad de especies beneficiosas ha crecido en los últimos 20 años, pero hasta ahora las evidencias no habían sido consideradas concluyentes.

Para realizar un análisis completo de la situación, el Task Force on Systemic Pesticides, un grupo internacional de científicos independientes que asesora a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), ha revisado durante cuatro años toda la literatura científica disponible, más de 800 estudios publicados en revistas de alto impacto sometidas al sistema de revisión por pares.

Este meta-análisis, el Worldwide Integrated Assessment (WIA), será publicado próximamente en el Journal Environment Science and Pollution Research. Su conclusión es que hay claras evidencias de que los plaguicidas sistémicos causan un impacto tan grave que exigen una imperiosa regulación de su uso.

 

Las aves agrarias están en declive 

Para SEO/BirdLife, ésta es una prueba más de la degradación ambiental de los sistemas agrarios, detectada ya a través de sus programas de seguimiento de aves, que muestran un declive continuado de las especies comunes asociadas a los paisajes agrarios.

Por ejemplo, la golondrina, Ave del Año de 2014, muestra una reducción de su población de más del 30% en la última década. Y otras, como la codorniz, el sisón o la calandria están en una situación similar.

El uso de plaguicidas se une a otros factores que influyen en este escenario de pérdida de biodiversidad, como la reducción directa de hábitats favorables o enfermedades nuevas traídas con el comercio internacional de mercancías.

Aunque la UE ya ha prohibido temporalmente el uso de estos productos en algunos cultivos, el problema tiene una escala global. De acuerdo con SEO/Bird Life, sería necesario empezar a trabajar en un cambio profundo del modelo agrario, reconectando los sistemas productivos a los ciclos naturales.

Esto podría tener un impacto en los rendimientos por hectárea en ciertas zonas, pero igualmente acabaría reduciendo los costes crecientes en inputs y ofrecería más garantías de futuro sobre el suministro de alimentos. Cuestión que por otra parte requiere atajar también otros problemas como la distribución, el acceso y el desperdicio de comida, junto con los modelos de consumo y las dietas.

En todo caso, lo fundamental ante los neonicotinoides sería aplicar el principio de precaución, pero no se hace. El principio máximo de nuestra sociedad actual es el del negocio. Los que vengan detrás, ya sean abejas, pájaros o nuestros hijos, que arreen.

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Mucho cuidado con los ambientadores

Olfato

© Dennis Wong / Creative Commons

¿A qué huele el pasado? Para Neruda era una fragancia de lilas. Para Antonio Machado un limonero maduro. Y para nuestras abuelas lavanda y sábanas almidonadas. El presente huele mucho peor. Huele a ambientador, a supuestos aromas de fresa, manzana, orquídea, chocolate y hasta a Spa. Falsos aromas artificiales que no eliminan los malos olores. Los ocultan bajo otros más intensos… y peligrosos.

La pasada semana, la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley por la que insta al Gobierno a retirar del mercado aquellos ambientadores, velas perfumadas, inciensos y otros productos análogos que pudieran originar emisiones nocivas para la salud.

Como demostró el año pasado la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), algunos de estos artículos desprenden sustancias tóxicas, cancerígenas, alergénicas y contaminantes que, lejos de crear ese pretendido bienestar publicitario, empeoran considerablemente la calidad del aire.

Porque al contrario que en los tiempos de las abuelas, cada vez pasamos más horas (y días) encerrados en los mismos espacios enrarecidos. Se nos olvidó la saludable costumbre de ventilar todas las mañanas las habitaciones, el mejor ambientador del mundo: aire puro.

No se trata de alarmar. No todos los ambientadores e inciensos son peligrosos. Pero lo increíble es que después de casi 50 años de uso continuado y masivo, nuestras autoridades caigan ahora en la cuenta del desconocimiento que tenemos sobre sus efectos para la salud. En pequeñas cantidades, es verdad, pero durante larguísimos tiempos de exposición.

Espero un estudio rápido que elimine los productos más peligrosos. Mientras tanto seguiré el ejemplo de mis abuelas. Ventilar y poner saquitos de lavanda y jabones entre la ropa. Los olores de mi pasado.

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Los biopiratas se aprovechan de los saberes de Panchito

Campesino

Pancho Cárdenes era un viejo yerbero de Gran Canaria. Pasó poco por el colegio, pero tenía unos conocimientos extraordinarios sobre plantas medicinales, ungüentos y tisanas capaces de aliviar las enfermedades más comunes de sus vecinos de Valleseco en unos tiempos en los que llamar al médico era un lujo imposible por lo inalcanzable.

Hoy, solucionado el problema sanitario, esos curanderos han desaparecido. Ganamos en salud, eso nadie lo duda, pero a cambio de perder unos saberes maravillosos capaces de aliviarnos los males más frecuentes y menos graves. De ser autónomos frente a las pequeñas dolencias.

Donde ahora vemos hojas y flores anónimas ellos veían remedios. Aferrados a la botica de diseño ya no nos interesa saber cómo se distingue y para qué sirve la manzanilla, la cola de caballo o la hierba clin. ¿O sí?

Una delegación del Instituto de Medicina Tradicional China de Pekín ha visitado recientemente Canarias para conocer con detalle las aplicaciones terapéuticas tradicionales de las plantas isleñas. Otros, representantes de multinacionales farmacéuticas, escudriñan el campo buscando medicinas donde las gentes del campo siempre supieron que estaban, donde siempre las usaron.

No les empuja la curiosidad. Buscan la rentabilidad económica de un legado que es de todos pero que muchas veces pasa a ser propiedad de unos pocos. Algunas de estas especies autóctonas, únicas en el mundo, atesoran remedios contra el cáncer, la diabetes o el alzhéimer.

Lo lógico sería que fueran investigadores nacionales quienes hiciesen este trabajo, y empresas españolas quienes patentaran el resultado, pero no se hace. ¿Investigar en España? Qué inventen ellos… con lo nuestro.

Si Panchito levantara la cabeza no se lo creería. Todo su saber se lo estamos regalando a los biopiratas.

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Bisfenol A, el asesino químico de los biberones

Vivimos rodeados por más de 100.000 sustancias químicas artificiales creadas en laboratorio. Cada año inventamos 5.000 nuevas. Más de 2.000 causan cáncer o alteran gravemente nuestro sistema hormanal. La mayoría están muy controladas, pero otras son invisibles; se encuentran en todas partes, nos matan pero son legales. De momento.

El Bisfenol A es uno de estos asesinos químicos silenciosos, capaz de esconderse en lugares tan aparentemente seguros como biberones y chupetes. Un agente tóxico que puede ocasionar diabetes, cáncer de mama y de próstata, además de trastornos hormonales, en el sistema reproductivo (daña la calidad del esperma), complicaciones cardiovasculares, alergias o asma. Precisamente esas enfermedades emergentes propias, según nos dicen las autoridades, de nuestros nuevos hábitos de vida. ¿No estarán provocadas por tanta química?

El Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) del sindicato Comisiones Obreras ha lanzado una campaña que pretende sensibilizar a la población sobre los riesgos del bisfenol A (BPA). Un vídeo que puede descargarse en este enlace advierte sobre el peligro de esta sustancia.

Según denuncia CCOO, el BPA se puede encontrar en varios productos de consumo y de uso profesional: desde los discos compactos (CD) hasta las lentes de gafas, pasando por el papel térmico, dispositivos médicos y empastes dentales, envases plásticos retornables de zumos, leche y agua, interior plástico de latas de conserva e incluso contenedores para microondas y utensilios de cocina. También se puede encontrar bisfenol A en biberones y chupetes, lo que “puede provocar efectos adversos en el cerebro, la conducta y la glándula prostática en fetos, bebés y niños de corta edad”, explican los promotores de la campaña.

Evitarlo es imposible, aunque el símbolo de reciclaje puede ayudarnos. De los diferentes tipos de plástico usados en embalaje, algunos del tipo 7 (policarbonato y resinas epoxi) y los plásticos de tipo 3 (PVC) pueden contener bisfenol-A.

Según datos de ISTAS, cuatro empresas producen en Europa un total de 1.400.000 toneladas al año. Una de ellas está en España (Cartagena, Murcia), donde se fabrican más de 250.000 toneladas anuales.

Asimismo, diversos estudios han detectado la presencia de esta sustancia en el 95 por ciento de las muestras de sangre y orina de la población analizada.

Muchos países -como Reino Unido, Canadá, Dinamarca, Francia, Suecia, EEUU o Italia- han prohibido ya o se encuentran en proceso de prohibición del uso de bisfenol A en cualquier plástico usado para fabricar biberones o envases de alimentos.

Por todo ello, un grupo de 19 científicos y 41 asociaciones sindicales, del medio ambiente y de la salud de todo el mundo ha solicitado a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que considere todos los estudios disponibles y endurezca las medidas que se aplican sobre el bisfenol A. ¿A qué esperan para hacerlo?

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El mar nos curará el cáncer

Nos lo dijo el doctor Campbell (Sean Connery) en la película Los últimos días del Edén. La selva es una gran farmacia, pues muchísimas medicinas se extraen de plantas utilizadas desde hace siglos para tal fin por los indígenas. ¿Incluso el cáncer? Especialmente el cáncer.

En realidad, más del 60 por ciento de los fármacos que se usan para luchar contra esta terrible enfermedad provienen de la Naturaleza. Y no sólo tienen un origen selvático. Árboles comunes, sencillas flores, hasta pequeños animales pueden encerrar el secreto de su erradicación y de la de otros muchos males que tantos sufrimientos nos acarrean.

Los investigadores lo saben y rastrean en su busca por bosques y praderas. Pero muy probablemente esa sustancia milagrosa no aparecerá en el Amazonas sino en el océano.

Así lo ha puesto esta semana en evidencia Carmen Cuevas, directora de I+D de PharmaMar, durante su intervención en unas jornadas científicas celebradas en Madrid, organizadas por PharmaMar, filial del Grupo Zeltia, y el Departamento de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

“Si la tierra ha dado estas medicinas, ¿por qué no el mar?”, se pregunta la experta, quien argumenta a su favor que el medio marino posee muchos más ecosistemas que el terrestre, y que las especies allí presentes suelen desarrollar potentes compuestos químicos para defenderse de los enemigos que se encuentran a su alrededor.

No son elucubraciones. El 1,8 por ciento de los extractos de animales marinos presenta actividad antitumoral, frente al 0,4 por ciento de los procedentes de seres terrestres.

En el mar está nuestro origen y en el mar encontraremos una vez más nuestro futuro, tanto alimenticio como biotecnológico. Sin embargo, frente a este interés vital nos empeñamos en contaminarlo, en sobreexplotarlo, al igual que con el resto de nuestro entorno. Pero queridos amigos, seamos egoístas y no idiotas, cuidemos la Naturaleza.

Llegan los cazadores de antenas

Segismundo López me la enseñaba y no le creía. Esa chimenea grande, muy blanca, que nunca echa humo, instalada sobre un edificio de oficinas en El Matorral (Fuerteventura), es en realidad una antena camuflada de telefonía móvil. Las hay de todas las formas y colores, disfrazadas de pirámides, abetos de 30 metros, pinos, palmeras, cactus, campanarios, cornisas. Todo con tal de engañarnos, para evitarnos el miedo de saber que sobre nuestras cabezas, o nuestros colegios y hospitales, tenemos una potentísima fuente emisora de ondas electromagnéticas.

Unas infraestructuras necesarias, eso no lo discute nadie, pero ¿en cualquier sitio y a cualquier precio? Diversos estudios aseguran que vivir en sus inmediaciones multiplica por cuatro las posibilidades de padecer cáncer. Que junto a ellas se multiplican los dolores de cabeza, el insomnio, el cansancio. Lógicamente las compañías lo niegan. Pero si las antenas son inofensivas ¿por qué las camuflan? ¿por qué nos engañan? Aseguran que la culpa es nuestra, de nuestras histerias. Que todas esas pretendidas enfermedades son tan sólo un problema psicosomático. Por eso, disimulando sus antenas desaparecen todos los males. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

Pero Segismundo no les cree. Tampoco Antonio en Santa Cruz de Tenerife. Ellos, como tantos otros en tantas otras localidades españolas, se han convertido en cazadores de antenas. En Valladolid se han especializado en la presa más difícil, las picoantenas, con forma hasta de ladrillo, escondidas sobre escaparates e incluso farolas y señales de tráfico.

Van bien pertrechados por la calle con medidores de campos electromagnéticos. Antena que descubren, antena que denuncian. Y quizá es una casualidad, pero contrastadas luego con la policía, la mayoría son ilegales, carecen de permisos. ¿Será también por eso que las disfrazan?

Lo reconozco: yo también me he convertido en un cazador de antenas. Incluso en mi pequeña ciudad, Puerto del Rosario (Fuerteventura), abundan perfectamente mimetizadas en el medio urbano. Ésta que fotografié ayer con forma de chimenea es nueva. Bien pintadita y, como me confirmó el Ayuntamiento, totalmente ilegal.