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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Los pesticidas contaminan gravemente el suelo agrícola de Europa

Aplicación de pesticidas en un campo agrícola. Foto: Wikipedia Commons

Los pesticidas o plaguicidas han sido el gran invento de la Humanidad, venenos capaces de poner a raya a cualquier plaga agrícola, esas capaces de matar de hambre a poblaciones enteras o empobrecerlas terriblemente. Pero se nos han ido la mano. Los estamos utilizando en tanta cantidad y con tanto descontrol que estos productos sintéticos están envenenando los suelos fértiles de Europa.

Un reciente estudio científico publicado en la revista Science of The Total Environment ha puesto al descubierto datos alarmantes:

  • El 83 % de los suelos agrícolas de Europa contienen restos de uno o más plaguicidas.
  • El 58 % contienen mezclas de distintos tóxicos (45% tienen residuos de dos a cinco plaguicidas y el 13 % tienen residuos de seis a 10 agrotóxicos diferentes).
  • Hay al menos 166 mezclas de plaguicidas diferentes, un terrible cóctel tóxico cuyos efectos combinados son desconocidos.

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Un millón de firmas contra el herbicida más popular


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La decisión de la Agencia para la Investigación sobre el Cáncer de la OMS de considerar al herbicida más popular y globalmente utilizado en el mundo, el glifosato, como una substancia “probablemente cancerígena para humanos” (grupo de substancias 2A de la IARC), ha encendido todas las alarmas. Las de los ciudadanos asustados, que han empezado a recoger firmas solicitando la retirada del producto, pero también las de la famosa multinacional Monsanto, que ve peligrar su negocio más rentable y niega la existencia razones científicas convincentes para llegar a tales conclusiones.

Los primeros llevan recogidas en unos pocos días casi un millón de firmas. Evidentemente tenemos miedo, y por pura precaución debería ser una prioridad mundial realizar con urgencia estudios serios, rigurosos y determinantes con la finalidad de garantizar la salubridad del planeta y, mientras tanto, restringir al máximo la utilización de este polémico producto.

El glifosato es la base del RoundUp, la fórmula química clave del imperio transgénico de Monsanto que les reporta ganancias de 6.000 millones de dólares al año. La empresa dice que el informe de la OMS no ha tenido en cuenta otros muchos estudios donde se demuestra exactamente lo contrario, su inocuidad. Desdice las conclusiones de los 17 de los mejores expertos en oncología del mundo que revisaron a fondo estudios independientes aunque, eso sí, excluyendo aquellos realizados por las empresas que buscaban la aprobación del veneno para poder seguir vendiéndolo. A estas alturas, la independencia de algunos expertos pagados por las multinacionales está más que en entredicho.

Hace cincuenta años, el pesticida DDT se usaba en todo el mundo, hasta que el esencial libro de Rachel Carson Primavera Silenciosa demostró su peligrosidad en personas y medio ambiente. Para cuando se prohibió llevaba décadas matándonos.

El grupo de expertos de la OMS ha dictaminado ahora que existen “pruebas suficientes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma no Hodgkin)”. Para esto último se basaron en estudios de exposición a glifosato de agricultores en Estados Unidos, Canadá y Suecia. Si hicieran estos mismos estudios en Sudamérica, donde se planta el mayor volumen de soja transgénica resistente a glifosato del planeta, los resultados serían aún más graves, pues allí la fumigación aérea y la falta de control está mucho más extendida.

Un excelente artículo de mi compañera de 20 Minutos Amaya Larrañeta explica con todo detalle los pros y contras del popular veneno; qué, cómo, dónde, para qué y cuáles son sus efectos y posibles alternativas. Os lo recomiendo.

Se han encontrado residuos de glifosato en aire, agua y alimentos. También en la orina de los europeos y en la leche materna de las norteamericanas. En algunas zonas agrícolas con grandes plantaciones de transgénicos donde se usa, los casos de cáncer y malformaciones congénitas se han disparado.

En realidad este herbicida es tan popular como la cocacola. Es con el que se fumigan las cunetas de carreteras en toda España para controlar las malas hierbas, pero también el que podemos comprar en cualquier tienda para eliminar los matojos del jardín. El usado en grandes plantaciones de maíz, pero también en las pequeñas huertas de los pueblos. La mayoría no tiene ni idea de su peligrosidad potencial. Pero al menos un millón de personas sí que estamos más que preocupadas. 

NOTA ACLARATORIA: He eliminado dos errores de bulto que había deslizado por error en el texto. Monsanto no fabricaba DDT ni tiene en estos momentos la exclusiva del glifosfato. Mil disculpas.

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Los plaguicidas nos arrastran hacia un mundo silencioso… y hambriento

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Imagen: © Colin Grey / Wikimedia Commons

En 1962 Rachel Carson horrorizó al mundo al explicar cómo el DDT, peligroso y cancerígeno insecticida, arrastraba al mundo hacia una Primavera Silenciosa. Un planeta sin aves canoras. Bosques y campos sin otros sonidos que el viento y nuestros coches. 10 años después se prohibía su producción y uso. Pero no hemos aprendido nada.

Una revisión de la literatura científica publicada en los últimos años sobre los plaguicidas sistémicos o neonicotinoides confirma que están causando daños significativos a un gran número de especies de invertebrados beneficiosos y son un factor clave en el declive de las abejas.

Según los autores del estudio, el uso generalizado de estos productos está teniendo un impacto similar al del DDT y su efecto va más allá de las tierras de cultivo.

Según explica SEO/BirdLife a través de un comunicado, lejos de asegurar la producción de alimentos, estos plaguicidas están amenazando la propia capacidad productiva a largo plazo, pues reducen o eliminan los polinizadores y los controladores naturales de las plagas, elementos clave del buen funcionamiento de los sistemas agrarios.

La preocupación sobre el impacto de los plaguicidas sistémicos o neonicotinoides en una amplia variedad de especies beneficiosas ha crecido en los últimos 20 años, pero hasta ahora las evidencias no habían sido consideradas concluyentes.

Para realizar un análisis completo de la situación, el Task Force on Systemic Pesticides, un grupo internacional de científicos independientes que asesora a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), ha revisado durante cuatro años toda la literatura científica disponible, más de 800 estudios publicados en revistas de alto impacto sometidas al sistema de revisión por pares.

Este meta-análisis, el Worldwide Integrated Assessment (WIA), será publicado próximamente en el Journal Environment Science and Pollution Research. Su conclusión es que hay claras evidencias de que los plaguicidas sistémicos causan un impacto tan grave que exigen una imperiosa regulación de su uso.

 

Las aves agrarias están en declive 

Para SEO/BirdLife, ésta es una prueba más de la degradación ambiental de los sistemas agrarios, detectada ya a través de sus programas de seguimiento de aves, que muestran un declive continuado de las especies comunes asociadas a los paisajes agrarios.

Por ejemplo, la golondrina, Ave del Año de 2014, muestra una reducción de su población de más del 30% en la última década. Y otras, como la codorniz, el sisón o la calandria están en una situación similar.

El uso de plaguicidas se une a otros factores que influyen en este escenario de pérdida de biodiversidad, como la reducción directa de hábitats favorables o enfermedades nuevas traídas con el comercio internacional de mercancías.

Aunque la UE ya ha prohibido temporalmente el uso de estos productos en algunos cultivos, el problema tiene una escala global. De acuerdo con SEO/Bird Life, sería necesario empezar a trabajar en un cambio profundo del modelo agrario, reconectando los sistemas productivos a los ciclos naturales.

Esto podría tener un impacto en los rendimientos por hectárea en ciertas zonas, pero igualmente acabaría reduciendo los costes crecientes en inputs y ofrecería más garantías de futuro sobre el suministro de alimentos. Cuestión que por otra parte requiere atajar también otros problemas como la distribución, el acceso y el desperdicio de comida, junto con los modelos de consumo y las dietas.

En todo caso, lo fundamental ante los neonicotinoides sería aplicar el principio de precaución, pero no se hace. El principio máximo de nuestra sociedad actual es el del negocio. Los que vengan detrás, ya sean abejas, pájaros o nuestros hijos, que arreen.

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Los plaguicidas ponen en peligro a las abejas y a toda la agricultura

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En 1962 Rachel Carson nos habló de esa Primavera Silenciosa, un planeta sin aves canoras al que estábamos condenados si seguíamos utilizando el DDT, peligroso y cancerígeno insecticida. 10 años después se prohibía su producción y uso, aunque todavía hoy la leche materna presenta altas concentraciones de este tóxico; las mujeres españolas el doble que la media europea.

En la India un antiinflamatorio, el diclofenaco (Voltarén), utilizado tanto para la artritis en humanos como para tratar afecciones del ganado, provocó en una década el exterminio del 95% de los buitres, decenas de millones de ejemplares. Los medicados cadáveres reventaban los riñones de las carroñeras, al provocarles una mortal insuficiencia renal. Su uso veterinario está ahora prohibido.

Como con los buitres, algo muy parecido está ocurriendo con las abejas. Desaparecían por millones y nadie sabía la razón. El misterio de las colmenas vacías ha sido finalmente desvelado. La culpa la tienen los plaguicidas neurotóxicos. Ante las muchas evidencias científicas, la Comisión Europea propuso en enero pasado prohibir tres de estos insecticidas (imidacloprid, tiametoxam y clotianidina). Pero es una solución parcial. En realidad se deberían prohibir todos. Urgentemente.

Un mundo sin abejas es mucho peor que un mundo sin pájaros. Por cada euro que estos insectos producen en forma de miel, polen, cera, jalea real o propóleo, revierten 20 euros en forma de polinización. Sólo para Europa este desinteresado trabajo vale 22.000 millones de euros, pues de él depende la germinación del 84 % de los 264 principales cultivos agrícolas. Lo mismo ocurre con las plantas silvestres.

Empeñados en convertir la producción mundial de alimentos en una beneficiosa factoría de enormidades enlatadas no nos damos cuenta de lo evidente: sin abejas no hay paraíso. Ni futuro.

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