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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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“Tengo pájaros en la cabeza”, el nuevo libro de La Crónica Verde

La verdad es que no me he podido aguantar. Apenas transcurrido un año desde que Arsenio Escolar, director de 20 Minutos, me ofreciera la oportunidad de entrar a formar parte en la exclusiva lista de ilustres opinadores del periódico, un libro recoge los 50 artículos más interesantes que hasta el momento he publicado en la sección Los martes de medioambiente.

Se titula “Tengo pájaros en la cabeza… y otras preocupaciones” y ve la luz con motivo de la celebración en el Paseo del Prado de Madrid, del 9 al 11 de junio, de la Feria de la Naturaleza MADBird. Donde por cierto, estaré todo el fin de semana atendiendo el stand de ecoturismo de Fuerteventura y firmaré libros, por si te quieres acercar. Lee el resto de la entrada »

Un pueblo de Cáceres se moviliza contra el suicidio demográfico

Los pueblos de España se mueren. Es una tragedia terrible. Sin ellos perdemos nuestra historia, nuestro paisaje, nuestras raíces.  Según el último informe de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) con datos actualizados del INE, más 4.000 pueblos españoles están en peligro de extinción. Suponen la mitad de todos los existentes. Tienen un censo inferior a los 500 vecinos, apenas nada para poder adaptarse con dignidad a los nuevos tiempos.

Por eso cada vez hay menos gente dispuesta a vivir en ellos. Se están quedando vacíos. El paro, la nula (que no baja) natalidad y el envejecimiento amplían hasta límites insospechados la brecha social existente entre la España urbana y rural.

A la espera de medidas estatales concretas que frenen este avance imparable del desierto demográfico, algunos pueblos se han puesto a trabajar con la intención de impedirlo. Como Acebo, un maravilloso pueblo de la sierra cacereña de Gata, 590 habitantes censados, que ha decidido emprender su propia política preventiva. Ofrece gratuitamente tierras, asesoramiento y facilidades para que nuevas familias puedan instalarse allí a dedicarse a algo tan moderno y rompedor como la agricultura o la ganadería. Lee el resto de la entrada »

También hay poesía de la naturaleza que sabe a hierba

Hoy me salgo de lo habitual en el blog para entrevistar a un admirado amigo y paisano que acaba de publicar un maravilloso libro de poesía de la naturaleza.

Hierba (Ediciones Mad is Mad, 2016) está pensado “para cuando nos vemos capaces de volar, pero también para cuando el proyecto de caminar juntos no salió bien”.

La cuidadísima edición de Diego Lara (diseño, dibujos y fotografía) es un regalo para los sentidos, para los cinco sentidos. Coherente con su tiempo, el libro está editado en papel certificado FSC, el papel que cuida y conserva los bosques del planeta.

Rafa Ruíz se autodefine como “periodista convencido de que las luces al final del túnel sólo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente”. A ello dedicó 10 años en ‘El País‘ y 15 años más en ‘El País Semanal‘, donde le cayó el marrón de coordinar la sección que durante dos años escribí en esa revista dedicada a los árboles singulares. Ahora es por fin un hombre libre de ataduras editoriales gracias a sus dos admirables proyectos profesionales, la revista cultural El Asombrario y la galería madrileña de arte emergente Mad is Mad. Pero hablemos de Hierba.

¿Por qué llamarlo Hierba?

Es un triple homenaje: a mi pueblo, en el norte de Burgos, porque es todo hierba, praderas y heno; a Walt Whitman, por sus Hojas de hierba, uno de los autores que cuando yo era un adolescente más me influyó y animó a escribir; y a la isla de Yerba, en Túnez, donde empecé este poemario.

¿Cómo lo definirías?

Es un libro de encuentros y desencuentros, de piel y paisaje. Porque proyecta los sentimientos personales hacia la naturaleza. Y también la naturaleza los proyecta hacia uno mismo. El amor es como la marea, que va y viene, y la hierba unas veces mira al Norte, pero cambia el viento y mira al Sur, y así son un poco nuestros encuentros y desencuentros con la gente y nuestras parejas. Lee el resto de la entrada »

Jóvenes científicos piden dinero para lanzar su primera empresa

CreandoRedes

El micromecenazgo (en inglés crowdfunding) ha llegado también al emprendimiento científico. Como Sandra, Ana, Adrián y Alberto, un grupo de científicos de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) que solicitan el apoyo de todos nosotros para difundir y fomentar su especialidad, la Restauración Ecológica, a través de la empresa que han creado con la intención de mejorar el mundo y encontrar una salida profesional práctica a sus conocimientos.

Creando Redes es la primera empresa de Restauración Ecológica de España. A través de Indiegogo, sus promotores pretenden recaudar los 12.400 euros necesarios para financiar una plataforma de formación on line y el primero de sus cursos de introducción a esta especialidad; también prometen la creación de foros de participación e intercambio de experiencias entre los diferentes agentes sociales.

Creando Redes quiere hacer llegar este conocimiento a la sociedad a través de una plataforma interactiva, de fácil acceso a los contenidos, que permita evaluar los conocimientos y contactar con expertos. Los cursos se estructurarán de forma dinámica e intercalarán contenidos teóricos con seminarios y casos prácticos.

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Los vinos también tienen alma

Vino

Los vinos tienen alma, no hay duda. Pero sólo unos pocos. Aquellos que son capaces de darnos a conocer su paisaje y su cultura, que es el paisaje y la cultura de su hacedor, el bodeguero.

Es el milagro del vino. El secreto del que participamos los amantes de la naturaleza, del mundo rural, del arte, amantes a fin de cuentas de la buena vida. Epicúreos nos llaman algunos. Mejor vividores. Pura vida. Puro vino. Puro sentido y sentimiento; sensibilidad.

Llegué al mundo de los vinos de la mano de Paco Berciano y Marivé Revilla, empujado, como en tantas otras sabidurías, por mi maestro Arsenio Escolar, en esos lejanos momentos director del recién nacido Diario 16 de Burgos. El primer artículo de esta pareja que ya forma parte de mi familia nos dejó a todos aturdidos: Un Ribera tinto, por favor. Hoy suena inventado, pero en los años 90 del pasado siglo pedir un ribera en Castilla significaba pedir un vino rosado, viniera éste de donde viniera.

A su sombra aprendí a descubrir en la copa suelos, climas, variedades autóctonas, fermentaciones, barricas y tostados, paisajes y paisanajes. A reconocer los buenos vinos de los malos, pero sobre todo a reconocer la personalidad de sus creadores. Era fácil. Los Pesqueras son como Alejandro Fernández, impetuosos, sinceros y con ganas de quedarse charlando mucho tiempo contigo. Los de la familia Pérez Pascuas entran tímidos al principio, pero luego son tan largos y sensibles como esas parrafadas que nos echábamos en su cocina de Pedrosa de Duero celebrando el cumpleaños de uno de los tres hermanos.

Qué tiempos aquellos de reportajes sobre bodegas y concursos, enzarzados en peleas periodísticas como la que nos puso en contra de todo el ilustre Cabildo Metropolitano de la Catedral de Burgos por criticar esos proyectos de restauración del entonces ruinoso monumento basados en promocionar la venta de vinos falsificados.

Pero yo quería hablaros hoy del alma de los vinos y no de santas iglesias. Porque el próximo lunes 20 de marzo se reunirán, precisamente en Burgos, y no por casualidad convocados por Paco Berciano y Maribé Revilla, más de 500 de estos vinos tan especiales y expresivos capaces de condensar en tan sólo un sorbo paisajes sensoriales únicos.

El Alma de los Vinos Únicos es un encuentro de esos que ningún amante de la naturaleza y de la cultura se debería perder. Porque en él tendrá la ocasión de hablar de tú a tú con auténticos guardianes de la biodiversidad, verdaderos agricultores apasionados de su tierra que miman el viñedo cuidándolo como jardineros japoneses, sin exigirle más de lo que éste puede dar para garantizar que el producto resultante sea como ellos, viva imagen del terruño. Son 109 bodegas de mediana a muy pequeña producción, muchas artesanales, casi puros caprichos en las antípodas de esas grandes productoras industriales con millones de botellas al año.

Es verdad, son productos caros, pero no tanto si se sabe buscar, encontrar, elegir. Y también es verdad, muchas bodegas son extranjeras (52), algo reñido con quienes apostamos por lo local, pero tan necesarios para aprender como esos buenos libros comprados en otros países.

En estos tiempo de imposturas y engaños, las pequeñas historias de singulares vinos con alma los hacen grandes pues nos reconcilian con la tierra y sus gentes. Nos acercan a los amigos y nos invitan a hacer nuevos amigos. Nos dan ánimos para seguir apostando, como dirían los bodegueros franceses, por el terroir.

Ánimos para soñar con unos consumidores tan concienciados que logremos finalmente encumbrar los productos auténticos y arrinconar hasta su desaparición a los productos falsos, insanos, globalizados, desraizados. Queda mucho para lograrlo, pero los vinos con alma nos señalan el camino.

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Milán convoca al mundo en torno a un banquete

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En la Expo de Sevilla nos preocupaba la historia. En la de Zaragoza el agua. En Shanghái la calidad de vida en las ciudades. Y la próxima Exposición Universal, que será inaugurada dentro de apenas 40 días en Milán, apuesta por nuestra última y más acuciante preocupación: la comida.

El lema elegido para esta incomprensiblemente poco publicitada convocatoria es “Alimentar el planeta, energía para la vida“. Se trata de reunir a 145 países, que por sí mismos representan el 94% de toda la población mundial, para reflexionar sobre los grandes retos de la humanidad: el hambre, la seguridad alimentaria, la agroganadería sostenible y el cambio climático. Espera recibir más de 20 millones de visitantes.

El pabellón español sacará pecho con la calidad de nuestros productos y nuestra cocina, pero también con su gran atractivo turístico. Otros países como Israel nos van a sorprender con lo último de cultivos en ambientes tan imposibles como ese desierto que se nos viene encima. Los holandeses presentan tractores drones impulsados por energías renovables, capaces de arar y cosechar con exactitud milimétrica bajo las órdenes de un ordenador. Los norteamericanos proponen campos de cultivo verticales instalados en las fachadas de los edificios.

Habrá mucha tecnología, es verdad, pero sobre todo se dará prioridad a los productos agroalimentarios tradicionales de alta calidad. Porque por muchas innovaciones científicas y tecnológicas que presentemos en esta época de globalidad mundial, la mesa y el mantel se han convertido en lo poco que nos queda verdaderamente auténtico, el sabor de las culturas. Unos productos que además son modeladores del paisaje, el otro gran atractivo identitario y turístico de los países.

Por si teníamos dudas, la comida es nuestra patria… y su correcta gestión nuestro futuro.

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Los músicos de Bremen se van a Fuerteventura

Burrito cabra

Sira es una cabrita de costa, de esas que aún viven salvajes y asalvajadas en los cotarros de Fuerteventura, manejadas por los ganaderos como ya lo hacían los aborígenes canarios hace 2.000 años: en apañadas, lo más parecido a rodeos pero a pie, para recogerlas en corrales de piedra (gambuesas), marcarlas (golpes lo llaman) y volver a soltarlas.

Pero Sira tuvo mala suerte, o buena según se mire. Nació sin lengua, aunque es posible que se la arrancara un cuervo, quién sabe. El caso es que su madre la abandonó, pues el pobre animal era incapaz de mamar.

Luis y Sofía se la encontraron medio muerta. Y en lugar de dejársela como merienda a los buitres (guirres) decidieron adoptarla. Tienen sitio de sobra en su casa, un precioso centro dedicado al turismo rural entre las montañas de los Cuchillos de Vigán y las lavas del Malpaís Grande.

Luego llegó Lola, otra cabrita pero ésta de las de corral. Y hace unos meses se incorporó a tan curioso grupo Nene, un burrito de ocho meses, peludo y suave como Platero. Ningún problema. Es tal la armonía natural de ese sitio que cabritas y borrico han hecho piña. Tanto, tanto, que el asno ha terminado por creerse cabra.

No te puedes imaginar la escena cuando salen juntos, triscando felices por los caminos de Tenicosquey (Antigua). Lola enseñando a tragar a Sira, quien debe inclinar al máximo su cabeza para que el alimento caiga al estómago por gravedad, mientras Nene las imita como un caprínido más, saltando alborozado entre los olivos e incluso tratando de ponerse sobre dos patas para llegar a los brotes más jugosos.

Si juntamos a estos tres con el gallo, el perro bardino y alguno de los gatines remolones de la casa de huéspedes, ya tenemos asegurado un concierto exclusivo de los músicos de Bremen. Perdón, de los músicos de Tenicosquey.

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¿Beberse la orina cura el cáncer?

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Nunca olvidaremos a Azarías, el entrañable personaje de Los Santos Inocentes, la novela de Miguel Delibes a quien bordó el querido Paco Rabal en la famosa película de Mario Camus.

“Me orino las manos cada mañana pa’ que no se me agrieten”.

Y su hermana la Régula (Terele Pávez) le miraba con cara de asco y le decía:

“Semejante puerco, ¿no ves que estás criando miseria y se la pegas a la criatura?”.

Sin embargo era verdad. La orina, rica en urea, es un remedio excelente contra las grietas de la piel. El pobre Azarías no hacía otra cosa que repetir lo que siempre hicimos seguramente desde tiempos prehistóricos, mearse las manos. Pero claro, no tenía cremas de urea al 5% que ahora obtenemos por medios químicos mucho más asépticos.

Viene esto a cuento por la tendencia, últimamente renovada con fuerza inusitada entre los amigos de lo natural y lo magufo, de utilizar la propia orina para supuestos fines medicinales. Orinoterapia la llaman. Y aseguran sus defensores que se trata de un líquido casi milagroso, capaz de regular la tensión arterial, mejorar las defensas, tonificar, servir como potente antidepresivo, aumentar la potencia sexual y no sé cuántas cosas más incluido, por supuesto, curar el cáncer. ¿Para qué tirarlo entonces por el retrete cuándo puede mejorar nuestra vida? Pues porque es mentira.

Como tantos otros de esos remedios tan básicos como increíbles que pululan por las redes, rechazo soluciones sencillas para problemas tremendamente complicados y que, a la larga y a la corta, son tan eficaces como peregrinar de rodillas a un apartado santuario: puro placebo.

Placebo viene de complacer, causar placer. Y yo, amante como soy de los placeres mundanos, sigo sin encontrarle el gustillo a beber mi “agüita amarilla, cálida y tibia”. Prefiero la cerveza.

Somos palabra, especialmente en Navidad

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Es el viejo chiste navideño: ¿Qué tal las fiestas? ¿Bien o en familia? En realidad la Navidad es en familia o no es, pues de eso se trata. De vernos al menos una vez al año con padres, abuelos, primos, suegros y cuñados en reuniones que nos sirvan para afianzar nuestros cada vez más débiles lazos de linaje.

Es verdad que son fechas donde entre los excesos verbales de unos y los alcohólicos de otros se puede acabar entrando en esos complejos temas que siempre es importante evitar: política, fútbol y religión. Y acabar a gritos o hasta a mamporros. Pero también es el momento de recuperar, completar o actualizar nuestra historia más íntima, de hablar, de recordar la niñez y, todavía más importante, rehacer nuestro árbol genealógico salpimentándolo con cientos de esas maravillosas anécdotas de antepasados que, a fin de cuentas, son las que marcan nuestro bagaje existencial.

Fue el filósofo Aristóteles quien, hace ya 2.400 años, confirmó lo evidente: el hombre es un animal socialzoon politikon») que desarrolla sus fines en el seno de una comunidad. En su grado más estricto, ese grupo se ciñe a la familia, célula fundamental de la sociedad, aunque no todos estén de acuerdo con ello. Otros pensadores recuerdan cómo, frente a esos amigos que elegimos y descartamos a lo largo de la vida, la familia es inevitable y demasiadas veces se convierte en una terrible fuente de conflictos y sufrimientos.

No les falta razón, aunque esos líos son también nuestras raíces. Y para mí, que aborrezco la Navidad en lo que tiene de tonto consumo irrefrenable, pero amo la historia, estas fechas son el momento perfecto para eso que tantas veces se nos olvida: hablar y escuchar. Disfrutar de la palabra.

Lo reconozco, soy un devoto de las largas, larguísimas pláticas familiares. ¡Cuánto se aprende! ¿No te pasa a ti lo mismo? Si no fuera por estas reuniones ¿cómo conocería las historias increíbles de ese abuelo al que su padre le obligaba a casarse con su hermanastra, nacida de una relación secreta con una vecina del mismo pueblo, y que fue desheredado por negarse a cumplir tan insólita propuesta? ¿O la de ese bisabuelo arriero que colgaba una campanilla de plata en la mula por cada nueva amante para desesperación de su esposa? ¿O la de esas historias de brujas, de fortunas robadas, de sinvergüenzas y algún que otro (escaso) santo familiar?

Porque todavía somos palabra, al menos en Navidad, seguramente también tú has disfrutado de algunos de estos buenos momentos navideños charlando y reconstruyendo tu memoria íntima. ¿Opinas igual que yo o eres de esos que sufren en silencio unas historias que ya no le interesan? Cuenta, cuenta.

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El astronauta que descubrió a Dios en el zodiaco

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El astronauta Charles Duke, durante la conferencia que pronunció en el Festival Starmus.

“El suelo de la Luna está cubierto de un polvo finísimo, como de harina. Al pisarlo lo notas blando y suave. Y la Tierra es una bola azul suspendida en la oscuridad del espacio, muy arriba. Una vez me caí de espaldas y fue un susto tremendo pues me encontré con la Tierra en lo alto. Lo primero que hice al alunizar fue dormir; había que descansar. En el vehículo espacial podíamos hacer hasta 100 kilómetros, pero apenas nos alejamos 5 por si se rompía y había que volver caminando. A 17 kilómetros por hora parecía que volábamos”.

Éste es un breve extracto del relato preciso, sensible, vivencial, que nos regaló el astronauta Charles M. Duke a quienes asistimos en Tenerife al festival científico Starmus.

Duke es una de las 12 únicas personas que han caminado por la Luna. Fue un largo paseo de 20 horas en 1972. Recuerdo haberle visto en la tele, sonriente, subiendo a la nave con un maletín gigante de la mano y ese traje copiado de Bibendum, el muñeco Michelin.

Su conferencia fue maravillosa hasta que se puso a hablar de Dios. De un cristianismo raro basado en los 12 signos del zodiaco y para el que dice tener pruebas científicas irrefutables.

Sin embargo luego negó la evidencia del cambio climático, asegurando que todo son maniobras políticas encaminadas a perjudicar a los Estados Unidos.

A su lado, el premio Nobel de Química Harold Kroto se hacía de cruces, convencido de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y ése es el problema. Con toda la incertidumbre que queramos incorporar a los actuales modelos, la Tierra se está calentando y nuestra especie es la culpable.

Que se lo digan por ejemplo a las 35.000 morsas varadas ahora mismo en Alaska ante la falta de hielo. A las aves africanas que han colonizado Europa siguiendo un desierto en expansión. A las extinciones masivas de la mitad de las especies de vertebrados en los últimos 40 años. Este desastre no es una teoría. Es una verdad incómoda refrendada por los más importantes científicos del mundo.

Así que lo siento señor Duke. Le admiro por lo que ha hecho, pero no por cómo piensa.

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