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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Entradas etiquetadas como ‘arboles singulares’

Conoce la increíble historia del pino de Garibaldi, el héroe de los dos mundos

El pino de Garibaldi, un pino piñonero cargado de historia que sigue vivo en Caprera.

¿Puede un árbol resumir las locuras humanas de un siglo de locos?

Un retorcido pino piñonero centenario es capaz de lograrlo. A sus 154 años es todavía hoy testigo vivo del extraordinario personaje que lo plantó, Giuseppe Garibaldi, centro vital de una hacienda alucinante, la “Casa Bianca“, escondida en un remoto paisaje extraordinario, la isla de Caprera, en el parque nacional de La Maddalena, al norte de Cerdeña.

Este viejísimo pino simboliza la vida romántica y aventurera de Giuseppe Garibaldi (1807-1882), el héroe de los dos mundos.

En este vídeo de mi canal en YouTube te explico su historia, que es la de todo el complejo siglo XIX. Conocemos el árbol y visitamos la tumba de quien tanto luchó por unir Italia y desunir América, recorrió con pasión el mundo, pero al final acabó enamorado de la vida rural.

Como le ocurrió al poeta canario Nicolás Estévanez, su patria más querida fue la sombra acogedora de un árbol.

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Los hackers rusos no logran derribar a la abuela de las encinas españolas

Es tan vieja que incluso ha olvidado su nombre.

Carrasca le dicen sus vecinos, pues así es como llaman en Huesca a las encinas.

De Lecina, señalan los forasteros, para dejar bien claro dónde tiene clavadas bien profundas sus raíces, un pequeño pueblo del Alto Aragón de tan solo 13 habitantes tan recóndito como hermoso.

Milenaria, remarcan con admiración todos cuando la ven, aunque en realidad es imposible saber su edad exacta, tal es la coquetería que se gasta este árbol grandioso.

Coqueta y valiente, pues a su edad y con la que está cayendo, se ha lanzado a participar en un peculiar concurso internacional. Ni más ni menos que el Tree of the Year Europe, algo así como el Festival de Eurovisión de los árboles singulares europeos. Tiene incluso página web personal donde acoge a todos sus fans >>> Vota aquí por la Carrasca de Lecina Lee el resto de la entrada »

Los viejos castaños de El Tiemblo, amenazados de éxito

Son unos árboles bellísimos en un bosque de ensueño. Pero pueden morir de éxito. Durante más de 500 años los castaños centenarios de El Tiemblo (Ávila) alimentaron a los vecinos con buenas castañas. El más viejo y grande todos ellos, El Abuelo, podía dar refugio entre su tronco ahuecado a un pastor con todo su rebaño de cabras. Pero eso era antes. Ahora acoge a tantos turistas día sí y día también que su salud se está deteriorando. Porque con los árboles centenarios hay amores que matan. Lee el resto de la entrada »

El Parlamento Europeo rechaza proteger los olivos milenarios

De nada han servido los 154.770 firmantes que en un tiempo récord suscribieron mi petición en Change.org solicitando al Parlamento Europeo acabar con el expolio de los viejos olivos y otros árboles centenarios poniendo fin a su indigno comercio especulativo.

De nada ha servido el éxito logrado por la película “El olivo“, la nueva cinta de Icíar Bollaín, con guión de Paul Laverty, donde se denuncia magistralmente el drama personal y cultural que hay detrás del arranque de miles de olivos únicos en el sur de Europa para adornar rotondas y chalés de lujo. Lee el resto de la entrada »

Conoce el olivo mágico de Saramago en Lanzarote

El escritor portugués José Saramago amaba los árboles. Aunque quizás no tanto como su abuelo materno Jerónimo Melrinho, pastor de cerdos en la pequeña villa de Azinhaga. Fue a él a quien dedicó su discurso de aceptación del premio Nobel ante la academia sueca. Un memorable texto que empieza así:

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”.

De él aprendió de niño mil historias y leyendas, escuchándole en las largas noches de verano que pasaban juntos durmiendo bajo la gran higuera de la huerta, mirando a las estrellas.

Jerónimo, pastor y contador de historias, al presentir que la muerte venía a buscarlo se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver. Lee el resto de la entrada »

El ecoturismo revoluciona Fitur y las formas de viajar

Fuerteventura

Abre tu mente. Sueña. Escapa. Aprovecha el viento para impulsar tus velas. Explora. Reconoce. Viaja, pero no te vayas demasiado lejos. La aventura te espera muy cerca, en pueblos maravillosos donde hablan tu mismo idioma, tienen tus mismos gustos, se ríen con las mismas tonterías y sufren con los mismos atontados. No quieras ser simple turista, aquel que nunca sabe dónde ha estado ni le importa. Hazte viajero, aquel que nunca sabe a dónde va pues persigue experiencias y no selfis de bodoque. Lee el resto de la entrada »

Sonata de otoño para proteger a un gigante verde

Roble Urdax

Todavía me tiembla emocionado la voz al recordarlo. Os lo contaba la semana pasada. El domingo dirigí una cata de paisaje frente a un coloso del bosque, el roble centenario de Urdax, en Navarra. Fue una de las actividades previstas a realizar bajo su sombra, con motivo de la celebración de las VI Jornadas de las Aves de Navarra. Además de mi prédica, contábamos también con la del escritor y divulgador ambiental Joaquín Araújo, la poesía recitada por la porteña Patricia Furlong y, esa fue la gran sorpresa, la música de Joaquín Taboada. Aquí mismo lo confieso: nunca pude imaginarme algo tan bello y maravilloso. Lee el resto de la entrada »

Bajo este árbol Zeus se cepilló a Europa

Plátano de Zeus

No es muy grande, pero una vieja tradición asegura que este plátano de sombra (Platanus orientalis) que crece en el yacimiento arqueológico minoico, griego y romano de Gortina (Gortys o Gortis), en la isla de Creta, desciende del mismo bajo cuya sombra el lujurioso dios Zeus se ayuntó con Europa.

El verbo ayuntar lo empleó hace 24 siglos nada menos que el filósofo y padre de la botánica Teofastro, quien ya entonces conocía la leyenda, aunque como buen científico no le dio mucho crédito. Lee el resto de la entrada »

Los grandes árboles nos descubren el secreto de la eternidad

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Lo aseguraba hace muy poco en El País Semanal Manuel Rivas, nuestro escritor naturalista por antonomasia: “Los árboles son buena gente“.

Y añadía, con la genialidad que le caracteriza:

La sensación que tenemos ante un árbol, y más ante un viejo árbol, es que es una expresión de lo humilde y lo sublime a la vez. Hay una gran verdad en comparar la arquitectura de un buen árbol con una catedral. Hay una voluntad de unir cielo y tierra.

Qué razón tiene. Como eterno admirador de árboles singulares, a los que he dedicado ya tres libros y una larga serie periodística, publicada precisamente en El País Semanal, no puedo estar más de acuerdo con Manuel Rivas. Por eso acuñé hace mucho tiempo una frase que resume perfectamente mi fascinación hacia los árboles monumentales:

Tan antiguos como una catedral, tan bellos como un paisaje y tan frágiles como una flor.

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Acorralado el vigía palmero de la autopista

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Viajemos hoy a La Palma, la Isla Bonita de Canarias, en busca de un árbol muy especial al que se le calculan 400 años. Según se sale del aeropuerto y se toma la autopista hacia la capital, Santa Cruz de La Palma, justo antes de pasar bajo el viaducto de desvío hacia Los Cancajos y El Socorro, muy pocos, prácticamente nadie, se fijan en la solitaria sabina canaria (Juniperus turbinata ssp. canariensis) que crece al borde de la carretera, en lo alto de una loma cortada a bisel por las máquinas de Obras Públicas para facilitar el trazado de la moderna vía de comunicación. Junto a ella, el talud abierto para permitir la construcción de una vivienda le ha acercado aún más al abismo. Y por detrás, una gran cantera se acerca inmisericorde hacia el árbol, devorando con mordiscos certeros la montaña de volcán.Sabina2-001

El vigía de la autopista está rodeado pero no se rinde. Valiente y altivo, sigue de pie en la cima, coronando un territorio cuya transformación es cada día más radical, profunda y vertiginosa. Se me antoja un faro verde oscuro, aparasolado, con la mirada fija en el horizonte, hacia un mar abierto por el que ha visto llegar las primeras naves cargadas de inmigrantes europeos dispuestos a tomar posesión de la isla, pertrechados con bueyes y arados para abrir cultivos en unos bosques virginales que ya nunca volvieron ser lo mismo, afanados por plantar cultivos americanos como la papa, el millo, el tomate o el tabaco, pero también mediterráneos como el trigo, la cebada o el viñedo.

Tiempos de abundancia a los que siguieron otros muchos de hambre. Barcos de vela y después a motor. Caminantes descalzos, recuas de mulas y burros, carretas, coches, camiones y bólidos con locos al volante. Todo lo ha visto siglo tras siglo este árbol, una realidad siempre cambiante, siempre anhelante.

Si nos acercamos a su tronco, seguro que todavía podemos oír el murmullo de los rebaños de cabras sesteando bajo su sombra, canturreados por el pastor, un hombre enjuto como este malpaís imposible donde su pedregosa superficie sólo deja crecer cornicabras, vinagreras y aromáticos inciensos, pero cierra el paso incluso a la dura tunera.

Este gran ejemplar de sabina crece sobre un estéril terreno de lavas sin apenas suelo, directamente sobre rocas a las que aprisiona con sus raíces. A su alrededor presenta una acumulación cuadrada de piedras a modo de pretil, levantada durante la construcción del muro de piedra que protege el talud bajo el que se edificó una casa. Cinco grandes ramas se abren como las varas de un paraguas a partir del escaso metro de altura de su fuste, aunque su aspecto resulta poco frondoso, seguramente por el crónico estrés hídrico que sufre. Y es que poca agua se puede extraer de un pedregal tan inmisericorde, aunque se lleve cientos de años intentándolo.

Pero por si carreteras, canteras, ganado, sequía y piedras fueran poco, el viento le azota de día y noche hasta haber logrado doblegar ligeramente su altiva figura, inclinándola hacia el sur. Aunque nada más. Nadie puede con esta sabina colosal, la última representante de un bosque esquilmado hace siglos, respetada por el hacha tan sólo en agradecimiento a su benéfica sombra.

Aquí el tiempo ni fluye ni se transforma, no corre para tratar de esquivar el mañana, ni se pierde tras el viento. Junto a la vieja sabina el tiempo no pasa, se queda. Bajo ella les propongo un ejercicio de concentración. Cierren los ojos, intenten imaginarse esos tiempos pretéritos de anhelos y pobrezas, y vuelvan a abrirlos mirando hacia el horizonte. Sólo el mar sigue siendo el mismo.

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