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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Más de 200.000 grullas eligen España para pasar sus vacaciones de invierno

Grulla común volando (Wikimedia Commons).

Padres e hijos juntos, inseparables a pesar de ir en nutridos, ruidosos y aparentemente desordenados grupos, abandonan a partir de octubre el frío norte europeo para pasar el invierno en las templadas tierras ibéricas. Son las grullas, unas bellísimas zancudas  grisáceas con más pinta de cigüeñas que de garzas, boina roja y gran plumero en el trasero.

El vuelo es tan bello que, según la mitología griega, el dios Hermes, primer ornitólogo conocido, inventó la escritura contemplando sus garabatos en el aire. Durante el cortejo danzan con tal alegría que, a decir también de los griegos, Teseo imitó su saltarina coreografía cuando se puso a bailar feliz después de matar al Minotauro. Lee el resto de la entrada »

¿Quiénes son más listas, las palomas o las escopetas?

Torcaces

El sistema tradicional de caza de palomas en el Pirineo navarro es tan curioso como antiguo. Desde atalayas o trepas el palomero es capaz de dirigir hacia redes ocultas grandes bandos de torcaces lanzándoles con pericia unas palas que las aves confunden con rapaces. También hay torres para hacer tiro al vuelo contra ellas. Las víctimas son poblaciones norteñas que, como las grullas, eligen las dehesas ibéricas para pasar el invierno. El momento de esta espectacular migración es justo ahora, cuando cruzan por millones los collados pirenaicos más occidentales en busca de comida y buen tiempo.

Así ha sido siempre. Los primeros datos sobre palomeras en valles famosos como Etxalar aparecen en una fecha tan lejana como 1378. Desde entonces, seguramente desde mucho antes, las palomas se cazaban allí por miles. Por un único valle llegaron a cruzar hace pocos años un millón de ellas, una tercera parte de todas las que arribaban a España.

Pero de repente todo ha cambiado. En las palomeras navarras cada vez hay menos capturas. Y en este caso la culpa no la tiene el descenso poblacional, todo lo contrario. Cada vez hay más torcaces. Sólo en nuestro país, y de acuerdo con SEO/BirdLife, entre 1998 y 2011 esta paloma ha aumentado un 63,8%. Entonces ¿por qué ya no pasan por Navarra?

Pues porque son muy listas. Según demuestra el profesor Pancho Purroy, una de nuestras eminencias en el estudio de las aves, prácticamente la mitad de las torcaces deciden hoy viajar por la ruta costera. Se libran así de recibir disparos en pasos tradicionales donde llegaban a abatirse hasta 10.000 en una mañana. También cruzan más rápido, en menos días, más alto de lo habitual y en números más grandes. Todo con tal de ponérselo más difícil a los cazadores. Eso se llama, o podría llamarse, “inteligencia evolutiva”. ¿No te parece?

En este vídeo te explican el método de caza. Personalmente, me alegro de que las palomas hayan encontrado rutas alternativas para escapar de esta tradicional encerrona.

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El san Blas cigüeñil se adelanta cuatro meses

Ciconia

Las primeras cigüeñas blancas cruzan estos días el estrecho de Gibraltar en pequeños grupos, me cuenta mi amigo y experto biólogo de la Fundación Migres Alejandro Onrubia. ¿Para pasar a África? ¿Tan tarde? Pues no. Tan pronto. Porque las patilargas están de vuelta, de regreso a España.

Concluido el periodo de nidificación, con la llegada de los calores de julio emprendieron un larguísimo viaje hacia el sur, cruzaron el mar, atravesaron Marruecos y después el desierto del Sáhara en busca de, como decía Félix Rodríguez de la Fuente, “sus cuarteles de invierno”. Pero en realidad ese retiro apenas fue veraniego y otoñal.

Justo cuando empiezan los primeros fríos, las primeras cigüeñas tempraneras regresan a la península Ibérica. “La naturaleza se ha vuelto loca” dirá más de uno. Pues tampoco. Derrotado el viejo refrán de “Por san Blas (3 de febrero) la cigüeña verás”, desde hace décadas son normales estas avanzadillas en octubre, casi 4 meses antes de lo previsto.

Resulta evidente. El viaje ya no les compensa. Huyen del hambre y no del frío como pensábamos. Miles de ellas ni siquiera eso. Se apuntan a los vertederos y pasan de viajar. O se hacen sorprendentemente urbanas como las del madrileño barrio de Vallecas. Allí, y para asombro del vecindario, cientos de blanquinegras se han encariñado con antenas de televisión, luminosos y voladizos, industriales atalayas convertidas en pajariles dormideros. Las vi esta semana y me quedé maravillado.

Su aparición coincide en el tiempo con la llegada, estos sí, de nuestros turistas invernales. Grullas, ánsares y milanos reales abandonan los fríos nórdicos en busca de buen clima y mejor campo. Son los heraldos del invierno, como recuerda un refrán que, éste me temo que acertado, asegura:

“Grullas en el cielo, carbón en el brasero”.

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Las aves eligen el invierno en Canarias

Acabo de regresar de Lanzarote. Mientras toda la Península se helaba bajo un grueso manto de nieve, para después, y antes, seguir ahogándose con una lluvia pertinaz, en Canarias disfrutábamos de un tiempo veraniego. Fui a esa isla a colaborar en un interesantísimo proyecto que los miembros de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife) estamos realizando por todo el país: el Atlas de las Aves Invernantes. Básicamente, queremos saber qué pájaros y en qué número eligen nuestras latitudes para pasar los rigores invernales. También si con esto del cambio climático están cambiando algunos sus hábitos migratorios, como ya se ha detectado con cigüeñas y golondrinas.

El Archipiélago canario está en medio del Atlántico, por lo tanto muy alejado de las rutas migratorias habituales de las aves. Llegar hasta allí se les debe hacer excesivamente complicado. Sin embargo, estos días de pateo por Lanzarote me he llevado unas cuantas sorpresas agradables. Por ejemplo en La Geria, ese inmenso queso de gruyere volcánico donde viñedos e higueras se plantan en el interior de pequeños cráteres abiertos en el negro lapilli. Allí hay una antigua fuente, tan miserable que sólo manaba unas pocas horas diarias, justo al amanecer. Donde en tiempos de sequía la gente iba de noche a coger sitio, no más de una botella por familia. Y que ahora, olvidada, rodeada de unos pocos arbustos, es el lugar elegido por un nervioso petirrojo (Erithacus rubecula) procedente de Centroeuropa para pasar el invierno en tan recóndito lugar.

Más tarde, en el parque de un pueblecito cercano, me he encontrado con algo aún más extraordinario, un rarísimo mosquitero bilistado (Phylloscopus inornatus) oriundo de Siberia. Apenas 6 gramos de peso, tres continentes a donde ir y eligió las Afortunadas. No es tonto el pajarito. Para que luego pensemos que el turismo de invierno es algo reciente que hemos inventado nosotros.

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En la foto, como no podía ser de otra manera, podéis ver al raro mosquitero bilistado. Bonito ¿verdad?

La “Milana bonita” va de cráneo

Estos días de invierno resulta casi imposible caminar o conducir en coche por el centro de España sin toparse en algún momento con la silueta grandiosa y acrobática del milano real (Milvus milvus).

Imponente, pausada, la rojiza rapaz de cola ahorquillada sobrevuela nuestros campos a la busca de algún pajarillo atropellado, de alguna carroña de poco pelo, de algún topillo adormecido. Es la auténtica “milana bonita” que inmortalizara como Azarías el mítico Paco Rabal en la famosa versión cinematográfica de la obra de Miguel Delibes Los Santos Inocentes. Pero no se engañen. En esa versión la milana es una pequeña grajilla (Corvus monedula), nada que ver ese córvido con nuestro magnífico milano real.

Los que ahora vemos en España son en su mayoría ejemplares centroeuropeos que pasan con nosotros el invierno lejos del hielo y el hambre de sus países de origen. Su costumbre de juntarse por las noches en dormideros comunales les hace parecer muy abundantes, pero es un error. En realidad cada vez quedan menos.

Los resultados del último censo nacional de milano real invernante realizado por SEO/BirdLife en 2004 muestran una reducción próxima al 50% en tan sólo diez años, situando a la especie en un estado de conservación muy complicado. Este descenso se debe tanto a la disminución de la población de milanos del norte de Europa que pasa el invierno en España, como a la reducción de la población reproductora residente en nuestro país.

La población invernante en España es de unos 30.000 milanos reales frente a los 54.000-62.140 censados en 1994, incluidas las 2.000 parejas sedentarias, las que viven todo el año aquí.

A pesar de ser tremendamente beneficiosos para la agricultura e incluso la caza, venenos, tendidos eléctricos, aerogeneradores y algún que otro cazador desaprensivo están detrás de su extinción. Por eso, cada vez que estos días me cruzo con un milano real lo miro, sabiendo que él me mira con su vista agudísima y le dio las gracias ¿Por qué? Sólo por estar ahí, volando cual cometa, alegrándonos los grises cielos invernales con sus vuelos de trapecista.

¿No os pasa a vosotros lo mismo? Si has visto alguno estos días, cuéntanoslo.

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Os dejo aquí unas fotos del milano real verdaderamente hermosas, adornadas con la musica del Canon en re mayor de Pachelbel.

Y aunque sólo sea por alusiones, también os incluyo la famosa escena de la “milana bonita” de Los Santos Inocentes. Y recordad, no es un milano, es una grajilla amaestrada 😉

Llegan las aves del frío

Dicen en el norte de Burgos que

“cuando las grullas van para Castilla, coge el hacha y haz astillas”

esto es, prepara la calefacción que llega el frío, y este otoño las vocingleras damas han llegado más pronto de lo habitual a España.

Las primeras grullas (Grus grus) se han dejado ver ya en las dehesas de Cáceres y Salamanca, así como en la laguna aragonesa de Gallocanta, mientras el grueso de la expedición todavía se agrupa nerviosa en sus santuarios alemanes de Oberes Rhinluch y la isla de Rügen . ¿Querrán decirnos algo?¿Quizá que se avecina un invierno duro?

Tomémoslo al menos como un indicio, el primero.

Pero tenemos en el campo un segundo aviso en forma de pájaro. Son las avefrías o nevaderas (Vanellus vanellus), cuyo nombre nos las señala claramente como heraldos del tiempo invernal que se nos viene encima.

A pesar de criar en prácticamente todo el interior peninsular, las avefrías lo hacen en escaso número, no más de 1.600 parejas. Y es precisamente ahora cuando comienzan a llegar las primeras avanzadillas de sus poblaciones norteñas, varios millones de aves, anunciadas por el inconfundible trompeteo de su reclamo.

Estas pequeñas aves blanquiegras, cuyo estilizado penacho nos hace verlas como recién salidas de una peluquería punky, tienen otra denominación curiosa. En ambas mesetas y Navarra se las llama “quince” o “quinceras”, debido a la creencia de que sus bandos suelen rondar ese número, “la niña bonita“.

Una idea que yo siempre me creí, hasta que un invierno vi en Villafáfila (Zamora) una gigantesca agrupación con más de 100.000 ejemplares. Ahí acabó mi confianza ciega en las leyendas, aunque no mi fascinación por ellas.

Junto a grullas y avefrías, gansos, porrones, cercetas, limícolas y toda una amplia panoplia de aves acuáticas han comenzado a llegar a sus casas de invierno, nuestras lagunas y marismas, tan suyas como sus fiordos y tundras veraniegos.

Aunque si les soy sincero, otro bioindicador me ha anunciado incluso antes de estas aves la llegada del frío: el primer catarro de la temporada. Éste, como grullas y avefrías, también nunca falla.

La fotografía de las dos grullas es de Helios Dalmau Morago y está hecha en Gallocanta. Sobre estas líneas, una inconfundible avefría.