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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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El anticiclón eterno se lleva la nieve de las montañas en tiempo récord

Los mayores del mundo rural, nuestros sabios y sabias de la tierra, están espantados. No recuerdan un invierno como éste, tan primaveral e incluso veraniego.

En realidad no hemos tenido invierno. Desde la segunda mitad de diciembre, en lugar de heladas hemos sufrido un eterno anticiclón que algunos ya han moteado como “monstruo meteorológico“.

Ha llovido poco, ha nevado menos, y los calores se han llevado esa escasa nieve caída a la alta velocidad en que el calor es capaz de fundir el hielo.

El cambio climático ha llegado y todo apunta a que viene para quedarse.  Lee el resto de la entrada »

Las lluvias resucitan el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel

Aunque nunca llueve a gusto de todos, las torrenciales lluvias del último mes, unidas a las importantes nevadas, han logrado resucitar el sediento Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Algo tan natural como que los ríos Guadiana y Cigüela volvieran a llevar agua en sus cauces obraron el milagro.

Mientras a primeros de diciembre el parque estaba completamente seco y sus entrañas de turba se consumían en un infierno de fuego subterráneo, hoy tiene encharcadas 160 hectáreas y el incendio está en proceso de extinción.

De todas formas, tampoco podemos echar las campanas al vuelo. Primero, porque tener con agua 160 de sus 1.750 hectáreas inundables no es aún una cifra de locura.

Segundo, porque el problema de las Tablas de Daimiel sigue siendo la sobreexplotación del acuífero 23, un gigantesco embalse subterráneo de 5.000 kilómetros cuadrados. Si no hacemos algo, todo ese agua que ahora llega generosa acabará saliendo por los más de 23.000 pozos que perforan el subsuelo, secando de nuevo nuestro triste Parque Nacional.

Y en tercer lugar está la mentira de los millonarios trasvases salvadores. El del Tajo-Segura primero, y ahora el de la Tubería Manchega, nunca lograrán sustituir a los aportes naturales de los ríos y arroyos.

Si alguien todavía cree que Las Tablas de Daimiel se van a salvar gracias al agua de una tubería, o es tonto, o piensa que los tontos somos nosotros.

Como estas lluvias nos han demostrado, el Parque Nacional sólo puede y debe recuperarse con agua de la cuenca del Guadiana, gracias a una gestión racional y sostenible de los recursos hídricos. O el próximo invierno volveremos a llorar por Daimiel.

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Foto: El Parque Nacional de las Tablas de Daimiel la pasada semana, otra vez con agua. EFE/A. de la Beldad

Demasiada sal contra la nieve mata árboles

Vivimos en un país de excesos. Ante un problema, o no hacemos nada o nos pasamos tres pueblos. Nos ocurre con la nieve. Para garantizar unas carreteras libres de hielo, el Plan de Nevadas del Gobierno prevé arrojar este invierno 16.524 toneladas de sal sobre el viario público, que se añaden a las tiradas a mansalva por los Ayuntamientos. De paso se matan miles de árboles, contaminando gravemente arroyos y acuíferos, por no hablar de la corrosión de los vehículos. Son los previsibles “daños colaterales” de los que nadie parece acordarse.

Diréis que primero es la seguridad vial y tenéis razón. Pero como en todo, en la medida está la virtud. Y con la sal en las carreteras las cantidades arrojadas sólo por precaución, o por si acaso, son a todas luces excesivas.

La primera alternativa sería esa, utilizar el cloruro sódico para impedir la formación de hielo en el asfalto sólo cuando sea necesario.

La segunda posibilidad es utilizar siempre que se pueda los métodos mecánicos, como palas y quitanieves.

Y una tercera posibilidad es usar otros productos químicos menos agresivos para con el medio ambiente, por que los hay. Como arena, salmuera (sal disuelta en agua, lo que reduce la concentración), e incluso sustancias del tipo del acetato de calcio y magnesio o el acetato de potasio, base de los anticongelantes comerciales libres de cloro.

En Berlín son los ciudadanos quienes deben limpiar la nieve de sus aceras o portales, y si usan sal para facilitar el trabajo pueden ser multados con hasta diez mil euros.

Aquí en España la arrojamos en cantidades ingentes en nuestras ciudades, sin control alguno, y cuando pasa el temporal el sobrante suele terminar en los alcorques de nuestros sufridos árboles urbanos, en las cunetas y en los ríos.

¿No os parece que en estos preciosos días invernales se puede usar la sal con más cabeza medioambiental?

¿Esquí todo el año?

Las cerca de 30 estaciones de esquí españolas recibirán esta temporada 7,5 millones de visitas de entusiastas del deporte blanco. Su llegada supone una avalancha de dinero a las tradicionalmente desfavorecidas zonas de montaña, pero también acaba con la tranquilidad de los últimos lugares vírgenes del país.

Ambas opciones, ocio y protección de la naturaleza, son perfectamente compatibles, aunque pocas veces se logra el tan ansiado equilibrio. El cambio climático por un lado, responsable de que cada vez nieve menos, está obligando a suplir artificialmente con cañones esas precipitaciones heladas que la naturaleza nos niega, a poner las pistas a mayor altura, a buscar nuevos lugares más rentables. Y por otro lado está el interés empresarial, ávido de ampliar las temporadas el máximo de meses posible, de desarrollar grandes proyectos inmobiliarios y comerciales lo más cerca del millar de pistas de las que disponemos en la actualidad.

Todos los excesos son malos, y llevar nuestros humos, ruidos, basuras y masificación a 2.000 metros de altura no deja de ser otro exceso más. Si muchos de los amantes del esquí visitaran esas pistas maravillosas durante el verano se quedarían aterrorizados al ver lo que se esconde bajo la nieve: arroyos canalizados y contaminados, montañas dinamitadas, carreteras, aparcamientos, escombros, tendidos eléctricos, microciudades fantasmas.

La gente de la montaña necesita al esquí para vivir con dignidad en esos lugares tan difíciles y hermosos. Pero no se puede hacer a cualquier precio. Hay que mejorar las instalaciones, hacerlas más sostenibles, no más grandes, no más artificiales, no más numerosas. O acabaremos convirtiendo nuestros paisajes alpinos en unos parques temáticos más, ajenos al entorno, a la población local y a su cultura. Podremos esquiar en esas pistas todo el año, es verdad, pero será como hacerlo bajo una nave climatizada de Dubai.

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Os dejo un vídeo de Ecologistas en Acción donde se critica el desmesurado consumo de combustible que supone la semanal invasión de fin de semana a las montañas con nieve.

La foto superior corresponde al “telesilla del amor” instalado en la estación aragonesa de Cerler. Sin comentarios.

El esquí amenaza a las montañas

Pocas actividades pueden parecer más atrayentes para un amante de la alta montaña que practicar el esquí. Y sin embargo, pocas actividades tienen un impacto más terrible en esos mismos lugares a los que nos acercamos masivamente en estas fechas dispuestos a disfrutar de nuestro deporte favorito. Ahora no lo vemos, pero cuando la nieve se retire dentro de unos meses quedarán patentes todas esas grandes infraestructuras levantadas a mayor gloria nuestra, localizadas en lugares hasta hace poco prácticamente inaccesibles.

Y como este “oro blanco” es cada día más escaso frente a un interés creciente por disfrutar de él, todas las estaciones cuentan ahora con costosísimas instalaciones de producción de nieve artificial, despilfarradoras de una energía eléctrica cuya producción es en parte culpable de que ya no nieve, conducida a través de grandes tendidos que destrozan un paisaje único.

Por otro lado, las grandes aglomeraciones humanas concentradas en un espacio especialmente sensible como es el alpino provoca serios quebrantos al ecosistema. Y lo que es aún peor, estas estaciones vienen siempre acompañadas de impactantes proyectos urbanísticos surgidos a su alrededor.

En Pirineos, pero sobre todo en la Cordillera Cantábrica, los proyectos de construcción de nuevas pistas de muy dudosa rentabilidad amenazan los últimos lugares vírgenes de España. Paralelamente se están promoviendo locuras como la gran pista de “esquí seco” de Tordesillas (Valladolid), unas obras declaradas ilegales y donde ya se han enterrado más de 12 millones de euros.

¿Es que ni esquiar vamos a poder hacer sin recibir las críticas ecologistas? En absoluto, pero tampoco podemos querer convertir hasta la última de nuestras montañas más o menos nevadas en un remedo de Chamonix. Además existen otras modalidades mucho menos agresivas y más próximas a la idea del disfrute pleno de la naturaleza, como el esquí de travesía o el esquí nórdico. Claro que de esa manera es mucho más difícil lucir modelito.