Entradas etiquetadas como ‘etiquetas’

(De)construyendo nuestra historia

Por Andrea Cay, (@AndCay_)

Nacemos y no conocemos nada. Somos puras, estamos limpias. No sabemos de género ni identificamos el concepto de otredad. Sin embargo, llegará un momento en el que reconozcamos nuestro nombre y sepamos que tenemos un lugar en el mundo. Y ahí, amigas, vienen los problemas.

Identificamos dos cuestiones básicas: quiénes somos y en qué familia estamos. Esta etiqueta no elegida formada por un nombre y un apellido (en los casos más normativos) será la primera que se encuentre en nuestro camino.

Nuestro cuerpo va creciendo, crece de tal manera y acaba tan infectado de la información que recibimos, que olvidamos que junto a él se escribe nuestra historia. Es nuestro instrumento más vulnerable y con el que vamos a exponernos al mundo que estamos conociendo, pero en algún momento del tiempo, comenzaremos a tratarlo como un ente externo de nosotras mismas. Ya no sabremos si queremos que forme parte de nosotras. Para muchas será nuestro primer gran enemigo.

En la mayoría de los casos, en la adolescencia comienzan lo que van a ser nuestras luchas y estamos tan ensimismadas en categorizarlas, que no nos paramos a entenderlas y a vivirlas realmente. Solo nos han enseñado que tenemos que ser un conjunto de etiquetas para poder centrarnos en el camino y, sobre todo, encontrar al enemigo común junto a las que creemos que son las nuestras en un primer momento. Lee el resto de la entrada »

¿Quién teme a lo queer? – Lo que somos: autobiografía, ficciones y dramas

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

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Quizá el objetivo más importante de nuestros días es descubrir lo que somos,

pero para rechazarlo.

Michel Foucault.

 

No me atrevo a hablar en nombre de ninguna otra, lejos de perpetuar la idea de que las mujeres trans somos un bloque homogéneo de prácticas e ideas, defiendo nuestro derecho a la cobardía, a la alienación, a ser completas gilipollas, a equivocarnos, a ser unas bocazas y a dramatizar.

Alana Portero.

 

No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Virginie Despentes.

 

¿Qué/quién soy? Cuerpo, nombre, memoria, proyección. Lo que somos. Expresión, performance, significante en mapa, cuerpo-texto, herida abierta, preconsciencia. Lo que somos. Ultraconscientes del autoengaño, exposición, venta y consumo. Titubeo, mentiras, verdades como puños, verdades con patas. Fracasos, errores, esperanzas. Lo que somos.

Soy Víctor Mora, y ahora mismo escribo desde un portátil en el salón de mi casa. Esto va cambiando, a veces escribo en bibliotecas o en bares, en cuadernos y libretas. Escribo todos los días y todos los días soy Víctor Mora, aunque ya he asumido que esa persona son varias personas como, creo, cualquiera. He aprendido a convivir con los fantasmas que me componen, a entender que el yo que escribe ahora no es más que uno de ellos y que no es desde luego más importante que el resto. He vivido en Madrid más de la mitad de mi vida. He trabajado la noche y los clubs. He sido imagen, DJ y cantante de una banda electrorock. Fui teleoperador erótico, camarero en saunas gays y dependiente en tiendas de moda gótica. Me maquillaba, tenía el pelo largo y estaba obsesionada con la delgadez. Performaba la feminidad sin considerarme mujer, es decir, sin serlo. Pero sí sabiendo que tenía que explorar lo femenino y expresarlo. Era mi espacio en el género. Era un lugar de emancipación. Fui por fin el putón que tanto ansiaba ser, el de Ziga, el que añora ser la niña que no se atrevió a pedir que la dejaran ir con boa de plumas y sombra azul al colegio. Quise ser Miss Guy de Toilet Boys. Tacones, medias de rejilla, labios rojos, eyeliner, pelo cardado y maquillaje hasta en el corazón, como cantábamos en nuestro primer single post-Naranjo. Lee el resto de la entrada »

¿Quién teme a lo queer? – Punto muerto: Qué/Cuándo es queer

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

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“Manhattan, 1989” por TL LITT. Disponible en http://www.whosestreets.photo/queeractivism.html

Hace ahora un año escribía sobre el punto muerto de lo queer, sobre ese lugar al que habíamos llegado y desde el que no sabíamos muy bien hacia dónde ni cómo continuar. Mi sensación entonces era que habíamos alcanzado una suerte de atalaya teórica, una cima que no nos permitía ver nuevas líneas de avance y que, además, no resolvía todos los problemas. Es más, se planteaban nuevos (porque de eso se trata en definitiva), y nos encontrábamos también afrontando la deriva más o menos inesperada de lo queer como ‘chic cultural’, asociado tanto a proyectos académicos sospechosamente elitistas como a productos culturales mainstream que poco o nada reflexionaban sobre la precariedad o los márgenes del texto. Parecía que bastaba con que cualquier artista revestido de aroma contracultural se autoetiquetase como queer para convertir su discurso en ‘disidente’, ‘outsider’ y/o ‘revolucionario’, vaciando de contenido esas palabras y, ya de paso, despolitizando toda potencialidad transformadora de lo queer. Como una praxis de resignificación de lo abyecto social hacia lo burgués inofensivo, hacia lo estético sin contenido (como vimos con el punk, como hemos visto, ay, tantas veces). La fuerza cultural del capitalismo esteticista y modulador hacia el consumo actuaba sin pausa, como ha hecho siempre que detecta un movimiento de peligro. Urgía preguntarse sobre ese punto muerto, urgía replantear qué/cuándo es queer. Lee el resto de la entrada »

¿Quién teme a lo queer? – Metrología y estándares: sobre/por/contra la tolerancia

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

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Me atrevería a tomarme la libertad de invitar a los que se encuentran al frente del gobierno y a aquellos que están destinados a ocupar puestos elevados a que se dignasen considerar (…) si aquello que ha sucedido en determinadas circunstancias debe suceder en otras; si las épocas, la opinión, las costumbres, son siempre las mismas.

Voltaire

 

¿Qué es la tolerancia? Esta es, en principio, la pregunta que guió a Voltaire en su tratado de denuncia contra el fanatismo religioso. Los seres humanos, con independencia de nuestras creencias y convicciones, estamos llenos de flaquezas y errores, debemos aprender a perdonarnos, debemos convivir. Convivencia que, en Voltaire, pasaba por el filtro social de la tolerancia, destilador moral al que debía someterse todo asunto de la polis con el fin de alejar para siempre las desgracias que acarrea el dogmatismo fanático.

La tolerancia como argumento, como ejercicio individual y social se utiliza regularmente en democracia y se aplica a cuestiones tan dispares como puedan ser las diferencias ideológicas o las identidades no normativas. Y es algo que, no obstante, nos fuerza a un marco algo problemático. ¿Por qué? En ocasiones la tolerancia se dibuja como una suerte de atalaya moral desde la que mirar aquellas prácticas con las que no estamos conformes ni de acuerdo, y que nos pueden parecer en buena medida condenables, pero que permitimos. Una fórmula que encierra contrariedades, ya que parece construirse sobre parámetros desiguales: siempre habrá un modelo tolerante y una pieza tolerada, que quizá sume a su carga cierto rastro de perdón (u obligatoria gratitud) por este permiso concedido de existencia social. La tolerancia, sin embargo, emerge como valor en el corpus político a modo de orgullo nacional, como un pin, una medalla que nos hace de pronto bondadosas. Somos tolerantes. Lee el resto de la entrada »

Etiquetas, ¿para qué os quiero?

Por Marta Márquez (@marta_lakme) escritora y presidenta de Galehi, asociación de familias LGTBI

Foto: Dean Hochman

Antes de nada, deberíamos preguntarnos qué son las etiquetas, para qué sirven y, sobre todo, hasta cuándo las vamos a utilizar.

Las etiquetas son esos cajoncitos donde separamos cada cosa o persona para que todo esté ordenado. A veces nos cuesta decidir dónde va cada una porque podría encajar en varias de las cajitas, pero finalmente siempre acaba en una concreta porque así nos es más fácil organizarnos. Al ver a una persona recibimos demasiada información sobre ella y el cerebro humano necesita minimizar su esfuerzo y, por ello, generaliza. Podríamos dar una larga lista de etiquetas que hemos utilizado y utilizamos casi a diario para con las personas: alta, bajita, gorda, rubia, cotilla, zorra, lesbiana, maricón, travelo. Lee el resto de la entrada »

Mis perspectivas de futuro ante la sonriente destrucción de la individualidad

Por Carolina Laferre (@TSM_es), de Trans·socialmedia – Identidades 3.0

Foto: Ted Eytan

Oscar Wilde dijo en cierta ocasión que “si usted sabe lo que quiere ser, entonces inevitablemente se convertirá en ello”. No sé si para mi madre hubiera sido un castigo. Creo que ya nunca lo sabré. Me pregunto si “travestirse” como niño y jugar un papel masculino incluso cuando me sentía niña fue útil para mí o para mi madre. Ciertamente sí lo fue para licenciarme en una carrera o para conseguir un buen trabajo y ser “aceptado” -más o menos- en mi entorno familiar. A lo largo de una vida, se vuelca todo el amor y el odio del ser humano, mientras te intimida fijamente.

Hay una verdad en todo esto de “lo transgénero”, cruzando vidas entre instantes vitales, mientras vives otras vidas en paralelo, durante tiempos interminables. Es evidente que todos debemos cruzar el río en un momento determinado de nuestra vida. Hay quienes no son capaces de ello y aún no lo han cruzado, ni serán capaces de hacerlo. Después de todo lo que ha ido aconteciendo en estos últimos cuatro años en cuanto a la transexualidad se refiere, creo que no soy de esas personas que sobreactúan su identidad, o que quizás manifiestan el peso de sus traumas anteriores con una actitud de liberacionismo profesional. No merece la pena. No me merece la pena, a fin de cuentas. Lee el resto de la entrada »

Elogio a las etiquetas

Por Marcos Ventura Armas (@MarcosVA91) Licenciado en Derecho y activista Gamá, Colectivo LGTB de Canarias

Foto: Pedro Ribeiro Simões

En un reciente artículo de un medio digital se podía leer la siguiente declaración literal de un conocido ensayista gay:

“La propuesta ideal sería erradicar y abolir el concepto del género y la orientación sexual, pero ahora son utópicas, un lugar hacia el que caminar”.

Esta declaración conecta con un sentimiento relativamente extendido entre activistas y personas jóvenes en contra de las “etiquetas”, con el que discrepo.

Las personas no pensamos en la nada. Desde que Kant propusiera su “giro copernicano” sabemos que nuestras capacidades cognoscitivas influyen en la percepción y el conocimiento que tenemos de las cosas. La filosofía del lenguaje enfatiza que el lenguaje no es solo un medio de transmisión de información, sino que estructura y determina nuestro pensamiento. En la práctica política actual tenemos el famoso lema “lo que no se nombra no existe”, tan empleado por el feminismo para promover el lenguaje inclusivo.

Y esto no es en absoluto una cuestión baladí. En la novela 1984, Orwell introduce la idea de un Ministerio de la Verdad, creador y difusor de la neolengua, para controlar a la población al impedirles formas de pensamiento alternativas. Y la posibilidad de un pensamiento alternativo es especialmente necesario para las minorías. Lee el resto de la entrada »

¿Discriminación o #postureo?

Por Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz (@i_elpidio)

Postureo
Fotografía de César Viteri Ramirez

 

Mientras activistas de todos los rincones de España se reuníanhace algunos fines de semana en Madrid por el séptimo Congreso de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales, yo estaba en una plaza pasando frío y siendo confundido con un policía de incógnito o con un heterosexual. Estaba junto a jóvenes no heterosexuales -gais y lesbianas- con los y las que estoy hablando e investigando desde la antropología mientras hacen botellón en una plaza madrileña. Y he de decir que es algo que tiene mucho interés para un historiador del arte y antropólogo (en proceso) no heterosexual como yo.

Aparte de comentarios y opiniones sobre la actividad policial, sobre el precio de las bebidas, o sobre hábitos de fiesta, destaco una cosa: la endoLGTBfobia. Destaco comentarios discriminatorios, insultantes y degradantes entre personas a las que vemos como parte de un mismo colectivo, el LGTB, LGTBI, LGTB+ o en definitiva, el de las personas que no somos heterosexuales. Algunos comentarios pueden pasar por inocentes, por diferencias de estética o por gustos distintos. Pero otros definitivamente no, y creo que necesitamos nombrar, destacar estos comportamientos. Sin un nombre concreto, un comentario denigrante de un gay “activo” hacia uno “pasivo” puede pasar por una broma sin importancia; el llamar “machorra” a una compañera lesbiana puede parecer una simple cuestión de estética; y cuestionar como gay o lesbiana la existencia o la necesidad de reivindicación de las realidades bisexuales y transexuales puede ser visto como una opinión inocente o desconocedora. Al utilizar una palabra concreta para estos y otros muchos ejemplos de comportamientos discriminatorios entre personas no heterosexuales, les damos realidad como discriminación, y sólo así podemos entenderlos para posteriormente enfrentarlos.

Destaco esta palabra, bizarra palabra, por el hecho de que a no demasiada distancia había activistas luchando y organizándose, incluyendo necesariamente la lucha contra la LGTBfobia en general. Una discriminación que en las últimas semanas ha estado más que presente en los medios, entre las cada vez más visibles agresiones puntuales u organizadas: la circular interna del Metro de Madrid que nos señala como un colectivo a vigilar para algunas personas; y por la increíble campaña de #LaLigaArcoIris que ha llevado tanta visibilidad y concienciación en pocos días a un mundo que nos suele ser tan ajeno.

En este contexto puede parecer inocente, egoísta, estúpido y hasta caprichoso pensar en endoLGTBfobia, en la discriminación interna de las personas no heterosexuales, pero quiero convenceros de que no es así. No podemos ni debemos olvidar que esta endoLGTBfobia, que sepamos, no nos deja personas heridas, no nos excluye de producir o consumir bienes y servicios y no lleva a personas jóvenes o aisladas a considerar el suicidio. Hay una clara diferencia cuantitativa y cualitativa entre estas dos formas de discriminación, pero creo que pensar la endoLGTBfobia no es un frente estéril sino que nos lleva necesariamente a comprender más y mejor la discriminación LGTBfóbica en toda su extensión.

Por seguir con los ejemplos de antes: un gay “activo” que piensa que otro “pasivo” es menos que él, no hace más que imitar perversamente lo que un hombre heterosexual homófobo utiliza como discurso contra nosotros. Cuando una mujer lesbiana critica o censura a otra por vestir, hablar y actuar como quiere, y la encasilla por eso como “machorra” o como menos mujer, no hace más que participar de la lesbofobia más generalizada. Por último, todo comportamiento que, desde nuestras filas, discrimina o cuestiona las realidades bisexuales y transexuales no hace más que reproducir las ideas estáticas, cerradas e intencionadas de sexo y género que la LGTBfobia emplea contra nosotras y nosotras en general.

Vista así, la endoLGTBfobia no es más que un desplazamiento perverso, es un intento de transformar una discriminación generalizada hacia un colectivo más pequeño. Este intento de redirigir la discriminación tiene una dimensión de poder siempre: no discrimina necesariamente quien quiere, sino quien puede. En definitiva, nombrar la endoLGTBfobia nos permite verla y entenderla. Esto nos permite no sólo enfrentarnos a estas formas comparativamente menores de discriminación, sino sobre todo al carácter arbitrario, intencionado y de dominación de toda LGTBfobia. Viendo que la discriminación interna dentro del colectivo no es natural sino motivada, podemos entender y defender que la LGTBfobia es un comportamiento de discriminación siempre cultural e ideológico, y por ello susceptible de cambio.

Elegir no es una opción

                                                   Por Esperanza Montero, cantante y compositora, activista bisexual y lgtb en Cogam  y soñadora en alto en sus ratos libres

Fotografía de Manuel
Fotografía de Manuel

Probablemente uno de los días más difíciles en mi vida fue aquel en el que pude decirme a mí misma que me atraían las mujeres. Luego llegó una larga retahíla de preguntas: ¿qué soy? ¿Me he convertido en lesbiana? ¿Dejarán de gustarme los hombres?

Las etiquetas ayudan a conformar el quiénes somos y lo que se espera de nosotros. Pero ¿qué sucede si no sé quién soy? ¿Qué sucede si ni yo misma sé lo que se espera de mí? Lamentablemente, la sociedad cree que el mundo existe mayoritariamente en binario. O eres heterosexual o eres gay/lesbiana. Parece que para encajar debes elegir lado, como si la orientación se configurase con un botón de apagado/encendido de atracción hacia un género u otro.

Pero no es cierto. No en todos los casos. Elegir no es una obligación. Puedes no elegir porque aún no conozcas tu identidad, puedes no hacerlo porque tu identidad sea la de no elegir o incluso puedes luchar por vivir en un mundo en el que las etiquetas no sean necesarias.

10 años después de ese primer día, conocí a una persona que cambió mi vida. “Hola, soy Arantxa y soy bisexual”, dijo. A lo que respondí sin pensarlo: “Hola, soy Esperanza y creo que también”. En dos minutos, esa persona logró solucionar un conflicto que llevaba durando demasiado tiempo en mi vida.

Las personas bisexuales sentimos atracción sexual, emocional y/o romántica por personas de más de un género y/o sexo. Y lo hacemos no siempre de la misma manera, ni con la misma intensidad, ni necesariamente al mismo tiempo.

No se trata de una única etiqueta sino de un paraguas formado de muchas etiquetas que se corresponden con maneras de sentir diferentes que poseen en común el hecho de no elegir, de no sentir en binario, de no encajar en un mundo que nos obliga a tomar decisiones restrictivas de quién somos o debería de atraernos.

Esto supone, entonces, que no todos los hombres que sienten atracción por hombres sean necesariamente gays. Que no todas las mujeres que sienten atracción por mujeres son necesariamente lesbianas.

Pero, sobre todo, lo que determina es que no hay prisa por elegir, ni es necesario que encuentres una etiqueta para llamar a lo que sientes, salvo si tú la necesitas. Sientas como sientas, está bien. Sientas como sientas, no estás solo.

Ese 1 de cada 10 es diverso y está conformado por muchas maneras de sentir. No existe una más legítima que otra.

Retrato de familia: Técnicas de enfoque para lesbianas

Por Laura Ramírez Martín

 

Decía que no se nos ve.

Y yo sé que estar, estamos, ¿qué sucede entonces?

Después del primer ejercicio de auto-focus pienso en el hombre desenfocado de Woody Allen en ‘Desmontando a Harry’ (que me parece brillante) y me apetece desarrollar la idea de la visibilidad lésbica como asunto de enfoque.

 

(El vídeo es la versión original, para no perder los matices. La traducción sería algo así: – Mel, ven aquí. Estás… no sé cómo decírtelo, pero… no das la imagen. – He ganado algo de peso, sí, pero es que… – No, no es eso. Estás… borroso, estás… desenfocado.)

 

Enfocar (Según el DRAE)

1. tr. Hacer que la imagen de un objeto producida en el foco de una lente se recoja con claridad sobre un plano u objeto determinado.
2. tr. Centrar en el visor de una cámara fotográfica la imagen que se quiere obtener.
3. tr. Proyectar un haz de luz o de partículas sobre un determinado punto.
4. tr. Dirigir la atención o el interés hacia un asunto o problema desde unos supuestos previos, para tratar de resolverlo acertadamente.

 

No iba yo mal. Definitivamente nos encontramos ante una cuestión de enfoque y no solo fotográfico, sino en todas sus acepciones: Aquí se habla de recoger con claridad una imagen, centrar en el visor, proyectar luz, dirigir la atención y el interés hacia un asunto o problema.

Y tenemos un problema, así que hagamos lo propio.

 

  1. Técnicas de enfoque para lesbianas

La primera acepción habla de óptica. Se refiere a la nitidez del sujeto, en este caso de la lesbiana, sobre el fondo dado, en este caso la familia y ya determinado por dios padre y la santa madre iglesia. Lo fundamental es ajustar la mente, digo la lente con que se mira y dirigirla a ella, a la lesbiana sin dilación. Accionar el mecanismo tantas veces como sea necesario hasta ver claramente los contornos y los detalles.

Pareja desenfocada y enfocada

El enfoque es asunto de quien mira. Pero no de sus ojos, o no solo, sino de su capacidad, su interés, de si pone o no cristal y si lo limpia o lo tiñe con algo.

Los ojos, como las cámaras fotográficas no son más que herramientas, sirven para ver pero miramos con la intención. Mirar es una actividad deliberada, consciente y responsable. Se mira aposta.

Queridos lectores, hoy aprenderemos cómo mirar lesbianas, esa especie exótica o rara avis de lejanos e inexplorados territorios allende los mares. Así que a continuación y para leer esto con propiedad, pongan por favor voz interna de Félix Rodríguez de la Fuente.

Dentro de su hábitat, la lesbiana común es fácil de ocultar, por los demás y por ella misma. Porque nada tienen de especial dos mujeres que se dan la mano, ya lo dice la canción.

¡Simplifiquemos!, dice la Norma. ¡Eliminemos los matices!, corea el pueblo. Y vitorea: yupi.

– Hija, ¿tu amiga viene a comer? Es que tu hermana me ha dicho que trae a su novio y es por saber cuántos somos…

Lo más normal del mundo, ¿verdad? Y yo puedo contestar. Contestar sí o no, con un punto de tristeza antigua, conformada por los años, conformista pues y perfectamente educada.

Y así mi madre sabe si echar un puñado de garbanzos más o menos al cocido. Vital, el asunto.

Me llamaréis pesada, pero es que esto me obliga a mantener a raya las puertas del armario constantemente. Y con sinceridad, es un tostón. La pesada es mi madre. Los pesados sois vosotros. ¡Mirad cómo miráis!

Llamad a las cosas por su nombre y acabemos con esto de una vez. ¿A usted le gustaría tener que andar siempre señalando su condición de heterosexual? Pues no lo hagas, me dirá alguien… que siempre estáis igual, con las reivindicaciones y blablá…

Ya, ¿qué le dices a alguien que te llama María cuando te llamas Marta? Igual le comentas algo… ¿le sacas de su error o le dejas que te cambie el nombre? Total, si es solo una letra y una tilde. (Lo peor es que aún habrá quien pensará ¿una letra y una qué? Pero aquí no entro, parto de unos mínimos).

Así que protesto. Con mi estandarte casero pequeñito y la bocaza que me ha tocado en la rifa, para cruz de mi madre (piensa ella). Por los detalles con importancia (pienso yo).

– Mi novia, mamá. – Le digo
– Ya, bueno… ¿pero viene o no? Que es lo que importa.

Pues no. No es lo que importa porque ya se sabe que donde comen cuatro comen cinco, pero si tú no dejas de llamar ‘amiga’ a mi novia, tú no me estás mirando. Estás mirando a través de mí; o te has quedado corta. Miras una proyección que te inventaste, no soy yo. Ves el bulto, te pierdes los detalles. ¡No me enfocas!

Si esto hace mi madre, que me quiere, ¿qué no harán los demás?

Retrato de Familia, de Laura Ramírez
Retrato de Familia, de Laura Ramírez

(Gracias a Sofía, Elena, Silvia, Luis, María, Diego y Aníbal por prestarse a representar un papel que no es suyo)