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El cerebro de una TERF

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)

 

Lo que te llaman mientras te matan importa

Por Charo Alises (@viborillapicara)

 

Dice la OSCE ( Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, que un delito de odio es toda infracción penal, incluidas infracciones contra las personas y contra la propiedad, cuando la víctima, el lugar o el objeto de la infracción son seleccionados a causa de su conexión, relación, afiliación, apoyo o pertenencia real o supuesta a un grupo que pueda estar basado en la raza, origen nacional o étnico, idioma, color, religión, edad, discapacidad física o mental, orientación sexual u otros factores similares, reales o supuestos.

Cualquier delito de los contemplados en el Código Penal puede ser considerado un delito de odio si está motivado por un prejuicio.

La consecuencia de calificar una infracción penal como delito de odio es que se producirá un agravamiento de la pena.

La gravedad del delito de odio radica en que no solo afecta a la víctima sino que lanza un mensaje de intolerancia a todo el colectivo al que la víctima pertenece.

Cuando nos encontramos frente a un posible delito de odio, el principal objetivo de la actividad probatoria debe ser acreditar la motivación discriminatoria del hecho punible ya que, solo así, se podrá aplicar al tipo básico la agravante del artículo 22.4 del Código Penal.

Uno de los medios para acreditar la motivación discriminatoria del delito son los llamados indicadores de polarización. Los indicadores de polarización son indicios que señalan que estamos ante un delito de odio:

-Percepción de la víctima.
Siguiendo las recomendaciones de la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI), la sola percepción de la víctima de haber sufrido un delito por motivos discriminatorios, debe llevar a las autoridades a emprender una investigación para confirmar o descartar la naturaleza discriminatoria del delito. Esta percepción no conlleva la automática consideración de los hechos como constitutivos de un delito de odio pero si compele a las autoridades a realizar las diligencias indagatorias que sean necesarias para averiguar el posible móvil discriminatorio del hecho punible.

-Pertenencia de la víctima a un colectivo o grupo minoritario.
Víctima de un delito por motivos étnicos, raciales, religiosos, de orientación o identidad sexual, discapacidad, etc. También puede ocurrir, que una persona no perteneciente a un colectivo vulnerable sea víctima de un delito de odio, bien por asociación (relación de la víctima con ese colectivo por motivos familiares, profesionales o de otra índole) o por error (víctima percibida como miembro de un colectivo vulnerable sin serlo).

-Expresiones o comentarios al cometer el hecho.
En este caso, se recomienda que sean recogidas con toda su literalidad en las declaraciones de la víctima o testigos y destacadas a ser posible usando letras mayúsculas y en negrita.

-Tatuajes o la ropa
La ropa o los tatuajes del autor de los hechos en muchas ocasiones estarán, por su simbología relacionada con el odio, muy gráficos para acreditar el perfil del autor y la motivación del delito. En este sentido, la policía deberá aportar informes fotográficos incorporados a los atestados que reflejen todos estos datos.

– Propaganda, estandartes, banderas, pancartas etc de carácter ultra.
La propaganda, estandartes, banderas, pancartas y otros objetos de carácter ultra que porte el autor o que puedan ser encontrados en su domicilio, son también indicadores de que los hechos denunciados pueden ser constitutivos de un delito de odio. Todos estos efectos deben ser filmados o fotografiados para su incorporación al atestado. El análisis de estos efectos, requerirá un conocimiento por parte de los investigadores de lo que se denomina la simbología del odio.

– Relación de la persona sospechosa con grupos ultras del fútbol.
En este caso, será necesario cruzar los datos de que dispongan los coordinadores de seguridad de estadios de fútbol en aplicación de la legislación de violencia en el deporte.

– Antecedentes policiales de la persona sospechosa.
Es también un indicador el hecho de que la persona sospechosa haya participado en hechos similares o por sido identificado anteriormente en la asistencia a conciertos de carácter neonazi de música RAC/OI, asistencia a conferencias, reuniones o manifestaciones de carácter ultra caracterizadas por su hostilidad a colectivos minoritarios. En este supuesto, se recomienda solicitar estos datos a los grupos de información de los cuerpos policiales.

– Lugar donde se comete el delito (proximidad centro de culto, bar de ambiente LGBT etc.).

-Relación del sospechoso con grupos o asociaciones caracterizadas por su odio, animadversión u hostilidad contra colectivos de inmigrantes, musulmanes, judíos, homosexuales.

-Fecha de comisión señalada para el colectivo afectado (Día del Orgullo LGTBI), o para el autor de los hechos (día del nacimiento de Hitler).

– La aparente gratuidad de los hechos denunciados.

La aparente gratuidad de los hechos denunciados, particularmente si son violentos y la víctima pertenece a un colectivo minoritario, es el indicador más potente de que nos encontramos frente a un delito de odio. Cuando una agresión o unos daños intencionados no tienen explicación verosímil y la víctima pertenece a un colectivo minoritario por su origen, etnia, religión, orientación o identidad sexual, el color de su piel o sus rasgos físicos, es muy probable que nos encontremos frente a un delito de odio y que la verdadera motivación del delito sea la pertenencia de la víctima o su relación con dicho colectivo.

Ahora bien, la presencia de dichos indicadores no demuestra por si sola la existencia de un delito de odio. Los móviles de odio solo quedarán demostrados tras una investigación rigurosa y exhaustiva cuyo resultado sea ratificado por un órgano judicial.

Si se dan los indicadores de polarización, el hecho debe quedar registrado como un delito de odio y se ha de emprender una investigación más profunda sobre el móvil del delito.

Por tanto, son importantes las expresiones proferidas a la víctima durante una agresión para calificar un hecho como delito de odio. Lo que te llaman mientras te matan importa.

 

“Luta contra a Homofobia. Foto: Guilherme Santos/Sul21” by Brasil de Fato is licensed under CC BY-NC-SA 2.0

La fiesta de los que no éramos invitados a la fiesta

Juan Andrés Teno (@jateno_)

 

Al principio no había diferencias, sólo juegos. Con el baby todos éramos iguales, no había sexos, ni colores, sólo eran importantes los tesoros guardados en los bolsillos. Antes de salir al recreo nos daban una botellita de leche y nos sentíamos héroes de una historia jamás imaginada.

Carreras en el patio y muchas risas. Cuando aprendimos a leer, Mari Carmen llevaba un libro de Los Cinco, que recreábamos una y otra vez en el rincón más alejado, en medio de enormes piedras que nacían del suelo no hormigonado como montañas de paisajes lejanos.

Un año llegó una pelota y el fútbol. La unión instintiva entre amigas y amigos desapareció. Los chicos debían jugar al futbol y las chicas a sus cosas. Lo intenté, intenté divertirme dando patadas a un balón y meterlo en la portería. Pero esa dinámica impedía las conversaciones y las risas, que eran sustituidas por la competitividad y ser el mejor. Lo intenté, pero no pude.
Y no jugué más al futbol.

Seguía siendo enormemente feliz, deseando que mi madre me levantara por las mañanas para ir al colegio con mis amigos. Hasta que llegó la palabra “marica”. Parecía que no era un término al azar que se incorporaba a nuestro creciente vocabulario, ya que sólo era utilizada para referirse a mí. Al principio sonreía cuando me lo decían, porque si mis amigos me llamaban así tendría que ser necesariamente algo bueno. No sabía que significaba.

Poco tiempo después la palabra iba acompañada, primero de risas, luego de caras turbias y al final actitudes de rechazo. Seguía sin saber lo que significaba pero ya no era tan feliz. Si esa palabra solamente me la decían a mí era porque yo era diferente, distinto. Y eso no me gustaba.

Cuando empecé a percibir que era un insulto, asimilé que algo en mí no funcionaba bien, que no era lícito, que en mí habitaba un pecado muy poco común. Pero seguía sin saber su significado. Es muy triste abandonar la infancia intuyendo que hay algo malo en ti. Primeras lágrimas.

Aun hoy intento averiguar cómo mis iguales sabían algo de mí que yo desconocía o de donde habrían sacado esa actitud homófoba ante alguien que solo quería ser un niño y ser feliz.

Al llegar la pubertad no solo descubrí el significado de la palabra sino mi orientación sexual. No suponía un conflicto interno, te asumes tal y como eres, pero también aprendes a rumiarlo en soledad.

La palabra cada vez estaba más teñida de odio y se entrelazaba peligrosamente con manos y pies demasiados ligeros que siempre acaban chocando con mi cuerpo.

Fueron pasando los años hasta llegar a la veintena. Mi adolescencia y primera juventud fue un tiempo robado, me robaron la posibilidad de ser, me robaron el primer beso en la boca, me robaron las mariposas en el estómago, me robaron el amor del primer novio, me robaron la posibilidad de ir cogidos de la mano, me robaron el descubrimiento del sexo… me robaron la posibilidad de ser querido.

Vivir una adolescencia secuestrada es una de las experiencias más amargas a las que te puedes enfrentar, un periodo de la vida en la que inventas realidades, te escondes, ocultas tu esencia por miedo. Estos años que me sustrajeron no son recuperables, nunca podrán volver.

La violencia existió en el colegio, en el instituto y en la universidad. Violencia ante la que única respuesta era el silencio por que tu integridad física corría peligro, por que no había apoyos exteriores en los que pudieras estar seguro para poder gritar quien eras.

Un día, pasada la treintena confiesas entre lágrimas a tu madre que eres homosexual, que estás enamorado de un hombre que ella creía tu amigo. Y lloras por miedo, por el temor al rechazo, por que quiera esconderte, porque te deje de querer. Entonces tu hermana, sabedora de la salida del armario le dice a tu madre que en esos momentos en cuando más debía quererme. Y tu madre sólo responde: “no puedo quererlo más de lo que lo quiero”. Y un gran suspiro sale de tu alma y te relajas al saber que las cosas pueden empezar a ir bien, que es posible de la felicidad, que vas a poder contar con tu familia.

Y al final del verano te vas a vivir con tu novio, aunque sabes que nunca te podrás casar y que no podrás ser padre de ninguna manera. Y guardas los besos y las acaricias a tu hijo en el bolsillo de las esperanzas y lo canalizas hacia otros tipos de afectos. Asumes que vuelves a ser feliz pese a que nunca podrás ser como lo son los demás, que eligen libremente el unirse legalmente a otra persona por amor o disfrutar dando un biberón a tu criatura.

Pero la vida a veces te sorprende con situaciones inesperadas. Hace 16 se aprobó de repente el matrimonio igualitario y la posibilidad de adoptar (aunque el movimiento LGTB llevaba años luchando para conseguirlo). Con el tiempo límite pisándote los talones te casas e inicias el proceso de adopción. Y llega tu hijo. Y crees que es imposible ser más pleno y más feliz.

Pero, a pesar de ello, te sueltas de la mano de tu marido allí donde no tienes la seguridad de ser aceptado, evitas muestras de afecto en público en lugares que no conoces, en espacios acotados, en escenarios sin luz. Y este ejercicio es diario en tu ciudad, cuando te desplazas a otras localidades, en tu lugar de vacaciones. Sigues teniendo miedo, estás siempre alerta como una presa que puede ser cazada. Y no sólo lo haces por ti o por tu pareja, sino por el niño que llevas en el carrito al que sabes que tienes que defender y aislarle de cualquier situación conflictiva derivada de la orientación sexual de sus padres.

Lo peor de toda esta historia es que sus protagonistas, además de los hombres que hemos nacido en la década de los 60 del siglo pasado, son también los nacidos en la década de los 70, de los 80, de los 90, los del nuevo milenio. Y más terrible es saber que las palabras “marica” y maricón” se siguen escuchando hoy en los patios, los pasillos o los aseos de los colegios, que hay niños que las incorporan a su vida sin saber lo que significa y que luego la asimilan como una señal de estigma, en el mejor de los casos, o de violencia en la mayoría de ellos.

Por todo ello deberían callar para siempre quienes se siguen preguntando el porqué de que salgamos a las calles en el Orgullo LGTBI para reivindicar nuestros dignidades y derechos, porque no todo está conseguido, porque nuestra infancia sigue sufriendo, porque estos niños necesitan ser felices en su infancia para ser plenos en su madurez y no llegar mutilados, como hemos llegado muchos, con vacíos que no pueden ser llenados y con cicatrices que no desaparecen.

Hace unos días Javier Ambrosi decía que el Orgullo LGTBI es “la fiesta de los que no éramos invitados a la fiesta”. Parafraseándole, en esta sociedad existir debe ser la vida de los que no somos invitados a la vida.

Y a pesar de todo, estas situaciones cotidianas las visualizamos como un regalo aquellos que vamos cumpliendo años y consiguiendo metas de respeto. A no ser que no seas invitado a la fiesta y a la vida, porque tienes 24 años, vives en A Coruña, te llamas Samuel y te asesinan a golpes mientras te escupen en la cara la palabra “maricón”.

 

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Cuenta en Twitter: @jateno_ 

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

Frente al enemigo común

Por Tomás Loyola Barberis (@tomasee)

 

Cuando se pone sobre la mesa el hecho de que el reconocimiento de los derechos de las personas trans está negando el sexo como una fuente de desigualdad, significa que algo estamos haciendo mal. El sexo puede ser incuestionable, pero la construcción del género se puede poner en duda desde el momento mismo en que es un constructo social que, durante siglos, ha favorecido la perpetuación de roles desde la subordinación para unas y las posiciones de poder para otros.

La genitalidad poco tiene que ver con la masculinidad o la femineidad de una persona como algo intrínseco (ni el tamaño ni el grosor, ni siquiera su presencia); al contrario, es el factor que se ha utilizado histórica y culturalmente para separar y educar a las personas de acuerdo a ella: si tiene pene, será educado y socializado como hombre; si tiene vagina, será educada y socializada como mujer. Y así con todos los estereotipos y preconcepciones en cuanto a gustos, comportamientos y actitudes asociados que arrastramos por siglos.

Esa concepción del género es el problema, porque es el origen de la desigualdad que ha favorecido la brecha entre mujeres y hombres, y también de la violencia estructural ejercida por ellos, del acoso y las agresiones, de la responsabilización de los cuidados que recae en ellas, etc. Es decir, es la que ha sistematizado y legitimado los estereotipos que han favorecido al cisheteropatriarcado, convirtiéndolos en la norma e intentando eliminar cualquier corriente de pensamiento que pudiera ponerlos en duda.

Uno de estos cuestionamientos es el que se hace desde las teorías queer respecto al sexo biológico, en fin, a la genitalidad. Reduciendo al mínimo y a lo fundamental esta discusión, se trata de separar el género y el sexo del aparato reproductivo del todo: hay niños que tienen vagina y niñas que tienen pene, abriendo paso a representar a todas esas minorías que no encajan en el binarismo de base, hombre-mujer, y que expresan libremente su identidad de género. Perdonadme la simplificación, pero al final es la mejor forma de explicarlo. Sobre todo, por el escozor que ha causado esta frase entre determinados grupos.

Una organización defendía, a través de un autobús que recorría las calles, su mensaje: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, que resume de manera muy burda el posicionamiento de quienes acusan a lo queer de ser un peligro para la igualdad.

Lo sorprendente es cuánto ha calado ese mensaje en ciertos sectores del feminismo, los llamados más radicales, que han puesto el grito en el cielo con el argumento transexcluyente (tránsfobo) de que las teorías queer desdibujan y ponen en peligro de muerte la lucha por esa desigualdad estructural que viven las mujeres por el simple hecho de serlo, difuminándolas como sujetos políticos en sus reivindicaciones históricas, presentes y futuras. El debate se centra, sobre todo, en el caso de las personas trans y su autodeterminación de género, en el que las argumentaciones tienden a recurrir, como siempre, a la medicalización del debate (donde las personas que “son” fuera de la norma parecen necesitar un diagnóstico que valide o invalide el ejercicio de su ser), reduciéndolo a cuestiones quirúrgicas (si se ha operado u hormonado, o no), o directamente utilizando como arma arrojadiza ficciones policiales y jurídicas de cosas que podrían ocurrir: ¿qué pasaría si?

Uno de los argumentos que se utilizan en contra es la criminalización; es decir, ¿qué pasaría si un hombre, agresor, decide cambiarse a mujer ante una acusación de violencia de género? Yo no sé qué pasa cuando no nos damos cuenta de lo absurdo de este planteamiento, que pone la expresión y la identidad de género a la altura de una decisión arbitraria e inmediata, que no implica ningún proceso interno previo, relativizando las problemáticas individuales y quitándoles toda relevancia en la historia de vida de cada persona.
No olvidemos que nadie se hace o se convierte en trans. Y decir que lo hace para disfrutar de privilegios muestra que tiene una idea muy alejada de otras formas de opresión mucho más profundas. Más cuando, en casi todos los casos, esa crítica viene de los sectores más privilegiados entre los todavía oprimidos: mujeres blancas, occidentales, en posiciones de poder (o no), independientes y formadas. ¿Cuál es la verdadera amenaza entonces? ¿La violencia probable surgida de esa potencial y ficticia criminalidad o la amenaza de tener que hacer un ejercicio de introspección para darse cuenta de que los privilegios obtenidos quizás están enturbiando su mirada crítica al sistema con el que lucharon en el pasado para llegar al lugar que ocupan actualmente? Esa posición nunca resulta cómoda y amable, sobre todo a la hora de los cuestionamientos y las renuncias.

Las personas trans se enfrentan a situaciones mucho más extremas que otras del colectivo, y eso sin entrar en interseccionalidades (raza, edad, situación socioeconómica, discapacidad, etc.) que hacen todavía más precaria su situación: invisibilización, discriminación, altos índices de violencia, cerca de un 80% de tasa de desempleo en España, etc. ¿De verdad podemos trivializar con este asunto? Me parece de una falta de sensibilidad muy peligrosa y, sobre todo, de una ignorancia supina, de esa que es capaz de enfrentarnos con quienes están de nuestro lado para ponérselo todavía más fácil al contrincante. ¿Tan amenazante resulta para ciertas corrientes feministas el reconocimiento de las mujeres trans dentro de la lucha?

La carga contra las minorías

Utilizar ciertos argumentos como los mencionados en párrafos previos me parece casi igual de indecente que, cuando en los años en los que se luchaba por el matrimonio igualitario, se recurriera a afirmaciones tales como primero se querrán casar entre ellos, pero luego con niños o con animales. Quizás me he pasado, pero esto me sirve para sostener lo ridículo que resulta basar una decisión política, jurídica y social en ficciones criminales o en amenazas irracionales, ya que esto pone en peligro algo tan fundamental como la igualación de derechos.

Además, resulta muy sospechoso que siempre se culpe a las minorías: los cuestionamientos de género ponen en peligro los avances del feminismo, dicen. No, no. Lo que pone en peligro los avances del feminismo es el machismo, ese que históricamente ha maltratado y dejado de lado a más de la mitad de la población, y que todavía, pese a todo, campa a sus anchas en la mayoría de los espacios de poder, los hogares y el trabajo. Incluso en el amor. La verdadera amenaza de cualquier movimiento social está en negar aquellos cuestionamientos necesarios que permitan cambiar las cosas y en el temor a las corrientes que ponen en duda el sistema, dos habituales herramientas de lo establecido para mantener su posición de poder. De esas corrientes y de esos cuestionamientos es, precisamente, de donde nace el reconocimiento legal y social de los derechos que se han conseguido hasta ahora.

No podemos caer en la trampa y enfrentar luchas que históricamente han tenido un adversario común. Porque el enemigo del feminismo no son las personas trans ni viceversa (ni el colectivo LGTBIQ+ en general), sino que es el cisheteropatriarcado, ese que se vale de las leyes, las religiones, la historia e incluso del arte para imponer su ideario. Y esto va más allá de feminismo radical o liberal, porque realmente es un problema que afecta a todas las corrientes que defienden la igualdad y el necesario abandono del dominio de las ideas patriarcales. Pero estamos tan acostumbrados a esa imposición ideológica, que su incidencia en nuestras vidas y en nuestros pensamientos resulta sutil y prácticamente imperceptible. Pero está ahí y su ataque es permanente.

Si el heteropatriarcado fuese como un consejo de sabios, me los imagino disfrutando con algarabía de estas discusiones y de los dichos tránsfobos de ciertas corrientes feministas y del gobierno: divide y vencerás, dirían con regocijo.

Flaco favor nos estamos haciendo. Espero que no nos demos cuenta demasiado tarde de que la transfobia no es más que una herramienta para hacernos perder el foco de nuestra lucha y, sobre todo, de nuestro enemigo principal. Porque, ¿quién gana con el discurso tránsfobo? Claramente, las mujeres trans no. Pero tampoco las mujeres cis, porque el hecho de rechazar o condenar a las trans no las hace más mujeres, sino menos humanas y, claramente, menos coherentes con su historia y sus luchas.

 

Cómo el ataque a los derechos LGBT+ dañará la salud pública

Fernando Alvaro. Periodista Independiente

 

La votación del nuevo proyecto de ley del partido Fidesz, prevista para el 15 de junio en el parlamento húngaro, pone en peligro la salud pública y el futuro de jóvenes húngaros. Disfrazada de legislación que “protege a los menores”, esta ley en realidad prohibirá cualquier discusión sobre la identidad de género y la orientación sexual, haciendo ilegal cualquier contenido que “promueva” o “retrata” la diversidad u orientación de género, y que pueda tener consecuencias catastróficas en diversas áreas de la sociedad.

Protegiendo a los jóvenes … ¿o propaganda?

Si, como lo representa esta nueva encuesta, Budapest es la ciudad que se siente más europea de todas en el viejo continente, esta ley es un golpe bajo para los ciudadanos y sus voluntades. El martes 15 de junio de 2021, el partido de gobierno de Orban, Fidesz, propondrá una nueva ley “anti pedofilia”. Este proyecto de ley, sin embargo, además de censurar los productos pornográficos para menores, también quiere censurar cualquier situación y producto que “promueva la sexualidad para sus propios fines, promueva el cambio de género o promueva la homosexualidad hacia los menores”.

“El proyecto de ley contra la pedofilia introduce sanciones contra los profesionales e instituciones que lo violen, amenazando la libertad del derecho a la educación y el derecho a la salud. Además, es muy probable que esta ley contribuya a la violencia y otras formas de acoso de los jóvenes en la comunidad LGBT, en contra de los derechos y libertades que toda persona debería tener “. escribe Human Rights Watch.

No es la primera vez que el gobierno de Orban ataca a una minoría: solo el año pasado, Dòra Dúró, vicepresidenta del movimiento ultraderechista húngaro “Our Homeland”, rompió públicamente algunas páginas de un libro infantil llamado “Wonderland is for Everyone ”, en el que las historias tradicionales húngaras se reescriben para incluir a personas de las comunidades romaní y LGBT+, calificándola de“ propaganda homosexual ”. El gobierno húngaro ordenó entonces que se imprimiera un descargo de responsabilidad al principio del libro, que dice: “comportamiento inconsistente con los géneros tradicionales de juegos de rol”.

Una pregunta europea

En 2018, el Parlamento Europeo decidió tomar medidas contra las autoridades húngaras y polacas, votando por mayoría para sancionar a los dos gobiernos por presuntas violaciones de los valores fundamentales de la Unión Europea, incluida la discriminación contra minorías y migrantes. Ambos gobiernos insisten en que no han violado los valores de la Unión Europea, pero ante leyes como la que próximamente se votará en el parlamento húngaro, es difícil creer en sus afirmaciones.

En Polonia, el ministro de Educación, Przemyslaw Czarnek, famoso por sus comentarios misóginos y homofóbicos (como definir a las personas LGBT+ como “personas no normales” y mujeres “llamadas por Dios” para procrear y pensar primero en la familia, luego en la carrera), es implementar un cambio completo en el sistema educativo polaco.

Recientemente, ha promulgado una legislación en la que el director decidirá si las organizaciones externas en las escuelas son apropiadas, a pesar de los deseos de los padres de los alumnos. Legislación que recuerda el papel que tuvo la política en los gobiernos de régimen, en el que el gobierno dictaba cómo educar a los jóvenes, a través de la propaganda en las escuelas y escondiéndose detrás de excusas como la religión y los roles “tradicionales”.

La historia de Kyler Prescott

Un claro ejemplo de cómo esta ley dañará a la comunidad LGBT+ húngara, especialmente a los más jóvenes, es el del estadounidense Kyler Prescott, de catorce años.

Kyler fue constantemente intimidado por sus compañeros porque recientemente había “declarado” como transgénero, por lo que su madre decidió acompañarlo al hospital con la esperanza de que pudieran ayudarlo con sus tendencias de autolesión y pensamientos de suicidio que sufría.

El personal del hospital, sin embargo, se refirió a Kyler con su género de nacimiento, el femenino, y no con el que se identificó, es decir, el masculino. Además, fue dado de alta del hospital antes de lo esperado, sin haber recibido el tratamiento adecuado. Trágicamente, Kyler se quitó la vida unos meses después.

Una ventana al futuro de Hungría: Rusia

Si la muerte de Kyler no fuera suficiente, lo que sucede en Rusia podría ser una ventana para ver el impacto que tiene tal regla en la sociedad, y que podría depender de los jóvenes húngaros si se aprueba.

En 2013 el gobierno ruso introdujo la “ley anti-gay”: la ley es particularmente similar a la que será votada por el parlamento húngaro, siempre con la excusa de “proteger” a los menores, el gobierno ruso ha decidido que este último no pueden exponerse a la homosexualidad, para no convertirla en la “norma”. Como se informa en el informe de Human Rights Watch, esta ley no ha hecho más que aislar aún más a los jóvenes de la comunidad LGBT+ de la sociedad, tal como lo hizo Kyler.

Al igual que la ley propuesta por el partido de Orban, el gobierno ruso tiene derecho a sancionar a quienes propongan “propaganda de relaciones no tradicionales”: debido a estas multas, el gobierno ha censurado sitios web, grupos en línea que ofrecen apoyo psicológico y asesoramiento a menores de la comunidad LGBT+ y clínicas de asesoramiento psicológico.

Si el gobierno de Viktor Orban está tan obsesionado con proteger a las familias y los jóvenes, siguiendo los valores de la “libertad cristiana”, ¿por qué no protege a sus propios ciudadanos de la discriminación? Un joven húngaro, de cualquier género u orientación sexual, siempre seguirá siendo un joven húngaro.

 

 

Fernando Alvaro. Periodista Independiente

fernandoalvar2110@gmail.com

 

“Touchy #gay #propaganda” by Volgar is licensed under CC BY-SA 2.0

Vidas contagiosas, aulas limpias

Rodrigo García Marina (@rodrigogmarina)

 

A efectos prácticos, si algo podemos ver con claridad tras las decisiones políticas del gobierno de extrema derecha húngaro son algunas de las debilidades de los argumentos que, en el pasado, empleamos para defender a nuestra comunidad LGTB. Hace unos meses, cuando las personas trans ponían el cuerpo en los espacios virtuales y políticos para la aprobación de la Ley de autodeterminación de género, fue común volver a una noción ingenua del derecho. Se consideraba que la razón última para la aprobación de esta misma ley era un sustrato inherente a ese cajón del desastre denominado “Derechos Humanos”, el cual pareciera contener una serie de derechos naturales obviando que la historia de la justicia es justo una historia de la lucha por alcanzarla e incluso, si decidimos ir más allá, un constante ciclo de su paulatina ganancia-pérdida. Sin dar por válida la consecución argumentativa de los multiculturalistas políticos, cabe aceptar una de sus contraargumentaciones: estos “Derechos Humanos” son un tipo de derechos que solo se exigen fuera de la comunidad occidental. Lo cual, más allá de las buenas intenciones, indica que, si las personas trans son personas, todavía queda alguien-algo en el límite que coteja lo humano y transita el plano de la monstruosidad.

Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo” nos explica que, a lo largo del siglo XX, pese a existir una noción común de ser humano, los Estados consintieron que distintos grupos sociales, étnicos, sexuales quedaran fuera de la jurisdicción. “Quedar fuera” de la regulación jurídica es ante todo estar al margen de la norma en un sentido menos obvio de lo que quizá esta frase pretende. Pues quien queda fuera, no solo está excluido por una vía negativa del disfrute de una serie de garantías que lo convierten en sujeto jurídico, sino que se expone a la vulnerabilidad de la imposibilidad real del afuera. Por eso, el margen no es un margen como tal, sino una posición política de subordinación totalizante produciendo, como señala Butler, que estas personas no solo vivan ausentes de derecho, sino que la ley misma les conduce a problemas. Por ejemplo, cuando un policía interpela constantemente a una persona racializada en la búsqueda de “los papeles”. En definitiva, en la búsqueda del afuera con el que cualquier entidad jurídica puede oponerse a quien no queda bajo la regulación positiva de la ley.

La cuestión es más capciosa de lo que cualquiera primeramente pudiera llegar a imaginar. Cabe preguntarse qué se prohíbe realmente cuando se prohíbe hablar sobre cuestiones LGTB en un aula y por qué en un aula y no, por ejemplo, en la parada de autobús, el supermercado o el hospital. Lejos de lo que las campañas de desprestigio han querido vender tanto en Hungría como en España con el auge de la ultraderecha, la promoción de diversidad sexual en las escuelas son proyectos didácticos cuyos objetivos quedan difícilmente definidos en el momento en el que es complejo calibrar para quiénes sirve. En el plano de lo político ocurre que la aprobación de medidas para particulares afecta al cómputo total del grupo. Pongamos un ejemplo: si se adecúa el espacio para que personas con diversidad funcional puedan acceder más fácilmente al aparcamiento, la virtud política no se ejecuta exclusivamente sobre las personas que por sus capacidades físicas tienen una mayor dificultad para operar en carretera. También transforma la totalidad de la sociedad, haciendo entender que determinados sujetos requieren de determinados servicios de los que otros quedamos exentos. Por ello, la educación en diversidad sexual puede serle de utilidad a aquel menor LGTB que se encuentra habitualmente en una situación de exclusión escolar para entender que no es la única persona en el mundo de su condición y que, de hecho, el mundo, pese a las distintas regulaciones y persecuciones sexuales a lo largo de su historia y geografía, posee dicha diversidad. Y también sirve para desenmascarar a acosadores y cómplices, para sensibilizar a compañerxs que a partir de ese momento pueden decidir “poner el cuerpo” como escudo. Ese cuerpo que nos obligan a “poner”, no permitiéndonos salir de núcleos de auto referencialidad constante y que nos hace estar tan cansadxs. Compañerxs: ¡necesitamos tantos escudos solidarios! 

Althusser, un filósofo marxista estructuralista francés explicó que, en la medida en la que el policía dice “alto” y te para, el poder interpela a las personas. Esta interpelación en el análisis del discurso reparte unos papeles muy distintos entre conversadores. Una de las cuestiones que más pudo consternarme durante el prolongado debate de la “Ley Trans” fue el torticero cambio de tornas. Se puede, y, de hecho, por salud democrática, se debe ser críticxs con los anteproyectos de ley en términos generales. Sin embargo, lo que podría haber sido una discusión acerca de la garantía jurídica rápidamente se convirtió en una cuestión ontológica donde las mujeres trans, para la ultraderecha y algunxs activistas de izquierdas, eran simplemente hombres travestidos con infinitas ganas de entrar en las cárceles y baños públicos para así poder violar a las mujeres cis. Estas barbaridades, junto con las falacias voluntaristas de la identidad y la orientación (habría que preguntarles si acaso ellxs eligieron su condición sexual o si fue, más bien, un modo complejo de expresión con el que viven) lo único que señala es algo que, lejos de ser nuevo ocurre desde hace siglos: la imperiosa lucha por marginalizar nuestras vidas y volverlas contingentes frente a la seudonecesidad cisheterosexual. Toda esta infamia, entre otras cosas, tan solo ha servido para proporcionarle puestos de poder en redacciones a determinadas personas (espero que estén contentxs con el espectáculo montado a costa del dolor ajeno) y generar una imposibilidad de debate acerca de la garantía jurídica y la protección no exclusoria de distintos colectivos.

Sin embargo, esto no ha podido darse sin el surgimiento de una palabra contagiosa y la lucha por la toma del lugar de enunciación. Sigo observando con sorpresa cómo estxs activistxs de izquierdas llevan más de un año tuiteando diariamente sobre las vidas trans. Obviando justo lo esencial: que el anteproyecto de ley acoge vidas y que estas vidas son usualmente precarias. ¿Acaso no existían más problemas sociales? ¿No era necesario alzar la voz a raíz de otras injusticias? El absurdo es tal, que se ha llegado a exigir responsabilidades políticas a la ministra de Igualdad tras la barbarie de la violencia vicaria como una falsa consecuencia compartida con la defensa de la Ley Trans.

Cualquier persona es crítica frente a determinadas cuestiones del tipo que sean, incluso de aquellas que no nos interpelan directamente, pero ¿qué es aquello que nos conduce a enunciarlo día tras día? La interpelación del poderoso. En la medida en la que alguien habla, la otra persona calla pues si no, no podría mantenerse una conversación. En pocas ocasiones consentimos que alguien nos interpele durante el tiempo que quiera sin necesidad de obtener una respuesta por nuestra parte. Las palabras contagiosas, las que por lo visto pregonamos, producen un radical daño en la infancia, en la familia, en la regulación heteronormada de producción social. Necesitan fuerza de trabajo empobrecida e imágenes culturales que reproduzcan el futuro de la servidumbre. Nuestras palabras, como nuestras vidas, cumplen la virtud de ser peligrosas en su contagio. Pues en la medida en la que se expresan, evidencian otro modo de estar en el mundo permitiendo que potencialmente el testigo se libere. La transición política de orden mundial hacia un espectro más conservador requiere del borramiento de lo monstruoso: aquello cuya condición es mostrar o revelar en sueños la existencia de otra cosa. No son acciones disparejas. La paulatina precarización de las relaciones laborales y el empobrecimiento produce sumisión. La muerte del tejido sindical produce sumisión. La a-historización del mundo produce sumisión. Que nuestras vidas no puedan ser vividas produce sumisión.

Seamos víricas. Tomemos sus tribunas, pongamos nuestra voz.

 

“Happy Gay Pride?” by A.Davey is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

Especial Ley Trans: Seguridad jurídica y autodeterminación de género

Este análisis nos lo ha cedido Antonia Durán Ayago (@aduranusal), profesora Titular de Derecho Internacional Privado en la Universidad de Salamanca Miembro de la Clínica Jurídica de Acción Social, tras publicarlo en su blog

Foto: Quinn Dombrowski

Desde que la pasada semana el Ministerio de Igualdad hiciera públicos los dos borradores de Anteproyectos de Ley elaborados sobre la base del Acuerdo de coalición progresista entre PSOE y Unidas Podemos (puntos 5.3 y 11.1), uno relativo a la ley para la igualdad de las personas LGTBI y para la no discriminación por razón de orientación sexual, identidad de género, expresión de género o características sexuales, y otro, referido a la ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans, estamos asistiendo a una explosión de opiniones dentro de una vorágine que amenaza con que perdamos la noción real sobre lo que estos borradores de leyes pretenden.

Y lo que pretenden es bien sencillo, apostar desde la legislación para conseguir que las personas LGTBI alcancen una posición de igualdad real en nuestra sociedad que en estos momentos no tienen. Lee el resto de la entrada »

Hungría: Día negro para la comunidad LGBTI al aprobarse una ley y enmiendas constitucionales homófobas y discriminatorias

Nos hacemos eco de este comunicado de Amnistía Internacional

La decisión del Parlamento húngaro de aprobar una ley que niega el derecho de adopción a las parejas no casadas y dos enmiendas constitucionales que restringen aún más los derechos de las personas LGBTI ha provocado que varias organizaciones destacadas de derechos humanos se unan para condenarla. Lee el resto de la entrada »

Las mutilaciones genitales de las personas intersex deben cesar

Por el Día de la Visibilidad Intersexual publicamos este artículo de Daniel J. García López, Profesor de Filosofía del Derecho UGR, y  Liván Soto González (@livansoto), Investigador en Filosofía del Derecho UGR

Foto: Jagoba Barron

Hoy 26 de octubre se celebra el día mundial por la visibilidad de las personas intersex, y hemos querido volver a circular el contenido del “Manifiesto: Juristas contra la mutilación genital de personas intersex” donde ofrecemos algunas de las razones por las que se precisa de otra formulación jurídica para abordar la realidad y los cuerpos de las personas intersexuales.

Los Derechos Humanos se han convertido en un criterio de legitimidad, pero también de validez de los sistemas jurídicos. Es por ello que una democracia no puede denominarse así si no presenta garantías fuertes para su ciudadanía. En este sentido, las personas intersex, históricamente llamadas hermafroditas y médicamente estigmatizadas como Disorders of Sex Development (anomalías del desarrollo sexual), representan el límite infranqueable: aquellos sistemas jurídicos que no sean capaces de dar una respuesta garantista a las personas intersex no pueden ser llamados democráticos ni defensores de los Derechos Humanos. Lee el resto de la entrada »

Solicitantes de asilo olvidadas e invisibilizadas

Por  Beatriz Losa,  coordinadora del proyecto de apoyo y acompañamiento a las personas LGTBIQ+ privadas de libertad en los Centros Penitenciarios de Cataluña Aquí también somos diversasde ACATHI (@ACATHI)

“No necesitamos la educación patriarcal” – Ilustración de Christopher Dombres (2014)

Sufrir repetidas palizas a manos de familiares directos cuando eres menor de edad por mostrar una expresión de genero distinta a la asignada al nacer. Ser violada por vecinos siendo menor y guardar el secreto por temor a ser castigada. Ser víctima de violencias constantes e intentos de asesinato por parte de las maras y pandillas por tu disidencia de género. Ser extorsionada por grupos criminales para ejercer la prostitución. Ser víctima de la violencia policial. Que te sea negado el acceso a tratamiento farmacológico para el VIH. Ser ignorada por todas las instancias gubernamentales ante todas estas violencias simplemente por ser una mujer trans*.

Según la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 cualquier superviviente de estas crueldades tiene motivos suficientes para solicitar protección internacional. Pero, ¿qué pasa si la persona que ha sido víctima de todas estas violencias en su país de origen, es arrestada al llegar a uno de nuestros aeropuertos e ingresada en una prisión de nuestro territorio? Lee el resto de la entrada »