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Ay mamá! Sobre tetas, transfobia y cisexismo

Por Marcos Ventura Armas (@MarcosVA91) activista de Gamá, Colectivo LGTB de Canarias

 

Me gustaría reflexionar sobre la polémica desatada en twitter por la letra de la canción “Ay mamá”. Esta canción hace referencia a realidades corporales de las mujeres cis, como las tetas que siguen siendo censuradas en los medios. Algunas personas han criticado esta canción por ser tránsfoba, creo que errando el tiro. Pero la respuesta dada por quienes no creen que sea tránsfoba también se ha pasado un poco de frenada. Y en mi opinión, la clave está en entender la diferencia entre transfobia y cisexismo.

Si la transfobia es el odio, rechazo y violencia contra las personas trans, el cisexismo es más sibilino y complejo de ver. Lo definiré como el marco conceptual por el cual una determinada corporalidad se corresponde con una determinada identidad. Este marco nos lleva a que las corporalidades que no desarrollen la identidad predefinida se consideren anomalías. El cisexismo, con su presunción de cisexualidad, nos sitúa a las personas trans como la otredad, y no permite conceptualizar la diversidad sexual humana desde una posición de igualdad. Mantener, en el plano simbólico, la vinculación del pene con el hombre y la vagina o los pechos con la mujer no es un acto de violencia tránsfoba directa, pero no va en la dirección de la lucha por la igualdad real de las personas trans.

Y esto lo podemos ver con más facilidad en ejemplos de heterosexismo y su diferencia con la homofobia. Un beso en el cine entre un hombre y una mujer no es un acto homófobo. Pero que todos los besos en el cine sean entre hombres y mujeres, por el contrario, cimienta la idea de que las personas homosexuales son una desviación de lo natural, un error a eliminar de los filmes. Preguntarle a una chica si tiene novio no es un acto lesbofóbico, pero todes les que tenemos un poco de compromiso con el activismo LGTBi+ sabemos que responder a esa pregunta impugnando el marco heterosexista que presupone que a las mujeres les gustan los hombres, es un acto de lucha por la igualdad real (que, además, suele enfadar a nuestros interlocutores).

El hecho de que el cisexismo sea más difícil de detectar y señalar que la transfobia es lo que, en mi opinión, hace que el discurso terf sea difícil de frenar. Porque no hace falta violentar a nadie, y señalarte a ti misma en el proceso, para dificultar la vida de las personas trans. Por ejemplo, acusar a la expresión “personas con capacidad de gestar” de borrar a las mujeres. En un mundo en el que las mujeres siguen luchando por su visibilidad, es relativamente fácil hacer pasar por misógina una expresión que solo busca desvincular funciones corporales de identidades. Pareciera que, para este discurso, intentar que el lenguaje refleje que corporalidad e identidad no van necesariamente unidas, es un ataque contra las mujeres cis. Y es que revisarse el cisexismo es mucho más difícil, y requiere mucho más esfuerzo y compromiso, que revisarse la transfobia.

Cuando Leticia Dolera dijo que un acto con excesivo protagonismo masculino era “un campo de nabos”, no estaba siendo tránsfoba. Pero estaba usando una frase que apela a un imaginario en el que una determinada corporalidad va unida a una determinada identidad. Un imaginario cis en el que las personas trans no cabemos, no porque se nos excluya expresamente, sino porque simplemente no se contempla la posibilidad de nuestra existencia. Y esto es problemático. Eso no significa que sea automática y necesariamente malo en todos los casos. Pero sí significa que puede ser interesante darle una pensada, problematizarlo, desnaturalizarlo, pensar por qué a tanta gente le escuece que se problematice el imaginario al que hace referencia esa frase.

El cisexismo y la transfobia no son lo mismo, pero están fuertemente interrelacionadas. Sin cisexismo, no podría existir la transfobia. Y aunque pueda haber expresiones de cisexismo que no deriven en transfobia, son el campo abonado para que ésta acabe germinando. La impugnación del cisexismo es una impugnación radical, a la raíz ideológica y conceptual que da sustento a la violencia que sufrimos. Es, por lo tanto, una cuestión relevante, aunque pueda parecer menor a aquellas personas cis que no se ven interpeladas. Al fin y al cabo, es relativamente fácil (aunque en esta época de extrema derecha y discursos terfs cada vez menos) señalar los actos directamente violentos, pero es más difícil señalar los discursos en los que no cabemos, cuando son aquellos que todes hemos interiorizado desde peques, y en los que se basa toda nuestra concepción del mundo. Pero no solo nos pasa a quienes denunciamos discursos cisexistas, intenten criticar un posicionamiento heterosexista o patriarcal no directamente violento, y verán la sobrerreacción de sus interlocutores.

Acusar a alguien que usa la expresión “campo de nabos” de transfobia es excesivo. Y la reacción defensiva contra esa acusación (que si bien puede ser inapropiada, tiene un motivo) es también exagerada. Pero si en el primer caso, el exceso corresponde a la sensibilidad a flor de piel de una comunidad muy dañada, en el segundo puede parecer que responde a falta de ganas para revisar ideas que son muy cómodas, aunque construyan un mundo en el que no todes podemos vivir.

Mi conclusión es que las mujeres cis tienen todo el derecho del mundo a reivindicar su propia experiencia, sus sangrados y sus tetas, y las personas trans tenemos derecho a recordar que esa no es la única experiencia válida para las mujeres. Y tan exagerado me parece acusar de transfobia a las primeras, como sobrerreaccionar a las segundas. Desde aquí reivindico con claridad la necesidad de los matices, y del diálogo respetuoso para entender todas las posturas. Porque no me cabe duda de que todas las personas que buscamos un mundo más justo podemos trabajar unidas, si tenemos la voluntad de limar asperezas y plantearnos cómo podemos minimizar los roces.

 

Foto: Dean Hochman

Un retrato de la realidad trans

Por Alba Laguna 

 

Lena, Saya, Cristina, Alicia, Yolanda y Tina. Al igual que la Tierra, nuestro interior está formado por distintas capas y estratos, que van forjando nuestra identidad y relatan nuestra historia de vida. ¿Quiénes somos y cómo hemos llegado hasta ahí?

En Sedimentos, seis mujeres trans, compañeras del proyecto I-vaginarium, viajan a un pequeño pueblo leonés donde explorarán insólitos paisajes, así como los entresijos de su propia personalidad. Como si de una familia se tratara, las protagonistas comparten momentos de confesiones, risas, llantos, enfados y reconciliaciones. La vida en estado puro. Buscando respuestas sobre aquello que las une como grupo, aprenderán a lidiar con sus diferencias. El director valenciano Adrián Silvestre ha construido un documental tierno, honesto, lleno de empatía y humor, donde se profundiza en temas como la individualidad y la necesidad de pertenencia. Sin duda, Sedimentos es una de las mejores obras de no ficción del año y confirma a Silvestre como una de las voces más interesantes e innovadoras del panorama cinematográfico. Sus obras anteriores, entre las que destaca Los objetos amorosos -una historia de homosexualidad femenina e inmigración- así lo anunciaban.

La gran naturalidad que consigue Silvestre es fruto de un trabajo minucioso y constante con sus protagonistas, una relación de confianza forjada poco a poco. El resultado es una película fascinante y conmovedora, que removerá más de una conciencia huyendo de clichés y tópicos. Yolanda Terol, Lena Brasas, Tina Recio, Cristina Millán, Alicia Benito y Saya Solana son como son, seis mujeres trans de diferentes generaciones que se expresan con sinceridad a lo largo de todo el metraje y que comparten sus historias y su intimidad. Siempre acompañadas, a través del sorprendente paisaje leonés, por la impecable fotografía de Laura Herrero. Sedimentos podría considerarse una actualización natural de Vestida de azul, el documental de Antonio Giménez Rico de 1983. Una nueva visión de la realidad transexual cuarenta años después.

Sedimentos es una producción de Adrián Silvestre Films y Testamento PCT que se presentó en la Sección Oficial del Festival de Cine de Málaga y ha ganado recientemente la Espiga Arco Iris de la Seminci de Valladolid y los premios al mejor largometraje documental, mejor dirección y premio del público en el Festival LesGaiCineMad. Además de numerosos premios en festivales internacionales, encandilando al público y a la crítica allá donde va. El documental ha sido preseleccionado para los Premios Goya 2022, una ocasión inmejorable de dar visibilidad a la realidad trans y de reivindicar los derechos del colectivo.

El orden de las cosas

Juan Andrés Teno (@jateno_)

 

Hace ya varios años que se ha abierto una brecha ideológica (conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.) insalvable entre una parte del feminismo español y el movimiento LGTBI.

Tras un periodo convulso en el que se intentó descabalgar a las mujeres lesbianas del movimiento feminista llegaron unos años de armonía en que estos dos motores sociales caminaban al unísono y compartían luchas en las intersecciones por las que pudieran deambular.

El problema surge en la anterior legislatura cuando se estaba trabajando un borrador de ley estatal LGTBI en el Congreso y desde la Comisión de Igualdad del Congreso, presidida por el PSOE, se empezaron a poner trabas primero, zancadillas después y puñales en la espalda como broche final. Su principal objetivo era sacar de la futura norma la regulación de los derechos de las personas trans y con ello impedir su libre autodeterminación.

Los procesos de negociación fueron deliberadamente retrasados por las filas socialistas y terminó la legislatura sin haber elevado el borrador de ley ante el pleno del Congreso por lo que el proyecto decayó y hubo que empezar de nuevo el proceso en la legislatura actual.
Con el nuevo gobierno las políticas LGTBI cayeron en manos de Unidas Podemos y desde el Ministerio el Ministerio de Igualdad (que tuvo la habilidad de fichar a activistas LGTBI de gran valía profesional) se negoció un nuevo borrador parta otorgar a la población LGTBI los mismos derechos que a la heterosexual y así blindar sus dignidades. Por segunda vez en la historia (tras la aprobación del matrimonio igualitario) las distintas entidades LGTBI del país hicieron frente común. Se redactaron dos proyectos, uno específico para el colectivo trans y el otro para las personas LGB. La parte socialista del gobierno impone y consigue que las dos normas se fundan en una sola. Aun así, el Ministerio de Igualdad no logra que el Consejo de Ministros eleve el texto al poder legislativo, alargándose de nuevo los plazos. Inesperadamente el Presidente del Gobierno hace una remodelación ministerial y cae del ejecutivo Carmen Calvo. Hay que recordar que es ella una de las firmantes de un argumentario interno de PSOE en el que se afirmada que el denominado “derecho a la libre determinación de la identidad sexual” o “derecho a la autodeterminación sexual” carece de racionalidad jurídica.

Seguidamente se hace público que el texto pasará por La Moncloa con motivo de la conmemoración del Día del Orgullo LGTBI. Pareciera que la primera batalla estaba ganada, pero esta historia promete ser muy larga y el final es imposible vislumbrarlo en estos momentos.
Paralelamente a todo este proceso administrativo una parte del feminismo patrio (vinculada en mayor o menor medida al partido socialista) emprende una titánica batalla contra esta ley a cuenta de las realidades trans. Niegan la autodeterminación de esta parte de la ciudadanía y lanzan mensajes contaminados del contenido de la futura norma que nada tienen que ver con lo redactado y que discurren espléndidamente dentro de los cauces del populismo y la difusión de bulos (fake news) en publicaciones generalistas y especializadas, además de en las redes sociales. Son las denominadas TERFS (acrónimo para Trans-Exclusionary Radical Feminist).
Sería curioso averiguar las verdaderas razones por las que una sección de un movimiento ideológico y social de vanguardia y progresista, de repente, y sin previo aviso, airea posiciones en contra de los derechos fundamentales de algunas mujeres, alineándose de este modo con los sectores más reaccionarios del país.

Desde un principio argumentaron que el movimiento LGTBI había sido secuestrado por la denominada Teoría Queer. Ellas, ajenas a la realidad asociativa, no sólo desconocen lo que predica esta corriente político-filosófica, si no que ignoran la permeabilidad de lo queer en el colectivo, que no es precisamente muy importante.

Uno que es observador (o al menos cree serlo) estima que hay una parte de la mujeres feministas de este país, las de más edad, que, tras el avance social que supuso el 15M y las multitudinarias acciones de calle llevadas a cabo por una nueva generación en torno a los derechos de la mujer, veían peligrar su liderazgo y se amarraron a la transfobia en un acto desesperado. De sus bocas han salido todo tipo de afirmaciones y calificativos hacia el colectivo de mujeres trans que harían sonrojar a cualquier demócrata. Se han despachado a gusto. Han hecho daño y han socavado dignidades. Pareciera el rugir insoportable de una fiera salvaje a que, sabiéndose herida de muerte, quiere acabar con todo lo que se mueva a su alrededor.

El problema de esta transfobia revestida de feminismo es que sus ideólogas son mujeres altamente inteligentes, que saben que están lanzado bulos y mentiras para no perder el cetro de las políticas de igualdad. Y esta carnaza la sirven en platos calientes a un conjunto de seguidoras que la digieren sin pensar y la vomitan a lo largo y ancho del territorio nacional.
Frente a este espectáculo alucinante y surrealista, entidades y activistas LGTBI han respondido con una sola voz y se muestran determinadas a no dar un paso atrás, haciendo suyo un lema, precisamente feminista, si nos tocan a una nos tocan a todas.

En esta algarabía de falsos fuegos artificiales algunas y algunos advertían que esta transfobia escondía algo más, que primero serían las mujeres trans, luego los hombres trans y después alcanzaría gais, lesbianas y bisexuales, en una suerte de movimiento reaccionario que igualaba sus postulados con las ideologías políticas más reaccionarias.

Y parece ser que tenían razón. La primera carta sobre la mesa la ha puesto Doña Amelia Valcárcel Bernardo de Quirós, mujer con un amplio curriculum e integrante del Consejo de Estado del Reino de España. La señora Valcárcel forma parte de los consejeros electivos que son nombrados por Real Decreto.

Valcárcel Bernardo de Quirón lanzó un órdago hace unos días con un mensaje en una red social en la que negaba que los homosexuales pudieran estar perseguidos en el Afganistán reconquistado por los talibanes, para, seguidamente dejar caer de una manera sibilina y artera un paralelismo entre homosexualidad y pederastia. Es el viejo argumento de la derecha no democrática ahora apropiado por una feminista insigne.

Había sido lanzado el primer cañonazo por parte del feminismo ilustrado contra los hombres gais, tras esparcir bombas de racimo sobre las mujeres trans.

Además de las miles de reacciones en redes sociales ante este salvaje mensaje, del rechazo individual y colectivo de activistas LGTBI y de que la red social le suspendiera la cuenta a esta señora, no se ha producido ninguna reacción de la oficialidad de este país. No hay que olvidar que la mencionada forma parte de la esfera más alta de la administración del estado. Silencio, como en las primera horas de las una tarde de verano en la que sólo se escucha el soporífero canto de la chicharra.

Está meridianamente claro que ese alejamiento entre un feminismo ajado y el movimiento LGTBI se irá agrandando en los próximos meses. En unos días se reanudará el trabajo en la cámara baja y tienen que caldear el ambiente hasta que sea sofocante.

Por fortuna deambulo por espacios en el que mujeres feministas se han alejado de estos histrionismos transexcluyentes y que son no solo el presente si no el futuro de una sociedad que prefiere el amor al odio, la diversidad a la uniformidad y la libertad a las cadenas.
La mayor esperanza de todas aquellas personas que habitamos en las siglas LGTBI es que esta ley salga adelante sin vetos ni censuras, pero el horizonte se muestra turbio, en algunas ocasiones descorazonador.

Enfrente estaremos las mujeres, los hombres y las personas no binarias con orientaciones sexuales e identidades de género no normativas. Estamos más que acostumbrados a sufrir ataques verbales y físicos a lo largo de nuestras vidas individuales y colectivas y resultado de ello es una sorprende capacidad de resiliencia. Que no lo olvida nadie, somos el ave fénix de la sociedad y estaremos siempre atentos a establecer el orden de la cosas en un estado democrático.

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Cuenta en Twitter: @jateno_ 

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

 

 


Esas mujeres poco mujeres…

Mar Tornero.
Vicepresidenta del Colectivo GALACTYCO, Cartagena. 

 

No estoy muy segura de escribir este artículo, pero lo voy a intentar.
Una vez escuché a Miquel Missé decir que las mujeres lesbianas masculinizadas teníamos mucho que decir al respecto de la realidad trans. Y sí, es cierto.

Nosotras, esas mujeres “poco mujeres” que crecimos en entornos en donde el género estaba marcado a fuego, tuvimos que lidiar con la violencia establecida que dirimía y juzgaba sin pudor cuándo estabas dentro de los cánones establecidos y cuándo te salías de la norma en cuanto a ser mujer se refiere: chicazos, marimachos, envidiosas del pene y otras lindezas fueron expresiones que tuvimos que soportar demasiadas veces mientras construíamos nuestra personalidad. Y no ya porque desearas ser amante de otra mujer, no. Era porque tu modo de estar en el mundo no cumplía con unas normas sociales inventadas para ser mujer o ser hombre. “Vistes como hombre, montas en bici como hombre, conduces como hombre, trabajas como hombre, llevas el pelo como hombre, y hasta deseas como hombre….”, ¿pero esto qué mierda es? Entonces no les bastaba mi genitalidad…

Si pudiera decir en un artículo “estoy hasta el coño”, lo diría, pero no lo voy a decir. Aunque hablando de coños, diré que estoy muy orgullosa del mío, que jamás envidié un pene, y que si sigo siendo una mujer es porque aprendí a librarme de cuantos estereotipos de género me marcasteis, sociedad en general. Aprendí a ser como soy amando el cuerpo que tengo y mi manera de hacer vida con él, a pesar de todos esos mensajes que pretendían hacerme creer que había algo erróneo en mí.

Ahora, esa sociedad en general, siempre tan empática, se pone a opinar sobre si es apropiada la autodeterminación del género para todas aquellas personas a las que habéis tratado de domesticar sin éxito con vuestros estereotipos artificiales, esos que hunden sus raíces en creencias fantasiosas e irracionales. Y cuestionan su legitimidad, su dignidad, sus derechos y hasta su sufrimiento. Y de todo esto lo peor es el desprecio que cotidianamente me llega de mujeres supuestamente feministas, e inteligentes, que enarbolan la bandera de la disolución del género, como si esto fuera la panacea para acabar con la violencia contra las mujeres. Y para ello han puesto en la diana especialmente a las mujeres trans.

¿Por qué no vais a por todos aquellos que nos han hecho sentir y creer que tener un coño o un pene llevaba implícito una caterva de disparates que nada tienen que ver con nuestra biología? Todos aquellos que consiguieron que el “sexo varón” disfrutara de privilegios frente al “sexo mujer”, y que nos construyó con infinitas características que tanto muchas mujeres como muchos hombres hemos desmontado, TRANSgrediendo los mandatos de quienes los dictaban y de quienes los asumían.

Siempre tuve problemas para “hacer de mujer” cuando las convenciones sociales así lo exigían. Y eso sí que fue violencia contra mi persona: nadie me dijo que era una mujer perfecta tal y como era, nadie me aportó un ápice de empatía y comprensión sobre la clase de mujer que yo he sido. Y muy al contrario, fueron cientos los mensajes que cuestionaban mi ser como mujer. Su mirada sobre mis características biológicas pretendía obligarme a ser una mujer que yo nunca supe cómo ser. Y disfrazarme, como ahora le gusta decir a alguna académica del feminismo, era ir a la sección de mujeres de El Corte Inglés para vestirme con ropa extraña para mí, teniendo como alternativa la sección de hombres, tan extraña como la anterior. ¿Y ahora vais y arremetéis contra quienes piden la autodeterminación del género?

No os entiendo. Ahí tenéis a toda una cultura que nos ha oprimido, arremeted contra ella, y dejad a las personas trans que vivan en paz, reconocedles su derecho a ser con la misma naturalidad que habéis asumido vuestras “feminidades absolutas”, y vuestras “masculinidades perfectas”. Y si de lo que se trata es de disolver los mandatos de género, mirad hacia otro lado, ahí donde se construyen y alimentan: en cada escuela, en cada partido político, en cada comercio, en cada libro de texto, en cada universidad, en cada parlamento, en cada entorno laboral, en cada vecindad, en cada familia, en cada pandilla de adolescentes, en cada expresión cultural. Tirad del hilo de la Historia y del montaje social establecido en ella hasta llegar a nuestro presente, y ahí es donde podéis empezar a lanzar improperios a diestro y siniestro dejando a las personas trans en paz. Aunque sea por honestidad, aunque sea por respeto. Un mínimo de empatía, por favor.

Frente al enemigo común

Por Tomás Loyola Barberis (@tomasee)

 

Cuando se pone sobre la mesa el hecho de que el reconocimiento de los derechos de las personas trans está negando el sexo como una fuente de desigualdad, significa que algo estamos haciendo mal. El sexo puede ser incuestionable, pero la construcción del género se puede poner en duda desde el momento mismo en que es un constructo social que, durante siglos, ha favorecido la perpetuación de roles desde la subordinación para unas y las posiciones de poder para otros.

La genitalidad poco tiene que ver con la masculinidad o la femineidad de una persona como algo intrínseco (ni el tamaño ni el grosor, ni siquiera su presencia); al contrario, es el factor que se ha utilizado histórica y culturalmente para separar y educar a las personas de acuerdo a ella: si tiene pene, será educado y socializado como hombre; si tiene vagina, será educada y socializada como mujer. Y así con todos los estereotipos y preconcepciones en cuanto a gustos, comportamientos y actitudes asociados que arrastramos por siglos.

Esa concepción del género es el problema, porque es el origen de la desigualdad que ha favorecido la brecha entre mujeres y hombres, y también de la violencia estructural ejercida por ellos, del acoso y las agresiones, de la responsabilización de los cuidados que recae en ellas, etc. Es decir, es la que ha sistematizado y legitimado los estereotipos que han favorecido al cisheteropatriarcado, convirtiéndolos en la norma e intentando eliminar cualquier corriente de pensamiento que pudiera ponerlos en duda.

Uno de estos cuestionamientos es el que se hace desde las teorías queer respecto al sexo biológico, en fin, a la genitalidad. Reduciendo al mínimo y a lo fundamental esta discusión, se trata de separar el género y el sexo del aparato reproductivo del todo: hay niños que tienen vagina y niñas que tienen pene, abriendo paso a representar a todas esas minorías que no encajan en el binarismo de base, hombre-mujer, y que expresan libremente su identidad de género. Perdonadme la simplificación, pero al final es la mejor forma de explicarlo. Sobre todo, por el escozor que ha causado esta frase entre determinados grupos.

Una organización defendía, a través de un autobús que recorría las calles, su mensaje: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, que resume de manera muy burda el posicionamiento de quienes acusan a lo queer de ser un peligro para la igualdad.

Lo sorprendente es cuánto ha calado ese mensaje en ciertos sectores del feminismo, los llamados más radicales, que han puesto el grito en el cielo con el argumento transexcluyente (tránsfobo) de que las teorías queer desdibujan y ponen en peligro de muerte la lucha por esa desigualdad estructural que viven las mujeres por el simple hecho de serlo, difuminándolas como sujetos políticos en sus reivindicaciones históricas, presentes y futuras. El debate se centra, sobre todo, en el caso de las personas trans y su autodeterminación de género, en el que las argumentaciones tienden a recurrir, como siempre, a la medicalización del debate (donde las personas que “son” fuera de la norma parecen necesitar un diagnóstico que valide o invalide el ejercicio de su ser), reduciéndolo a cuestiones quirúrgicas (si se ha operado u hormonado, o no), o directamente utilizando como arma arrojadiza ficciones policiales y jurídicas de cosas que podrían ocurrir: ¿qué pasaría si?

Uno de los argumentos que se utilizan en contra es la criminalización; es decir, ¿qué pasaría si un hombre, agresor, decide cambiarse a mujer ante una acusación de violencia de género? Yo no sé qué pasa cuando no nos damos cuenta de lo absurdo de este planteamiento, que pone la expresión y la identidad de género a la altura de una decisión arbitraria e inmediata, que no implica ningún proceso interno previo, relativizando las problemáticas individuales y quitándoles toda relevancia en la historia de vida de cada persona.
No olvidemos que nadie se hace o se convierte en trans. Y decir que lo hace para disfrutar de privilegios muestra que tiene una idea muy alejada de otras formas de opresión mucho más profundas. Más cuando, en casi todos los casos, esa crítica viene de los sectores más privilegiados entre los todavía oprimidos: mujeres blancas, occidentales, en posiciones de poder (o no), independientes y formadas. ¿Cuál es la verdadera amenaza entonces? ¿La violencia probable surgida de esa potencial y ficticia criminalidad o la amenaza de tener que hacer un ejercicio de introspección para darse cuenta de que los privilegios obtenidos quizás están enturbiando su mirada crítica al sistema con el que lucharon en el pasado para llegar al lugar que ocupan actualmente? Esa posición nunca resulta cómoda y amable, sobre todo a la hora de los cuestionamientos y las renuncias.

Las personas trans se enfrentan a situaciones mucho más extremas que otras del colectivo, y eso sin entrar en interseccionalidades (raza, edad, situación socioeconómica, discapacidad, etc.) que hacen todavía más precaria su situación: invisibilización, discriminación, altos índices de violencia, cerca de un 80% de tasa de desempleo en España, etc. ¿De verdad podemos trivializar con este asunto? Me parece de una falta de sensibilidad muy peligrosa y, sobre todo, de una ignorancia supina, de esa que es capaz de enfrentarnos con quienes están de nuestro lado para ponérselo todavía más fácil al contrincante. ¿Tan amenazante resulta para ciertas corrientes feministas el reconocimiento de las mujeres trans dentro de la lucha?

La carga contra las minorías

Utilizar ciertos argumentos como los mencionados en párrafos previos me parece casi igual de indecente que, cuando en los años en los que se luchaba por el matrimonio igualitario, se recurriera a afirmaciones tales como primero se querrán casar entre ellos, pero luego con niños o con animales. Quizás me he pasado, pero esto me sirve para sostener lo ridículo que resulta basar una decisión política, jurídica y social en ficciones criminales o en amenazas irracionales, ya que esto pone en peligro algo tan fundamental como la igualación de derechos.

Además, resulta muy sospechoso que siempre se culpe a las minorías: los cuestionamientos de género ponen en peligro los avances del feminismo, dicen. No, no. Lo que pone en peligro los avances del feminismo es el machismo, ese que históricamente ha maltratado y dejado de lado a más de la mitad de la población, y que todavía, pese a todo, campa a sus anchas en la mayoría de los espacios de poder, los hogares y el trabajo. Incluso en el amor. La verdadera amenaza de cualquier movimiento social está en negar aquellos cuestionamientos necesarios que permitan cambiar las cosas y en el temor a las corrientes que ponen en duda el sistema, dos habituales herramientas de lo establecido para mantener su posición de poder. De esas corrientes y de esos cuestionamientos es, precisamente, de donde nace el reconocimiento legal y social de los derechos que se han conseguido hasta ahora.

No podemos caer en la trampa y enfrentar luchas que históricamente han tenido un adversario común. Porque el enemigo del feminismo no son las personas trans ni viceversa (ni el colectivo LGTBIQ+ en general), sino que es el cisheteropatriarcado, ese que se vale de las leyes, las religiones, la historia e incluso del arte para imponer su ideario. Y esto va más allá de feminismo radical o liberal, porque realmente es un problema que afecta a todas las corrientes que defienden la igualdad y el necesario abandono del dominio de las ideas patriarcales. Pero estamos tan acostumbrados a esa imposición ideológica, que su incidencia en nuestras vidas y en nuestros pensamientos resulta sutil y prácticamente imperceptible. Pero está ahí y su ataque es permanente.

Si el heteropatriarcado fuese como un consejo de sabios, me los imagino disfrutando con algarabía de estas discusiones y de los dichos tránsfobos de ciertas corrientes feministas y del gobierno: divide y vencerás, dirían con regocijo.

Flaco favor nos estamos haciendo. Espero que no nos demos cuenta demasiado tarde de que la transfobia no es más que una herramienta para hacernos perder el foco de nuestra lucha y, sobre todo, de nuestro enemigo principal. Porque, ¿quién gana con el discurso tránsfobo? Claramente, las mujeres trans no. Pero tampoco las mujeres cis, porque el hecho de rechazar o condenar a las trans no las hace más mujeres, sino menos humanas y, claramente, menos coherentes con su historia y sus luchas.

 

Históricas LTB – Sylvia Rivera

Por Charo Alises (@viborillapicara)

#MujeresTrans

 

Nacida el 2 de julio de 1951 en Nueva York, la llamaron Ray al nacer. Sylvia fue una  destacada activista trans que luchó por los derechos humanos de las personas LGTBI. Su padre, José Rivera, la abandonó cuando era  muy pequeña y su madre se suicidó cuando ella tenía tres años. Sylvia  y su hermana Sonia quedaron bajo la tutela  de su abuela, que apenas podía mantener el hogar familiar con cincuenta dólares a la semana. Viejita, como llamaban a la abuela cariñosamente, nunca aceptó la forma de comportarse de Sylvia; no soportaba que se maquillase, para ella eran cosas de “maricas”.

Cansada de las palizas de su abuela y de las burlas del vecindario, Sylvia se marchó de casa con 11 años y empezó a ejercer la prostitución en la calle para sobrevivir. Por aquella época, se unió a una comunidad de Drag Queens, término con el que se denominaba en la época de los 60 y 70 a las personas trans.

Rivera empezó su activismo con la Guerra de Vietnam y  los movimientos por los derechos civiles y feminista. Luchó también, por los derechos de los jóvenes puertorriqueños y afroamericanos. Como hispana se identificaba con las revolucionarias Panteras Negras y su homólogo puertorriqueño, Young Lords.

Con diecinueve años, preocupada por las menores trans que vagaban por las calles prostituyéndose, Sylvia, que había estado en esa misma situación desde los once años, creó, junto a su amiga Marsha P. Johnson, el grupo Travestis Callejeras Revolucionarias de Verdad (Street Transvestites Actual Revolutionaries- STAR), cambiando luego a Verdad por Acción. Su primer hogar fue un trailer, aparentemente abandonado, en un aparcamiento al aire libre del Greenwich Village. Una noche,   les robaron el tráiler así que  consiguieron acondicionar un edificio  casi en ruinas y convertirlo en un refugio para jóvenes chicas trans. De allí las terminaron desalojando por impago de alquiler.

Fue una de las protagonistas de la revuelta que tuvo lugar en el bar Stonewall de Nueva York la madrugada del 28 de junio de 1969, resistiéndose ante la redada de la policía aquella noche. Por esa época, las redadas policiales en el Stonewall eran frecuentes, injustificadas y constituían una vejación a la dignidad de las personas LGTBI que frecuentaban aquel  local. La rebelión de Stonewall fue el detonante de la lucha por los derechos civiles de las personas LGTB en Estados Unidos y en el resto del mundo.

Durante los últimos  cinco años de su vida, Sylvia reinició su actividad política, dando  discursos sobre los disturbios de Stonewall y la necesidad de unión entre personas transgénero para luchar por su legado histórico como personas en la vanguardia del movimiento LGTB. A principios de 2001, restableció la organización STAR y continuó con su activismo hasta su muerte.

En mayo de 1995 intentó suicidarse lanzándose al rio Hudson. Murió el 18 de febrero de 2002 debido a complicaciones de un cáncer de hígado. De ella se ha dicho que fue la Rosa Park del movimiento transgénero.

 

«Sylvia Rivera» is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

Históricas LTB: Marsha P. Johnson

Por Charo Alises (@viborillapicara#MujeresTrans

 

Si no apoyas a la gente negra, a las mujeres trans, a las trabajadoras sexuales y a las personas que viven con VIH, no está celebrando el Orgullo.

 

Mujer negra, trans, pobre, prostituta, VIH positiva, modelo, drag y activista LGTBI. Nació como  Malcom Michaels Jr., en Nueva Jersey, Estados Unidos el 24 de agosto de 1945. Fue una de las activistas más destacadas por los derechos de las personas LGTB

A los cinco años Marsha empezó a usar vestidos pero tuvo que dejar de hacerlo por las agresiones de algunos niños. Con  trece años fue violada por otro menor. En esa época ella no sabía nada sobre las personas LGTB.

Con 18 años, una maleta de ropa y quince dólares en el bolsillo, se marcha a Nueva York.

No eran tiempos  propicios para la disidencia sexual. Aunque el Estado de Nueva York había cambiado la sodomía de un delito a una falta, la homosexualidad seguía siendo criminalizada, Las personas homosexuales no podían bailar juntas y estaba prohibido servirles alcohol en los bares. Vestir ropa del sexo opuesto podía suponer una acusación de desviación sexual.

Reina Callejera muy conocida en la ciudad de Nueva York,​ Johnson fue una de las  activistas más destacadas en los enfrentamientos con la policía durante los disturbios de Stonewall, ocurridos durante la madrugada del 28 de junio de 1969 . Esta revuelta   sentó las bases de la lucha por los derechos civiles de las personas LGTB en Estados Unidos y en el resto del mundo. En 1970 Marsha fue una de las caras visibles de la primera marcha del Orgullo.

Johnson y su amiga Sylvia Rivera, preocupadas por las jóvenes trans sin hogar,  cofundaron a principios de los setenta, la organización Street Transvestite Action Revolutionaries (STAR; Revolucionarias activistas travestidas callejeras); juntas eran una presencia visible en las marchas a favor de los derechos de las personas LGTB y participaban en otras  acciones políticas radicales en defensa  de diferentes causas sociales.

Junto con Rivera, Johnson era madre de la Casa STAR, recogiendo ropa y comida para ayudar  a las jóvenes drag queens, mujeres trans y chicos sin hogar que vivían en los muelles de la calle Christopher.

En la década de 1980,  continuó su activismo en la calle como organizadora  de ACT UP, acrónimo de AID Coalition to Unleash Power, un grupo de acción directa creado en 1987 para llamar la atención sobre la pandemia del sida y las personas  que lo padecían con objeto de conseguir legislaciones favorables , promover la investigación científica y la asistencia a quienes lo  sufrían  hasta conseguir todas las políticas necesarias para alcanzar el fin de la enfermedad.

Cuando un  juez preguntó a Marsha, ¿Qué significa la ‘P’ del nombre?; Johnson contestó: Pay it No Mind (No le hagas caso). ​Esta frase se convertiría en su distintivo.

En 1974  Andy Warhol la fotografió como parte de una serie de polaroids titulada señoras y caballeros, que se centraba en drag queens.​ Johnson también era miembro de la troupe de drag queens de Warhol, Hot Peaches, que ha sido comparada con otra similar de San Francisco, The Cockettes.​

En julio 1992,  encontraron el cuerpo de Marsha  flotando en el río Hudson, no lejos del muelle del West Village, poco después de la Marcha del Orgullo.​ La policía consideró la muerte un suicidio.​ Los amigos y seguidores de Johnson dijeron que no tenía tendencias suicidas​ y una campaña de pósteres más tarde afirmaba que Johnson había sido acosada el día de su muerte cerca de donde se encontró su cuerpo. Los esfuerzos para conseguir que la policía investigase la causa de la muerte fueron infructuosos. ​ Después de una fuerte campaña dirigida por la activista Mariah López, en noviembre 2012 el departamento de policía de la Nueva York reabrió el caso como un posible homicidio.​

Las amistades cercanas de Johnson la consideraban una persona profundamente espiritual, que atendía a todas las iglesias y templos y regalaba lo poco que tenía para ayudar a las personas  que malvivían en las calles.

Sólo dos días antes de su muerte, Johnson fue entrevistada extensamente sobre su vida. La entrevista forma el núcleo del documental de 2012, Pay it No Mind: The Life and Times of Marsha P. Johnson, dirigido por Michael Kasino y Richard Morrison.

En el lugar del río Hudson donde se recogió su cadáver se ha instalado una fuente en su memoria.

 

«Marsha P Johnson» by Glaurung_Quena is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

Deontología periodística y colectivo trans

Por Ander Prol González(@AnderProlGlez) marika, periodista y sexólogo

Manifestantes ante el Ministerio de Igualdad por la Ley Trans el pasado sábado.EFE

Casi han pasado cuatro años desde que se presentó mi trabajo de fin de master para graduarme en Sexología. Mi formación en periodismo y los conocimientos adquiridos durante el master hicieron que quisiera aunar ambas ciencias, por lo que la investigación resultante fue el Análisis de la representación de la transexualidad por parte de los medios digitales españoles.

Aunque no ha pasado mucho tiempo desde entonces, el contexto del análisis ha variado por completo. A día de hoy, la cantidad de noticias dedicadas al colectivo trans ha aumentado exponencialmente. Como menciona Ruben Olveira (2019)[1], la visibilización del colectivo, pasar de lo privado a lo público, hizo que ocupase más espacio en la parrilla informativa dejando de lado secciones de carácter más morboso. Lee el resto de la entrada »

Especial Ley Trans: la Estrategia LGTBI de la UE en 10 claves

Curro Peña (@Currikitaum)Doctor en Derecho y autor del blog jurídico @Queeridico nos ha cedido este texto ya publicado en su blog el pasado 18 de noviembre, un espacio que os recomendamos y animamos a frecuentar

La Comisión Europea ha presentado su Estrategia LGTBI para el lustro 2020-2025. En este artículo te resumimos qué puedes esperar.

Pero, antes de nada, ¿de qué estamos hablando? De la Comunicación de la Comisión Europea COM(2020) 698 final, llamada «Estrategia de Igualdad LGBTIQ 2020-2025» (en adelante «Estrategia LGTBI», por mantener las siglas habitualmente empleadas en la legislación española)

Se trata de un documento programático en el que la Comisión detalla cuáles serán sus líneas de actuación en relación con las personas LGTBI durante los próximos años. Una agenda política y normativa largamente esperada por el activismo e, incluso, por muchos Estados miembros. El impulso de la Comisaria de Igualdad, la maltesa Helena Dalli, y de la Vicepresidenta de la Comisión y Comisaria de Valores y Transparencia, la checa Věra Jourová, ha permitido que, por fin, vea la luz.

Aunque se trata de la primera Estrategia en mayúsculas de la Comisión, no es el primer documento sobre las personas LGTBI de la Unión Europea. En particular, debe tenerse en cuenta la Lista de Acciones para Avanzar la Igualdad de las personas LGTBI adoptada en 2015 por Jourová (quien por entonces tenía atribuidas competencias en igualdad como Comisaria). Con el fin de la vigencia de la Lista (que abarcaba de 2015 a 2019), era imprescindible dar un paso más allá. Aunque lejos de ser la revolución queer que nadie podía esperar de la Unión, lo cierto es que supone un importante paso adelante al colocar en el centro de la agenda los derechos de las personas LGTBI. Lee el resto de la entrada »

Especial Ley Trans: Seguridad jurídica y autodeterminación de género

Este análisis nos lo ha cedido Antonia Durán Ayago (@aduranusal), profesora Titular de Derecho Internacional Privado en la Universidad de Salamanca Miembro de la Clínica Jurídica de Acción Social, tras publicarlo en su blog

Foto: Quinn Dombrowski

Desde que la pasada semana el Ministerio de Igualdad hiciera públicos los dos borradores de Anteproyectos de Ley elaborados sobre la base del Acuerdo de coalición progresista entre PSOE y Unidas Podemos (puntos 5.3 y 11.1), uno relativo a la ley para la igualdad de las personas LGTBI y para la no discriminación por razón de orientación sexual, identidad de género, expresión de género o características sexuales, y otro, referido a la ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans, estamos asistiendo a una explosión de opiniones dentro de una vorágine que amenaza con que perdamos la noción real sobre lo que estos borradores de leyes pretenden.

Y lo que pretenden es bien sencillo, apostar desde la legislación para conseguir que las personas LGTBI alcancen una posición de igualdad real en nuestra sociedad que en estos momentos no tienen. Lee el resto de la entrada »