Entradas etiquetadas como ‘Feminismo’

Gloria Anzaldúa

Por Charo Alises (@viborillapicara)

#Mujereslesbianas

Vivir en la Frontera significa que tú no eres ni hispana , india, negra, española ni gabacha, eres mestiza, mulata, híbrida atrapada en un fuego cruzado entre dos bandos mientras llevas las cinco razas sobre tu espalda sin saber para qué lado volverte, del cual correr.

Gloria Anzaldúa

 

Se definía como chicana / tejana / lesbiana / feminista / escritora / poeta / teórica cultural. Esas identidades marcarían su transcurrir vital y definirían su obra.

Gloria Anzaldúa, nació en el Valle de Texas, Estados Unidos, el 26 de septiembre de 1942. Era hija de Urbano y Amalia Anzaldúa. Sus padres fueron trabajadores agrícolas y ella vivió intensamente el contacto con la naturaleza tejana. Muy pronto descubrió que las personas hispanoamericanas habitaban en los márgenes de la sociedad y fue consciente de la necesidad de luchar por la justicia social. La vida de Gloria estuvo atravesada por la pobreza, la inmigración y la enfermedad. Las fumigaciones de las avionetas que lanzaban veneno sobre los campos cuando ella era niña pudieron ser la causa de su salud quebradiza. Las operaciones y tratamientos médicos marcaron su cuerpo y su producción literaria.

Se licenció en inglés por la Universidad de Texas-Pan American en 1969 y obtuvo una maestría en inglés y educación de la Universidad de Texas en Austin en 1972 y esto a pesar del racismo, sexismo y otras formas de opresión que experimenta en su vida como chicana de séptima generación. En la década de 1970, impartió un curso en UT-Austin llamado “ La Mujer Chicana” . Gloria al dar estas clases conectó con la comunidad queer, la escritura y el feminismo.

Marchó a California en 1977 y allí se dedicó a escribir y a trabajar como catedrática en la Universidad Estatal de San Francisco; la Universidad de California en Santa Cruz; la Universidad Atlántica de Florida y otras . Participó en el activismo político y se integró en grupos como el Gremio de Escritoras Feministas. También indagó maneras de consolidar un movimiento feminista inclusivo y multicultural. En sus investigaciones descubrió que había muy pocos escritos de mujeres de color o sobre ellas.

Durante la década de 1980, Gloria continuó viajando, enseñando, asistiendo a talleres y escribiendo. Editó dos antologías que recogieron las voces de feministas de muchas razas y culturas. This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color se publicó en 1983 y ganó el premio American Book Award de la Fundación Before Columbus. Making Face Making Soul / Haciendo Caras: Creative and Critical Perspectives by Feminists of Color se publicó en 1990. Incluía escritos de feministas famosas como Audre Lorde y Joy Harjo, nuevamente en secciones fragmentadas con títulos como “Still Trembles our Rage in el Rostro del Racismo ”y“ Yo (Des) Colonizados ”.

Estas obras suponen una crítica al feminismo hegemónico, blanco, heterosexual y de clase media alta haciendo presente la clase y la raza, que comienzan a vindicarse como categorías políticas imprescindibles en la lucha feminista.

La obra de Gloria entrelaza la poesía con la narrativa en prosa. Los ensayos intercalados con poesía en Borderlands / La Frontera son un reflejo de sus años de pensamiento feminista y su forma de expresión no lineal y experimental. En esta obra, publicada en 1987, Anzaldúa relata la existencia de varias culturas cerca de la frontera entre México y Texas. También es la historia de la historia, la mitología y la filosofía cultural mexicano-indígena. El libro examina las fronteras físicas y emocionales, y sus ideas van desde la religión azteca hasta el papel de la mujer en la cultura hispana y cómo las lesbianas encuentran un sentido de pertenencia en un mundo heterosexual (Lewis: 2020). Según Maria Teresa Vera-Rojas, «este libro es un texto mestizo, tanto política como estéticamente. En él se entrecruzan autobiografía, ensayo y poesía con una escritura que desafía la linealidad narrativa y se desliza entre las lenguas que definieron las experiencias vitales de Anzaldúa: español, inglés, náhuatl, mexicano norteño, tex-mex, chicano y pachuco, para producir un nuevo discurso crítico que impide esencialismos y pretende, por el contrario, celebrar las múltiples identidades en las que se reconocen los sujetos fronterizos y que dan forma a la conciencia de la llamada Nueva Mestiza. Anzaldúa desarrolla, por un lado, una redefinición de la identidad nacional chicana, fundada en el mito de Aztlán, así como una transformación del discurso de mestizaje ideado por Vasconcelos, para proponer un nuevo sujeto mestizo mujer: la Nueva Mestiza, sujeto heterogéneo, marginal y de herencia indígena; mujer de color, lesbiana y habitante de la frontera, cuya identidad se construye a partir de sus luchas y de su origen racial, lingüístico e histórico, y cuyo reconocimiento problematiza la universalidad heteronormativa, patriarcal y excluyente con la que el colectivo y el movimiento chicanos habían concebido su discurso de identidad étnica.»

Como la publicación de Borderlands/La frontera siguió al Movimiento Chicano, la profesora de Sociología María L. Amado argumenta que Anzaldúa influyó en su concepto de la “nueva mestiza” desde la de “la Raza mestiza”, una teoría de la identidad colectiva basada en nociones de pureza racial creadas por el filósofo José Vasconcelos, más tarde adoptada por los chicanos.

La académica Melissa Castillo-Garsow también presta gran parte de la influencia de Anzaldúa a sus experiencias como mujer de color en la academia. En lugar de que Borderlands mantenga la adhesión a las normas académicas, Castillo-Garsow argumenta que el trabajo de Anzaldúa desafía los paradigmas tradicionales a través de su teorización de la “conciencia mestiza” y la mezcla de su propio español chicano con el inglés académico estándar, basándose en su formación como mujer chicana.

Insaciable observadora del arte y la espiritualidad , trasladó estas influencias a sus escritos. Anzaldúa es reconocida como una mujer muy espiritual, tuvo una abuela curandera. En muchas de sus obras invoca a la Virgen de Guadalupe, divinidades nahuas/toltecas y la mitología yoruba Orishás, Yemayá y Oshún. En sus últimos trabajos, lleva a cabo un activismo espiritual para desvelar cómo es posible fusionar la espiritualidad con la política para llevar a cabo un cambio revolucionario.

Dedicó parte de su vida a la enseñanza y trabajó en una tesis doctoral, que quedó inacabada por complicaciones de salud y exigencias profesionales. UC Santa Cruz le concedió un Ph.D. póstumo en literatura.

Gloria Anzaldúa obtuvo muchos premios, incluido el Premio Nacional de Ficción de las Artes y el Premio Lambda Lesbian Small Press Book. Falleció en 2004 por complicaciones relacionadas con la diabetes.

“Gloria Anzaldua” by K Kendall is licensed under CC BY 2 0

El cerebro de una TERF

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)

 


Esas mujeres poco mujeres…

Mar Tornero.
Vicepresidenta del Colectivo GALACTYCO, Cartagena. 

 

No estoy muy segura de escribir este artículo, pero lo voy a intentar.
Una vez escuché a Miquel Missé decir que las mujeres lesbianas masculinizadas teníamos mucho que decir al respecto de la realidad trans. Y sí, es cierto.

Nosotras, esas mujeres “poco mujeres” que crecimos en entornos en donde el género estaba marcado a fuego, tuvimos que lidiar con la violencia establecida que dirimía y juzgaba sin pudor cuándo estabas dentro de los cánones establecidos y cuándo te salías de la norma en cuanto a ser mujer se refiere: chicazos, marimachos, envidiosas del pene y otras lindezas fueron expresiones que tuvimos que soportar demasiadas veces mientras construíamos nuestra personalidad. Y no ya porque desearas ser amante de otra mujer, no. Era porque tu modo de estar en el mundo no cumplía con unas normas sociales inventadas para ser mujer o ser hombre. “Vistes como hombre, montas en bici como hombre, conduces como hombre, trabajas como hombre, llevas el pelo como hombre, y hasta deseas como hombre….”, ¿pero esto qué mierda es? Entonces no les bastaba mi genitalidad…

Si pudiera decir en un artículo “estoy hasta el coño”, lo diría, pero no lo voy a decir. Aunque hablando de coños, diré que estoy muy orgullosa del mío, que jamás envidié un pene, y que si sigo siendo una mujer es porque aprendí a librarme de cuantos estereotipos de género me marcasteis, sociedad en general. Aprendí a ser como soy amando el cuerpo que tengo y mi manera de hacer vida con él, a pesar de todos esos mensajes que pretendían hacerme creer que había algo erróneo en mí.

Ahora, esa sociedad en general, siempre tan empática, se pone a opinar sobre si es apropiada la autodeterminación del género para todas aquellas personas a las que habéis tratado de domesticar sin éxito con vuestros estereotipos artificiales, esos que hunden sus raíces en creencias fantasiosas e irracionales. Y cuestionan su legitimidad, su dignidad, sus derechos y hasta su sufrimiento. Y de todo esto lo peor es el desprecio que cotidianamente me llega de mujeres supuestamente feministas, e inteligentes, que enarbolan la bandera de la disolución del género, como si esto fuera la panacea para acabar con la violencia contra las mujeres. Y para ello han puesto en la diana especialmente a las mujeres trans.

¿Por qué no vais a por todos aquellos que nos han hecho sentir y creer que tener un coño o un pene llevaba implícito una caterva de disparates que nada tienen que ver con nuestra biología? Todos aquellos que consiguieron que el “sexo varón” disfrutara de privilegios frente al “sexo mujer”, y que nos construyó con infinitas características que tanto muchas mujeres como muchos hombres hemos desmontado, TRANSgrediendo los mandatos de quienes los dictaban y de quienes los asumían.

Siempre tuve problemas para “hacer de mujer” cuando las convenciones sociales así lo exigían. Y eso sí que fue violencia contra mi persona: nadie me dijo que era una mujer perfecta tal y como era, nadie me aportó un ápice de empatía y comprensión sobre la clase de mujer que yo he sido. Y muy al contrario, fueron cientos los mensajes que cuestionaban mi ser como mujer. Su mirada sobre mis características biológicas pretendía obligarme a ser una mujer que yo nunca supe cómo ser. Y disfrazarme, como ahora le gusta decir a alguna académica del feminismo, era ir a la sección de mujeres de El Corte Inglés para vestirme con ropa extraña para mí, teniendo como alternativa la sección de hombres, tan extraña como la anterior. ¿Y ahora vais y arremetéis contra quienes piden la autodeterminación del género?

No os entiendo. Ahí tenéis a toda una cultura que nos ha oprimido, arremeted contra ella, y dejad a las personas trans que vivan en paz, reconocedles su derecho a ser con la misma naturalidad que habéis asumido vuestras “feminidades absolutas”, y vuestras “masculinidades perfectas”. Y si de lo que se trata es de disolver los mandatos de género, mirad hacia otro lado, ahí donde se construyen y alimentan: en cada escuela, en cada partido político, en cada comercio, en cada libro de texto, en cada universidad, en cada parlamento, en cada entorno laboral, en cada vecindad, en cada familia, en cada pandilla de adolescentes, en cada expresión cultural. Tirad del hilo de la Historia y del montaje social establecido en ella hasta llegar a nuestro presente, y ahí es donde podéis empezar a lanzar improperios a diestro y siniestro dejando a las personas trans en paz. Aunque sea por honestidad, aunque sea por respeto. Un mínimo de empatía, por favor.

Frente al enemigo común

Por Tomás Loyola Barberis (@tomasee)

 

Cuando se pone sobre la mesa el hecho de que el reconocimiento de los derechos de las personas trans está negando el sexo como una fuente de desigualdad, significa que algo estamos haciendo mal. El sexo puede ser incuestionable, pero la construcción del género se puede poner en duda desde el momento mismo en que es un constructo social que, durante siglos, ha favorecido la perpetuación de roles desde la subordinación para unas y las posiciones de poder para otros.

La genitalidad poco tiene que ver con la masculinidad o la femineidad de una persona como algo intrínseco (ni el tamaño ni el grosor, ni siquiera su presencia); al contrario, es el factor que se ha utilizado histórica y culturalmente para separar y educar a las personas de acuerdo a ella: si tiene pene, será educado y socializado como hombre; si tiene vagina, será educada y socializada como mujer. Y así con todos los estereotipos y preconcepciones en cuanto a gustos, comportamientos y actitudes asociados que arrastramos por siglos.

Esa concepción del género es el problema, porque es el origen de la desigualdad que ha favorecido la brecha entre mujeres y hombres, y también de la violencia estructural ejercida por ellos, del acoso y las agresiones, de la responsabilización de los cuidados que recae en ellas, etc. Es decir, es la que ha sistematizado y legitimado los estereotipos que han favorecido al cisheteropatriarcado, convirtiéndolos en la norma e intentando eliminar cualquier corriente de pensamiento que pudiera ponerlos en duda.

Uno de estos cuestionamientos es el que se hace desde las teorías queer respecto al sexo biológico, en fin, a la genitalidad. Reduciendo al mínimo y a lo fundamental esta discusión, se trata de separar el género y el sexo del aparato reproductivo del todo: hay niños que tienen vagina y niñas que tienen pene, abriendo paso a representar a todas esas minorías que no encajan en el binarismo de base, hombre-mujer, y que expresan libremente su identidad de género. Perdonadme la simplificación, pero al final es la mejor forma de explicarlo. Sobre todo, por el escozor que ha causado esta frase entre determinados grupos.

Una organización defendía, a través de un autobús que recorría las calles, su mensaje: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, que resume de manera muy burda el posicionamiento de quienes acusan a lo queer de ser un peligro para la igualdad.

Lo sorprendente es cuánto ha calado ese mensaje en ciertos sectores del feminismo, los llamados más radicales, que han puesto el grito en el cielo con el argumento transexcluyente (tránsfobo) de que las teorías queer desdibujan y ponen en peligro de muerte la lucha por esa desigualdad estructural que viven las mujeres por el simple hecho de serlo, difuminándolas como sujetos políticos en sus reivindicaciones históricas, presentes y futuras. El debate se centra, sobre todo, en el caso de las personas trans y su autodeterminación de género, en el que las argumentaciones tienden a recurrir, como siempre, a la medicalización del debate (donde las personas que “son” fuera de la norma parecen necesitar un diagnóstico que valide o invalide el ejercicio de su ser), reduciéndolo a cuestiones quirúrgicas (si se ha operado u hormonado, o no), o directamente utilizando como arma arrojadiza ficciones policiales y jurídicas de cosas que podrían ocurrir: ¿qué pasaría si?

Uno de los argumentos que se utilizan en contra es la criminalización; es decir, ¿qué pasaría si un hombre, agresor, decide cambiarse a mujer ante una acusación de violencia de género? Yo no sé qué pasa cuando no nos damos cuenta de lo absurdo de este planteamiento, que pone la expresión y la identidad de género a la altura de una decisión arbitraria e inmediata, que no implica ningún proceso interno previo, relativizando las problemáticas individuales y quitándoles toda relevancia en la historia de vida de cada persona.
No olvidemos que nadie se hace o se convierte en trans. Y decir que lo hace para disfrutar de privilegios muestra que tiene una idea muy alejada de otras formas de opresión mucho más profundas. Más cuando, en casi todos los casos, esa crítica viene de los sectores más privilegiados entre los todavía oprimidos: mujeres blancas, occidentales, en posiciones de poder (o no), independientes y formadas. ¿Cuál es la verdadera amenaza entonces? ¿La violencia probable surgida de esa potencial y ficticia criminalidad o la amenaza de tener que hacer un ejercicio de introspección para darse cuenta de que los privilegios obtenidos quizás están enturbiando su mirada crítica al sistema con el que lucharon en el pasado para llegar al lugar que ocupan actualmente? Esa posición nunca resulta cómoda y amable, sobre todo a la hora de los cuestionamientos y las renuncias.

Las personas trans se enfrentan a situaciones mucho más extremas que otras del colectivo, y eso sin entrar en interseccionalidades (raza, edad, situación socioeconómica, discapacidad, etc.) que hacen todavía más precaria su situación: invisibilización, discriminación, altos índices de violencia, cerca de un 80% de tasa de desempleo en España, etc. ¿De verdad podemos trivializar con este asunto? Me parece de una falta de sensibilidad muy peligrosa y, sobre todo, de una ignorancia supina, de esa que es capaz de enfrentarnos con quienes están de nuestro lado para ponérselo todavía más fácil al contrincante. ¿Tan amenazante resulta para ciertas corrientes feministas el reconocimiento de las mujeres trans dentro de la lucha?

La carga contra las minorías

Utilizar ciertos argumentos como los mencionados en párrafos previos me parece casi igual de indecente que, cuando en los años en los que se luchaba por el matrimonio igualitario, se recurriera a afirmaciones tales como primero se querrán casar entre ellos, pero luego con niños o con animales. Quizás me he pasado, pero esto me sirve para sostener lo ridículo que resulta basar una decisión política, jurídica y social en ficciones criminales o en amenazas irracionales, ya que esto pone en peligro algo tan fundamental como la igualación de derechos.

Además, resulta muy sospechoso que siempre se culpe a las minorías: los cuestionamientos de género ponen en peligro los avances del feminismo, dicen. No, no. Lo que pone en peligro los avances del feminismo es el machismo, ese que históricamente ha maltratado y dejado de lado a más de la mitad de la población, y que todavía, pese a todo, campa a sus anchas en la mayoría de los espacios de poder, los hogares y el trabajo. Incluso en el amor. La verdadera amenaza de cualquier movimiento social está en negar aquellos cuestionamientos necesarios que permitan cambiar las cosas y en el temor a las corrientes que ponen en duda el sistema, dos habituales herramientas de lo establecido para mantener su posición de poder. De esas corrientes y de esos cuestionamientos es, precisamente, de donde nace el reconocimiento legal y social de los derechos que se han conseguido hasta ahora.

No podemos caer en la trampa y enfrentar luchas que históricamente han tenido un adversario común. Porque el enemigo del feminismo no son las personas trans ni viceversa (ni el colectivo LGTBIQ+ en general), sino que es el cisheteropatriarcado, ese que se vale de las leyes, las religiones, la historia e incluso del arte para imponer su ideario. Y esto va más allá de feminismo radical o liberal, porque realmente es un problema que afecta a todas las corrientes que defienden la igualdad y el necesario abandono del dominio de las ideas patriarcales. Pero estamos tan acostumbrados a esa imposición ideológica, que su incidencia en nuestras vidas y en nuestros pensamientos resulta sutil y prácticamente imperceptible. Pero está ahí y su ataque es permanente.

Si el heteropatriarcado fuese como un consejo de sabios, me los imagino disfrutando con algarabía de estas discusiones y de los dichos tránsfobos de ciertas corrientes feministas y del gobierno: divide y vencerás, dirían con regocijo.

Flaco favor nos estamos haciendo. Espero que no nos demos cuenta demasiado tarde de que la transfobia no es más que una herramienta para hacernos perder el foco de nuestra lucha y, sobre todo, de nuestro enemigo principal. Porque, ¿quién gana con el discurso tránsfobo? Claramente, las mujeres trans no. Pero tampoco las mujeres cis, porque el hecho de rechazar o condenar a las trans no las hace más mujeres, sino menos humanas y, claramente, menos coherentes con su historia y sus luchas.

 

Soy Luisa, la monstrua

Juan Andrés Teno (@jateno_)

Soy Luisa la Monstrua, vieja, fea y pobre; aunque hace muchos años fui un niño guapo que jugaba, feliz, saltando la espuma del mar. Tuve una madre con manos impregnadas en jabón que me abrazaba y me llenaba de besos y un padre que me incrustó la plancha ardiendo en la cara cuando me sorprendió vistiendo las enaguas de mi hermana. Alcancé la madurez con el golpe y supe quien era buscando la causa de las quemaduras.

Un día de primavera robé los ahorros de mi casita marinera y me planté radiante en una Barcelona que creía me daría la oportunidad de ser lo que siempre fui y nunca me dejaron ser. Aunque cantaba y baila como la que más, mi deformidad facial me vomitó directamente a la noche del barrio chino, a los abrazos de veinticinco pesetas y al sexo no deseado de hombres oscuros.

Mi dinero de puta de calle me procuró las primeras hormonas y, años más tarde, muchos años más tarde, una operación clandestina que me robó cualquier placer en la cama, pero que me devolvió la dignidad plena de mujer que nunca deberían haberme negado.

Pasé por la cárcel, como muchas otras, no por vender mi cuerpo, sino por ser un peligro social en un país que estaba enfermo. Lloré mucho hasta ser una mujer reconocida por todas y cuando lo tuve en mis manos supe que seguiría sufriendo por no ser hombre y perder privilegios.

Un 26 de junio, en año 77 del siglo pasado, me lancé a Las Ramblas con mi pancartita de puta feliz, soñando con un país más amable para quienes apenas salíamos a pasear al sol y derretíamos nuestro futuro en sábanas usadas de miserables pensiones.

Esa España de libertad, que me metió en las venas un chico rubio del FAGC, llegó, pero lo hizo demasiado tarde para mi. Es cierto que puede adoptar con orgullo el nombre mi madre en mis papeles oficiales. Sí, ya era Luisa, aunque nunca dejé de ser La Monstrua. 

Fui joven y alegre y tuve un novio alto y fuerte, un toro azul que me bebía la vida en cada mirada. Besaba mis cicatrices con pasión y en sus brazos era una diosa inmaculada y pura. En sólo tres años el sida me lo robó lleno de llagas y terriblemente delgado. A él le dediqué todos mis ahorros en un entierro maldito al que no quiso acompañarme nadie. Con mis lágrimas aboné una tumba de margaritas que nunca pude olvidar.

Me lancé de nuevo a la calle y seguí amando mentiras y mojando camas que no eran la mía, soñando siempre con aquel hombre joven que seguía susurrándome versos al oído. Crecieron cicatrices en mi espalda y el sudor y el olor a tabaco de hombres ajenos me envolvían día y noche mientras devoraba todos los libros que caían en mis manos, libros que me llevaban a otros lugares y otros destinos donde poder ser feliz.

Se hizo una luz catódica en nuestro camino. A mis compañeras de calle las entrevistaban periodistas sedientas de otra Veneno en el chino barcelonés, pero mi cara quemada y las inyecciones baratas de silicona clandestina me hacían imposible reivindicar ante una cámara, aunque fuese la que más había leído, la que más sabia: seguía siendo Luisa la Monstrua.

Una mañana de invierno tuve que llorar a mi madre muerta en la puerta de la iglesia, primero, y tras la verja del cementerio, después, porque mi padre me negó la entrada y me zarandeó entre insultos y amenazas policiales. Dos años después, fui yo, sola, la que le limpió los últimos humores y la que lo amortajé con el triste y raído traje de su boda. Acaricié sus nervadas manos no queriendo olvidar las tardes de otoño en las me enseñó a pescar mientras acariciaba mis rizados cabellos. Supe que tenía que perdonarle para poder seguir viviendo.

Me llegó la vejez y la acepté plácidamente, pero seguía trabajando con mi cuerpo, ya agrietado por los años, frio, casi inerte, siempre suspirando por aquel novio joven que me envolvió en sonrisas durante tres veranos. Mi esfuerzo era intentar ahorrar para que cuando mis huesos se quebrasen pudiera comer, aunque fuera una vez al día. Sólo tenía a mis queridas amigas de la calle, con quienes compartía el chocolate caliente en el que mojábamos nuestras lágrimas y regábamos con carcajadas estruendosas antes de volver a las esquinas.

Hace unos meses escuché en la radio que nos llaman mutantes, que abusamos de los niños, que lo nuestro sólo es un deseo, que no es real. Ese no es el feminismo que he leído y la sororidad que he practicado en las calles. Me levanto, me miro al espejo y las cicatrices me recuerdan lo mucho que me ha costado llegar y que no puedo claudicar. Mi dolor no pueden heredarlo las que vienen detrás, ni los golpes, ni las zonas oscuras… Nunca, nunca renunciaré, aquel chico del FAGC me lo inoculó y mi activismo durará siempre.

Tengo la alacena de mi pequeño piso del Raval llena de lentejas y arroz. Vivo en cuarentena constante y no es la pandemia lo que me preocupa sino que no haya nadie que me cierre los ojos cuando todo acabe. He tenido la triste suerte de cumplir demasiados años y ver morir, una a una, a todas mis amigas del Chino. A todas las maquillé dentro de su ataúd, todas volaron guapas y lloradas. Pero para mí no habrá lágrimas.

La semana pasada salí por última vez de la casa y una chica que se ofreció a llevar mis bolsas hasta la casa me dijo “señora”. En 95 años era la primera vez que lo oía: “señora”, “señora”, “señora”.

Hace dos días que no puedo levantarme a hervir arroz, el único alimento que ingiero desde el martes. Sólo tengo fuerzas para manejar este lapicero que brinca desbocado entre reglones.

Las persianas están bajadas y no sé si es de día o de noche.

Tengo sueño, mucho sueño.

A veces creo que veo amanecer desde la casita de mi infancia.

Siento que el sol y la brisa acarician mi rostro.

Oigo que me llama mi madre.

Huelo sus manos.

Tengo sueño

Soy tu hija, mamá ¿dónde estás?

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Cuenta en Twitter: @jateno_ 

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

Lesbianas en la Historia: Gloria Fuertes

Por Charo Alises (@viborillapicara)
#MujeresLesbianas

En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

Lesbiana, feminista, solitaria, cuentista y motera. Gloria Fuertes nació en Madrid el 28 de julio de 1917. De familia humilde, se crió en el barrio de Lavapiés. Con cinco años ya mostraba interés por las letras y empezó a escribir y dibujar sus cuentos pese a no contar con el apoyo de su familia:

Cuando mi madre me veía con un libro, me pegaba. Nadie de mi familia me dijo nunca “escribe, hija, escribe, que lo haces bien…”. Nadie. No tengo nada que agradecer a mi familia. Pero cuando se quiere una cosa, aunque tu familia no te ayude, se consigue. Si vales de verdad y quieres algo con todas tus ganas, sales adelante seguro.

A los catorce años publica su primer poema Niñez, juventud, niñez. Asistió al Instituto de Educación Profesional de la Mujer obteniendo los diplomas de Taquigrafía, Mecanografía, Higiene y Puericultura. Cuando muere su madre empieza a trabajar como contable sin dejar de escribir poemas. Por esa época publica sus primeros versos y comienza a dar recitales de poesía en la radio.

En 1945 se estrenan obras suyas en diversos teatros de Madrid. Empieza a publicar en revistas destinadas al público infantil. En 1949 se edita el libro Canciones para niños y en 1950 Pirulí (Versos para párvulos), y organiza la primera Biblioteca Infantil ambulante por pequeños pueblos.

Fundó en 1951, junto con María Dolores de Pablos y Adelaida Las Santas, el grupo femenino Versos con faldas que durante dos años realizó frecuentes lecturas y recitales por cafés y bares de Madrid.

Además de su dedicación a la infancia, Gloria colaboraba en revistas para adultos como Rumbos, Poesía Española y El Pájaro de Paja. En 1950 participó en la creación de la revista poética Arquero con Antonio Gala, Julio Mariscal y Rafael Mir . Gloria dirigió esa publicación hasta 1954.

En 1952 se estrena en el Teatro del Instituto de Cultura Hispánica su primera obra teatral en verso: Prometeo, que recibió el Premio Valle-Inclán.

Estudió biblioteconomía e inglés en el Instituto Internacional de Madrid. Allí conoció a la hispanista estadounidense Phyllis Turnbull, que sería su pareja durante quince años. Trabajó como bibliotecaria hasta 1961 cuando obtuvo la beca Fulbright en Estados Unidos para impartir clases de Literatura española en la Universidad Bucknell, y fue -dijo- la primera vez que pisó una universidad. Después ejerció la docencia en el Mary Baldwin College y en el Bryn Mawr College, hasta su vuelta a España en 1963. Cuando regresa de Estados Unidos se dedica a dar clases de español para americanos en el Instituto Internacional. En 1972 se le concedió una nueva beca de la Fundación Juan March de Literatura Infantil.

A mediados de la década de 1970 se hace muy popular por sus apariciones en diversos programas infantiles de TVE, como Un globo, dos globos, tres globos, La mansión de los Plaff y La cometa blanca. Recibió el Aro de Plata gracias a esos trabajos. Esta dedicación al mundo de la infancia llegó a eclipsar su faceta de poeta comprometida con la realidad social de su tiempo. En el extranjero, sin embargo, Gloria Fuertes es una poeta fundamental de la posguerra española. Estados Unidos cuenta con especialistas en su obra, sobre las que se han realizado varias tesis doctorales. En Noruega su foto adorna la cola de los aviones de la Norwegian Airlines. Se han llevado a cabo estudios pormenorizados sobre su poesía social y su estilo particular que mezcla realidad y ficción en un lenguaje coloquial y una estilo único.

En sus versos destapa el interior de su ser. La poeta no ocultó su lesbianismo y aunque habla del amor en general, lo menciona en ocasiones como cuando dice me nombraron patrona de los amores prohibidos. Su gran amor fue Pyllis y cuando ésta murió Gloria quedó desolada y vertió en sus poemas el dolor que la arrasaba.

Ella y Gabriela Mistral son las únicas mujeres incluidas en la antología Norton que agrupa a cien poetas en lengua castellana. Jaime Gi de Biedma seleccionó sus versos en importantes colecciones. Goytisolo, Hierro y Nieva alabaron sus innovaciones técnicas.

“Gloria Fuertes” by uc3m.es/dap is licensed under CC BY-NC 2.0

Dos recomendaciones para parar y reparar este precipitado mes de mazo

Por Nieves Gascón, (@nigasniluznina), la cuentista de nuestro refugio

Ya estamos en el mes de marzo y casi no me doy cuenta por la cantidad de cosas de las que estoy pendiente. Tercera ola Covid 19, vacunas e intentos de especulación de las grandes empresas farmaceúticas, pendiente de la campaña de Amnistía Internacional para la defensa de la Atención Primaria de Salud, no podía estar más de acuerdo, gracias me devolvéis la fe en la humanidad y admiro a les, las y los activistas.

Ertes, despidos, elecciones sindicales, aprovecho y saludo a mis compañeras de sección de CCOO. Teletrabajo y redacto documentos sin fin. Tengo una preciosa familia con gata como el gato de Mili Hernandez que va de casa en casa y convive con familias muy diversas, como mi gran familia extensa.

En términos generales esta es nuestra vida, muchas personas pueden identificarse y tiene mucho sentido por dos motivos: internet nos abre puertas al trabajo, activismo, colaboraciones y actividades para todo el día. Llegó el 8 de marzo y dosifiqué fuerzas para disfrutar como otro año más, para que se pintasen las calles de morado. Además, ahora, las redes sociales se nos abrieron más posibilidades de expansión de esta tonalidad tan preciosa y feminista que nos viste a todas en estos días.

Y cuando hablo de todas, incluyo a las mujeres transfeministas, que las hay y desde hace mucho tiempo, a las transgénero y transexuales, por que el feminismo es la lucha por la igualdad, se gestó por este motivo y cabe en todos aquellos lugares donde hay personas discriminadas. Sino es así carece de sentido para mí que el feminismo me ha ayudado tanto a entender a verme y ver de forma sorora a otras mujeres. No puedo creerme la polémica actual en relación al feminismo, más recalcitrante me temo, y en contra de los colectivos de mujeres trans, sobre todo porque no he visto públicamente nada en contra de los hombres trans en ninguna declaración o debate. Lee el resto de la entrada »

Disidentes – Menos Virginia Woolf, más Itziar Ziga

Por Andrea Cay, (@AndCay_)(M

Fotografía: Natalia Vera

Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir ficción.

Una habitación propia, Virginia Woolf

Quiero ser escritora, es mi sueño desde pequeña. Claro que necesito esa habitación propia, claro que necesito ese dinero. Pero, Virginia, no quiero quedarme ahí, no voy a cuestionar eso.

Hoy me siento con rabia, como muchos otros días, y me encanta canalizar cualquier sentimiento para escribir sobre lo que soy.

Ay, Virginia, gran referente del feminismo, nos has dado mucho no te lo voy a negar. Pero nos has acomodado a encerrarnos en nuestra habitación a leer y leer, nuestro espacio seguro en donde nada ocurre.

Las habitaciones, en su mayoría, cuentan con ventanas, con un solo pequeño vistazo podemos observar la vida de los demás. Concretamente, en este caso, la de las demás. Woolf has conseguido que mujeres se queden encerradas, imaginando que el mundo real no existe. No nos preocupa la señora mayor que va cargada de bolsas, porque no voy a bajar a ayudarla. La señora que se gana su dinero, ese que tanto necesitamos para escribir, limpiando escaleras, a riders con contratos precarios, luchando por subsistir. Lee el resto de la entrada »

Contractivismo: ¿por qué tu opinión vale más que la mía?

Por Marta Márquez (@marta_lakme) escritora y presidenta de Galehi, asociación de familias LGTBI

Foto de Robert Couse-Baker

 

”La normalidad es una ilusión; lo que es normal para una araña es el caos para una mosca”

Morticia Addams

 

Y en esas vive el mundo entero. En decidir qué es la normalidad, qué está bien y qué no. Lo que pasa es que decidir qué es lo correcto para siete mil millones de personas igual se nos va de las manos, ¿no?.

La decisión es algo que se construye a través del conocimiento, o debería ser. Se presenta algo nuevo en nuestras vidas, tratamos de saber qué es y, en base a nuestro aprendizaje anterior, decidimos si es bueno para nosotres o no. Parece fácil, pero es algo que el ser humano lleva tratando de explicar y de entender desde que tenemos conciencia. La filosofía se ha encargado de tratar de devanarse los sesos para conseguir llegar al kit de la cuestión y desde Sócrates hasta Judith Butler las preguntas han sido siempre muy parecidas. Lee el resto de la entrada »

¿Quién teme a lo queer? – Escándalo.

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

 

El conformismo es la certeza obstinada de aquellos que son inseguros

Pasolini

Este río desbordado no se puede controlar

Willy Chirino/Raphael

 

En 1965, Pier Paolo Pasolini realizó el documental Comizi dAmore (traducido como Encuesta sobre el amor), con el que recorrió Italia haciendo preguntas a todo tipo de gente sobre las relaciones, el amor, el género, el sexo y los derechos civiles. Cientos de personas opinan en este film sobre, entre otras cosas, el matrimonio y una posible ley del divorcio. La cuestión flotante es el problema sexual, tesis que sobrevuela la película y que todo el mundo parece sobreentender sin más indagaciones. ¿El matrimonio/divorcio soluciona el problema sexual? Nunca se plantea cuál es, efectivamente, este problema, sin embargo la pregunta hace saltar como resortes de la misma maquinaria toda otra serie de amenazas adheridas. Parece que el problema sexual es un todo en el imaginario común que afecta a las cuestiones más íntimas y, por supuesto, a su deriva pública.

Pero, ¿cuál es el (o son los) problema(s) sexual(es)? En Comizi d’Amore se habla sobre la pareja y sus normas, la infidelidad, la prostitución y sus condiciones, las invertidas, la moral, la identidad, la perversión y sus implicaciones, los derechos, la crianza, el afecto, la segregación de espacios y, en suma, qué significa ser hombre o ser mujer. Todo el mundo entonces, como tú y yo ahora, como cualquiera, tenía una opinión sobre estos engranajes, sobre el problema sexual y sobre cómo debería estructurarse el mundo en función de esa opinión. Testimonios diversos por generación, clase social, orientación, identidad, procedencia, herencias e historias de vida producían, como resultado, un mapa heterogéneo de cuerpos y relatos que, de forma desigual, habitaban el problema sexual.

Como tú y yo, como entonces, ahora. Resulta sorprendente (o quizá no tanto) escuchar argumentos que casi 60 años después se reproducen en nuestro presente, y otros que, si bien han cambiado de contenido, utilizan la misma estrategia de enunciación: el escándalo. Y es que el problema sexual, convengamos, emerge cada tanto en el mapa social y siempre se encuentra con resistencias similares. Hoy por hoy, estamos de acuerdo en que cuestiones como el divorcio o incluso el matrimonio igualitario no suponen (salvo en los reductos más conservadores) ningún escándalo. Sin embargo hay que reconocer, como nos recordó Gayle Rubin, que si bien la sexualidad siempre es política, hay periodos en los que la vida erótica es ampliamente politizada, y esos periodos (los de renegociación) se engarzan entre argumentos progresistas y resistencias conservadoras. Lee el resto de la entrada »