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Recluta de mierda. Historias de un gay en la mili

Pablo Morterero (@pabloMorterero)

 

Leyendo “Recluta de mierda. Historias de un gay en la mili” de Francisco Antonio Macera Garfia, he revivido la angustia (olvidada por otra parte bajo toneladas de recuerdos) con la que viví los años previos a incorporarme a filas, aplazada primero por estudio y de la que más tarde me libré declarándome objetor de conciencia, días antes del fatídico momento.

No dudo que para muchos, hacer la mili fue una experiencia extraordinaria, posiblemente más por la tendencia a idealizar el pasado o recordar sólo los buenos momentos de la juventud perdida, pero para la mayoría de la población masculina de la época, cuanto menos eran 13 meses perdidos, y en lo peor, un suplicio sin paliativos.

Es curioso que una vivencia que afectó a millones de hombres, haya dejado tan poca literatura. A nivel general, solo recuerdo “Morirás en Chafarinas” de Fernando Lalana. Seguro que habrá más de carácter autobiográfico, pero sorprende que no exista incluso estanterías con dicha temática en nuestras bibliotecas y librerías.

Macera, un chico bastante inocente y muy creyente de principios de los setenta, relata en su libro autobiográfico sus experiencias en un ignoto Centro de Instrucción de Reclutas (CIR), cuyo nombre omite el autor, pero que no debía estar muy lejos de la ciudad de Sevilla, a pesar de que tardara ¡casi cinco horas en tren! un frío sábado de enero de 1972. Veinte años después, en cinco horas podías ir y volver de Sevilla a Madrid. ¡Cómo cambió España tras la muerte del dictador!

La amena lectura hace que sus 390 páginas pasen como un suspiro, lo que ayuda su carácter epistolar con un desconocido amigo, cuya inicial es T. Como nos informa el autor, “Recluta de mierda” se sustenta en un diario donde durante la mili fue apuntando sus experiencias, que para hacerlo ilegible utilizaba un criptografía que a la postre no fue tan discreta como pensaba.

Posiblemente, la mili de Macera, para su pesar, no fue el paradigma de la mayoría de los chicos homosexuales y bisexuales que reemplazo tras reemplazo, sufrían un sistema violento, arbitrario y doloroso. Sin llegar a los niveles que sufrió el autor más por su inocencia que por su rebeldía, millones de hombres padecieron meses bajo una disciplina castrense cuyo objetivo real no era defender la patria, sino sustentar un régimen corrupto y enriquecer a miles de militares que saqueaban los cuarteles, como tuvo la desgracia de descubrir nuestro autor. Un saqueo completamente legítimo, debían pensar, como vencedores de la cruzada nacional del 36.

Pero la novela no sólo muestra el carácter violento y arbitrario sobre el que se sustentaba el servicio militar obligatorio para la mitad de la población, sino que además refleja las violencias ampliamente interiorizadas por una sociedad, la española, sometida a tres décadas de tiranía franquista.

Tan interiorizadas que se volvieron invisibles, y que hoy observamos con horror cuando una novela o un documental (como el reciente de la cadena CUATRO sobre el Patronato de Protección de la Mujer, “Las Descarriadas”) nos lo muestra sin paños calientes. De esa forma, los protagonistas de “Recluta de Mierda” viven las violencias sin cuestionarlas, como parte del “decorado” del CIR, aspirando, como mucho, a evitarlas sin señalarse.

“Recluta de mierda. Historias de un gay en la mili” no es solo una entretenida novela, recomendable para cualquier público, sino además esencial para todas aquellas personas que hoy se identifiquen como “queer”. Porque también se trata de un documento fundamental de memoria LGTBI, lejos de los grandes relatos de la acción militante. Porque nuestra memoria se basa, sobre todo, en la lucha cotidiana por la supervivencia en un sistema hostil, violento y doloroso.

«Recluta de Mierda. Historias de un gay en la mili», Francisco Antonio Macera Garfia. Editorial Punto Rojo, Libros. ISBN 979-83-89989-54-2.

Paco Macera es un activista LGTBI que inició su militancia en el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria (MHAR) de Sevilla y que a lo largo de su vida ha mantenido el compromiso con la lucha por la libertad para vivirse y vivir plenamenta la corporalidad, la identidad y la orientación.

Y a lo mejor te escribo…

Por Sara Levesque

 

 

Querida:

Ojalá algún día pudieras entender lo que intento recitar de la manera en que me hago menos daño(s). Para mí no es un trabajo. Es un idioma. Una lengua. La única lengua con la que nos podemos unir tú y yo. La única con la que alcanzamos a besarnos.

Ahora que he abierto los ojos para mirarte y después verte sin dar rodeos, a ser sincera primero con mi corazón y después contigo tachando los «pero», yo no quería dejar pasar otra vez la oportunidad de cogerte de la mano y contarte a caricias un secreto. Te confesaré que mi insistencia por verte era para susurrarte cuánto me encanta tu dulzura y tu mala hostia. Tus bufidos de desesperación y los latidos esculpidos de tu corazón. Que aún ansío darte un beso en vez de dos a las tres de la mañana, que me muero por sanarme de la ausencia de tu cariño en la playa de Ojalá.

Escribir no es mi trabajo, es mi idioma. Mi forma de decir lo que hablando no me atrevo a descubrir. La manera en que me entiendes porque también escribes; porque también lloras cuando tus poemas te estrujan el alma sin compasión. Porque solo otra artista de las palabras puede intuir lo que pretendo desvelar así. Porque hablamos el mismo idioma. Y si ves que mi relato no te seduce, avísame que recojo los restos del cenicero y me voy a escribir bajo otro aguacero, a seguir desenredando en versos mis «te quiero».

Recuerdo cómo pasear contigo se convertía en el mejor deporte. Y mi meta era llevarte a compartir palabras y cafés en el cielo de Madrid, en una casa encendida de hermosura, brillante y calurosa como tu sonrisa. En aquella casa que, junto a tu mirada, encendía Madrid.

Y a lo mejor te escribo cuando tú pasas de mí porque soy así. Porque me gusta darlo todo por una chica o una mujer que ya no es tan chica cuando a ella solo le sale un monosílabo. Y a lo mejor solo quiero saludarte porque tu respuesta, por escueta que sea, tiene el poder de arreglar mi día. Y a lo mejor te escribo porque estás igual de guapa, sino más, con tu cara de no haber descansado desde el último berrinche. Con tu pelo alborotado por una almohada que, más que relajarte, te desquicia las noches. Cuando al reír te dan ganas de llorar. Estás igual de guapa, sino más, con el guiño de la resaca bajo tus ojos porque ya no recuerdas la última vez que dormiste desnuda, o acompañada, que viene a ser lo mismo. Estás igual de guapa, sino más, con tu mala cara de haber trasnochado para escribir sobre el papel y no encima de su piel. Pero yo, que no (te) miro con los ojos, bailo el dedo por todas tus ojeras y te aseguro que, cuando sonríes, estás igual de guapa, sino más. Y a lo mejor, por eso, te escribo…

© Sara Levesque

Punto por punto

Por Sara Levesque

 

 

––¿Me retas? ––preguntó ocultando su expresión tras las manos.
––Ojalá pudiera verte la cara para decirte juguetona: «sí, cielo, te reto a ti y a todas tus sonrisas a que no se pierdan en una línea recta, porque las calles seguirían iluminadas con farolas y la luna, pero mi mundo se quedaría a oscuras».
––Me dices esas cosas… Que me haces sonreír sin más ––dijo, con sus pupilas parpadeando frente a las mías.

Tenía la expresión de «quiero y no puedo» más hermosa del mundo.

[…]

Me fui unos días a su ciudad por trabajo. No pensé que querría volver por ella. Siempre he amado más mi escritura que cualquier otra cosa o persona que me rodee. Eso es así. Solo mi musa confusa por la que me volví adicta a la ficción sin llegar a seguir el guion consiguió superarlo por unos milímetros. Pav iba por el mismo camino, con la diferencia de que su sendero estaba, esta vez, mucho más cerca del mío del que jamás estuvo el de ella. Incluso podía sacar la mano del bolsillo y dejarla caer a mi lado, bailando al ritmo de mi parsimonioso paso, que estaba segura de que ella haría lo mismo hasta que nos rozásemos queriendo, porque nuestra naturaleza era tímida y algo estúpida.

Era como si nos gritáramos en un estruendoso silencio «adelante, vamos a ignorarnos, a fingir que no nos importamos, a disimular los sentimientos que surgen, a extirparlos como si de un tumor en el amor se tratara, no vaya a ser que casen nuestras risas y seamos felices hasta que la vida quiera».
¿Qué me había hecho? ¿Eso era enamorarse? ¿Temblar tanto por dentro hasta que se descolocasen todos los órganos? Creo que la única verdad en mi vida era que nací con el don, talento o hobby de la escritura, y me enamoró tanto que, cuando decidí convertirlo en mi profesión, se me cruzó una persona en el camino de la que me también me enamoré. Pero el corazón es como el cerebro, solo puede centrarse en la lesión más dolorosa, desestimando las demás. Es su mecanismo de defensa. Y, por muy gruesa que fuera la venda de esparto que coloqué en mis ojos, el amor que me resultaría más doloroso perder era el de la escritura. Así que, a modo de consuelo, me repetí hasta la saciedad que, si quería seguir escribiendo, necesitaba musas. Eran mi excusa para crear. Nunca imaginé que acabaría siendo adicta a los amores difíciles, rebeldes, lejanos, imposibles con tal de obtener material para que mis letras siguieran latiendo hasta mi último aliento.

Sin buscarlo, había vuelto a suceder.

Me enamoré, pero no como una tonta, sino como el ser humano normal y corriente que nunca fui.
Es lo que hizo. Me tocó con suavidad la piel del torso mientras le dejaba entrar hasta mi pecho. Luego, se fijó en las curvas de mi corazón y lo deseó con la mirada. Y para que no se fatigara, lo arranqué y se lo entregué. Metió los dedos en los huecos de la aorta y lo masturbó hasta que el pobre infeliz eyaculó todo su jugo sobre ella. Cuando descubrió que le gustaba más de lo que quería permitirse, más que acceder a pringarse con los latidos de ambas direcciones, más incluso que atreverse a dejarse llevar por lo que sentía me lo devolvió reseco, vacío, marronáceo y hecho una pasa, apestando a indiferencia.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Esperar a que se me regenerara de nuevo todo mi volumen sanguíneo? Quizá, cuando eso ocurriera, hubiera aprendido a coserle una cremallera. Para algo debían servir los puntos de costura que quedaron en forma de cicatriz.

© Sara Levesque

 

 

Sin miedos ni sueños

Por Sara Levesque

 

––Descansa.

Esa soy yo. Quería decirle «duerme un poco, preciosa. Mañana estaré allí para darte una sorpresa y que podamos sonreír a los días calurosos, aunque acabemos empapadas. Quiero aprovechar tus ratos libres para seguir conociéndote y comprobar si sí que te gusto tanto como afirmas. Si eres capaz de darle la vuelta a tu vida por vivir los sentimientos encontrados que has descubierto conmigo. Regresar al hostal contigo de la mano y abrazarte en el ascensor que nos lleve al séptimo cielo. Desayunar a las cuatro de la tarde y después abrirte las piernas y enterrar mi hocico en tu jardín para plantar mis besos en tus fluidos y que den sus frutos. Y luego abrazarte cucharita hasta que te durmieras. Que te despertaras sin previo aviso buscándome y yo te dijera en un suave susurro “estoy aquí contigo, no tengas miedo”. Duerme tranquila, amor mío que, aunque te abrace por los michelines que tanto te avergüenzan y no te suelte, no te voy a agobiar, pero tampoco te voy a abandonar, salvo que tú decidas que me aleje de ti. Así que descansa.

Mientras siga a tu lado, las pesadillas no podrán hacerte ningún daño». Y sellar aquel momento con un beso en su frente.

No me importaba desaprovechar los pocos momentos en que podíamos estar a solas pasándolos junto a sus absorbentes hermanas, ni aceptando planes espontáneos sin que pidiese mi opinión. No me importaba, lo juro, siempre y cuando ella mantuviera su palabra y siguiera aceptando mis carantoñas descaradas o a escondidas.

Y como soy cobarde y un poco de aquella manera, me guardé todas esas emociones para llorarlas sobre el papel a hurtadillas y solo le dije un escueto, frío o trisilábico «descansa».

Descubrí, demasiado tarde, que pagábamos al mismo taller para la bola de cristal.

[…]

––Me apeteces mucho ––afirmaba acompañando sus palabras con una foto en sujetador, mostrándome sus jugosos y sugerentes problemas.

¿Le apetecía mucho? ¿Qué era lo que le apetecía mucho? Existían demasiadas posibilidades. Podía ser abrazarme y consolar todos los ruidos de mi interior. Cerrarme la boca con un beso para acallar mis dudas. Recordar mi piel con su lengua. Quizá le apeteciera mucho jugar con mis pezones o con mi corazón. Quizá le apeteciera mucho compartir conmigo sus sentimientos encontrados, y yo los míos con ella. Quizá le apetecía mucho decirme lo que sentía, tomarme de la mano y hundirse dentro de mis ojos, o abrir los suyos y dejarme pasar hasta el fondo de su alma. Quizá le apetecía mucho ser valiente y decirme «te quiero, cabezota» o escuchármelo a mí decir. Quizá le apetecía ahogarse en silencio de la mano de una condena hasta que yo la rescatara. O quizá prefería dejarse morir acompañada por todo el mundo excepto yo.

Acariciar el recuerdo sobre el papel es como acariciar el aroma de su textura. Y si algún día me quedara ciega, me extirparía las pupilas y las colocaría en mi corazón. Así podría recordar hasta la eternidad que, gracias a su dulzura y bondad, me enseñó a creer de nuevo en la felicidad, sean sus palabras mentira o verdad».

© Sara Levesque

Un tumor en el amor

Por Sara Levesque

 

No me lo podía creer. ¡Había vuelto a suceder! ¿Pues no voy y me engatuso ––por no decir otra palabra más temida–– de una mujer complicada hasta las t3tas? Tenía mucho pecho. Así de gordos eran sus problemas. Y a mí no se me ocurrió otra cosa más que prenderme de la luz de sus caricias. No pude evitarlo. Tampoco quise. Hubiese dado lo que fuera por haber aprendido algo en la óptica para la que trabajé y haberme comprado unas buenas gafas de sol con el mejor antirreflejante del mercado.

Ahora, no sé existir sin ellas. Me refiero a sus carantoñas, no a las gafas. Le doy la mano a un picor fantasma porque su piel está con la chica que hoy la trata bien y le pellizca con picardía el trasero, pero mañana le da una patada en el culo tan fuerte que la manda a tomar por el mismo con un billete solo de vuelta, para volver a patearla cuando se le antoje. Y yo me doy la mano a mí misma, dando mucha pena de paso, en un intento de sentir de nuevo algo que simule sus mimos, viendo esa escena pasar ante mis ojos porque no sé quién es más cobarde de las dos: si ella, por no abandonar a una maltratadora psicológica por pena, aceptando pensión completa en una incompleta situación; o yo, que tengo una habilidad innata para esguinzarme los dos tobillos al mismo tiempo sin llegar a dar ni un paso. Normal que tropiece siempre con la misma piedra. No se puede caminar bien con dos muñones tumorales.

Debo reconocer que echaba de menos apuñalarme el pecho con el folio y empaparlo con toda esa sangre lírica, con todo lo que lato. Pero hasta mi pulso se fatiga de tanto sinvivir. Los latidos son para los vivos. Y en su ciudad descubrí lo muerta que estaba hasta que la conocí.

—¿Me dejarás leerlo?

—Preciosa… Yo te dejo lo que tú quieras —y antes de que las lágrimas me atormentasen de nuevo la garganta me puse las gafas que nunca compré, le di un beso en la frente, le susurré demasiado tenue cuánto la quería y me fui. Esperaba que me sujetara de la mano, que algo me impidiese alejarme de su mirar que tanto me había llegado a engatusar, que me agarrara del hombro, aunque fuera con uno de los mordiscos que me entregaba la noche anterior, poniéndose de puntillas porque soy más alta que ella, y que me dijese que eso sí que era mutuo, y no solo la atracción física. Estaba tan distraía asumiendo esos movimientos que el destino se había metido en el bolsillo que lo único que me detuvo fue el marco de la puerta con que me choqué y tambaleé, cayéndoseme de las manos el pañuelo y un par de latidos que se traspapelaron y jamás volvieron.

Quería llorar, pero mis lágrimas eran impotentes. Quería escribir, pero no me quedaba tinta en las venas. Quería muchas cosas y solo obtuve espeso silencio saciado de conjeturas. Me encantaba escribir. Me encantaba escribirla. Aunque me costase la cordura.

© Sara Levesque

 

Carta II

Por Sara Levesque

 

Cuando llegué al destino, lo primero que hice fue acercarme hasta un lugar muy especial al que ya le tenía echado el ojo. Un lugar donde elegí cambiar la melancolía del piano por la bohemia que encierra Mishka con su reggae, aunque no lo parezca. Un lugar donde sentí libertad de mí misma y pude sonreírle al horizonte abrazada de emociones positivas, no acorralada por las adversidades.
Es cierto que vivo en una constante contradicción y parece que ahí es donde encuentro el equilibrio. Dicen de mí que soy cariñosa y cercana, pero adoro el hielo y su gélida distancia. ¿Será por eso que elegí aquel destino? Ya que yo solita me había destruido, ¿necesitaba reconstruirme entre taciturnos carámbanos sin otra compañía que la de mi mochila, en la que ya no guardaba pesares, sino algo tan corriente como ropa y libros? Quizá necesitaba darme una palmadita en la espalda yo misma para ser bien consciente de que nunca me había ido de mi lado.
Existen muchos países que anhelo visitar. Demasiadas cabañas donde deseo ir a soñar. Cientos de caminos que exijo transitar. Infinitud de pasos que dar… Hoy, con la vista flotando sobre este insondable mar, sé que de desamor no volveré a enfermar porque fui capaz de borrar el rastro de su mirar de mi palpitar. La valla que separaba la arena del mar ya no la percibía como un impedimento para saltar, sino como un apoyo sobre el que aprender de nuevo a respirar.
Detrás de él surgía el océano descomunal, profundo, interminable, irascible… Al ser el extremo del continente, los vientos no contaban con tierras alrededor que les limitasen. Podían danzar tan rápidos y coléricos como quisieran, componiendo un baile bramador, furioso, aullador.
Detrás de él vivía el mar. Detrás de ese cartel, imperioso y solitario. Un cartel tallado en madera con letras impresas del color más completo de todos: el blanco. Un cartel que separaba el punto más austral de Argentina, tierra cristalina, con el comienzo del continente siempre nevado.
Permanecí de pie, emocionándome con el horizonte. Para los ojos urbanos, no era más que la visión hermosamente simplona de mucha agua. Mi perspectiva, en cambio, descubría caminos invisibles, ideas prometedoras, esperanzas renacidas. Con ilusión dentro de mi corazón, observé el cartel, de nuevo la textura del agua, y sonreí aún más. Anunciaba lo que parecía una futura realidad: Ushuaia, fin del mundo. ¿Significaba el fin de un mundo donde mendigaba una oportunidad a la musa que siempre me tendía su mejor excusa? Si era así, bienvenida fuera mi nueva vida tras la experiencia.
Detrás de él, recordé cuánto me echaba de menos. Detrás de él, firme frente a lo que estuviera por llegar, dije dos palabras en voz alta que jamás me había atrevido a expresar:
ME QUIERO.
Y es que visto uno, vistos todos; salvo en su caso, que viste los ojos más lindos de la vida.

Antes de acabar te haré una pregunta, querida persona que lee tan bonito. Y responde(te) con total sinceridad:
¿A quién ves cuando cierras los ojos?

© Sara Levesque

 

Carta I

Por Sara Levesque

 

«Querida Musa libre como un pajarillo descansando en una cornisa: gracias por tu mejor sonrisa, que nunca tenía prisa, tan pacífica como una brisa. Gracias por obligarme a madrugar, para que me diera tiempo a reaccionar sin permitirme remolonear. Gracias por escaparte; desde la distancia ignorarme, y con la escritura liarme. Gracias por mirarme y huir. Por ayudarme a saber qué decir. Mi honda cicatriz empiezo a zurcir. Gracias por dejarme soñar con los ojos abiertos, cada una de tus miradas para mí fue un acierto que en prosa convierto. Gracias por seguir y por quererme a tu manera, solo por ello merece la pena abandonar tu espera, mi agónica quimera. Gracias por no querer que insista, aunque mi corazón, de olvidarte, se resista; siempre ha sido un vanguardista…

Gracias por el paréntesis de tantísimas semanas borradas, por un sinfín de jornadas tachadas y por la esperanza del futuro abrigadas. Gracias por las tormentas al tronar, por hablarme de la lluvia, que siempre cala al recitar. Sus gotas nunca dejarán de brillar. Gracias por inspirarme, por orientarme, con tus versos refrescarme y, a veces, por soportarme. Gracias por compartir tu huella con mi escritura. Gracias a ella mantengo la cordura. La bohemia derrotó a la tortura. Gracias por tu sinceridad, encanto. Para nada me resultó un espanto. Por ella, tu dolor ya no lo aguanto.

Gracias, aunque nos separen kilómetros, Mimi, vida mía. Sin ti, no sé qué haría. Quizá me sobrepondría; quizá me moriría.

Si nos volvemos a ver, profundiza en mi mirada. Pero hazlo despacio, preciosa; puede que aún siga con vida. Puede que vuelva a enamorarme de ti. Puede que nos hagamos daño de nuevo».

Con esa carta hemos llegado al final del principio de muchas historias más y me encuentro como si hubiera pasado un tiempo impreciso en un centro de rehabilitación, contándole mis traumas al papel de bata blanca, vaciándome en tinta. Hoy siento que me han recetado dos lapiceros de cinco gramos y escritura cuatro veces al día. He aprendido a pensar en ella sin fruncir el ceño. Ya no convivo con la tristeza de que nunca nadie hablará de nosotras.

Después de sobrevivir a mi dependencia a lo quimérico, puedo recordar sin sangrar lo que representó para mí. Quizá piense que me dio unas pocas tardes a su lado, pero nunca quiso escuchar que, en realidad, me regaló un mundo que empezó en sus caricias y se desarrolló como una inmensa lección de vida con segunda oportunidad incluida.

Después de esta adicción a la ficción, a esta esclavitud a la realidad, viví una locura a los ojos de los demás, pero a los míos de lo más natural. Se me antojó un viaje en concreto. Hice unos cálculos económicos, metí cuatro prendas y varios libros en mi mochila roñosa remendada de parches de diferentes países y me dirigí al aeropuerto. Sentía una mezcla de emociones en mi interior mientras el autobús me acercaba a la terminal. Me encontraba genial por hacer lo que se me antojase sin poner excusas; también preocupada por si me pasaba algo; incluso un poco culpable por cumplir lo que deseaba, por dejarme llevar por una vez en mi vida… En cualquier caso, eso no fue un impedimento para dedicarme unos días.

El viaje se me hizo más corto de lo esperado. Me cruzaba con la gente y sentía armonía entre sus nerviosos andares y mis pasos parsimoniosos. Incapaz de dejar de sonreír, me hallaba en shock envuelta por una misteriosa calma que me trasladaba en volandas.

No sabía de dónde nacía. Ni me importaba. Era como si me rodease una burbuja y, por una vez, la llave para salir de ella estuviera entre mis dedos, no detrás de sus paredes. Como si mi alma hubiera regresado a la vida y pudiera darle la mano en vez de la espalda…

© Sara Levesque

 

Una detrás de la otra

Por Sara Levesque

 

Tropecé con todos los peldaños. De callar tengo carraspera. He amado a la misma mujer muchos años. Me hubiese gustado que, a tiempo, lo supiera.

Hubiese sido mejor arriesgarnos y fallar que seguir soñándonos entre vacilaciones, imaginando un mañana a su lado sin que esté ella, en realidad. En los espacios vacíos es donde más la veo. En una charla de bohemios, cuando más la escucho. Y en los pellizcos de una llovizna, donde más cerca la siento. Y aunque mi corazón, a estas alturas de hojalata, me siga latiendo desconfiado, no puede evitar sentirse feliz porque una vez tuvo cerca su calor. Fue bonito cuando nos terminábamos las frases que dejábamos a medias. Y que, a veces, no acabásemos ni la primera palabra porque hablábamos con las pupilas. Quería quedarme a pasar las noches en su mirada y verla amanecer. Pelearnos por el lado de la cama y llegar a un acuerdo a través de un atajo: ella encima y yo debajo. Mi musa (no) tiene la culpa de que siga fantaseando con poder cumplir nuestras viejas promesas algún día. El día en que aún le asome por la sonrisa un pedacito del amor que nunca cumplimos.

Y llegó el día que, en realidad, era mi mejor sueño. Abrí la boca y salieron las palabras en su dirección.
—Me gusta tu sonrisa.
—Gracias, es una cicatriz. Deberías haberla visto en sus mejores días.
—Tranquila. Todos cometemos terrores.

Con esta conversación tan escueta me di cuenta de que empecé a sanarme de la herida con que suicidé mi corazón durante tantos años. He descubierto que descalza soy mucho más alta. Sin maquillaje estoy mucho más guapa. Sin el ceño fruncido brilla más mi mirada. Si no grito, me escucharás mejor. Y sin ropa, soy más auténtica.

Necesité siete años para dejar de ponerme unas gotas de perfume en las muñecas y el cuello. Una fragancia que me recordaba bastante a la suya, con ese peculiar aroma tropical y sensual. Siete años para dejar de meterme en la cama, apagar la luz y hacerle el amor a distancia, como tantas veces desde que nos conocimos. Siete años para que mis dedos no mutaran en su tacto ––la pasión es la suma de dos personas que se cruzan por el camino; ella era mi pasión––. Siete años para no volver a explotar de puro gozo, empapando de lujuria la sábana y, por ende, todo el dormitorio. Siete años para sobrevivir al asfixiante olor a fantasía. Siete años para dejar de mentirme en la cama.

Necesité siete años para confesarle lo que escondía. Me alegro de haberlo hecho, aunque ahora no quiera saber nada. Huyendo de mí como si sufriera de peste y no de amor, aunque sea un amor que ya apesta. Creo que, a veces, es bueno ser sincero. Así se puede meditar desde otra perspectiva, hacer cambios y seguir adelante. Avanzando sin tropezarte con tus propios pies en los errores pasados.

Sin tener ni idea, ideo algo de lo que sea. Sea más fácil o difícil, difícilmente puedo evitarlo. Evitar lo mismo de siempre. Siempre pensando en sus piernas sin fin. Fingiendo que ya no duele, duele más que si lo admito. Admito que fui una cobarde que ardía, ardía en deseos de no volver a callar. Callarme sería un gran error, error que no pienso permitir. Permitir a mi vergüenza irse, irse a un mundo mejor. Mejor me voy con otra, otra que me sonría. Sonriéndonos, miro de rebote su foto. Fotofobia me provoca aquel instante nuestro. Nuestro mundo pasó a mejor vida. Vida pasada que ya no temo. Temo pocas cosas ya. Ya ves lo que cambian esas hostias del ayer. Ayer pensaba en nosotras. «Nosotras» hoy se ha alterado gracias a otra. Otra mujer por la que soñar. Soñar sin miedo a provocar un nuevo nudo en mí. Mi única duda es si le queda mejor el pelo largo o corto. Corto de raíz con todo aquello. Aquello que me anulaba ahora me aprueba. A prueba quedo con todas las mujeres que surjan a partir de ahora. Ahora deseo estar feliz con una; una detrás de otra.

 

© Sara Levesque

 

Ella lo inspiró; yo lo respiro

Por Sara Levesque

 

Hoy hay un señor en el metro con aspecto de no tener trabajo. Lo primero que pienso de él es que será un artista aficionado. Lleva el pelo cortado casi al cero, pero le distingo las entradas. Las gafas se le aguantan a duras penas sobre una nariz enrojecida. Calculo que cargará unos cuarenta años de esclavitud encima, condena arriba, condena abajo. Lleva una mochila que no es de marca, y ropa no muy maltratada. Cobija sus pies en unas botas de montaña que parecen haber ansiado más cimas de las que podían subir. Va abrigado con nada más que una camisa vaquera grisácea. Parece cansado de la vida, o como si la vida se hubiera cansado de él.

Yo estoy de pie al final del vagón, él va sentado en el suelo. A veces me mira. También al resto de pasajeros. Escribe en un cuaderno con un pilot fuertemente agarrado con tres dedos, como si ese fuera su último instrumento de trabajo, la última oportunidad laboral que le quede y temiera que se le escapase. Yo hago lo mismo que él: emborrono el libro que estoy leyendo con un lápiz casi consumido, con mi mala y preciosa letra. Me pregunto si le llamaré tanto la atención como para escribir sobre mí, como estoy haciendo yo con él.

Parece un artista asimétrico. Una de esas personas que cierra todos los bares, recordando la victoria de su propia existencia, cuando le conocían y era número uno en ventas. Ahora, parece que no le queda más remedio que tirarse a una rubia detrás de otra, bebiendo sin sed. Durmiendo sin sueño. Los días dorados pasaron a mejor vida mientras él ansía oxígeno en la peor cara de la moneda hasta que se canse de respirar. A este virtuoso, ahora miembro de la bajeza, parece que solo le quedan sus propias mentiras, que solo le aguantan sus viejas traiciones.

Me hace recordar el tremendo discurso que redacté para leer en el funeral de mi primera novela, en los crudos momentos en que pensaba que jamás sería publicada:

Estamos aquí reunidos, en una gélida mañana, para decir adiós a una novela que, aunque desconocida, llegó a ser muy querida por sus artistas más cercanos: Ramón y yo misma. Fue asesinada cruelmente a manos del «no» editorial. Sus restos yacen ahora entre tantos manuscritos manoseados, consumidos, olvidados, despojados, desterrados…

Más gélida es la ausencia de esta obra en el mercado. Nunca la veremos expuesta en librerías. Nunca saldrá en los periódicos ––salvo su esquela––. Nunca renacerá en forma de película. Y, por supuesto, sus personajes nunca seguirán el guion de su versión teatral.

Tus horas de esfuerzo, tinta sobre papel, tecleos de madrugada y cigarros sin fin te echarán de menos. La autora pide discreción y que se rece una oración por los editores, para que aparten el dinero de su mente y aprendan a descubrir la importancia de la esencia artística.

Luz a la luz. Tierra a la tierra. Cenizas al cenicero. Y polvo tras polvo.
Hasta siempre, Bohemia.
Descansa En Paz.

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Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)