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¿Quién le da la vuelta al cole?

Por Julián Guerra (@JulenWar)

 

Con el inicio del curso escolar volvemos a reflexionar sobre las carencias del sistema educativo, y entre ellas, las que se dan en el tratamiento de la diversidad afectivo-sexual. Para muchos, estos temas han pasado a cuarto o quinto lugar de importancia por entender que los protocolos anti-Covid deben ser prioritarios. Pero no olvidemos que la falta de atención a esta diversidad en los centros educativos también arrebata vidas y que, sin ningunear a la originaria de Wuhan, la LGTBfobia ha de ser considerada también una pandemia.
Los enfermos de este mal los encontramos en todo el mundo y su poder de contagio parece que aumenta. En España hay variantes muy peligrosas, como la de las tres letras verdes o la de cierta Consejera de Estado, y cuyo peligro ninguna autoridad parece advertir.

Pero seguimos iniciando cursos con esas carencias. El profesorado no aborda, salvo excepciones heroicas, estos temas, bien porque en el diseño curricular de su Comunidad no aparezcan, bien porque, apareciendo, ninguna administración educativa se preocupe de cerciorarse de que se llevan a cabo. O por miedo a padres contagiados de la variante de tres letras verdes; y es comprensible, porque el sistema no parece protegerles, no les invita de forma rotunda a tratar la diversidad afectivo-sexual de manera habitual. No debe seguir siendo este un “tema transversal” del que se habla “si se da la ocasión”, sino que debe formar parte de la rutina escolar.

Estamos tan acostumbrados a decir “sistema educativo” como un sintagma cerrado que llegamos a perder la noción de lo que significa la palabra sistema. En un sistema todos los elementos están relacionados entre sí y contribuyen a alcanzar un objetivo común. Por eso es inútil que existan personas o acciones aisladas en un centro, o en un país, que se esfuercen en incluir esta educación. Desde el Ministerio hasta el último conserje de colegio, pasando por consejeros, delegados, inspectores, directivas, profesores y AMPAS forman parte del sistema educativo y la labor de cada uno de ellos debe perseguir los mismos fines, entre ellos el de la educación en diversidad, de forma coordinada y coherente.

Entonces, ¿qué debe cambiar en los centros educativos respecto a este tema para que no tengan carencias? Para empezar, se debe informar a los profesores -y no solo tutores- sobre su obligación de incorporar estos conocimientos de diversidad, impartan lengua o matemáticas. Y, consiguientemente, se debe formar a estos profesionales en esta materia.

Asimismo, las personas al cargo del Departamento de Orientación deben poseer la capacidad necesaria para atender al alumnado en todo lo relativo a estos asuntos. Los profesores del colectivo empezamos a estar hartos de que estas personas nos envíen alumnos, alumnas, e incluso alumnes, porque no están preparadas para comprenderles. Que ayudamos encantados, pero no es nuestro cometido, y en muchas ocasiones nos colocan en situaciones de peligro.

Aparte de esto, ya es hora de que la Administración vele por el cumplimiento de las leyes revisando lo que los libros de texto -la gran mayoría en manos de editoriales filocatólicas- incluyen en sus páginas. ¿Por qué siempre tengo que sumar los caramelos que a Antoñito le da su padre y los que le da su madre? ¿No puede Antoñito tener dos madres alguna vez? ¿Por qué no hay ilustraciones o fotografías que retraten a parejas o familias diversas? ¿Son menos buenas?

Por otro lado, todos los agentes de la comunidad educativa deben estar formados en la legislación. No puede ocurrir que quien debe iniciar el protocolo trans, por ejemplo, espere a informarse de qué es “el protocolo trans” cuando llegan los padres a solicitarlo. No puede ocurrir que se tema al “pin parental” desconociendo su ilegalidad.

Y por último, toda la documentación –física o digital- que emane del centro (formularios, cartas, carteles…) debe incluir a todas las personas receptoras posibles. Las familias homoparentales no queremos seguir teniendo que tachar “padre” o “madre” cuando nuestros hijos nos traen papelitos del cole, y, sobre todo, no queremos que ellos perciban esa falta de consideración para con su modelo de familia.

Adoptar estas medidas no es tan difícil. Hay algunos centros estupendos, todavía muy pocos, donde se hace y bien, aunque tengan poca colaboración institucional. Pero no podemos conformarnos con las excepciones, porque eso se diluye en algo tan grande como un sistema. Necesitamos que se generalicen estas actuaciones, para que todo el alumnado pueda estar protegido frente a esta pandemia. Porque la educación también es una vacuna.

 

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La fiesta de los que no éramos invitados a la fiesta

Juan Andrés Teno (@jateno_)

 

Al principio no había diferencias, sólo juegos. Con el baby todos éramos iguales, no había sexos, ni colores, sólo eran importantes los tesoros guardados en los bolsillos. Antes de salir al recreo nos daban una botellita de leche y nos sentíamos héroes de una historia jamás imaginada.

Carreras en el patio y muchas risas. Cuando aprendimos a leer, Mari Carmen llevaba un libro de Los Cinco, que recreábamos una y otra vez en el rincón más alejado, en medio de enormes piedras que nacían del suelo no hormigonado como montañas de paisajes lejanos.

Un año llegó una pelota y el fútbol. La unión instintiva entre amigas y amigos desapareció. Los chicos debían jugar al futbol y las chicas a sus cosas. Lo intenté, intenté divertirme dando patadas a un balón y meterlo en la portería. Pero esa dinámica impedía las conversaciones y las risas, que eran sustituidas por la competitividad y ser el mejor. Lo intenté, pero no pude.
Y no jugué más al futbol.

Seguía siendo enormemente feliz, deseando que mi madre me levantara por las mañanas para ir al colegio con mis amigos. Hasta que llegó la palabra “marica”. Parecía que no era un término al azar que se incorporaba a nuestro creciente vocabulario, ya que sólo era utilizada para referirse a mí. Al principio sonreía cuando me lo decían, porque si mis amigos me llamaban así tendría que ser necesariamente algo bueno. No sabía que significaba.

Poco tiempo después la palabra iba acompañada, primero de risas, luego de caras turbias y al final actitudes de rechazo. Seguía sin saber lo que significaba pero ya no era tan feliz. Si esa palabra solamente me la decían a mí era porque yo era diferente, distinto. Y eso no me gustaba.

Cuando empecé a percibir que era un insulto, asimilé que algo en mí no funcionaba bien, que no era lícito, que en mí habitaba un pecado muy poco común. Pero seguía sin saber su significado. Es muy triste abandonar la infancia intuyendo que hay algo malo en ti. Primeras lágrimas.

Aun hoy intento averiguar cómo mis iguales sabían algo de mí que yo desconocía o de donde habrían sacado esa actitud homófoba ante alguien que solo quería ser un niño y ser feliz.

Al llegar la pubertad no solo descubrí el significado de la palabra sino mi orientación sexual. No suponía un conflicto interno, te asumes tal y como eres, pero también aprendes a rumiarlo en soledad.

La palabra cada vez estaba más teñida de odio y se entrelazaba peligrosamente con manos y pies demasiados ligeros que siempre acaban chocando con mi cuerpo.

Fueron pasando los años hasta llegar a la veintena. Mi adolescencia y primera juventud fue un tiempo robado, me robaron la posibilidad de ser, me robaron el primer beso en la boca, me robaron las mariposas en el estómago, me robaron el amor del primer novio, me robaron la posibilidad de ir cogidos de la mano, me robaron el descubrimiento del sexo… me robaron la posibilidad de ser querido.

Vivir una adolescencia secuestrada es una de las experiencias más amargas a las que te puedes enfrentar, un periodo de la vida en la que inventas realidades, te escondes, ocultas tu esencia por miedo. Estos años que me sustrajeron no son recuperables, nunca podrán volver.

La violencia existió en el colegio, en el instituto y en la universidad. Violencia ante la que única respuesta era el silencio por que tu integridad física corría peligro, por que no había apoyos exteriores en los que pudieras estar seguro para poder gritar quien eras.

Un día, pasada la treintena confiesas entre lágrimas a tu madre que eres homosexual, que estás enamorado de un hombre que ella creía tu amigo. Y lloras por miedo, por el temor al rechazo, por que quiera esconderte, porque te deje de querer. Entonces tu hermana, sabedora de la salida del armario le dice a tu madre que en esos momentos en cuando más debía quererme. Y tu madre sólo responde: “no puedo quererlo más de lo que lo quiero”. Y un gran suspiro sale de tu alma y te relajas al saber que las cosas pueden empezar a ir bien, que es posible de la felicidad, que vas a poder contar con tu familia.

Y al final del verano te vas a vivir con tu novio, aunque sabes que nunca te podrás casar y que no podrás ser padre de ninguna manera. Y guardas los besos y las acaricias a tu hijo en el bolsillo de las esperanzas y lo canalizas hacia otros tipos de afectos. Asumes que vuelves a ser feliz pese a que nunca podrás ser como lo son los demás, que eligen libremente el unirse legalmente a otra persona por amor o disfrutar dando un biberón a tu criatura.

Pero la vida a veces te sorprende con situaciones inesperadas. Hace 16 se aprobó de repente el matrimonio igualitario y la posibilidad de adoptar (aunque el movimiento LGTB llevaba años luchando para conseguirlo). Con el tiempo límite pisándote los talones te casas e inicias el proceso de adopción. Y llega tu hijo. Y crees que es imposible ser más pleno y más feliz.

Pero, a pesar de ello, te sueltas de la mano de tu marido allí donde no tienes la seguridad de ser aceptado, evitas muestras de afecto en público en lugares que no conoces, en espacios acotados, en escenarios sin luz. Y este ejercicio es diario en tu ciudad, cuando te desplazas a otras localidades, en tu lugar de vacaciones. Sigues teniendo miedo, estás siempre alerta como una presa que puede ser cazada. Y no sólo lo haces por ti o por tu pareja, sino por el niño que llevas en el carrito al que sabes que tienes que defender y aislarle de cualquier situación conflictiva derivada de la orientación sexual de sus padres.

Lo peor de toda esta historia es que sus protagonistas, además de los hombres que hemos nacido en la década de los 60 del siglo pasado, son también los nacidos en la década de los 70, de los 80, de los 90, los del nuevo milenio. Y más terrible es saber que las palabras “marica” y maricón” se siguen escuchando hoy en los patios, los pasillos o los aseos de los colegios, que hay niños que las incorporan a su vida sin saber lo que significa y que luego la asimilan como una señal de estigma, en el mejor de los casos, o de violencia en la mayoría de ellos.

Por todo ello deberían callar para siempre quienes se siguen preguntando el porqué de que salgamos a las calles en el Orgullo LGTBI para reivindicar nuestros dignidades y derechos, porque no todo está conseguido, porque nuestra infancia sigue sufriendo, porque estos niños necesitan ser felices en su infancia para ser plenos en su madurez y no llegar mutilados, como hemos llegado muchos, con vacíos que no pueden ser llenados y con cicatrices que no desaparecen.

Hace unos días Javier Ambrosi decía que el Orgullo LGTBI es “la fiesta de los que no éramos invitados a la fiesta”. Parafraseándole, en esta sociedad existir debe ser la vida de los que no somos invitados a la vida.

Y a pesar de todo, estas situaciones cotidianas las visualizamos como un regalo aquellos que vamos cumpliendo años y consiguiendo metas de respeto. A no ser que no seas invitado a la fiesta y a la vida, porque tienes 24 años, vives en A Coruña, te llamas Samuel y te asesinan a golpes mientras te escupen en la cara la palabra “maricón”.

 

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Cuenta en Twitter: @jateno_ 

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

¿LA FAMILIA? BIEN, GRACIAS

Juan Andrés Teno (@jateno_)

Tras la brevísima intervención de Ana Iris Simón hace unos días en un acto organizado en el Palacio de La Moncloa han surgido una legión de opinadoras y opinadores que se posicionan, no ya contra las ideas expuestas por la escritora, si no alrededor del concepto de familia, en singular, que parece ser que familia solo hay una.

Estos artículos vienen impregnados de una supuesta posición progresista, de izquierdas, y han fijado su atención en las intrínsecas maldades que trae consigo la familia, siempre en singular, y concibiendo la misma como la integrada por progenitores heterosexuales con hijos.

Retrocedamos en el tiempo. Hace 16 años las fuerzas reaccionarias de este país, la jerarquía de la iglesia católica y el Partido Popular, llevaron a centenares de miles de personas a Madrid para manifestarse contra el matrimonio de personas del mismo sexo. Acudieron a la llamada del Foro de la Familia para que toda la orbe no olvidara que solo existía un modelo de familia: La conformada por un padre y una madre con hijos en común.

Ese mismo modelo de familia es el que ejemplifican en estos momentos quienes critican las palabras de Simón y por tanto hacen el mismo ejercicio de reduccionismo ideológico que los que se lanzaron a las calles en el 2005.

Aquella llamada a la cordura carpetovetónica de una España provinciana pareciera que había quedado sepultada por las vivencias de una sociedad avanzada que reconoce y aplaude los distintos modos de familias, en plural, por que hablar de familias es hablar de heterogeneidad y diversidad.

Las familias homoparentales ganamos aquella batalla con el ejercicio diario de crianza y cuidados a nuestras criaturas. Y creíamos haber salido vencedoras de una guerra, a la que, visto lo visto, aún le quedada un refriega final.

Los próceres del pensamiento social de este país que ahora critican a Ana Iris han olvidado un dato fundamental. En España sólo el 30% de los hogares los habitan familias biparentales con hijos (y se incluyen aquí el fenómeno de la homoparentalidad) y que hay un 70% más que ha elegido un modo diferente de convivencia. Y todas ellas son familias. 

Pareciera ser que estas personas de artículo fácil han sufrido experiencias negativas en su familia de origen (algunas llegan a relatarlas) y resulta que todas ellas declaran no haber constituido aún su propia familia. Este último aspecto es importante porque su opinión, aun siendo aceptable en un estado democrático y de derecho, tiene la misma validez moral que la que sale de la boca del obispo de turno, que habla de lo que no conoce pero que lo hace por una suerte de superioridad moral emanada del cielo en su caso o esgrimiendo la intelectualidad y la modernidad en el caso de los otros.

Se ha llegado incluso a poner en duda la capacidad de crianza de madres y padres por basarse en un modero rígido de convivencia en el que las personas mayores de edad imponen sus criterios y las menores de edad obedecen a la fuerza como si fueran el último reducto de la esclavitud. Solo cabe afirmar que aún no se ha inventado (y se han intentado en muchas ocasiones) un modelo de crianza más óptima que la se da en seno familiar.

Y claro que no todas las familias son perfectas, claro que padres y madres nos equivocamos, pero ni somos dictadores de las costumbres ni pretendemos serlo, al menos las madres y padres que yo conozco.

Ellas y ellos, en mayor o menor medida, además de fórmulas teóricas de análisis social, con frases y citas propias de una agenda gregoriana, acaban relatando los males de sus propias familias de origen y proyectan sus frustraciones al conjunto de la sociedad. Yo les pediría que se diesen una vuelta por los parques infantiles (ahora que la pandemia los ha reinaugurado) y contemplen a niñas, niños y niñes felices; por las puertas de los colegios y oigan a progenitores preocupados por la educación de sus criaturas y por desarrollar modelos de crianza que posibiliten su desarrollo más óptimo. Y sobre todo que salgan a cualquier calle y comprueben, oh maravilla de las maravillas, que existen familias con dos madres, dos padres, un solo padre o una sola madre, familias con hijos adoptados o acogidos, familias donde coexisten diferentes razas o culturas, en fin: familias.

Resulta agotador intentar explicar lo obvio a una parte de la supuesta progresía de este país que niega implícitamente la existencia de familias sin hijos, familias de una sola persona o familias poliamorosas.

Uno, que ha deambulado por los centros educativos difundiendo eso de la diversidad familiar, ha podido comprobar que la infancia y la adolescencia de este país tiene muy asimilado que existen diferentes tipos de familias y que lo importante no es quienes las integren, sino las relaciones que se establezcan entre ellos.

Las familias, como escenario necesario de socialización, no son entes abyectos que persiguen la alineación del ser humano, no tienen capacidad en sí mismas de ninguna acción, pues quien les dan “vida” son las personas que la integran. Y, como es ridículamente obvio, estas personas pueden ser o pueden tener conductas que sean buenas, malas o regulares.

Ser familia no implica consanguineidad y parentesco. Parece increíble que tengamos que explicar una obviedad como esta en pleno siglo XXI y ante quienes se suponen que apuestan por los avances sociales. Pero ahí seguimos.

Y como parece que no se entiende nada si no hay ejemplos concretos, paso al modo empírico. Hace 25 años que constituí una familia con otro señor, por lo que es fácilmente deducible que somos gais. Cuando la ley nos lo permitió nos casamos y adoptamos un niño de raza negra. Ahora estamos a la espera de que nos asignen otra criatura a través de la figura del acogimiento. En nuestra casa no existen roles de género, la consanguineidad no rige nuestros destinos y los apellidos son una fórmula legal y no un modo de vida. Nuestra criatura está creciendo bajo los principios de la igualdad y la diversidad. Somos elementos activos de una revolución social (como muchas otras personas) callada y pacífica que, considero, es la más importante que ha vivido este país en las últimas décadas: la que tiene como protagonista a la familia, a su estructura, a los miembros que la integran y a las relaciones que se dan entre ellos. Y eso a pesar de que no nos consideramos salvadores de la patria y de que compramos en algunas ocasiones en grandes almacenes que tienen una banderola verde en su anagrama.

Y, para ir terminando, y seguir cultivando la amistad en este delirio postmodernista en el que han sumergido al hecho familiar, quiero hacer saber a los amantes de los animales que sus mascotas nunca podrán ser “sus hijos”, serán parte de su familia, los querrán desde lo más profundo de su corazón, pero no son “sus hijos”. Sobre todo por lo pernicioso que es humanizar a los animales y animalizar a los humanos. No es cuestión de prioridades, si no de veracidades.

Nótese que el título de este artículo no es una copia del de la película de Masó, sino una interpretación evolucionada del mismo, por que los seres humanos evolucionamos, las familias evolucionamos y, además, nos hemos convertido en motor de cambio social.

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Cuenta en Twitter: @jateno_ 

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

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Reivindicar a las familias

Juan Andrés Teno (@jateno_)

Hoy es 15 de mayo y en muchos espacios se multiplica desde hace unos años la conmemoración del Día Internacional de las Familias. En torno al concepto de familia se ha divagado mucho desde el inicio de la humanidad y en su nombre se han cometido algunas de las bellaquerías más indignas de la Historia. Debería haber quedado ya atrás la época en la que familia era utilizada como arma ideológica, y ser asumida como un bien común.

La sociedad española ha protagonizado importantes cambios sociales en las últimas décadas, pero sin duda unos de los más destacados son los que han tenido a la familia como actriz principal. Han cambiado los miembros que la integran, los roles que desempeñan, las dinámicas de las relaciones, pero sobre todo, ha variado su estructura.

Y a ello han ayudado los cambios legislativos que se han sucedido desde la década de los 80 del siglo pasado con las leyes de divorcio, reproducción asistida o adopción y que, por ahora, tienen su último capítulo en la reforma del Código Civil en materia de matrimonio, que posibilitó la unión entre personas del mismo sexo.

En junio del año 2015 altos cargos del Partido Popular y obispos encabezaron en Madrid una multitudinaria manifestación en contra del matrimonio igualitario con tres pancartas en las que se afirmaba “La familia sí importa”, “Por el derecho a una madre y un padre” y “Por la libertad”.

Allí teníamos a la derecha de este país y a la jerarquía de la Iglesia reivindicando como válida su parcial y lastimera visión de lo que es una familia. Con los años hemos conseguido arrebatarles la autoridad moral y hacerles comprender (al Partido Popular, la jerarquía católica mantiene impoluta su visión LGTBIfóbica de la sociedad) que la familia no era un bien privativo y que hay tantos modelos de familia como formas de amar y maneras de incorporar a los menores de edad en ellas.

Aún hoy persiste en este país un 20% de personas que no comulgan con el matrimonio igualitario, porcentaje se incrementa casi hasta un 40% si se trata de validar el hecho de pueda haber hijas, hijos o hijes. Y no  solamente siguen estando ahí, si no que han ocupado un importante espacio en la representación parlamentaria y han llegado a influir en los gobiernos autonómicos a través de la marca política de Vox.

Con la intransigencia de la extrema derecha ya contábamos, aunque la batalla social de la diversidad familiar hace años que la hemos ganado. Pero, aunque parezca paradójico, tampoco ha sido fácil hacer un activismo a favor del hecho familiar dentro del colectivo LGTBI. 

Muchas y muchos activistas se creyeron el discurso discapacitante ultraconservador y negaron (y siguen haciéndolo) el concepto de familia en  las personas LGTBI. Por un lado están aquellos activistas que consideran que las familias homoparentales hemos reproducido los “males” que siempre han arrastrado las familias, acusándonos de perpetuar comportamientos tradicionales o neoliberales. Siguen sin comprender que la familia no tiene ideología, que, en todo caso, la podrán tener madres o padres (y están en todo su derecho) pero que no la tienen hijas, hijos e hijes. Nos siguen pidiendo un cambio de paradigma y no se dan cuenta que ya lo hemos resuelto. Al demostrar año tras año, día tras día, que el ejercicio de crianza en nuestras casas ha supuesto un avance social imparable, que estamos desmontando la LGTBIfobia que aún anida en las calles. Estudios como los dirigidos por Mar González demuestran científicamente que nuestras hijas e hijos han conseguido romper los estereotipos de género y que se han convertido, ellos, la infancia, en motor de cambio social. Entendedlo: motor de cambio social, que desde que llegan a nuestras familias se convierten en células activas que naturalizan el hecho LGTBI allí por donde pasan, y lo hacen de manera permanente.

 

 

Luego están, dentro del activismo, quienes dejan su vida y su alma por conseguir una sociedad menos machista y LGTBIfóbica y no se percatan de que están perpetuando el tercer gran colmillo que nos desangra socialmente: la adultocracia. Son quienes siguen considerando a las personas menores de edad como incapaces y olvidan que la infancia y al adolescencia también son parte de la ciudadanía, que tienen derechos y que el principal de ellos es el de ser escuchados.

Por último, están los que confunden familia de origen, castrante y reductora de derechos ante la realidades LGTBI en algunos casos, y la capacidad que tenemos todas, todos y todes de crear familias y espacios heterogéneos donde la diversidad marque la convivencia. Que para ser familia no hace falta compartir genes, ni parentesco, ni obligaciones legales; para ser familia solo hay que querer, pero no como hecho volitivo, sino como ejercicio de amor.

Y con este panorama, con hostilidades externas e internas, las personas LGTBI tenemos que seguir celebrando y reivindicando a las familias. Pero para ello es necesario que seamos capaces de comprender la importancia del lenguaje, de nombrar a cada realidad con la palabra más adecuada. 

Se ha generalizado el uso de familias LGTBI para designar a aquellas que tienen progenitores LGTBI o en las que hay criaturas LGTBI, olvidándose que no es del todo correcto designar al todo por una parte. En nuestras familias hay también personas heterosexuales, nunca lo olvidemos. Como sigue siendo muy necesario visibilizar las distintas realidades, sería necesario delimitar términos:

  • Familias homoparentales: aquellas en las que los progenitores son lesbianas, gays o bisexuales, independientemente de su género. Parental procede etimológicamente del término latín parens (pariente) y este, a su vez, del verbo pariré (parir). Es de las pocas palabras en castellano que no tiene un sesgo de género. Por tanto, es incorrecto lingüística y socialmente hablar de familias homparentales y homomarentales, distinguiendo en la segunda de ellas a las conformadas por una o dos madres. “Marental” no significa nada, sencillamente no existe. Aun así, si queremos distinguir, ya que en muchas ocasiones es necesario, si hay madres o padres en estas familias deberían utilizarse los términos homomaternal y homopaternal.
  • Familias diversas. Existe la creencia errónea de denominar como familias diversas a las homoparentales o monoparentales y a todas a aquellas que no sean la familia tradicional. No es cierto, todas las familias son diversas. Familia lleva implícito el adjetivo diversa.
  • Familias con progenitores LGTBI: aquellas en las que los progenitores son personas LGTBI.
  • Familias con menores LGTBI: aquellas en las que las hijas, hijos o hijes son personas LGTBI.
  • Familias con progenitores trans.
  • Familias con menores tras.

Estas dos últimas definiciones son necesarias actualmente debido al clima de transfobia que está atravesando la sociedad española, tanto por parte de posiciones ultraconservadoras, como por otras supuestamente feministas y que niegan las realidades trans y su derecho de autodeterminación.

Por todo ello, conmemoremos, celebremos y reivindiquemos el Día Internacional de las Familias y hagámoslo desde los criterios de la diversidad familiar. Para poder hacerlo debemos partir de una definición de familia que huya de todo sesgo ideológico y que de cabida a los múltiples modelos de convivencia que existen en este país. Asumamos definitivamente que una familia es un hogar y que todo hogar es una familia.

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

 

Hagamos que el activismo no duela

Por Marta Márquez (@marta_lakme) escritora y presidenta de Galehi, asociación de familias LGTBI

Foto: Larissa Puro

Ser activista es, para mí, mucho más que “una dedicación intensa en alguna línea de acción en la vida pública, en este caso en el campo social” (Wikipedia). No. Es una forma de vida. Es levantarte por las mañana y querer y creer que puedes hacer alguna cosa, por pequeña que sea, para mejorar algo concreto. Es ser consciente de tus propios privilegios y los del resto y luchar por los derechos de otras personas. Es quitarme tiempo de pasarlo con mi familia, con mi entorno cercano y, por qué no decirlo, conmigo misma. Ser activista, para mí, es ser más yo, ser una mejor yo.

Pero, digamos, que el activismo no es fácil. Pareciera sencillo que si todas y todos buscamos el mismo fin pues que estemos siempre de acuerdo y no es así. Algunas personas dentro del mismo colectivo estamos en distintas puntas de algo que para mí debería ser redondo. Pensamos tan distinto como distintas personas somos. Y, a priori, eso debería ser bueno, ¿no? Yo, al menos, así lo creo. Si algo tiene de bonito el activismo es que lo que se ansía es el bien común, pero “el bien” es tan subjetivo. Tanto como que lo bueno para una madre no lo es para una hija, lo que a un vecino le gusta a otro no, lo que está bien para un partido político no lo está para otro. Y así podría poner cientos de ejemplos. ¿Dónde está el límite entonces que nos hace seguir remando hacia la misma dirección? Para mí está muy claro: el respeto. Lee el resto de la entrada »

¿Quién teme a lo queer? – Hablamos con Roma de Genderlexx

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

Si quieres mandar preguntas o comentarios a Víctor Mora puedes escribir DM o de forma anónima a: https://curiouscat.me/Victor_Mora_G

 

Una vez al mes esta columna se dedica a entrevistar a personas o colectivos, que a través de sus creaciones, desarrollos o proyectos, conforman espacios de vida para la disidencia, y generan de alguna manera el tejido de lo queer.

“Tu cuerpo es tu lenguaje, no dejes que nadie grite con tu voz” es uno de los versos de Tanta Rabia, el disco que hace unos años nos interpeló a gritos. Genderlexx, el grupo más interesante de la escena queer punk de Madrid, se encuentra ahora mismo componiendo nuevos temas. A través de la furiosa voz de Roma, su vocalista, Genderlexx nos habló de la homofobia en el punk, de la reivindicación de espacios y de memoria histórica, entre otros temas protagonistas de buena parte de nuestras luchas y activismos. Si has estado en alguno de sus conciertos ya sabes que atraviesan el cuerpo (ese que es tu lenguaje) como una corriente eléctrica de máxima potencia. Por todo ello no podía más que preguntarle Lee el resto de la entrada »

Todo por la infancia, pero sin la infancia

Por el Día Internacional de la Infancia, nos Juan Andrés Teno (@jateno_), periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Foto: Guillaume Paumier

En el año 1954 Naciones Unidas institucionalizaba el 20 de noviembre como el Día Internacional de la Infancia, haciendo posteriormente coincidir esta fecha con la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos del Niño en 1959 y de la Convención de los Derechos de Niño en 1989.

En una sociedad profundamente marcada por un sentimiento de superioridad de las personas adultas, este día internacional es quizá el menos aireado y celebrado, porque todavía mantenemos hacia esta parte de la ciudadanía un terrible despotismo ilustrado. Defensores de la democracia como el mejor de los sistemas políticos, todas y todos seguimos manteniendo en vigor el lema del absolutismo evolucionado “Todo para la infancia, pero sin la infancia”, aunque la frase original en francés explicita aún más la bellaquería de estas palabras: “Tout pour l´enfance, rien por l´enfance”.

La Convención de los Derechos del Niño hace especial énfasis en que la infancia “tendrá derecho a la libertad de expresión”, añadiendo “que este derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo”. Y concluye afirmando que los estados “respetarán el derecho del niño a la libertad de pensamiento, conciencia y religión”. Lee el resto de la entrada »

El PIN Parental como objeción de conciencia a la Constitución

Por Jesús Generelo (@JesusGenerelo) ex-presidente de la FELGTB

Foto: Fotografías Emergentes

Después de perseguir por las calles a las y los menores trans con un autobús en el que los acusaban de mentir, de no saber cuál es su identidad sexual, de ser unos fraudes, la última ocurrencia de la organización HazteOír.org (un lobby ultra con un presupuesto de cerca de dos millones de euros destinado a atacar derechos de la mujer y LGTBI) ha sido enviar una carta a las AMPAs y a los centros educativos de toda España para reclamarles lo que llaman un “pin parental” según el cual las familias podrán solicitar a la dirección del centro educativo información sobre cualquier actividad que afecte directamente a los “valores familiares”, a “materia afectivo-sexual”, “identidad y orientación sexual”, “diversidad sexual y afectiva” o “diferentes modelos de familia”.

Lo que en principio califico de una ocurrencia sería solo un motivo de broma si no fuera porque ya la Consejería de Educación de Murcia se ha posicionado a favor de esta medida y, con toda probabilidad, a algunos centros les servirá de excusa para paralizar iniciativas educativas a favor de la diversidad y del respeto a las minorías sexuales, de identidad de género y familiares. Por lo tanto, conviene clarificar lo que esta demanda del lobby ideológico significa: ni más ni menos que una petición a centros educativos y a familias para que desobedezcan la Constitución española, la ley educativa y, en 12 comunidades autónomas, las leyes de Igualdad LGTBI y de atención a la población Trans. Lee el resto de la entrada »

Las abuelas LGTB: el mejor regalo de Navidad

Por Juan Andrés Teno (@jateno_), periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

“Es lo más grande que Dios nos pudo mandar”

“Han creado una familia que es para estar súper orgullosa”

“Pase lo que pase yo siempre les voy a defender”

“Fue una ilusión enorme y nos cambió nuestra vida por completo”

“Es lo mejor que te puede pasar”

Así se expresan Andrea, Pilar, Manuela, Ángela y Claudia en el vídeo con el que la FELGTB inundó de amor las redes sociales el día de Nochebuena. Estas cinco mujeres, con una vida adentrada en la vejez, hablan de su experiencia como abuelas de familias homoparentales. En sus caras se dibuja la pasión por sus nietas y nietos, en un alarde de valentía de quien con 70 años a sus espaldas cede su imagen a las redes sociales con el deseo íntimo de que la sociedad española conozca lo que es ser abuela de menores criados por gais, lesbianas o bisexuales.

Ellas, que nacieron y se hicieron mujeres en la peor época que una mujer puede elegir para ser, ellas que no eran sujeto jurídico en una dictadura fascista que llenó de muertes las cunetas del país, ellas que han sobrevivido a demasiadas historias de lucha y trabajo y que, ahora, en la espera dulce de la edad, se dejan las lágrimas y las sonrisas en un video haciendo el mejor de los activismos que es posible dibujar en esta España que se desdibuja: el activismo que nace del corazón, que no pregunta, que solo respeta, que ama desde lo más profundo y que siempre estará ahí, pase lo que pase, derribando con sus arrugas los egos de cartón piedra que tanto abundan en el mundo asociativo. Lee el resto de la entrada »

Recursos educativos para trabajar la diversidad familiar en las aulas

Por Juan Andrés Teno (@jateno_), periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Foto: Vanessa

Estos días se han incorporado al curso escolar 2017/2018 la casi totalidad de las alumnas y alumnos de Educación Infantil y Primaria (en Baleares, Cataluña y Extremadura lo harán a lo largo de la semana). El 25 de septiembre ya estarán delante de sus pupitres todos los menores españoles de 3 a 18 años que, a buen seguro, trabajarán día a día para formarse entre el maremagnun de siglas y asignaturas que los envían hacia el futuro, que nos preparan al conjunto de la ciudadanía para el porvenir.

Algunas de las madres y los padres que hemos acomodado sus mochilas, planchado su ropa y llenado sus plumieres de confianza, sueños y respeto al profesorado, hemos respirando hondo en el momento de dejarlos en la puertas de sus centros, tratando de espantar el fantasma de la incomprensión, la violencia o el acoso para los próximos 10 meses. Lee el resto de la entrada »