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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

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¿Y si las hermanas Gilda no hubiesen sido hermanas?

Artículo de Clara Asunción García (@clarasungarciapublicado en el Gehitu magazine nº 101 “Viñetas con orgullo” que puedes descargar aquí

 

Crecí leyendo tebeos. Crecí siendo lesbiana. Podría parecer que una cosa no guardara relación con la otra, pero sí, y una muy importante: todo lo que ves, todo lo que vives, todo lo que sientes, todo lo que haces bien o estropeas, lo que llega a tu vida o se va, te construye, te da tu lugar en el mundo.

Todo lo que lees, también. Sobre todo, si en tu vida los libros ocupan un lugar fundamental; sobre todo, si para ti constituyen un referente, una vía de escape, un lugar de conocimiento y reconocimiento. Porque el relato de la ficción construye también el de la realidad. Porque esa representación tiene su correspondencia real y esta a su vez debería tenerla en esa ficción. Lee el resto de la entrada »

Ser transexual es sinónimo de diversidad no de enfermedad, lo dicen los psicólogos de Madrid

El Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid se posiciona públicamente para alejarse definitivamente del tratamiento de la transexualidad que asocie ésta a una enfermedad. El comunicado -que puede encontrarse en su web– enlaza directamente con un documento elaborado por el Grupo de Asesores en Psicología de la Diversidad Sexual y de Género del propio Colegio de Madrid. De esta forma el gremio de psicólogos de Madrid se suma a la corriente por la despatologizadora de la transexualidad que cada año desde 2009, y en el mes de octubre, convoca un Día Internacional de Acción por la Despatologización Trans con manifestaciones simultáneas y otras actividades en diversas ciudades en el mundo.

El mensaje central del comunicado no es solo que la transexualidad no sea una enfermedad ni un trastorno mental y que por tanto, las personas transexuales no deben ser tratadas como tales. También se señala, algo bien importante, que las personas transexuales por el hecho de serlo, tienen un grave riesgo de sufrir el llamado “estrés de minoría” a consecuencia del alto grado de rechazo, discriminación y prejuicios que tienen que soportar por parte del entorno social en el que nacen, crecen, viven, trabajan,.. se encuentran día a día. Es esta situación de estrés, de desgaste emocional, que tiene una base social y no en su identidad, la que hace que aumenta la fragilidad y vulnerabilidad de las personas transexuales, algo que sin duda ninguna, para los psicólogos, contribuye a que puedan sufrir problemas de salud mental como la depresión y la ansiedad. Lee el resto de la entrada »

Y colorín, colorado, nuestra historia ha comenzado

Por Carmen López (@lacarmenlolo)

3 weeks + 6 days
Fotografía de Betherann

 

“Hace mucho, mucho tiempo, mamá tuvo un sueño. En él tenía un bebé que se llamaba como tú. Sin duda, mamá quería tener ese bebé.

Pero pasaron muchos, muchos años hasta que mamá lo tuvo todo preparado. Cerró los ojos y pidió un deseo, y aunque esta fórmula siempre funciona, hay veces que todo no es tan sencillo. Así que cerró muy fuerte los ojos y deseó, más fuerte todavía, que estuvieras aquí. Pero no llegabas.

Mamá pensó y pensó para ver si descubría que podría estar ocurriendo. Y vislumbró tres posibles problemas. Primero, no tenía príncipe azul, ni verde, ni naranja. – ¡Vaya!

Segundo, tenía una “princesa”, pero las dos solas no lograban conseguir que empezaras a crecer. – ¡Qué difícil!

Tercero, hay veces que cierras los ojos, deseas algo con todas tus fuerzas, pero no llega. Entonces te duele la barriga, se te pone un nudo en la garganta y te dan ganas de llorar. -¡Qué triste!

Pero mamá no quería esperar más, estaba impaciente por conocerte. Ella sabía que tú estabas deseando pasear por el parque, tirarte por el tobogán, entrar en un museo. Vamos, que querías convertirte de una vez por todas en un niño.

Mamá se puso a investigar. Y buscó y buscó hasta que llegó a un hospital donde ayudaban a las mamás a tener bebés. Se llamaba el hospital de las cosas extraordinarias. Allí había unos médicos y unas médicas muy sabias y les contó su plan.

Le explicaron que necesitaban encontrar una semilla mágica. Después de mucho observar y estudiar, estudiar y observar encontraron la semilla que les pareció más mágica de todas. El médico la depositó dentro de mamá y a las pocas semanas su tripa empezó a crecer y a crecer. ¡Ahí dentro estabas tú!

Cuando ya habías crecido mucho y parecía que mamá iba a estallar, volvió al hospital. A las pocas horas, ¡Zás! ¡Kataplás!, ¡ya estabas aquí!

La médica le preguntó: “Mira este bebé, ¿sabes quién es?”. “Claro”, contestó mamá: “¡El bebé más bonito del mundo!”

Vinieron todos a verte. Unos lloraron de emoción. Otros reían. Y mamá daba saltos de alegría por todo el hospital.

Y colorín, colorado, nuestra historia ha comenzado”.

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¿De dónde vengo?

Mañana 2 de abril es el día del cuento infantil, y como no podía ser de otra manera nuestra cuentista particular, Nieves Gascón (@nigasniluznina) nos recomienda un cuento infantil muy especial del que es autor alguien muy querido para nuestro blog Javier Termenón, a quien desde aquí mandamos un gran abrazo pues deja de ser colaborador habitual del blog para centrarse en eso que tan maravillosamente hace y que tanto nos gusta y nos hace soñar… ilustrar y contar las historias de las niñas y niños de colores que todos llevamos dentro. ¡¡Muchas gracias por formar parte del arranque de este proyecto, Javi!!

'Vengo' de Javier Termenón
‘Vengo’ de Javier Termenón

 

Siempre hay respuesta frente la curiosidad infantil. Mi hija Raquel, con cuatro años comenzó a preguntar de forma constante e insaciable. Le consulté a mi apreciado terapeuta Pedro Gutiérrez -psicólogo de gran experiencia- si aquello era normal. “Pues claro que si. Es una chica inquieta”. Me quedé mas tranquila. Pero lo mejor de Raquel fueron sus propias respuestas. ¿Quién dijo que las niñas y los niños no se enteran o debemos racionarles o negar la realidad? La verdad debe estar adaptada a la inmediata y probable comprensión, acorde al desarrollo psicológico de cada etapa de la infancia, unida al factor crucial de cada personalidad. En mi opinión y con cierto orgullo por el potencial de Raquel, de la comprensión, escucha y estimulación infantil además de disfrutar, podemos aprender poderosas razones. Las mejores.

De esta manera llego a nuestra elección para el mes de abril. Un álbum ilustrado y relatado por su único autor, Javier Termenón Delgado: Vengo. Editado por eraseunavez.com, Fundación Triángulo y subvencionado por la Junta de Extremadura en primera edición de 2007. Merece la pena buscarlo en estanterías de bibliotecas y librerías, para añadirlo como imprescindible en nuestro aprendizaje familiar sobre valores de diversidad y mucho más. Un relato dinámico en el que una niña explica y razona sobre el inicio de su propia vida. Va descartando posibilidades presentes en nuestro imaginario sociocultural. La cigüeña no es respuesta, porque tiene miedo a las alturas y una de sus dos mamás no le dejaría jamás que le trajera un pájaro por los aires. De pájaros ni hablar, para alguien a quien le gustan los gatos. Brillante elección que personalmente comparto. Sobre que los bebés y las bebas vienen con un pan debajo del brazo, al abuelo de nuestra protagonista, no le parece un lugar sanitariamente adecuado para transportar este alimento. Opción descartada por lógica aplastante.

¿Y qué decir de la mítica frase “los niños (y las niñas, por supuesto) vienen de París”? Tampoco es un argumento de peso para una niña inteligente, puesto que ninguna de sus dos madres estuvo jamás en la capital francesa e indagó para concluir sobre la inexistencia de un almacén de niños y niñas en esta ciudad.

Tampoco le vale la opción del paquete postal, con embalaje incluido. Ni cree en la disparatada historia de la semilla que va creciendo como una lechuga; no es opción convincente para frioleras a la intemperie.

Una de sus mamás, le explica que los niños y las niñas crecen en las barrigas de las mujeres. Está podría ser la idea más descabellada de todas, porque nuestra protagonista es muy grande para caber en la barriga de ninguna de sus dos mamás.

De lo que está segura esta niña es que ella viene del mar y llegó de las aguas saladas, hasta Lugo, gateando. Esta es su verdad porque cuando se chupa, sabe a sal.

Terminada la historia, aún hay otra más: la referencia autobiográfica y descriptiva del autor sobre sí mismo. Original y divertida.

Disfruten de este libro, lleno de ilustraciones que con simetrías, a modo de colage y trazos en tonos ocres, nos va trasportando en el transcurso del relato, sumergiéndonos en la coherencia aplastante de la psicología infantil. Una lectura que engancha y finaliza con un guiño de su autor, recordándonos sencillamente ¡¡¡que se acabó!!!.

El Monstruo de la diversidad traspasa fronteras y llena el mundo de optimismo

Cuando nació ‘El Monstruo Rosa’ ni su autora Olga de Dios (con quien os hemos felicitado el año) ni la editorial Apila podían imaginar todo lo que iba a pasar después.

El éxito de este cuento ha traspasado fronteras hasta llegar, entre otros lugares, a China donde se está adaptando al idioma del país mandarín. Pero sin duda, cuando hablas con Olga de Dios de las cosas que más orgullosa se siente es de la adaptación que se ha hecho de El Monstruo Rosa a los pictogramas de Arasaac. No solo porque este tipo de adaptaciones ayuda a personas con necesidades de educación especial a comprender mejor conceptos e incrementar su vocabulario sino porque quienes la han hecho han sido los propios niños y niñas del aula TEA (trastorno espectro autista) del CEIP Loranca en Fuenlabrada. Siendo esta solo una de las muchas actividades que están haciendo en torno al cuento de la mano de la profesora responsable, Vanesa del Val. Todo el proyecto  lo podéis conocer (y disfrutar) en su blog El Aula de los Soles.

Y aunque parezca toda una obviedad, hablar de diversidad es hablar de diversidad, de todas y de cada una. Desde las realidades y desde las personas, teniendo en cuenta sus vidas, escuchando sus historias, conociendo sus emociones y defendiendo sus derechos. Los de todos, los de todas.

El cuento de El Monstruo Rosa está siendo todo un fenómeno, pero “lo más fenomenal” es que cuando su autora lo creó no se podía ni imaginar que al hablar de la diversidad que ella tenía en mente iba a llegar a miles y miles de niños, niñas, adolescentes y adultos en todo el mundo y en todos los ámbitos.

Nuestra propuesta de hoy es doble. Por un lado, os invitamos a ver el video de la canción que los alumnos y alumnas del aula TEA han hecho sobre El Monstruo Rosa (otra de las actividades relacionadas con el cuento); y por otro, os proponemos escuchar a Olga de Dios en la entrevista que la hicieron en el GaylesTV.

¡Ah! y además como regalo de Reyes os recomendamos no solo el cuento de ‘El Monstruo Rosa’ sino también el otro cuento que Olga de Dios acaba de publicar y que se llama ‘Buscar’.

 

Elmer y el derecho a la diferencia

Nuestra particular apasionada de la literatura, Nieves Gascón (@nigasniluznina) , vuelve al blog para recomendar un libro que nunca debería salir de la lista de ventas, un título a tener en cuenta en estas fechas porque Elmer, de David McKee, es un regalo perfecto.

 

Elmer El elefante

Esta vez hacemos una parada especial en un clásico de la literatura infantil. Elmer, un personaje de origen británico editado por primera vez en 1989, traducido a distintos idiomas (al castellano por Raquel Salagre Muñóz), de David McKee y que va perfectamente por su decimoquinta edición, fácil de encontrar en las estanterías de casi todas las librerías. Esta historia ha llegado a muchos rincones del mundo y se ha hecho adaptación teatral. Pero centrémonos en el relato. Una lectura para compartir antes de dormir y regalar en estas fechas. Aunque el mejor regalo es dedicar un tiempo especial a nuestra familia, a nuestros niños y niñas, para que con cada lectura abran sus mentes a la ficción.

Mundos de fantasía que fomentan la curiosidad, la imaginación y despiertan la afición a la lectura. Un tiempo especial, que es lo que realmente necesitan los niños y niñas en esta época de estrés y tecnología que no pueden sustituir la necesidad relacional del afecto para un crecimiento adecuado a cada edad.

Un cuento recomendable para todas las fases de la infancia. Las y los más pequeños pueden disfrutar de grandes imágenes llenas de colorido y contrastes. Y precisamente para ellos es ‘El chapuzón de Elmer’, otro título del mismo personaje y autor; una edición plástica para mojar y leer en el baño, e incluso morder bajo supervisión. Hay otra edición en tela y hasta se puede encontrar a Elmer relleno, en trapo de colores, listo para achuchar. Las y los neolectores de 6 a 8 años pueden aprender a leer con este cuento de forma divertida.

Elmer un día se plantea no ser diferente al resto de los elefantes de su manada y se pinta de color gris. Cuando vuelve al grupo, pasa desapercibido. No sucede nada hasta que la lluvia cae y le quita la pintura. Vuelve a ser un elefante de colores y sus compañeros se ríen al descubrir su camuflaje. Elmer es diferente y todos los elefantes lo saben, a la vez que disfrutan de su peculiar forma de ser. Así que deciden celebrar una vez al año una fiesta en la que todos, menos Elmer, se pintarán de vivos colores inspirándose en él. Elmer también se pintará de gris elefante para la ocasión y quizá para no sentirse tan diferente. ¿Pero realmente somos todas y todos iguales? No lo creo. Elmer ya es querido por ser un elefante especial en su grupo, no sólo por sus colores, sino porque le conocen, valoran y quieren.

Quizá esa es la clave, conocer y apreciar a cada persona por su valía y respetar el derecho a la diferencia. Una buena premisa para relacionarse y comprobar que podemos llevar un elefante de peculiares colores en nuestro interior. Por la convivencia, el respeto y la diversidad la historia de Elmer es algo más que un cuento para los y las peques que están en ese momenmto de crecer y descubrir, precisamente, que todos somos diferentes.

Desde las trincheras de la desigualdad

Por Javier Termenón Delegado

 

No nos engañemos, la realidad en la que nos movemos está llena de trincheras.

Hace un par de semanas, comentando con una amiga la incipiente aparición de este blog, me hacía notar que está cansada de las reivindicaciones de gente que forma parte de este colectivo. Es mi amiga, la quiero. He aprendido a querer a gente con la que no estoy de acuerdo, qué carajo, me quiero a mí mismo y mírame…

Lo curioso es que hasta hace un par de semanas, para entenderme yo y hacer causa común con el resto de los alumnos de mi clase de octavo de EGB (vaya usted a saber los porqués de tamaña regresión), entendía a la perfección, o al menos así lo creía yo, que el acoso al que fui sometido era de carácter similar al que sufrió el gafotas, el empollón, el gordo o el chivato de mi mismo curso.

Pero no es el mismo, nunca lo fue. Es de esas verdades que tu hipotálamo comprende antes que tú mismo. Nunca fue el mismo acoso, posiblemente generó el mismo miedo al rechazo, la misma timidez, y puede que incluso el desdeñable recurso de la autocompasión, que quizás alguno de los lectores seguirá queriendo ver en estas letras.

El gordo de la clase pudo sentirse solo, no lo niego, pero si algún día llegó a tener un amigo no tuvo que recibir de él negativa alguna al enterarse de que era gordo, saltaba a la vista desde el inicio de su amistad.

Foto de Srgpicker
Foto de Srgpicker

El gafotas no tuvo que sentar a sus padres para explicarles el uso y preferencia de un modelo de gafas en detrimento de otro modelo.

El empollón no sintió durante 30 años de su vida que no tenía derecho a casarse con la persona de la que se había enamorado.

El chivato había estado buscando la aprobación del poderoso pasando por la desaprobación de sus iguales, diametralmente opuesto a mi caso en el cual la aprobación del poderoso nunca llegó y el afecto de mis iguales estaba en entredicho.

No voy a enumerar las secuelas de una infancia semejante, hay infancias peores, eso lamentablemente seguirá siendo así.

Mi encéfalo, esa otra parte de mi cerebro que es racional y que organiza mi conducta, registró mi rechazo y el de los otros y los suavizó en una trinchera de causa común hasta hace unas semanas. El gordo, y el chivato, y el gafotas, y el empollón, y yo éramos los oprimidos. Sin embargo, mientras tanto, mi hipotálamo, allí donde se generan los instintos más primitivos y se registra la memoria a largo plazo, llevaba años chirriando en sus junturas.

A medida que pasó el tiempo, veía con miedo y aprensión que mis compañeros de trinchera, salían airosos de esas primeras batallas. Pasados unos años el gafotas cultivó un look intelectual, quizás marginal, tal vez hasta envidiado por el cachas. El gordo ajustó su dieta, o sus hormonas, o siguió llevando su vida siendo gordo y encontró donde le valoraran desde otras perspectivas. El empollón consiguió entrar en medicina. El chivato buscó un hueco desde el que delatar sin que estuviera mal visto… En cualquier caso, dejaron la trinchera para amar o ser amados sin explicarle a sus padres a quiénes amaban. Sin que su mejor amigo les dejara de lado bajo la sospecha de una mirada de más mientras se duchaban. La sociedad adulta les acogió, diluyendo la que a la postre se convirtió en una inexistente falta: llevar gafas, sufrir de sobrepeso, no ser corporativo, o dedicar media vida a quemarse las pestañas en libros de texto.

Mi sociedad no hizo lo propio conmigo, yo seguía teniendo una falta que dejaba paso a que cualquiera pudiera insultarme si le apetecía, que mis amigos y familiares me pidieran explicaciones, bregar con la etiqueta de mi “opción sexual” como si fuera opcional y se tratara solo de sexo, oír de diferentes estamentos mi condición de enfermo, haber vivido la carencia de un modelo afectivo válido, y seguir escuchando que, a día de hoy, hay gente a la que esto le canse.

En esa clase de octavo de EGB hubo personas a las que no les importó ni lo más mínimo como era yo, hay gente hoy que me trata de igual a igual. Pero de la misma manera que el feminismo no acabó con el acceso a las urnas de la mujer, ni el apartheid no ha finalizado porque a un negro le dejen ocupar los asientos de delante en un autobús público, aunque canse oírlo otra vez, aunque se produzca el hastío en aquellos que quizás ya han dado el paso a recibirnos en igualdad de condiciones, sigue existiendo esa trinchera.

Cuando has vivido en ella no escuchar, no ver, no oír y no comparar es imposible. Puedo pasar de largo, puedo girar la vista, puedo escuchar música mientras camino por la acera de enfrente (que es mi acera) y hacer una comparativa más o menos acertada, pero mi hipotálamo seguirá chirriando en sus junturas.

El acoso es, de las calidades del ser humano, uno de los más rastreros comportamientos, no por ser gay y haberlo sufrido en mis carnes niego la tortura que sufrió aquel gafotas, aquel empollón o aquel chivato, ni ningún otro caso que no haya nombrado aquí. Quiero andar con pies de plomo en esto: en esta sociedad hemos permitido que el acoso exista en los márgenes del susurro, el escudo del anonimato, detrás de la risa boba e hiriente. Pero me sale la comparativa, la esclavitud del gordo de mi clase se ha ido incrementando de manera proporcional al incremento del culto al cuerpo, pero no hubo una sociedad que le dijera que no podía casarse, adoptar, que era un hereje, un pecador, un enfermo mental o un impedido.

Gay Pride Toulousse
Foto de Guillaume Paumier