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¿Quién dice que por ser gay no es posible tener una familia?

El amor ocurre, no solo entre dos personas sino también con los hijos e hijas que se desean tener.

¿Acaso importa la forma cómo se construye una familia? ¿Acaso importa que la pareja esté formada por dos personas del mismo sexo o por una sola persona cuya orientación sexual o identidad de genero no coincide con la socialmente aceptada?

Países como Rusia dicen que sí, y por eso imponen condiciones discriminatorias a los países que quieran tramitar adopciones internacionales con ellos. Pero no es el único país que impide a las personas LGBTI formar una familia por los prejuicios y problemas que unos pocos tienen en aceptar la diversidad de la sociedad. Más allá de la posibilidad de contraer matrimonio está el derecho a formar una familia.

Tras ver este vídeo, ¿tú te atreverías a decir que esta pareja de hombres no son los mejores padres que esta pequeña puede llegar a tener? En ocasiones la publicidad resulta a ser la mejor manera de mostrar la realidad.

 

Desde las trincheras de la desigualdad

Por Javier Termenón Delegado

 

No nos engañemos, la realidad en la que nos movemos está llena de trincheras.

Hace un par de semanas, comentando con una amiga la incipiente aparición de este blog, me hacía notar que está cansada de las reivindicaciones de gente que forma parte de este colectivo. Es mi amiga, la quiero. He aprendido a querer a gente con la que no estoy de acuerdo, qué carajo, me quiero a mí mismo y mírame…

Lo curioso es que hasta hace un par de semanas, para entenderme yo y hacer causa común con el resto de los alumnos de mi clase de octavo de EGB (vaya usted a saber los porqués de tamaña regresión), entendía a la perfección, o al menos así lo creía yo, que el acoso al que fui sometido era de carácter similar al que sufrió el gafotas, el empollón, el gordo o el chivato de mi mismo curso.

Pero no es el mismo, nunca lo fue. Es de esas verdades que tu hipotálamo comprende antes que tú mismo. Nunca fue el mismo acoso, posiblemente generó el mismo miedo al rechazo, la misma timidez, y puede que incluso el desdeñable recurso de la autocompasión, que quizás alguno de los lectores seguirá queriendo ver en estas letras.

El gordo de la clase pudo sentirse solo, no lo niego, pero si algún día llegó a tener un amigo no tuvo que recibir de él negativa alguna al enterarse de que era gordo, saltaba a la vista desde el inicio de su amistad.

Foto de Srgpicker
Foto de Srgpicker

El gafotas no tuvo que sentar a sus padres para explicarles el uso y preferencia de un modelo de gafas en detrimento de otro modelo.

El empollón no sintió durante 30 años de su vida que no tenía derecho a casarse con la persona de la que se había enamorado.

El chivato había estado buscando la aprobación del poderoso pasando por la desaprobación de sus iguales, diametralmente opuesto a mi caso en el cual la aprobación del poderoso nunca llegó y el afecto de mis iguales estaba en entredicho.

No voy a enumerar las secuelas de una infancia semejante, hay infancias peores, eso lamentablemente seguirá siendo así.

Mi encéfalo, esa otra parte de mi cerebro que es racional y que organiza mi conducta, registró mi rechazo y el de los otros y los suavizó en una trinchera de causa común hasta hace unas semanas. El gordo, y el chivato, y el gafotas, y el empollón, y yo éramos los oprimidos. Sin embargo, mientras tanto, mi hipotálamo, allí donde se generan los instintos más primitivos y se registra la memoria a largo plazo, llevaba años chirriando en sus junturas.

A medida que pasó el tiempo, veía con miedo y aprensión que mis compañeros de trinchera, salían airosos de esas primeras batallas. Pasados unos años el gafotas cultivó un look intelectual, quizás marginal, tal vez hasta envidiado por el cachas. El gordo ajustó su dieta, o sus hormonas, o siguió llevando su vida siendo gordo y encontró donde le valoraran desde otras perspectivas. El empollón consiguió entrar en medicina. El chivato buscó un hueco desde el que delatar sin que estuviera mal visto… En cualquier caso, dejaron la trinchera para amar o ser amados sin explicarle a sus padres a quiénes amaban. Sin que su mejor amigo les dejara de lado bajo la sospecha de una mirada de más mientras se duchaban. La sociedad adulta les acogió, diluyendo la que a la postre se convirtió en una inexistente falta: llevar gafas, sufrir de sobrepeso, no ser corporativo, o dedicar media vida a quemarse las pestañas en libros de texto.

Mi sociedad no hizo lo propio conmigo, yo seguía teniendo una falta que dejaba paso a que cualquiera pudiera insultarme si le apetecía, que mis amigos y familiares me pidieran explicaciones, bregar con la etiqueta de mi “opción sexual” como si fuera opcional y se tratara solo de sexo, oír de diferentes estamentos mi condición de enfermo, haber vivido la carencia de un modelo afectivo válido, y seguir escuchando que, a día de hoy, hay gente a la que esto le canse.

En esa clase de octavo de EGB hubo personas a las que no les importó ni lo más mínimo como era yo, hay gente hoy que me trata de igual a igual. Pero de la misma manera que el feminismo no acabó con el acceso a las urnas de la mujer, ni el apartheid no ha finalizado porque a un negro le dejen ocupar los asientos de delante en un autobús público, aunque canse oírlo otra vez, aunque se produzca el hastío en aquellos que quizás ya han dado el paso a recibirnos en igualdad de condiciones, sigue existiendo esa trinchera.

Cuando has vivido en ella no escuchar, no ver, no oír y no comparar es imposible. Puedo pasar de largo, puedo girar la vista, puedo escuchar música mientras camino por la acera de enfrente (que es mi acera) y hacer una comparativa más o menos acertada, pero mi hipotálamo seguirá chirriando en sus junturas.

El acoso es, de las calidades del ser humano, uno de los más rastreros comportamientos, no por ser gay y haberlo sufrido en mis carnes niego la tortura que sufrió aquel gafotas, aquel empollón o aquel chivato, ni ningún otro caso que no haya nombrado aquí. Quiero andar con pies de plomo en esto: en esta sociedad hemos permitido que el acoso exista en los márgenes del susurro, el escudo del anonimato, detrás de la risa boba e hiriente. Pero me sale la comparativa, la esclavitud del gordo de mi clase se ha ido incrementando de manera proporcional al incremento del culto al cuerpo, pero no hubo una sociedad que le dijera que no podía casarse, adoptar, que era un hereje, un pecador, un enfermo mental o un impedido.

Gay Pride Toulousse
Foto de Guillaume Paumier

Ser yo mismo y distinto a los demás

Por Javier Termenón

La identidad es la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta de las demás.

Son los rasgos propios que definen a un individuo o a una colectividad caracterizándolos frente a los demás.

La identidad, por otro lado es algo inalienable y definitorio de cada persona, único e irrepetible.

Identificarse con un colectivo de personas supone por tanto compartir una serie rasgos con el conjunto de personas que lo forman.

Una parte de mis características personales se funden en forma y fondo con las características de las demás personas que forman ese grupo y ahí comienza la identificación.

Ilustración de Javier Termerón
Ilustración de Javier Termerón

No me identifico con el colectivo LGTB por ser gay. No funciono así. Me identifico porque a causa de alguno de los rasgos de mi identidad me he sentido excluido, minoría y diferente.

Esencialmente no soy activista de este colectivo ni de ningún otro. No creo en los grupos; creo, sí, que pueden fomentar comportamientos compasivos y/o humanitarios, pero también pueden etiquetar y clasificar con crueldad las diferencias y elevar su identidad de grupo a la categoría de dogma.

No creo en las masas, me asustan; sospecho que de entre ellas pueden surgir el enfrentamiento violento, el linchamiento, la lapidación, el acoso y lo que es peor: el anonimato de quienes perpetran y fomentan estos comportamientos y su consecuente impunidad.

Estoy dividido, es un rasgo de mi identidad ser entusiasta y temeroso a un tiempo y cuando me escucho, escucho ambas voces.

Tengo una inquebrantable fe en el ser humano, pero también tengo mis reservas, lamentablemente muy fundadas. Y lo curioso es que esa fe y esas reservas, todo junto, son la verdadera causa de que esté escribiendo esto.

Mis reservas son por todas y cada una de las vulneraciones de derechos documentadas o por documentar que el ser humano protagoniza cada día.

Mi fe en el ser humano me hace creer que un conjunto de personas puede formar un colectivo que haga visible y denuncie cada una de esas vulneraciones, otorgando un rasgo de identidad a la minoría y quitándole a las masas el poder de aplastar.

Falible y descreído, confiado y entusiasta. Esos son algunos de los rasgos de mi identidad, los que pongo en este colectivo. No se me busca y se me quiere en él por amar como amo: mi identificación es haber sentido la exclusión y percibirme sin peso por ser una minoría, haber notado la brutalidad dogmática de un grupo, la etiqueta clasificadora, el linchamiento, la lapidación y el acoso anónimo e impune. Para quienes me han hecho sentir esto no tengo palabras.

Pero sí me gustaría que les quedara claro, a quienes esgrimen una estadística como motivo de descrédito, que la fría tabula rasa de la estadística vendrá a situarnos a todos en otras muchas minorías. La más brutal de todas ellas: que cada persona es única e irrepetible.

Javier Termenón. Fotografía de Laura Ramírez
Javier Termenón. Fotografía de Laura Ramírez

No te quedes en la puerta

Marco Polo
Fotografía de Marco Polo OFF

Una de cada diez personas dice ser homosexual. Este es el ‘mítico porcentaje’ que se usa para señalar la proporción de homosexuales que hay en el mundo.  Sin embargo, esta afirmación –además de obviar una buena parte de la diversidad sexual y de género– es más que probable que esté muy alejada de la realidad. Una de cada diez no es más que la expresión de aquellas personas que ‘salen del armario’, ¿y las que no?.

Millones de personas en todo el Mundo viven coaccionadas legal, social y familiarmente a la hora de mostrar abiertamente su orientación sexual o su identidad de género. Si lo hicieran, nada volvería a ser igual en sus vidas y muy posiblemente se verían abocadas a vivir en una situación de marginalidad cuando no a poner en riesgo su integridad personal. Mientras esto sea así, el número de personas que reconocerán su homosexualidad, bisexualidad, transgenerismo y/o transexualidad será muy inferior de lo que cualquier estadística pueda mostrar.

En este blog queremos desmontar ese ‘una de cada diez’ y nombrar cada una de las realidades que conforman esa diversidad sexual y de género. Lo haremos dando cabida a voces e historias extraordinarias por ser cotidianas. Y si bien primará la mirada positiva de respeto e igualdad quedará hueco para la denuncia cuando haga falta, porque desgraciadamente sigue haciendo falta.

Un grupo de colaboradores y colaboradoras irán abriendo camino con sus entradas mes a mes. A Javi, a Laura, a Lucía, a Carmen y a Alexander desde ya les quiero dar las gracias por confiar y por unirse a este proyecto.

También publicaremos algunas piezas de ‘firmas invitadas’ que se irán haciendo hueco en este blog que es nuestro pero también abierto. Insistimos en aquello de que no te quedes en la puerta.

Y para acabar, o mejor dicho para empezar, puede que no esté de más dejar en esta primera entrada de presentación un ejemplo (solo es eso) de cómo se nombra una parte de la diversidad de la que vamos a hablar. En aquella ocasión, como en esta, todo fue posible al apoyo de la co-autora de este blog, Nayra Marrero, con quien es un gusto compartir esta aventura.

Nos ponemos en marcha. Bienvenidos y bienvenidas a 1 de cada 10.