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La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Construyen un campo de golf en las arenas del desierto del Sáhara

El mayor disparate, de todos los monumentales disparates que viajando por medio mundo he visto a lo largo de mi vida, lo encontré la semana pasada viajando por el Sáhara occidental.

En la península de Río de Oro, en el corazón del futuro Parque Nacional de Dakhla, en el lugar propuesto a la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, en zona inundable reconocida como sitio Ramsar debido a su extraordinaria riqueza natural, refugio de la muy amenazada gacela Mhorr, en el trópico de Cáncer pero también en medio de uno de los desiertos más extremos del planeta, a 30 kilómetros de la pobreza infinita de la antigua ciudad española de Villa Cisneros y a 500 de El Aaiún, en un territorio ocupado ilegalmente por Marruecos y que reclama la República Árabe Saharaui Democrática, muy cerca de zonas militarizadas con peligrosos campos minados, en ese lugar tan bello como duro acaban de levantar un campo de golf. Lee el resto de la entrada »

Llegan las viejas locas a Canarias

Pardela

Un año más han llegado, puntuales a su cita. Son mis queridas viejas locas, las pardelas cenicientas (Calonectris diomedea). Las he visto ayer cuando regresaba en el ferry de Lanzarote a Fuerteventura, justo enfrente de ese solitario volcán en medio del Atlántico que es la isla de Lobos.

Espantadas por las espumas (y ruidos) del barco, levantaron cansinas el vuelo más de 50 de estas curiosas gaviotas nocturnas, nuestro albatros europeos. No me extraña que se hicieran las remolonas.

Desde que abandonaron las aguas de Canarias, hace ahora cinco meses, se han metido entre pecho y pluma más de 10.000 kilómetros de océanos impetuosos. Sin tocar tierra firme, durmiendo y alimentándose en el mar, buscando esas curiosas “autopistas de viento” que les permiten surfear sobre las corrientes marinas, han visitado las aguas del sur de África pasando antes por Brasil como quien se da un pequeño rodeo. Y ahora regresan de nuevo a Canarias con el difícil empeño de sacar adelante un nuevo pollo, tan sólo uno por pareja, que entre incubación y cría no estará listo para enfrentarse a tan formidable aventura viajera hasta dentro de seis meses; todo un récord de crianza en la naturaleza.

Aún más. Para encontrar pesca suficiente los adultos se verán obligados a hacer largos desplazamientos entre Canarias y la costa del Sáhara y Mauritania, mientras el pollo esperará pacientemente en su hura la llegada de la pitanza incluso durante varios días de exigente ayuno.

Tanto trabajo para que muchas de estas aves se queden en el camino enganchadas en los anzuelos de algún palangre, intoxicadas por un vertido tóxico o por los numerosos plásticos de nuestra basura marina que trágicamente ingieren al confundirlos con comida. Tanto trabajo para que luego un descerebrado se canse de su gato y lo suelte cerca de la colonia, con el torpe propósito de que el minino acabe con decenas de estas aves maravillosas y protegidas. O para que otro bodoque capture los pollos y se los coma en ese escalofriante desafío a la razón en que consiste el bestialismo de buscar raros caprichos gastronómicos.

Todo eso pensaba yo ayer mientras seguía con la vista el vuelo pausado de las pardelas sobre las olas canarias. Buena suerte viejas compañeras. Locas, que estáis locas.

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La Gomera, año 2 del terrible incendio forestal

 

Garajonay2

El 4 de agosto de 2012 se desataba un pavoroso incendio forestal en La Gomera que afectó al 11% de su superficie y obligó al desalojo de la cuarta parte de toda la población. El fuego fue intencionado. Varios terroristas ambientales llevaban todo el año empeñados en destruir la isla colombina y a punto estuvieron de lograrlo.  Las llamas destrozaron 4.100 hectáreas de terreno, calcinando viviendas, cultivos y ganado. Por suerte (por milagro) no hubo que lamentar víctimas humanas. 

El Parque Nacional de Garajonay se llevó la peor parte. El 20% de la mayor y mejor conservada reserva de laurisilva de Canarias, del mundo, quedó carbonizado. Miles de árboles con más de 1.000 años de edad ardieron como teas. La flora y fauna más amenazada recibió un durísimo castigo del que tardará varios siglos en poder a recuperarse.

Hace poco he regresado a La Gomera. Acompañado de Jacinto Leralta, excelente guía del Parque y mejor amigo, he caminado por esos lugares para mí tan queridos que ahora mismo me resultan irreconocibles. Han pasado dos años y la naturaleza, poco a poco, con fatiga inmensa, empieza recuperarse, pero los efectos del fuego son todavía terribles.

En algunos sitios tienes la impresión de que haya caído sobre el monte una bomba atómica. La tierra aparece calcinada, doblada por el fuego. Los viejos árboles son negros esqueletos retorcidos de carbón. Al pisar, los pies se hunden en una capa esponjosa de cenizas y levantan nubes grisáceas, emitiendo leves sonidos de infinita fatiga. En algunas laderas la lluvia ha arrastrado la capa fértil de tierra, esa acumulada durante siglos por el bosque, dejando al descubierto una tierra descarnada, roja como la carne despellejada de un cadáver, pedregosa, sin vida.

Imposible aguantar las lágrimas. Caminamos despacio, en silencio, con miedo a marchitar con nuestro paso cualquier pequeño brote de esperanza. El sol es aquí más terrible y duro que nunca, implacable. ¡Cómo se echa de menos el color verde, el mar de nubes!

Es ahora cuando afrontas la evidencia de que La Gomera no es un territorio septentrional, sino una isla situada casi enfrente del desierto del Sáhara, bendecida por unos vientos alisios a los que debe la dulzura de su envidiable clima; humedad que se encargan los árboles de ordeñar pacientemente, hoja por hoja, rama por rama, logrando que las nieblas no pasen de largo, que el agua se quede en la isla y fertilice sus campos.

Llegamos a un pequeño arroyo. Sorpresa: tiene agua. La alegría nos dura poco. Junto a la orilla descubrimos un esqueleto calcinado. Le falta la cabeza y parte de las extremidades. Durante unos minutos, pocos e interminables, sufrimos un ataque de pánico. ¿Será de una persona? Mando rápidamente las fotos a un amigo forense. Falsa alarma. Nos confirma que no es humano. Seguramente un pobre burro. Unas decenas de metros más allá encontramos a su cría, igualmente calcinada.

Fuego, muerte, erosión, desesperación. Vuelven las lágrimas.

Pero no todo son malas noticias. Para empezar, queda mucho parque, mucha maravilla sin tocar, anclada en el tiempo y el verdor, esperando nuestra visita. Un 80 % no sufrió el incendio. Y La Gomera sigue siendo el mejor lugar del mundo para ir de vacaciones.

De la zona afectada no todo sufrió con la misma intensidad. En algunos lugares el fuego fue menos intenso. En ellos el monte se recupera a una velocidad sorprendente. Allí nos reencontramos con la esperanza. Por todos lados se ven rebrotes de fayas, acebiños, viñátigos, laureles, brezos. Muchos superan ya los dos metros de altura.

Murieron los gigantes vegetales, pero sólo en apariencia, pues son seres eternos capaces de renacer de sus raíces una y mil veces. Ya lo hicieron antes y lo volverán a hacer las veces que haga falta, no les importa.

El problema es el ritmo. Lo hacen a la velocidad del bosque, una escala muy distinta de la humana. Por eso ninguno de nosotros veremos concluida esa resurrección.

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Aves y desierto. Estudian el cambio climático a las puertas del Sáhara

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Hace un par de semanas os hablé de mi viaje al sur de Marruecos para conocer en detalle el proyecto Climatique. Entonces me centré en los profundos cambios socieconómicos, y por lo tanto ecológicos, que se están desarrollando a toda velocidad en nuestro país vecino. Algunos lectores de esta bitácora se mostraron muy interesados por el tema y me pidieron más datos. Vuestros deseos, ya lo sabéis, son órdenes.

Las aves migratorias son excelentes indicadoras de los cambios ambientales que sufre nuestro planeta. Son tan dependientes del clima que su modificación puede beneficiar a algunas o provocar la extinción de otras, al alterar comportamientos o rutas de viaje. Por eso resulta muy importante estudiarlas allá donde se muestran más vulnerables. Desde marzo de este año, un grupo de investigadores canarios analiza los efectos del cambio climático sobre la  migración de la aves en el sur de Marruecos, en el marco de un proyecto de cooperación denominado Climatique y liderado por el Instituto Tecnológico de Canarias.

Los valles, ríos, lagunas y playas del sur de Marruecos acogen cada año a miles de aves que viajan entre el continente europeo y el África ecuatorial en busca de zonas donde alimentarse, pasar el invierno o reproducirse. La región de Souss Massa Drâa es para muchas de ellas un importante lugar de descanso durante ese largo viaje. Así, cada primeva y otoño hacen escala especies tan sensibles e importantes como la espátula, el carricerín cejudo, la tórtola europea o la golondrina común.

Esta región es el límite entre la cuenca mediterránea y el desierto del Sáhara, por lo que el estudio de fenómenos como el avance del desierto, la migración de las aves e insectos y el ciclo anual de las plantas resulta vital para el diseño de acciones futuras encaminadas a frenar el cambio climático en la cuenca mediterránea.

Tan interesante y poco conocida zona fronteriza ha sido elegida por un grupo de investigadores canarios de la empresa Birding Canarias para estudiar la relación entre la migración de las aves y el cambio climático. Lo hacen dentro como una de las acciones de Climatique, cuyo objetivo principal es el intercambio de experiencias entre institucionales y profesionales en los sectores relacionados con la lucha contra las repercusiones negativas que el cambio climático está generando en las regiones de Canarias y Souss Massa Drâa.

El estudio se ha desarrollado durante los periodos migratorios primaverales y otoñales, en los meses de marzo a mayo y de agosto a noviembre. Durante este tiempo se han censado aves migratorias, estudiado las especies reproductoras y seguido la migración de las paseriformes a través de una estación de anillamiento científico.

Una vez terminado el trabajo de campo, los datos obtenidos se compararán con registros climáticos, tomados en la región durante el periodo de estudio, con el fin de analizar las relaciones entre llegadas de aves, tiempo de permanencia en la región y su adaptación a los cambios ambientales.

Como veis, un interesante trabajo verdaderamente ejemplar del que fui testigo y colaborador durante dos inolvidables semanas. Una maravillosa experiencia que debo agradecer a Juanjo, Pedro y Juan, cuya amistad no fue óbice para que me levantaran casi todos los días a las 4 de la mañana para ir a anillar aves. Pero mereció la pena.

ornitologos

pescador

Fotos: Birding Canarias y Oliver Yanes. La primera es de un grupo de charranes en la playa de la desembocadura del río Massa. La segunda son los ornitólogos censando aves en ese mismo espacio natural. La tercera es un martín pescador recién anillado al que se está pesando y tomando otros datos biométricos antes de proceder a su liberación.

El Proyecto Climatique está financiado por el Programa de Cooperación Transfronteriza España – Marruecos (POCTEFEX), por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional FEDER, liderado por el Instituto Tecnológico de Canarias – ITC, y cuenta con la participación de socios locales marroquíes como el Consejo Regional de Souss Massa Drâa, el Servicio Regional de Medioambiente de Souss Massa Drâa y la Universidad Ibn Zohr de Agadir.

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El desierto se frota las arenas del cambio climático

Souss-Massa Acabo de regresar de un viaje por el Sáhara. Allí he tenido la oportunidad de conocer el programa Climatique de cooperación transfronteriza entre España y Marruecos. Un proyecto piloto que estudia las aves migratorias como excelentes indicadores del estado del clima.

Traigo aún impreso en la retina el maravilloso sol africano meciéndose tras las palmeras de ese oasis que es el Parque Nacional de Souss-Massa. Pero también una gran preocupación por lo que se nos viene encima: el desierto.

La zona de estudio es el último cauce estable de agua dulce donde pueden reponer fuerzas miles de aves antes o después de atravesar el inmenso y árido Sáhara. Hasta él llegan retazos finales de bosques casi fósiles como los de argán (el del famoso aceite de la eterna juventud) que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad. Un lugar tan importante como tremendamente frágil, pero sometido a una presión agrícola tremenda.

¿Agricultura en el desierto? Efectivamente, cultivos industriales bajo plástico para satisfacer la demanda europea de frutas y hortalizas, muchos de ellos promovidos por empresarios españoles y franceses.

La nueva Almería se desarrolla en el sur de Marruecos y tienen tanto derecho como nosotros para hacerlo. Otra cosa son las consecuencias ambientales. Las aves hace tiempo que encendieron todas las alarmas. Especies adaptadas a los ambientes saharianos avanzan hacia el norte mientras las norteñas retroceden o se refugian en enclaves montañosos. Otras modifican sus hábitos migratorios. Y todas sufren de una manera u otra el aumento de la contaminación del aire y el agua, la desaparición de los hábitats naturales, el avance de nuestra sociedad urbana y el retroceso del mundo rural tradicional.

Este viernes concluye en Varsovia la 19 Cumbre del Clima. Una oportunidad global para no continuar con este error garrafal, pero todo parece indicar lo evidente. Nadie está dispuesto a levantar el pie del acelerador. Y mientras tanto el desierto se frota las arenas.

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El san Blas cigüeñil se adelanta cuatro meses

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Las primeras cigüeñas blancas cruzan estos días el estrecho de Gibraltar en pequeños grupos, me cuenta mi amigo y experto biólogo de la Fundación Migres Alejandro Onrubia. ¿Para pasar a África? ¿Tan tarde? Pues no. Tan pronto. Porque las patilargas están de vuelta, de regreso a España.

Concluido el periodo de nidificación, con la llegada de los calores de julio emprendieron un larguísimo viaje hacia el sur, cruzaron el mar, atravesaron Marruecos y después el desierto del Sáhara en busca de, como decía Félix Rodríguez de la Fuente, “sus cuarteles de invierno”. Pero en realidad ese retiro apenas fue veraniego y otoñal.

Justo cuando empiezan los primeros fríos, las primeras cigüeñas tempraneras regresan a la península Ibérica. “La naturaleza se ha vuelto loca” dirá más de uno. Pues tampoco. Derrotado el viejo refrán de “Por san Blas (3 de febrero) la cigüeña verás”, desde hace décadas son normales estas avanzadillas en octubre, casi 4 meses antes de lo previsto.

Resulta evidente. El viaje ya no les compensa. Huyen del hambre y no del frío como pensábamos. Miles de ellas ni siquiera eso. Se apuntan a los vertederos y pasan de viajar. O se hacen sorprendentemente urbanas como las del madrileño barrio de Vallecas. Allí, y para asombro del vecindario, cientos de blanquinegras se han encariñado con antenas de televisión, luminosos y voladizos, industriales atalayas convertidas en pajariles dormideros. Las vi esta semana y me quedé maravillado.

Su aparición coincide en el tiempo con la llegada, estos sí, de nuestros turistas invernales. Grullas, ánsares y milanos reales abandonan los fríos nórdicos en busca de buen clima y mejor campo. Son los heraldos del invierno, como recuerda un refrán que, éste me temo que acertado, asegura:

“Grullas en el cielo, carbón en el brasero”.

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Llega a Madrid uno de los árboles más raros del mundo

Acabo de regresar a casa tras un emocionante viaje a Madrid, donde he tenido el privilegio de asistir a la plantación de uno de los árboles más raros del planeta. Se trata del ciprés del Sáhara (Cupressus dupreziana), uno de los escasos descendientes de los 231 ejemplares que aún quedan vivos en el mundo, la mayoría de ellos con más de 2.000 años de edad.

Se trata de una especie en grave peligro de extinción, originaria del altiplano del Tassili n’Ajjer, en Argelia, cuya edad milenaria se relaciona con los míticos bosques anteriores a la llegada del desierto y con una extraordinaria cultura neolítica desarrollada a su sombra hace 8.000 años. En la actualidad constituye una población arbórea única y aislada, alejada cientos de kilómetros de los árboles más cercanos, localizada en un entorno único declarado Parque Natural y Cultural, Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera.

El espécimen es una donación del Instituto para la Protección de las Plantas (IPP) de Florencia, gracias al proyecto europeo del ciprés “CypFire” del programa MED que desarrolla el Departamento de Árboles Monumentales de la Diputación de Valencia, y la colaboración del Observatorio de Árboles Singulares de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente.

¿Dónde pensáis que hemos plantado esta joya? No hay duda, en el Real Jardín Botánico de Madrid, uno de los más importantes del mundo y que gracias a esta primavera lluviosa luce ahora más bello que nunca. Lo podéis ver cuando queráis por debajo de la Terraza de los Laureles, donde están los famosos bonsáis de Felipe González, y junto a la colección de agaves americanos.

Como madrina para tan singular acto tuvimos la suerte de contar con la siempre entusiasta y querida amiga Odile Rodríguez de la Fuente, hija del admirado naturalista, quien recibió el retoño con la misma emoción que sentimos nosotros al entregárselo. No lo veremos, pero ojalá aguante vivo varios miles de años como sus primos del desierto.

En la imagen superior, Odile Rodríguez de la Fuente planta el retoño de ciprés siguiendo las indicaciones de Mariano Sánchez, vicedirector del Real Jardín Botánico de Madrid, y del jardinero Eustaquio Bote (Foto: Jose Moya). Sobre estas líneas, uno de los viejísimos ejemplares que aún subsisten en el desierto argelino del Sáhara.

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Nos hacemos africanos

¿Es este calor normal? ¿Lo fueron un invierno y primavera tan lluviosos? Dice el refranero que “frío en invierno y calor en verano, eso es lo sano”. Añade nuestra propia experiencia que julio es siempre el mes más caluroso del año. Pero si preguntamos a nuestros mayores nos asegurarán que “esto no es normal”, que “antes no era así”. Lo corroboran nuestros científicos tras confirmar la exactitud de sus modelos de predicción del cambio climático. El planeta se está recalentando.

En nuestro país la evidencia tiene un efecto terrible: el desierto del Sáhara ha cruzado el Estrecho de Gibraltar extendiéndose poco a poco por toda la vieja piel de toro, haciéndola cada vez más africana.

No llega solo. Le acompañan un buen número de especies del vecino continente, especialmente aves, al tiempo que las más norteñas como los urogallos desaparecen. La lista de pájaros que nunca antes habían criado en Europa empieza a ser preocupantemente extensa, desde el buitre moteado propio de las sabanas africanas o el corredor sahariano, hasta el busardo moro, los vencejos cafre y moro, y los ya comunes elanios azules.

Sales al campo y los pájaros te demuestran lo inevitable, nos estamos haciendo africanos. Como el camachuelo trompetero (Bucanetes githagineus), una especie de gorrión desertícola de color rosado y pico de coral de reclamo estridente. En 1972 se documentó por primera vez su reproducción en España, concretamente en Almería. Hoy hay más de 800 parejas en Andalucía, Murcia o Alicante, y la especie sigue en imparable expansión. El último lugar en colonizar ha sido el desierto de Los Monegros, donde esta misma semana se acaba de hacer público el nacimiento de los primeros pollos aragoneses. En el más puro estilo bíblico las trompetas de su canto, cada vez más cotidianas, nos anuncian lo inevitable. El fin del mundo climatológicamente estable ha llegado; el desierto ya está aquí.

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El árbol más solitario y gafe del planeta


Esta es una historia curiosa si no fuera por la profunda tristeza que provoca. Tampoco es reciente. Trata de un árbol, un único árbol, el más solitario y aislado del planeta. También el más gafe. No había otro en 400 kilómetros a la redonda. Sobrevivía en el desierto del Teneré, en Níger, y era una acacia.
Teneré significa en el idioma tuareg “el desolado, y es el desierto del desierto del Sahara, su área central y más árida. Allí donde la vida es prácticamente imposible subsistía el desamparado árbol, el último superviviente de los viejos bosques que durante milenios poblaron las ataño fértiles llanuras del Sahara, expulsados por la sequía de un desierto en implacable avance.

Era faro natural en medio de un mar de arena, punto de referencia obligada para las caravanas de camelleros, emblema de vida en mitad de un paisaje de muerte. Su secreto estaba en la potencia de las raíces, capaces de llegar hasta un pequeño acuífero fósil localizado a 35 metros de profundidad. Incluso florecía todos los años, en un intento desesperado por perpetuarse tan inútil como maravilloso.
Pero llegamos nosotros y nuestros locos cacharros. 25 años después de descubrirlo para el mundo occidental, el explorador y etnólogo francés Henry Lhote se encontró en una segunda visita con que un camión le había desgajado uno de sus dos troncos. Y no se lo podía creer:

“El tabú, el árbol sagrado, el único a quien ningún nómada osó haber herido con sus propias manos… este árbol ha sido víctima de un golpe mecánico”.

Parece imposible chocar contra el único obstáculo en cientos de kilómetros, con todo el espacio del mundo para esquivarlo, pero ocurrió. Y no una vez, sino dos. La segunda fue la definitiva. En 1973 un camionero libio, presuntamente borracho, embistió accidentalmente la acacia acabando con el símbolo de los tuaregs. Sus restos pueden verse ahora en la capital de Níger, a modo de triste monumento. Mientras, en su lugar original se levanta un árbol metálico apoyado en bidones de combustible, triste caricatura artística del avance avasallador de nuestra civilización.

En la primera imagen, fotografía del solitario árbol realizada hacia 1970 (Peter Krohn)
Sobre estas líneas, la acacia en 1971.

Finalmente, fotografía del triste árbol metálico erigido en 2003 como recuerdo a la acacia original derribada por un camión (Foto Meridianos).

Podéis encontrar más información sobre este árbol en la Wikipedia,  Fronteras, Aquí estuve ayer, Meridianos y Maikelnai’s.

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El cambio climático nos traerá la primavera silenciosa

Amenazadas por la pérdida de hábitat y el uso generalizado de herbicidas e insecticidas en el campo, las currucas, nuestras reinas canoras de los arbustos por excelencia, van a sufrir con dureza (lo están sufriendo ya) los efectos del cambio climático. Y con ellas la mayoría de las aves migratorias.

Inocentes víctimas del desastre ambiental provocado por nuestra especie, el actual desajuste del clima les obligará a alargar sus ya de por sí maratonianas migraciones transaharianas.

Un estudio de varios investigadores británicos publicado en la revista Journal of Biogeography así lo demuestra, tras calcular que esos viajes podrían aumentar hasta 400 kilómetros más. Y para un pajarito de poco más de 10 gramos que debe meterse todas las primaveras entre pecho y pluma hasta 6.000 kilómetros el cambio puede suponer, más que un problema, la muerte, y hasta su extinción en regiones enteras

En un resumen del trabajo difundido por las agencias de noticias Reuters y EFE, Stephen Willis, director del equipo científico, es tajante:

Desde 2071 a 2100 se espera que nueve de las diecisiete especies que hemos estudiado afronten migraciones más largas, particularmente los pájaros que cruzan el desierto del Sahara.

En su opinión, con el previsto aumento de las temperaturas y la modificación de los hábitats, “las aves se enfrentan a su mayor desafío desde la era del Pleistoceno“, hace 2,5 millones de años.

Para colmo de males, este mismo cambio climático está provocando un aumento de las sequías por todo el mundo, que serán cada vez más duras, especialmente en la ya castigadísima región africana del Sahel, donde estos pájaros tienen sus cuarteles de invierno. Un desastre humanitario, pero también ambiental, que estamos empezando a comprobar con el enmudecimiento de los campos.

Ya no canta la curruca en la zarza. Quizá murió de hambre al otro lado del Sáhara, incapaz de alegrar con sus melodías a tantísimos pueblos sedientos. Quizá feneció en un viaje cada vez más largo y duro hacia una Europa donde su silencio es la antesala del desastre, el de una triste primavera silenciosa.

Foto: Flickr