Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

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Tetas y coronas de flores: el feminismo de Oksana Shachko

Seguramente el nombre de “Femen” te resulta familiar. Puede que, al leerlo, haya invocado en tu cabeza diferentes imágenes y que tu idea de la palabra sea diferente de la mía.

[Un momento… ¿aún no me sigues en Instagram, Twitter o Facebook?]

Femen puede recordarte a activismo, a feminismo, a radicalismo, a escándalo… Puedes estar o no de acuerdo con sus acciones, pero hoy no escribo para hablar de sus métodos. Hoy escribo para hablar de Oksana Shachko, una de las cofundadoras del grupo que se suicidó este martes.

La ucraniana, a los 21 años, se comprometió con una causa que, por entonces (hablo de 2008), según ella estaba desligándose de lo femenino. Era un momento en el que el feminismo solo parecía ser tomado en serio si se llevaba el pelo corto y la ropa ancha, si se vestía como un hombre, ya que sabemos lo que supone tratar de reivindicar algo siendo mujer en una sociedad machista.

Sin embargo, tanto Shachko como sus compañeras, querían un feminismo con el que poder sentirse identificadas, uno que no tuviera que estar reñido con el atractivo de las mujeres.

Oksana Shachko fue la primera en manifestarse enseñando el pecho con su torso desnudo, algo que nos diferencia de los hombres y que, descubrió, causaba mucho más impacto.

A eso se le añadieron a las manifestantes las coronas de flores, salidas de la historia del arte que a su vez siempre han ido ligadas a lo femenino. De esta manera, las feministas no tenían por qué ser siempre consideradas las brujas que sobrevivieron a la caza del siglo XVII sino también ninfas del bosque con sus coronas, etéreas guerreras.

Shachko reivindicó aquello que nos arrebatan: la desnudez femenina. La utilizó como arma en un mundo en el que se controla, se prohíbe (pensemos en las políticas de redes sociales cuando se aprecia un pezón femenino), se pena (“¿Cómo iba usted vestida cuando la atacaron sus agresores?” “¿Se maquilla?”), se juzga…

Entiendo que cada persona defiende su ideología de la manera que considera. Entiendo que hay muchas formas de activismo. Si bien mi feminismo es vía escrita, que pretende hacer reflexionar a quien me lea, a empezar un camino, a sembrar una duda en la cabeza, Oksana hizo lo mismo con una diferencia: si querías verle las tetas, tenías que leer sus eslóganes.

Así que hoy, quiero recordarla por su objetivo: lograr una igualdad real. Y me quedo con una de sus frases para recordaros la importancia que tenemos de involucrarnos en la causa y unirnos: “¡Vamos a estar juntas y vamos a pelear juntas!”

El vello empieza a existir en publicidad (y hay que celebrarlo)

“PELO. Todo el mundo tiene. Incluso las mujeres. El mundo finge que no existe, pero existe. Lo hemos comprobado“.

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Así empieza el anuncio de una marca de maquinillas de afeitar con la que he conseguido sentirme identificada por primera vez en mi vida.

Ni escenas de piernas suaves como el mármol italiano ni tomas de bandas de cera pegadas a zonas de piel totalmente imberbes, sino pelo, pelo y más pelo.

La campaña no se queda en el vello de las axilas o de las piernas, sino que saca el del ombligo, de las ingles o el de los dedos de los pies (gracias, alguien tenía que hablar del tema algún día).

“Entonces, como quieras, cuando quieras o incluso si alguna vez quieres afeitarte, estaremos ahí” dicen los rótulos del anuncio. Y francamente, es imposible no verse reflejada, porque que levante la mano a la que le ha dado pereza depilarse y ha pasado de hacerlo.

Es un alivio ver que tratan la depilación como algo que puedes elegir, no como en la campaña publicitaria en la que una chica le decía a sus amigas que no podía acompañarles a la piscina por no estar depilada.

Como si por tener pelos tuviéramos que encerrarnos en una mazmorra alejadas de la luz del sol, no vaya a ser que la existencia de nuestros pelos corte la mayonesa o agrie la leche fresca.

La empresa promete vender productos de depilación y cuidado para el cuerpo libres del impuesto rosa (que si no sabes qué es, puedes enterarte aquí), lo que también se agradece, ya que no tenemos por qué gastar más por ser mujeres.

¿Lo mejor? Uno de sus lemas: “No te llamaremos ‘diosa’ por afeitarte las piernas. Lo prometemos”.

Gracias por remarcar lo ridículos que son los anuncios de Venus Gillete. Ya era hora de que se mencionara. Ir con las piernas depiladas no nos convierte en deidades. Terminar a tiempo el TFG o montarte sola tus muebles del Ikea, sí.

¿Y el feminismo pa cuando?

Querida Jennifer López,

Nosotras moviendo cielo y tierra por la igualdad, saliendo a la calle para que se nos reconozcan derechos, para romper la imagen social que se nos ha impuesto y tú quieres que nos preguntemos “¿y el anillo pa cuando?”

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¿Esto qué es? ¿Una especie de maniobra para que estemos distraídas con tus ritmos pegadizos mientras se siguen cometiendo injusticias en contra de nosotras? ¿Es como cuando se decía que las mujeres no deberían poder votar debido a supuestas deficiencias psicológicas y fisiológicas?

“Ya lo tengo todo, pero ¿Y el anillo pa’ cuando?” dices. Como mujer trabajadora que te escucha si quiero un anillo, unos zapatos, un bolso o una colección de libros, me los compro. Y en el caso de que sea el que tú reclamas, el de pedida, te confieso, no nos corre mucha prisa.

Te diré algo, no querer el anillo no me convierte en “mujer regala”. Pero ya que usas la expresión ¿qué haces en 2018 utilizando un término sinónimo de “Mujer ofrecida” o “mujer fácil”?

¿Qué haces echándonos la libertad sexual de esa manera a la cara? ¿Es que las que se acuestan con los hombres que quieren no son material de esposa? No me juntes churras con merinas que de eso ya lleva encargándose el heteropatriarcado toda la vida y mujeres independientes (como tú), tienen que echar una mano para levantarnos, no para mantenernos discriminadas.

Así que te propongo unos versos nuevos más acordes a la realidad social actual que pueden encajar en tu canción y hacer que la letra no sea tan machista:

¿Que terminen las mujeres asesinadas por violencia machista pa cuando?
¿Garantizar la protección de las víctimas de violencia pa cuando?
¿Que ninguna mujer tenga miedo de que le violen pa cuando?
¿Educación sexual integral en todos los niveles educativos para formar en la igualdad pa cuando?
¿El voto femenino universal pa cuando?
¿El fin de los matrimonios infantiles concertados que obligan a niñas menores de edad a casarse pa cuando?
¿La prohibición de la mutilación genital femenina pa cuando?
¿El derecho a la escolarización para todas las mujeres pa cuando?

Dime Jennifer, estas cosas ¿pa cuando? Porque, créeme, me pregunto a menudo cualquiera de ellas porque me producen mucha más ansiedad que si me voy a casar o no con mi pareja. Y son preguntas de las que necesitamos una respuesta urgente.

El escupitajo con sabor a feminismo

Dichoso feminismo. Cómo me ha cambiado la vida. Es que ya no hay manera de disfrutar tranquilamente de los piropos callejeros.

DIANINA XL/MARA MARIÑO

Ya no puedo perderme en las licencias poéticas de aquellos que me espetan públicamente lo que harían con mi culo o con mis tetas. No.

Ahora por culpa del feminismo me tengo que valorar no solo por mi físico, sino por mi persona en su totalidad. Qué locura lo de ser mujer y ser más que un cuerpo, ¿eh?

Con lo bien que estaba yo recibiendo manos anónimas sin mi permiso en zonas de mi cuerpo y en sitios como la discoteca, el autobús el metro, la calle o un festival… Y ahora nada, ahora como soy feminista no puedo disfrutar de aquellos que se creen con el derecho de usar mi cuerpo a su antojo.

Ahora resulta que yo me tengo que hacer responsable de mí misma.

Por ejemplo, como lo que me pasó el otro día sin ir más lejos.

Iba yo tranquilamente por la calle con un pantalón corto y un chico que iba en bici empezó a decir comentarios de lo que haría entre mis piernas.

Como iba hablando con mi madre y no podía darle la respuesta que empleo desde que soy feminista (un simple “¿y quién te ha preguntado?”), le saqué el dedo corazón para demostrarle mi opinión respecto a sus insinuaciones.

Había cumplido con mi reivindicación feminista del día y ya podría dormir tranquila.

Lo que no esperaba era que el susodicho se diera la vuelta con la bici circulando en dirección contraria y al pasar por mi lado me escupiera de lleno en la cara.

La saliva cayó sobre mí con todo el peso del feminismo. Un gapo que llevaba grabado en cada molécula de H2O “Por aquí me paso yo que no te guste que te trate como a un cacho de filete de la carnicería del Mercadona”.

¿Podéis imaginar lo triste de la situación? No, no hablo de mí parada en la calle con el cuello, la cara y la coleta empapadas de secreciones (¿pero cuánta saliva produce la boca de ese hombre?)

Sino del hecho de que se considerara con derecho de emitir comentarios de índole sexual no deseados limitándose a juzgar mi cuerpo y, en segundo lugar, por escupirme después de que yo mostrara mi desagrado a que un desconocido se me insinuara a voces por la calle, cuando, a su entender imagino, debería sentirme agradecida de que un total desconocido apreciara mi físico.

Así que el feminismo me costó un gapo y una ducha extra ese día. Fijaos si ha sido terrible la experiencia que me he dado cuenta de lo importante que es que lo siga practicando aunque me espere un camino bañándome en gargajos ajenos.

Mi yo feminista tendrá que aprender a nadar entre esputos ya que se acabó el tiempo de quedarse calladas, bajar la cabeza y seguir caminando como si nada por miedo a lo que pueda pasar si contestamos.

(Os dejo el hilo de Twitter donde relaté la “refrescante” experiencia)

Me duele ser mujer

Me duele ser mujer. Me duele más que nunca. Como si el peso de mi género me hubiera caído sobre los hombros de tal manera que no pudiera ni mover un solo dedo de la mano.

Me duele pensar que ahí fuera hay una hermana, amiga, hija, prima, vecina, clienta, socia, colega de cola de baño de discoteca, a la que han forzado, han vejado, han destrozado física y anímicamente, han reducido a la nada en contra de su voluntad y la juzgada ha sido ella.

Me duele ser mujer y me duele que mi valor haya estado dictado en una sentencia que ha transmitido un mensaje que ha llegado a todo país: viólame, fuérzame, méteme la polla por dónde, cómo y cuando quieras, que, a fin de cuentas, el precio te va a salir barato. No va a llegar a 9 años de tu vida, así de poco, así de sencillo. Que de hecho luego será menos, se te va a quedar en nada. Así que ahora que me veas por la calle ( a mí o a cualquiera de mis compañeras), si antes dudabas, ya no creo que te lo vayas ni a pensar dos veces

Me duele la vagina del peso que siento que ahora mismo acarrea haber desarrollado un par de tetas. Me duele que mi vida valga tan poco, que el aire sea más pesado que una sentencia que, de ligera, ha quedado en etérea.

Me duele que siga sintiéndome indefensa. No ya solo por las manadas y jaurías que hay ahí fuera, educadas en que la mujer es como su consola o una fiesta, algo para pasar un buen momento cuando apetezca, sino porque ahora ya sé que nadie va a hacer nada por detenerlas. Y que, aún si lo hacen, no pasará mucho hasta que vuelvan a estar fuera. Porque la justicia, esa que nos venden como una efigie de una mujer con una balanza, es en realidad un monstruo llamado machismo, y en sus manos, lo que empuña, es una desigualdad lacerante que está de parte de la justicia patriarcal.

Me duele que no he ido (ni iré) en mi vida a unos San Fermines pero da igual porque NUNCA VOY A ESTAR A SALVO. Nada garantiza mi integridad física, ni el lugar, ni el momento del día, ni estar sola ni estar acompañada. Porque esto le podría haber pasado a cualquiera.

Me duele llegar a casa y pensar que esa noche he tenido suerte porque he llegado entera. Me duele pensar que si me pongo una ropa u otra, si voy maquillada, serán atenuantes porque “está claro que lo iba pidiendo a gritos” y dirán que lo tengo merecido porque “iba buscando guerra”. Me duele también pensar que mejor no me pongo esos tacones por si tengo que correr.

Me duele que se desarrolle ropa interior “anti violaciones”, un anillo especial para defenderme si me atacan mientras he salido a correr o unos pantalones para guardar un arma en vez de concienciar de que no necesitamos ser defendidas sino ser respetadas haciendo comprender que “NO” es “NO”.

Me duele tener que estar preocupada por mis amigas, porque no me han mandado el mensaje de “Ya estoy en casa” y no saber si de camino, o en su propio portal, les puede haber pasado algo. Y creedme, es algo que me duele cada vez que salgo desde que tengo 16 años. No sé si alguna vez dejará de dolerme por mí o mis amigas, pero independientemente de ello, sé que empezarán dolores nuevos por una posible hija o sobrina.

Me duele que, desde el 26 de abril, si me violan, solo tengo dos opciones: o gritar, morder, arañar, rebelarme con todas mis fuerzas hasta que alguien, haciendo uso de su superioridad física (o numérica) me deje inconsciente o me mate, ya que la resistencia no es algo que vaya a detenerle. O bien mi otra opción: quedarme callada, asustada, recogerme a un rincón de mi cabeza y rezar a todas las deidades que se me ocurran para que pase rápido y pueda continuar un día más con vida, en cuyo caso, mi agresor, por mucho que me duela, será juzgado de otra manera.

Me duele pensar que no soy yo la que decide sobre mi cuerpo. Que dependo de que ningún hombre quiera hacerlo suyo por la fuerza. Me duele que ya no es una cuestión de sexo, dejó de serlo hace tiempo, sino de poder. De que realmente hay hombres que se creen en su derecho de hacer conmigo lo que quieran.

Me duele ser mujer, a mí y a tantas personas que se han manifestado en sus ciudades, a través de redes sociales, de whatsapps, de llamadas, de tuits… En definitiva, haciéndose eco de una situación que nos ha tocado cada fibra, que nos ha puesto la piel de gallina y nos ha dejado con la sensación de que, por mucho que nos lo vendan como un desenlace justo, no lo es.

Porque en los cuentos que nos leían de pequeños nunca nos habían contado que el malo vivía feliz por siempre jamás mientras era la princesa la perseguida, la hostigada, la culpable, la cuestionada.

Ellos 9 años (si llega) en la cárcel, ella, el resto de sus días recordando ese paso por el puto infierno.

Los Globos de Oro más sororidarios de la historia

La alfombra de la 75ª edición de los premios Globos de Oro de 2018 sería, según ABC un funeral, sí, pero no ya por el color, un funeral del respeto que ha muerto en manos de aquellos que abusaron de su posición para obligar a mujeres a doblegarse a sus deseos.

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La protesta sororidaria a través del color de la vestimenta contra los abusos sexuales de “depredadores” como Harvey Weinstein, Bill Cosby y otros tantos anónimos, hicieron del #WhyWeWearBlack (Por qué llevamos negro) una causa extensible a todas las mujeres a través del escaparate de los premios. Fue, en definitiva, un acto de hermandad y solidaridad entre las mujeres cuyo objetivo es crear redes de apoyo que empujen cambios sociales para lograr la igualdad.

La sugerencia, declaraba BBC, es una iniciativa de la coalición de mujeres -actrices, agentes, abogadas y otras- conocida como Time´s Up (“Se acabó el tiempo”), que se conformó en octubre del año pasado para denunciar el acoso sexual en Hollywood.

Muchas actrices aprovecharon la sencillez del color para llevarlo al extremo absoluto, al minimalismo. El vestido de Samira Wiley llevaba un cuello transparente con apliques tipo pluma en dorado, mientras que Zoe Kravitz aprovechó los pendientes para añadirle color. La actriz Meryl Streep posó con su acompañante Ai-jeen Poo, la activista americana.

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Gal Gadot, Reese Witherspoon y Emilia Clarke también optaron por llevar diseños sencillos para unirse a la causa solidaria.

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Yo ya comenté en Twitter que, pese a lo mucho que me gusta Sarah Jessica Parker, el diseño que eligió, que parece hecho con un corsé interior remendado a un delantal de peluquería, me lo pone muy difícil. En cambio Sadie Sink y Millie Bobby Brown supieron jugar con los volúmenes, así como Kendall Jenner y su vestido de princesa versión Tim Burton.

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Entre faldas vaporosas estuvo la cosa respecto a las actrices Nicole Kidman, Angelina Jolie, Michelle Pfeiffer y Diane Kruger.

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En toda gala que se precie, si no sucede no es una gala, están las típicas que acuden con el vestido lencero y van más anchas que largas. Porque oye, tan a gusto que se va sin el sujetador por la vida y lo monísimo que queda todo con unos tacones. Catherine Zeta-Jones, Halle Berry y Kate Hudson fueron las tres actrices que se animaron a llevar los negros más transparentes.

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El toque vintage lo pusieron con sus diseños Alicia Vikander, que eligió un vestido de inspiración romántica, Jessica Biel y Mandy Moore que bien podrían haber funcionado en la alfombra de la misma gala en 1950.

 

 

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Las reinas del glamour que más me llamaron la atención fueron Heidi Klum (Heidi, mi reino por tu vestido), Alison Williams, Keala Seatle y Dakota Johnson.

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Los vestidos con cola o brillos de Octavia Spencer, Jessica Chastain Penélope Cruz  y Margot Robbie entran también en mi lista de vestidos que pedirle a los Reyes Magos (pero para 2019).

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También muchos de los actores nominados o que presentaban los premios llevaron el pin de la coalición.

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Cómo 2017 se convirtió en el año feminista

El 2017 empezó con una noticia revolucionaria: las azafatas de los podios ciclistas desaparecerían. El mismo mes que sentía que comenzábamos a avanzar, que las mujeres nos alejábamos de esa sexualización en la que siempre nos vemos inmersas, mis pezones sufrieron acoso online.

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Pero no todo estaba perdido. Ha sido un año en el que nos hemos dejado de princesas y nos hemos vuelto guerreras. Que hemos querido luchar como vikingas, ser reinas sin necesidad de un rey a nuestro lado como Daenerys Targaryen o salvar el mundo como Once. Un año en el que hemos tenido referentes femeninos fuertes con los que sentirnos identificadas.

2017 ha sido el año en el que se ha dado un pasito hacia la igualdad utilizando a hombres como imagen de grandes firmas de maquillaje. Porque aunque no estemos acostumbrados a que ellos se maquillen, pueden hacerlo y ser aceptados por ello (además de que a los youtubers beauty se les da de maravilla). También lo recordaremos como el año en el que las faldas y los tacones para ellos llegaron a la pasarela.

Hemos vivido un año en el que una de las principales tendencias ha sido la naturalidad a través de muchas influencers que se han animado a salir en sus redes sin depilar, con sus estrías, sus cicatrices… hasta su celulitis, algo que incluso ha hecho que marcas como Desigual o Dove se sumaran a la corriente.

Ha sido tal la repercusión de la aceptación de una imagen más saludable, alejada de la presión estética, que los conglomerados LVMH y Kering firmaron la carta que no permitiría trabajar con modelos que tuvieran menos de una talla 36.

Ha sido un año lleno de denuncias a viva voz y a golpe de tuit empezando por las actitudes depresivas de las modelos del catálogo de Zara o la última campaña de Yves Saint Laurent que mostraba mujeres colocadas en posturas sumisas como si no tuvieran ningún tipo de fuerza ni voluntad, frágiles a disposición de cualquiera. Y, afortunadamente, hemos protestado y nos hemos quejado cuando hemos visto que una marca basaba su publicidad en una imagen de desigualdad.

En el 2017 hemos denunciado sin miedo, hemos dicho que nos han acosado grandes magnates de la industria cinematográfica, que una banda de animales nos ha violado, que nos han ultrajado, que nos han asesinado. No nos hemos quedado calladas y hemos marchado por varias ciudades del mundo exigiendo que se nos trate como lo que somos: personas con los mismos derechos.

“Feminismo” ha sido la palabra más buscada en 2017, pero además ha sido una de las más llevadas a cabo tanto por hombres como por mujeres. Por eso no me preocupa que empiece un Año Nuevo. El 2017 no ha sido el año feminista, sino el primer año feminista.

Y es que por mucho que pique, que duela, que moleste, que irrite, o que haga que se nos intente desprestigiar con adjetivos como “feminazis”, el feminismo no es una tendencia pasajera, luchar por la igualdad no es algo que pase de moda como un tejido o unas botas de plataforma. El feminismo ha venido para quedarse.

Mujeres que opinan

¿Eres mujer? ¿Estás opinando sobre algo? Entonces ten por seguro que te van a desacreditar.

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Dará absolutamente lo mismo que tengas más razón que una santa (porque no solo los santos se salían con la suya), que estés argumentando con pruebas irrefutables o que hasta tu madre esté de tu lado, que siempre alguien echará por tierra tus conclusiones saliéndose por la tangente.

No hablo por hablar, es algo que sucede cada día. Una actriz embajadora de la ONU Mujeres es desacreditada por protagonizar una portada sin sujetador, una chica por seguir su vida después de ser violada por cinco chavales o una modelo de Victoria’s Secret, cuyas palabras se ponen en tela de juicio cada vez que habla de feminismo.

Por lo visto, Leomie Anderson no puede opinar en nada en lo que respecte a las mujeres por desfilar para la firma lencera. Pero no confundamos churras con merinas.

Al igual que me consta que tengo compañeros de periodismo que han trabajado en Intereconomía, sin compartir necesariamente su ideología política, una modelo puede trabajar para una firma, como es la americana, sin tener por qué compartir la filosofía de belleza.

Trabajo es trabajo. Y por mucho que desfile en lencería, algo que hace por elección propia, me parece más que bien el hecho de que en el programa Good Morning Britain recomendara a las chicas jóvenes a no sentirse presionadas de mandar fotografías desnudas o en ropa interior a parejas/amigos/llamésmole X para así evitar que pudieran ser extorsionadas.

Pero entiendo a Leomie, vaya si la entiendo. Cantidad de veces han tratado de echar por tierra mis argumentos: no puedo escribir sobre mujeres de talla XL porque no la uso, no puedo hablar de amor propio porque me gusta hacer ejercicio, no puedo hablar de sexismo porque he trabajado utilizando mi imagen…

He llegado a la conclusión de que no es lo que decimos, es el hecho de que lo digamos, de que alcemos la voz, de que protestemos, de que tengamos una opinión, de que ya las mujeres no nos quedamos nunca más calladas a un lado como a lo mejor tenían que hacer nuestras abuelas.

Hemos encontrado nuestra voz y, por mucho que moleste, ya nadie va a hacerla callar.

Suistudio lanza una campaña con hombres desnudos para vender trajes femeninos

SUISTUDIO

Si nada más salir a la calle me encuentro un cartel de una mujer trajeada pisoteándole los huevos a un hombre desnudo creedme que lo último que se me pasaría por la cabeza es que estoy ante una marca de trajes que viste únicamente a mujeres relacionando el traje con el poder femenino, según declaran en sus redes sociales.

Pensaría, en todo caso, que se trata de un anuncio de una obra de teatro, película o serie inspirada en una fantasía sexual masculina de sumisión pero en ningún caso se me iría la vista a la ropa de la imagen.

Por mucho que Suistudio quiera empoderarnos con sus trajes mostrándonos a mujeres de negocios (algo que podría parecer una buena idea en un principio) a la hora de crear las imágenes de la campaña han metido la pata hasta el fondo.

Empoderamiento femenino no es para mí una mujer apoyando sus stilettos en el pene de un tío. Sería verdadero empoderamiento si lo apoyara sobre la nómina del hombre, si este fuera su compañero, porque ella está cobrando el mismo salario y no un 16% menos.

También podría representar el empoderamiento femenino el hecho de representar una reunión de la junta directiva en la que aproximádamente la mitad de los miembros fueran mujeres y no solo el 37%, que es la cantidad que suele estar en estos puestos.

Empoderamiento es que si hacen una entrevista a Jennifer Anniston o a Soy una pringada las pregunten por sus proyectos en vez de dedicar la mayor parte de las entrevistas a su situación sentimental.

En definitiva, ¿empoderar a la mujer? Por supuesto, pero empoderarla con las armas correctas, a no ser, claro, que lo que busque Suistudio en realidad sea la polémica fácil a través de desnudos. Por muy masculinos que sean, en el caso de esta campaña, más que trajes en la foto, solo veo la cosificación de personas.

Wonder Woman, una superheroína para hombres que pretende ganarse a las mujeres

Y por mucho que me duela admitirlo, he de decir que falla, pero falla estrepitosamente, como cuando intentas entrar a casa de noche sin hacer ruido y tiras una mesa, dos sillas y pisas al gato. Wonder Woman es un fracaso estridente como superheroína feminista.

No quita que tenga cosas que me encanten: la princesa Diana es fiel a sus ideales, se defiende de cualquier tipo de mal sin necesitar ayuda, es leal, justa, no deja que le digan lo que tiene que hacer, lucha por el bien de manera desinteresada, se sacrifica, ayuda a inocentes… Pero, con todo eso, me decepciona.

Wonder Woman no es real, no se despeina, no se mancha, no suda, se rasura, pelea con falda, tacones y el pelo suelto. Wonderwoman es la superheroína perfecta… salida del imaginario colectivo masculino. La directora, Patty Jenkins, podría haber hecho de esta oportunidad un altavoz del empoderamiento femenino, podría haber creado a una superheroína como tú, que me lees, o como yo. Una mujer AUTÉNTICA y digna de creer.

No estoy diciendo que esté en contra de ninguna de esas cosas, pero no tiene sentido alguno que el uniforme de una heroína, que necesita correr por trincheras o saltar de un edificio a otro, esté completado con unas botas de tacón (de cuña para ser exactos). Si en realidad cualquier persona fuera a la batalla con eso puesto tardaría menos en caer por esguince que por balazo.

Wonder Woman no necesita tacones porque son algo que, como guerrera, dificultan sus movimientos, al igual que llevar el pelo suelto. Si incluso para estudiar nos molesta llevar un mechón cerca de los ojos no me imagino todo el pelo sobre la cara sabiendo que tengo que enfrentarme a una habitación llena de hombres armados. ¿Empezáis a ver cómo no está bien pensado?

De hecho, os dejo el vídeo de cómo se preparaba la actriz Gal Gadot para interpretar a Wonder Woman. No veréis tacones, yelmos escotados o pelos sueltos, pero sí una prieta cola de caballo y ropa de deporte, que es lo más cómodo para los momentos en los que tenemos que realizar actividad física.

¿Cuántas melenas sueltas vemos en las Olimpiadas? ¿Os imagináis luchando, corriendo y dando volteretas teniendo que parar cada dos por tres porque te ha entrado pelo en el ojo o porque te ha tapado la cara y has perdido de vista al villano de turno?

Cuando eres una amazona que ha crecido en la selva rodeada de mujeres, el concepto de belleza de la herencia heteropatriarcal como que te pilla un poco lejano. Vivirías sin maquillaje (a no ser que fueran pinturas de guerra), sin sujetador y sin depilar. Entonces, ¿por qué esta Wonder Woman aparece con las axilas más afeitadas que un modelo de barbilla de Gillette? ¿Y por qué cada vez que daba una patada en Batman vs Superman la vimos luciendo unas ingles mas lampiñas que una muñeca Barbie?

Puede parecer una tontería fijarse en algo tan nimio como una axila, pero si nos ponemos a pensar en la vida de la supermujer, no tiene mucho sentido. Y no, no me importa que en el cómic también aparezca depilada. El primero se remonta a 1941, fecha en la que los cánones estéticos eran, si cabe, aún más estrictos.

He tardado más de 20 años en sentirme lo bastante libre como para decidir si quería o no depilarme, maquillarme o vestirme como quiero y ha sido gracias a escritoras, amigas o referentes familiares feministas (hola, mamá). Sé que si hubiera crecido con referentes femeninos en la pantalla con su mata de pelo bien plantada bajo el brazo posiblemente habría tomado esas decisiones antes.

En mi opinión DC Cómics tiene miedo de asustar a esa gran proporción de público masculino que va a ver la película, cuando hay que educar a todos los espectadores en esto. De nada sirve que una adolescente decida que va a ir sin depilar si la van a machacar en el colegio con que lo haga (os hablo por experiencia).

Tener a Gal Gadot sin depilar, sin tacones o sin maquillar es gritar que, como mujer, puedes ser fuerte, rápida, ágil, inteligente y guapísima de la vida (¿por que no?), que a fin de cuentas la diferencia entre ser mujer y súper mujer no está en los pelos de la axila o en cómo vayas vestida.

En definitiva, por supuesto que la Wonder Woman de Gal Gadot es una superheroína que podríamos merecer perfectamente, está a la altura de mis expectativas como personaje de acción. Pero, y aquí hablo como mujer, la Wonder Woman de Gal Gadot no es la que el mundo (femenino) necesita.