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Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

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Las normas de vestimenta que deberíamos recuperar de nuestros abuelos

Me encanta que vivamos en la comodidad constante en lo que a prendas se refiere. Lo de ir una vez a la redacción de 20 Minutos con ropa del gimnasio (quería ir a entrenar después) y que nadie me dijera nada, fue una auténtica maravilla.

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Pero por otro lado me da un poco de urticaria interior pensar que ya nos da absolutamente igual lo que cogemos de la percha por la mañana. Vale que la mayoría de nosotros vamos con el ojo pegado, pero ¿ya esta? ¿No hay vida más allá de los vaqueros y zapatillas de todos los días?

No pido volver a la camisa almidonada y a que los hombres no salgan de casa sin sombrero (que ojalá porque me encantan los complementos masculinos) pero, ¿qué tal un punto medio?

Parece que desde que usamos zapatillas de cordones las 24 horas del día, y no solo para hacer deporte, han desaparecido el resto de zapatos de la vista y de la memoria. Especialmente en el de ellos. Creo que quitando alguna boda y graduaciones, no he visto a mis amigos con zapatos.

Nuestras abuelas no tenían ni la mitad del armario que tenemos nosotras, eran más ecológicas, se comían mucho menos la cabeza y las prendas eran buenas, de esas que todavía tendrás alguna colgada (si las has tratado con cuidado).

Me encantaría que volviera no solo esa calidad por las prendas en vez de las fibras, sino esa conciencia colectiva de no gastar en cada temporada un pastizal. No hablo de volver a lo de tener un vestido en todo el año, pero encontrar un punto medio que no le pese al planeta.

Lo que antes era elegancia, el largo de una falda, un color oscuro o un maquillaje discreto para no empañar la belleza natural, ha evolucionado ahora a cosas extrañas que difícilmente puedo considerar elegantes (no, por mucho que todas mis coetáneas opten por el hialuránico me negaré a ver esas bocas de pato como algo fino, ni a las pestañazas postizas de muñeca de porcelana una cosa bonita).

El “saber estar” adecuando las prendas a las circunstancias es algo que también hemos perdido, Incluso puedo recordar un compañero diseñador de mi escuela que acudió en chandal negro y gorra a su propia graduación.

Echo de menos (y eso que no lo he vivido) el concepto de “vestirse de domingo”, ese que me cuentan mis padres de cuando eran pequeños, la idea de arreglarte una jornada a la semana porque era un día especial.

Extraño, también, el joyero de mi abuela (seguro que recordáis bien el de las vuestras). Ese que de pequeña veía casi con devoción, como si guardara un tesoro en sus cajones. El mismo del que ahora, guardo solo algunas piezas que tanto me recuerdan a ella.

No dejo de pensar que, en un futuro, mis nietas no recibirán más que esas mismas piezas, porque mi bisutería de tiendas low cost (el sueldo de los millennials no da para más de momento) estará machacada, destrozada, o con el baño dorado desaparecido por el paso del tiempo.

Pero igual es que soy solo una melancólica de la vestimenta, y, (¿por qué no admitirlo de paso?) una que echa de menos a sus abuelos.