Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

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Un ‘follógrafo’, un cantante, un cómico y las mujeres

Podría parecer el comienzo de cualquier chiste: “Un fotógrafo, un cantante y un cómico entran en un bar”. “¿Y qué pasa luego?” preguntarían los oyentes con la esperanza de que el cómico abriera el pico en la burla y soltara alguna gracia.

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Luego pasa que un día, una tarde o una noche conocen chicas. Por supuesto que no está mal conocer, tontear o usar el teléfono para ligar. Es lo normal. Lo normal hasta que te empiezas a pasar utilizando tu profesión como trampolín para una serie de experiencias más o menos deseadas de las que, muchas, quieren escapar según los testimonios que han salido.

Fotógrafos que se acostaban con sus modelos (no siempre voluntariamente como en el caso de Terry Richardson que obligó a una modelo a masturbarse en una sesión de fotos), o groupies enloquecidas, han existido siempre (o al menos en el último caso desde los años 70).

Pero la antigüedad de situaciones, que llevan años teniendo lugar, no siempre lleva intrínseco el hecho de que se deban considerar como correctas (y si no pensemos en los casi 500 años en los que murieron miles de animales en el Coliseo de Roma). Es el momento de pensar.

Ha pasado una semana desde que el escándalo de los abusos de Danilson Gomes (Longshoots) hizo temblar los cimientos virtuales de Instagram. Alguien alzó la voz y, una tras otra, las demás se atrevieron a hacerlo en una serie de acusaciones que, si bien no las respalda ninguna sentencia, han dejado la reputación de ciertas personas en entredicho. No ya solo de fotógrafos sino de profesionales de la música y la comedia como Mikel Izal o Antonio Castelo.

Pero lo peor no eran los pantallazos de los testimonios de piel de gallina y arcadas emocionales (y alguna física) por las referencias al abuso de menores o a experiencias sexuales forzadas. Lo indignante era toda esa gente escéptica que, una vez más, culpaba al individuo exculpando el sistema. “¿Y por qué ahora? ¿Por qué no lo hicieron en su momento?”

Porque si no creemos a una chica que fue violada por cinco salvajes, aún cuando hay vídeos, ¿vamos a creer un testimonio? Esto es España. Y como es España tengo claro que las cosas seguirán como están. El fotógrafo seguirá trabajando con chicas pese a que no las sepa tratar. El cantante y el cómico ligando con menores de edad.

La feminista, feminiña, femininja, femininfa y feminieta que llevo internamente (y todas las “femialgo” que queráis achacarme) se pregunta de qué ha servido el cruce de cuchillos virtual. Y en verdad, ha servido de tanto.

Gracias a cuentas de Instagram como la de @margalidamariax, @irenefuckinghalley o @follografos_espana se han compartido casos personales y ajenos, apoyo a las víctimas, y, en el caso de la última, asesoría legal por parte de un bufete de abogados.

El altercado dentro del mundillo de la fotografía y sacudido hasta el extremo, ha dado lugar a cuentas de otros sectores que han empezado a participar en esta conversación imparable revelando otros casos de abuso sexual. También han surgido iniciativas ciudadanas como @fmcreativo para aumentar la paridad de profesionales dentro de un ámbito en su mayor parte masculino.

Pero lo más importante: nos ha hecho reflexionar y hablar (y mucho). Marcar y señalar un comportamiento tan machista y prepotente como es utilizar la fama a través de las redes sociales para conseguir relaciones sexuales con gente que no conoces de nada.

Y si seguimos sin ver el mal en ello, quizás es el momento de preguntarnos hasta qué punto hemos normalizado y tenemos implícitamente aceptado que un completo desconocido, solo por ser famoso, dé por hecho que puede tener sexo con cualquier mujer cuando quiera. Algo que apoya la percepción de las mujeres como parte del premio de la fama junto con el dinero o el reconocimiento.

¿No hay sexismo cuando te escogen como azafata por estar buena?

Me hace gracia que salgan a decir que “por culpa de las feministas” un montón de pobres mujeres se han quedado en paro a raíz de la medida de prescindir de ellas en la parrilla de Fórmula 1. Más que nada porque yo he trabajado de azafata en un circuito de carreras y no es oro todo lo que brilla por mucho que se pinte el trabajo de color rosa.

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Para empezar tienes que pasar un corte respecto a la imagen física bastante importante cumpliendo requisitos como talla de ropa, altura y por supuesto una cara que acompañe. No te eligen por la carrera que hayas estudiado (que la mayoría de nosotras estábamos en ello), los idiomas, nuestros talentos, principios… Te escogían por ser guapa y estar buena. Punto (perdonad la franqueza, pero es hora de dejarnos de ser políticamente correctos y hablar de las cosas como son).

Te escogían por guapa y por estar buena porque si no no te quedaba bien el conjunto de minifalda y chaqueta ajustada en el que tenías que meterte. Y sí, sabíamos cómo era el uniforme y también en qué consistía el trabajo. Fue una elección que hice libremente la de cobrar una cantidad de dinero a cambio de pasearme durante unos días con poquita ropa y taconeando el circuito arriba y abajo (no voy a entrar en los motivos porque no creo que tenga que justificarme por ganarme la vida de una manera o de otra ya que todos los trabajos son igual de respetables, pero no todos exigen la misma disponibilidad).

Trabajar me empodera, me hace sentir independiente, soy libre de elegir mi trabajo, pero la cosa fea de la que nadie habla es que es un trabajo en el que solo sirves si estás buena. Trabajar con poca ropa solo porque mi cuerpo entra en unos requisitos de belleza no sé hasta que punto me libera y hasta que punto me hace presa de una sociedad machista que considera que solo sirvo para hacer bonita la foto final de la carrera.

Los pilotos, por lo que he visto, van a su rollo. Les va a dar igual que pongan una mujer que cincuenta porque en lo que piensan es en la carrera. Pero la gente que asiste, los espectadores que lo ven por la tele, los mirones que te COMEN con los ojos de arriba a abajo (porque la palabra es comer), son cosas que tienes que aguantar (a los que digáis que exagero os invito a mirar a partir del minuto 1:10 de este vídeo, que ya con el nombre lo dice todo).

Lo aguantas porque asumes que no existe el trabajo perfecto, y que como azafata te puede tocar apechugar con eso al igual que como periodista me toca apechugar con que se me resistan a la hora de contestarme unas preguntas para un artículo. Tampoco creo que tú, que lees esto, estés absolutamente feliz con todos los aspectos de tu trabajo (y si es así, pues felicidades).

Pero el hecho de que lo sepas no hace que te sientas menos cosificada, no hace que pase menos veces por tu cabeza la frase “mis ojos están aquí arriba, cretino”.

Obviamente me da pena pensar que compañeras se hayan quedado sin trabajo, pero pena porque hayan visto en “Muerto el perro se acabó la rabia” la solución.

¿Queremos terminar con el sexismo en las carreras? Perfecto, pon mujeres y hombres de todas las tallas, edades y etnias (porque esa es otra cosa de la que no se habla, que como no seas joven y, en la mayoría de las ocasiones, blanca, ‘chao pescao’). Ponles al lado de los vehículos bien vestidos, con un traje de pantalón o unos vaqueros y calzado cómodo, que ocho horas de pie, si ya son bastante malas, con tacones, un infierno.

Dejemos trabajar a las azafatas, claro que sí, yo no digo que las dejemos a todas sin trabajo, pero que no se conviertan en objeto de exposición, que me consta que hay agencias (la que lleva la Feria de Madrid, más concretamente), que le prestan atención a los buenos modales, la educación, el saber estar y el protocolo y no a si la profesional entra o no en una talla 36.

Cómo 2017 se convirtió en el año feminista

El 2017 empezó con una noticia revolucionaria: las azafatas de los podios ciclistas desaparecerían. El mismo mes que sentía que comenzábamos a avanzar, que las mujeres nos alejábamos de esa sexualización en la que siempre nos vemos inmersas, mis pezones sufrieron acoso online.

DIANINA XL/MARA MARIÑO

Pero no todo estaba perdido. Ha sido un año en el que nos hemos dejado de princesas y nos hemos vuelto guerreras. Que hemos querido luchar como vikingas, ser reinas sin necesidad de un rey a nuestro lado como Daenerys Targaryen o salvar el mundo como Once. Un año en el que hemos tenido referentes femeninos fuertes con los que sentirnos identificadas.

2017 ha sido el año en el que se ha dado un pasito hacia la igualdad utilizando a hombres como imagen de grandes firmas de maquillaje. Porque aunque no estemos acostumbrados a que ellos se maquillen, pueden hacerlo y ser aceptados por ello (además de que a los youtubers beauty se les da de maravilla). También lo recordaremos como el año en el que las faldas y los tacones para ellos llegaron a la pasarela.

Hemos vivido un año en el que una de las principales tendencias ha sido la naturalidad a través de muchas influencers que se han animado a salir en sus redes sin depilar, con sus estrías, sus cicatrices… hasta su celulitis, algo que incluso ha hecho que marcas como Desigual o Dove se sumaran a la corriente.

Ha sido tal la repercusión de la aceptación de una imagen más saludable, alejada de la presión estética, que los conglomerados LVMH y Kering firmaron la carta que no permitiría trabajar con modelos que tuvieran menos de una talla 36.

Ha sido un año lleno de denuncias a viva voz y a golpe de tuit empezando por las actitudes depresivas de las modelos del catálogo de Zara o la última campaña de Yves Saint Laurent que mostraba mujeres colocadas en posturas sumisas como si no tuvieran ningún tipo de fuerza ni voluntad, frágiles a disposición de cualquiera. Y, afortunadamente, hemos protestado y nos hemos quejado cuando hemos visto que una marca basaba su publicidad en una imagen de desigualdad.

En el 2017 hemos denunciado sin miedo, hemos dicho que nos han acosado grandes magnates de la industria cinematográfica, que una banda de animales nos ha violado, que nos han ultrajado, que nos han asesinado. No nos hemos quedado calladas y hemos marchado por varias ciudades del mundo exigiendo que se nos trate como lo que somos: personas con los mismos derechos.

“Feminismo” ha sido la palabra más buscada en 2017, pero además ha sido una de las más llevadas a cabo tanto por hombres como por mujeres. Por eso no me preocupa que empiece un Año Nuevo. El 2017 no ha sido el año feminista, sino el primer año feminista.

Y es que por mucho que pique, que duela, que moleste, que irrite, o que haga que se nos intente desprestigiar con adjetivos como “feminazis”, el feminismo no es una tendencia pasajera, luchar por la igualdad no es algo que pase de moda como un tejido o unas botas de plataforma. El feminismo ha venido para quedarse.

Mujeres que opinan

¿Eres mujer? ¿Estás opinando sobre algo? Entonces ten por seguro que te van a desacreditar.

GTRES

Dará absolutamente lo mismo que tengas más razón que una santa (porque no solo los santos se salían con la suya), que estés argumentando con pruebas irrefutables o que hasta tu madre esté de tu lado, que siempre alguien echará por tierra tus conclusiones saliéndose por la tangente.

No hablo por hablar, es algo que sucede cada día. Una actriz embajadora de la ONU Mujeres es desacreditada por protagonizar una portada sin sujetador, una chica por seguir su vida después de ser violada por cinco chavales o una modelo de Victoria’s Secret, cuyas palabras se ponen en tela de juicio cada vez que habla de feminismo.

Por lo visto, Leomie Anderson no puede opinar en nada en lo que respecte a las mujeres por desfilar para la firma lencera. Pero no confundamos churras con merinas.

Al igual que me consta que tengo compañeros de periodismo que han trabajado en Intereconomía, sin compartir necesariamente su ideología política, una modelo puede trabajar para una firma, como es la americana, sin tener por qué compartir la filosofía de belleza.

Trabajo es trabajo. Y por mucho que desfile en lencería, algo que hace por elección propia, me parece más que bien el hecho de que en el programa Good Morning Britain recomendara a las chicas jóvenes a no sentirse presionadas de mandar fotografías desnudas o en ropa interior a parejas/amigos/llamésmole X para así evitar que pudieran ser extorsionadas.

Pero entiendo a Leomie, vaya si la entiendo. Cantidad de veces han tratado de echar por tierra mis argumentos: no puedo escribir sobre mujeres de talla XL porque no la uso, no puedo hablar de amor propio porque me gusta hacer ejercicio, no puedo hablar de sexismo porque he trabajado utilizando mi imagen…

He llegado a la conclusión de que no es lo que decimos, es el hecho de que lo digamos, de que alcemos la voz, de que protestemos, de que tengamos una opinión, de que ya las mujeres no nos quedamos nunca más calladas a un lado como a lo mejor tenían que hacer nuestras abuelas.

Hemos encontrado nuestra voz y, por mucho que moleste, ya nadie va a hacerla callar.

¿Mujeres objeto para realizar un sorteo?

Es el sorteo de los grupos del torneo Next Gen Finals, una competición para que se batan los mejores jugadores de tenis menores de 21 años, esos que puede que lleguen a sustituir un día a Nadal en las portadas de los periódicos.

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A los organizadores del sorteo, ATP y Red Bull, no se les ocurre una manera mejor, para que los jugadores adivinaran en qué grupo les había tocado, que coger a ocho modelos y escondiendo las letras correspondientes a los grupos en sus cuerpos.

Si bien podía salir o A o B, el espectáculo de ver a las ocho mujeres contoneándose, quitándose ropa o haciendo que los jugadores se la quitaran era o increíblemente bochornoso o denigrante directamente.

Cuando ardió Troya (o Milán en este caso ya que fue donde tuvo lugar el evento), los organizadores salieron por la tangente diciendo que su única pretensión era incluir en el sorteo el ámbito de la moda que tanto caracteriza a la ciudad italiana.

Aunque cuando vemos en lo que resultó el espectáculo encontramos pocas referencias a la moda pero una exhibición que bien podría parecer salida de una despedida de soltero (y si no me creéis podéis verlo aquí).

Lo que no entiendo es cómo en un momento como en el que estamos, en el que desaparecen las azafatas de imagen de las carreras y las modelos de los podios, en el que se trata de suprimir la imagen de mujer florero, a los organizadores de un evento como es la ATP Next Gen se les ocurre que puede ser una buena idea que ocho chavales elijan a una modelo (en función de la que más les guste, por supuesto) que luego debe insinuarse, desnudarse o quedar a disposición del deportista para que este averigüe su categoría.

Cuando pienso en los valores que le deberíamos transmitir a las próximas generaciones se me pasan por la cabeza el respeto, el cuidado del medio ambiente, los animales, el ceder el asiento… pero no esto. En ningún caso la enfermiza idea de que la mujer es algo bonito a su servicio, de que es un objeto puesto al nivel de las bolas de un bombo para hacer un sorteo.

Suistudio lanza una campaña con hombres desnudos para vender trajes femeninos

SUISTUDIO

Si nada más salir a la calle me encuentro un cartel de una mujer trajeada pisoteándole los huevos a un hombre desnudo creedme que lo último que se me pasaría por la cabeza es que estoy ante una marca de trajes que viste únicamente a mujeres relacionando el traje con el poder femenino, según declaran en sus redes sociales.

Pensaría, en todo caso, que se trata de un anuncio de una obra de teatro, película o serie inspirada en una fantasía sexual masculina de sumisión pero en ningún caso se me iría la vista a la ropa de la imagen.

Por mucho que Suistudio quiera empoderarnos con sus trajes mostrándonos a mujeres de negocios (algo que podría parecer una buena idea en un principio) a la hora de crear las imágenes de la campaña han metido la pata hasta el fondo.

Empoderamiento femenino no es para mí una mujer apoyando sus stilettos en el pene de un tío. Sería verdadero empoderamiento si lo apoyara sobre la nómina del hombre, si este fuera su compañero, porque ella está cobrando el mismo salario y no un 16% menos.

También podría representar el empoderamiento femenino el hecho de representar una reunión de la junta directiva en la que aproximádamente la mitad de los miembros fueran mujeres y no solo el 37%, que es la cantidad que suele estar en estos puestos.

Empoderamiento es que si hacen una entrevista a Jennifer Anniston o a Soy una pringada las pregunten por sus proyectos en vez de dedicar la mayor parte de las entrevistas a su situación sentimental.

En definitiva, ¿empoderar a la mujer? Por supuesto, pero empoderarla con las armas correctas, a no ser, claro, que lo que busque Suistudio en realidad sea la polémica fácil a través de desnudos. Por muy masculinos que sean, en el caso de esta campaña, más que trajes en la foto, solo veo la cosificación de personas.

#SiMeMatan

Si me matan de día dirán que llevaba pantalones cortos o que salía a correr a menudo por el parque que estaba cerca de mi casa. Si me matan de noche dirán que iba muy maquillada.

GTRES

Si me matan por la calle dirán que no debería estar volviendo sola a esas horas. Si me matan en el portal dirán que debería haber sido más prudente y que no debería fiarme de nadie. Ni de un vecino, ni tan siquiera del portero.

Si me matan a mí o a cualquiera de mis amigas dirán que salíamos de fiesta y que habíamos tomado unas copas. Dirán que vivíamos nuestra sexualidad libremente o que no teníamos un novio que nos ‘protegiera’. Dirán que trabajábamos de imagen o que bailábamos reggaeton, que no deberíamos haber sido tan amables con ese compañero de la oficina o de la universidad.

Si me matan en España dirán que dejé a mi ex novio con el corazón roto. Si me matan en Italia dirán que no debería haberme fiado de la gente que acababa de conocer y que vivía sola a casi dos mil kilómetros de mi familia.

Dirán que iba por la calle con las mallas del gimnasio, esas que marcan hasta los pelos de las piernas. Dirán que tenía la lengua muy larga y no me callaba ante una situación de acoso callejero, porque siempre digo lo que pienso. Dirán que fue por defenderme en vez de no ofrecer resistencia.

Si me matan, también es posible que mencionen que más de uno ya había dejado caer en el blog que escribía, que esto se volvería en mi contra, que de feminista esto pasaría. Porque claro, una mujer viva se queja, una que no lo está solo puede guardar silencio. Al menos si me matan quiero pensar que morí diciendo la verdad.

Si me matan dirán todo lo que haga falta para que tú, que lees la noticia de mi muerte, no te asustes. Que no es que haya asesinos sueltos por la calle, no te preocupes, que no te quite el sueño, es por todos los motivos anteriores.

Porque si nos matan, es más fácil buscar hasta debajo de las piedras “motivos” que expliquen que lo hayan hecho. Asumir que vivimos en una sociedad aún machista que entiende que la mujer está a merced del hombre es más doloroso, de hecho, da incluso miedo. Porque claro, es más tranquilizador pensar que porque tu hija salga con una falda larga no va a pasarle nada. Porque darte cuenta de que a ella, a tu hermana, a tu prima pequeña, a tu sobrina, a tu ahijada o a tu novia, solo por haber nacido mujer ya tiene posibilidades de ser asesinada, es más jodido.

En España fueron asesinadas en 2016 (no murieron o perdieron la vida, sino que fueron asesinadas) 44 mujeres. Solo llevamos 5 meses de 2017 y han matado a 23. Mataron a 60 en 2015, 54 en 2014, 54 en 2013, 52 en 2012, 61 en 2011, 73 en 2010, 56 en 2009, 76 en 2008 y 71 en 2007 (no me lo he inventado, podéis ver las estadísticas en la web del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad). Un total de 623 mujeres en casi 10 años. ¿Cuántas más tienen que morir? ¿Cuánto más tiempo vamos los medios a seguir indagando en la víctima y mirando hacia el otro lado?

Pero sigamos en el mundo al revés. Quizás en la próxima película de Sherlock Holmes, el detective, en vez de investigar se dedique a elaborar una lista de excusas absurdas que argumenten que la víctima al final es la responsable de su muerte. A ver si nos acordamos de que en un asesinato el culpable es el que comete el acto de asesinar.

El machista código de vestimenta de mi colegio de monjas

Durante una larga época de mi vida no tuve necesidad alguna de preocuparme por lo que llevaba puesto (oh…días felices. Qué poco lo apreciaba en su momento). “Bendito uniforme“, pienso ahora con melancolía y algo de humedad en el lacrimal, pese a que en ese momento lo habría echado a una pira ardiendo junto a los libros de filosofía.

Porque para muchos, el uniforme nos acompaña desde que empezamos el colegio en nuestra tierna infancia hasta que cumplimos los 16 años, que es cuando empiezas bachillerato y ya puedes vestir “de calle”.

Sin embargo esa libertad, que era casi abrumadora al principio, no era tan amplia como pensábamos. No todo estaba permitido.

En nuestro primer día de clase, ese en el que llevábamos nuestra camiseta favorita o el pantalón que nos habíamos comprado ese verano (porque ya que ibas “de calle” desde el primer día había que posturear), nos enumeraron las normas de vestimenta que tendríamos que cumplir durante esos dos años.

Al ser un colegio católico, algo en lo que insistieron, toda camiseta con escote o sin manga que te cubriera el hombro estaba prohibida. Además las piernas tendrían que ir siempre cubiertas con pantalones largos (adiós vestidos y adiós faldas). Sin excepción y todos los días del curso, incluidos aquellos de junio en los que tuve que hacer algún examen totalmente bañada en sudor fantaseando con unos pantalones cortos y algún compañero de clase (para qué mentir) .

El motivo que nos dieron fue, y cito literalmente, “para no distraer a los niños”. Es decir, te encuentras ante un grupo de chicas de 16 años a las que estás obligando a taparse, lo que da a entender el mensaje de que su cuerpo es el culpable de que unos adolescentes pajilleros anden más salidos que el pico de una mesa. Esto lleva a pensar que si te sucede algo en algún momento es porque ibas destapada, ya que si sigues las normas de vestimenta, si no provocas, si no destacas, es algo que no te pasa.

(Luego les resultará extraño que los jóvenes no nos interesemos por la religión.)

Lo más gracioso es que, cuando quisimos saber si ellos podían llevar algo corto, rápidamente nos aclaraban que tampoco podían llevar pantalones cortos “por los pelos de las piernas“. Muy lógico.

Sea un colegio católico o no, os estoy hablando de unas normas de vestimenta que me dijeron en 2008 o 2009 (vaya, que no fue hace 50 años), unas prohibiciones que sostienen la ideología machista de que ellos no pueden controlarse y por tanto somos nosotras las que tenemos que taparnos, culpabilizando una vez más al cuerpo de la mujer. ¿No os resulta injusto?

En mi colegio deberían haber hecho hincapié desde que entramos en educación infantil de que “No” significa “No”, de que la ropa que las mujeres llevemos puesta no da derecho a nada y de que merecemos el mismo respeto, en vez de dedicar el tiempo a la creación de normas machistas referentes al vestuario.

Yves Saint Laurent nos quiere sumisas y violadas según su última campaña

Sé que las chicas del anuncio no están diciendo “Viólame”. Es algo que no aparece escrito en ninguna parte. Pero quiero que vayamos mas allá y pensemos en la imagen de la mujer que se está transmitiendo.

Para empezar es una mujer sexualizada por la ropa que utiliza: tacones altos, medias de rejilla, lencería… Ves el anuncio y no piensas en la última colección de la marca, esa con cuellos altos y cazadoras de cuero, piensas en sexo.

En segundo lugar, las modelos del anuncio, aparecen colocadas en posturas sumisas. Transmiten debilidad, como si no tuvieran ningún tipo de fuerza ni voluntad. Están ahí. Simplemente estando, pero tiradas

Se ve una mujer frágil a disposición de cualquiera, algo que continúa con los estereotipos que son los que alimentan el ideal de una sociedad machista que considera a la mujer un objeto de consumo. Es esa creencia la que puede llevar a una violación o a cualquier otro tipo de abuso, por lo que, de una manera o de otra, la campaña en mi opinión, fomenta la violencia de género (recordemos que la violencia no es solo poner una mano encima).

Como consumidora no me gustaría comprarle a una marca que basa su publicidad en una imagen de desigualdad del tipo que sea. Como mujer, ver que transmitan esta idea de mi género, me resulta algo inaceptable.

Siendo sincera, y que quede entre nosotros ahora que Anthony Vaccarello no está leyendo, esta campaña no me parece otra cosa que la búsqueda constante de polémica. Al igual que en los 90 se sacaba por primera vez a una mujer vendiendo vaqueros sin bragas, en el 2015 fue una modelo que rozaba la anorexia y en 2017 toca la imagen de la mujer sometida. Ese es todo el objetivo de Yves Saint Laurent, dar de qué hablar. Y es que, si no hablan de ti, es como si no existieras. Aunque si este es el discurso que la marca quiere darnos, habrían hecho mejor guardando silencio.

#YSLretiretapubdegradante

 

Más vikingas y menos princesas

Hace unos días, un post de Weloversize acerca de los vikingos me hizo reflexionar. El tema hablaba de lo atractivos que son los vikingos en general (aquellos nacidos en Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca…) y en concreto los actores de la serie Vikings. Coincido con la autora en que el reparto, además de talentoso, está para cogerlo y mojarlo en chocolate, pero no son los barbudos lo que más me gusta de la serie.

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En mi opinión lo mejor de Vikings son las vikingas, que desde el primer episodio tienen un papel relevante. No llegan a salir tanto como sus compañeros varones pero el peso en la trama es fundamental, lo que significa que no aprueban el test de Bechdel (medición de una obra evaluando si evita la brecha de género) pero tenemos voz y voto. Las vikingas van a la batalla, te meten un hachazo en la tripa, paren en casa y a los pocos minutos, nada más limpiarse la sangre, empuñan un escudo para defender a la prole (vale, esto quizás fue un poco exagerado).

Las vikingas no son reinas por ser “mujer de…”, son reinas porque mataron al gobernante previo, son reinas por derecho, son valientes, son fieras, no necesitan un marido ni un amante y al final de cada episodio me hacen sentir fuerte y poderosa. Me hacen sentir que puedo conquistar lo que me proponga.

Las vikingas son mujeres libres, eligen con quién se casan, eligen que igual no se casan, tienen sexo con otros hombres estando casadas y aquí no pasa nada, te rechazan, te dicen que no les gustas, luego te dicen que les gustas y cuando estás en la cama dándole se sacan un cuchillo Odín sabe de dónde y te intentan asesinar de risas.

Quizás la única pega (sumándola al hecho de que las quiero más tiempo en la pantalla) es que, por supuesto, todas las actrices son guapísimas. Son tan perfectas que resulta irreal que ninguna salga con un solo pelo rubio de bigote, con un vestido de la talla 40 o que por mucho que nos pongan el cartel de “Cinco años después” el tiempo no parece pasar por ellas. Aún con todo me encanta verlas ensangrentadas y armadas hasta los dientes. Me encanta oírles gritar cuando pelean porque creo que necesitamos que las niñas crezcan con este tipo de modelos a seguir de fuerza e independencia y otras herramientas necesarias para desenvolverse en un mundo que, si se dejan, se las puede comer enteras.

Why raise your daughter to be a lady..

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Adiós a un Breaking Bad en el que le fallaba que no me sentía identificada con ningún papel femenino. ESTE, este es el camino que deben seguir las series y las películas. Un camino que se aleje de los estereotipos y refleje la sociedad más igualitaria en la que vivimos, una línea como la de Orange is the New Black, Juego de Tronos… La línea que ha seguido Disney desde el momento en el que Mulán cogió la espada de su padre, Mérida se negó a contraer matrimonio, y Vaiana salvó al mundo. Ya nos hemos cansado de ser princesas, queremos ser la heroína.