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Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

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Tatuajes para tapar las estrías

Leo un artículo (uno de tantos, claro. Es que llega un punto que ya a una no le extraña encontrarlos) acerca de un nuevo sistema para tapar las estrías: los tatuajes de relleno.

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Por un lado pienso en el uso positivo de esa práctica. Creo que todos hemos visto en alguna publicación de Facebook el típico enlace de “35 maravillosos tatuajes que cubren cicatrices de una masectomía“.

Entiendo que muchas mujeres hayan encontrado en la tinta una salida hermosa de algo horrible que han vivido. Puedo entender el efecto terapéutico de la aguja ya que muchas veces nos tatuamos con esa intención.

Yo misma llevo un diseño que es a la vez homenaje y duelo. Homenaje por llevar conmigo a dos de las personas que más he querido, duelo por haber podido derramar, mientras lo hacían, a partes iguales, lágrimas de dolor físico y de ese emocional, aún más lacerante, de echar de menos a quien no va a volver.

Puede ser incluso una forma de sobrellevar esas experiencias pensando en el trazado sobre lienzo en el que hemos convertido nuestro cuerpo. Y por eso, como creyente del tatuaje que va más allá de lo estético, no puedo ver con buenos ojos el tatuaje de relleno.

Bom final de domingo ✨🙏 #AgulhasMagicas

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No me malinterpretéis, no critico a aquellas que quieran hacerlo. Critico el hecho de que no se vea con normalidad algo que le pasa, en algún u otro momento, a la piel que poseemos.

Si desde pequeños nos enseñaran (tanto a hombres como a mujeres) que la piel cambia, se deforma, crece y decrece porque a fin de cuentas es un órgano más, veríamos de manera diferente esas rayas que nos dibujan.

Al igual que un río sobre un mapa topográfico, las líneas que nos atraviesan (por dónde y como sean) nos hacen únicos y especiales. Si tan traumática puede ser una estría para alguien que quiera tatuársela, ¿no sería mejor que hubiera aprendido a apreciarla?

No es que no sepamos de tatuajes, es que no sabemos de belleza.

Querida cuñada adolescente

No tengo hermanas pequeñas por lo que he crecido lejos de los problemas típicos de discutir porque una necesita usar el baño y la otra se está secando el pelo o de pelear por la ropa.

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No tengo hermanas pequeñas pero tengo una cuñada de catorce años que bien podría serlo.

Tiene catorce años, una cabeza preciosa y un carácter que reluce. Es viva, avispada, sonriente… Tengo la suerte de que sea una se esas escasas personas solares que van brillando allá por donde van.

Cada vez que la tengo cerca se me cae la baba y cuando la tengo lejos, con lo que la echo de menos, se me cae lo mismo o más.

Está en esa época intermedia en la que no termina de ser una mujer pero tampoco entra en sus vestidos de niña, y, si entra, no termina de sentirse ella misma.

Se queja de piernas demasiado largas y no termina de entender que todos la veamos preciosa. Si solo pudiera mirarse un día como la vemos sus padres, hermanos, primos o cuñadas entendería que unos centímetros más o menos de pierna no marcan ninguna diferencia.

Me recuerda tanto a mí que, de habernos conocido a la misma edad, sé que habríamos sido amigas, que ambas nos habríamos preocupado por encajar, por ser una más del grupo (en esa época de la vida en la que los grupos lo son todo), que nos habríamos pasado horas delante del espejo con la pinza de depilar porque tenemos cuatro pelos en el entrecejo (que a esas edades le amargan la existencia a cualquiera).

Algún día entenderá que no está hecha para ser como las demás, que ninguno lo está. Y que no tiene nada de malo buscar lo que nos hace particulares, únicos y diferentes porque es ahí donde reside lo que nos convierte en especiales.

Sé que un día entenderá que los pelos, ojeras, arrugas, estrías o manchas son lo de menos y que, lo que ilumina, es lo que realmente nos cuenta a los demás.

¿Cada cuánto se deben lavar las brochas que usamos para maquillarnos?

Cuando una amiga lanzó en las redes sociales la pregunta de cada cuánto limpiábamos las brochas y pinceles me quedé en shock.

“Ah, ¿que las brochas hay que limpiarlas?” Le pregunté inocentemente. Ingenua de mí. No sé por qué no me imaginaba que debiera preocuparme de limpiar algo en lo que simplemente echaba unos polvos de maquillaje.

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Además, no es que las tengas por ahí colgadas a la intemperie, sino que están guardadas alejadas de los ácaros y del polvo en el neceser a buen recaudo. Claro, con lo que yo no contaba era con las toxinas y bacterias de mi propia piel.

En una de las sesiones de fotos que se organizan en mi escuela, tuve la oportunidad de coincidir con un grupo de maquilladores así que aproveché para preguntar sobre el tema.

Todos los días” me respondió una de ellas sin titubear “…en el caso de que las compartas. Si eres la única que las usa, entre dos o tres días“. Básicamente lo que llevo haciendo todos estos años es maquillarme una y otra y otra vez con mis inmundicias epidérmicas.

Limpiar los pinceles es tan sencillo como darles un lavado de agua y jabón. Si el cosmético que hemos usado es graso podemos echarle un poco de jabón lavaplatos. Aunque también en las tiendas de maquillaje tienes limpiadores específicos, si lo haces con lo que tienes por casa, te sale más económico.

Moja la brocha, aplica el jabón en la palma de tu mano y seguidamente frota la brocha haciendo movimientos circulares, como si estuvieras pintándote la mano. Aclara al terminar y colócalas sobre papel absorbente para que se sequen.

No solo evitamos mancharnos los poros sino que le alargamos la vida a las brochas.

Todo sobre mis cejas

El paso de niña a mujer no lo di cuando empecé a usar top y de ahí pegué el salto a los sujetadores. Ni siquiera lo di cuando me bajó la regla.

El paso de niña a mujer lo di cuando comprendí el poder de las cejas, que hasta ese momento había subestimado.

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Retrocedamos en el tiempo: año 2010. La raya negra del ojo por dentro de la línea de agua era lo más, el culmen de la belleza, el novamás del maquillaje, la tendencia por excelencia de todos los colegios de Madrid. No había nada más favorecedor desde el ahumado de los años 80.

Era la época de depilarnos las cejas al milímetro dejándonos siete pelos seguidos. De hecho, es de las pocas cosas de las que me arrepiento en esta vida, de esa depilación extrema que me hacía con bandas de cera (yo era muy kamikaze por aquel entonces)

Pero llegó Cara Delevigne y de repente las cejas estaban por todas partes, y no solo eso, sino que nos quedaban genial. De hecho ahora mismo las mujeres de nuestra generación estamos obsesionadas con los aguacates, la igualdad salarial, los 130 millones de mujeres que han sufrido mutilación femenina y con pintarnos las cejas correctamente.

A la hora de maquillarlas, podemos usar o lápices o directamente sombra de ojos. Aunque ambas opciones son más que válidas, en mi caso al usar el lápiz empecé a notar que la ceja se me pelaba. No sé si era por pintarme con el lápiz en sí, que quedaba el color muy fijado y tenía que desmaquillarme con intensidad, o porque era del Primark y me costó dos euros.

La cosa es que he vuelto a maquillarlas con sombra de ojos gracias a los tutoriales de Youtube que me han enseñado a sacar la Kat Von D que llevo dentro.

Y ya de paso a resaltar la mirada y el resto de facciones.

 

El ‘peel off’ llega al maquillaje

Si eres de las que no puede salir de casa sin llevar el cutis más liso que la porcelana, el nuevo cosmético que ha sacado la marca coreana Not4U va a ser tu Santo Grial.

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El Real Skin Patch es exactamente lo que su nombre indica: una película que se forma encima de tu cutis sobre la que puedes aplicarte el maquillaje segura de que, independientemente de tu tipo de piel, la base te va a aguantar bien puesta.

Cuando quieras quitártela solo tendrás que tirar suavemente de ella para desprenderla sin necesidad de echarte desmaquillante como si no hubiera un mañana.

O al menos eso es lo que vende la marca en sus publicaciones de Instagram. Las críticas que aparecen sobre el producto comentan que eso de cobertura total es tan relativo como la palabra de Julio Iglesias respecto a sus hijos no reconocidos.

Aunque para las que no somos muy aficionadas del maquillaje, esta opción evita que la piel esté en contacto con la base y absorba sus componentes, ¿te animarías a probarla?

Este verano olvídate de todo menos de tu pelo

Que mal se llevan los hermanos Gallagher, pero no tan mal como tu pelo y la estación más calurosa del año. En verano nuestro pelo se rebela manifestándose en forma de puntas abiertas, colores extraños que aparecen por reacción al cloro y en general una sequedad digna de la estepa ibérica.

Concepto de pelazo. INSTAGRAM @DIANINAXL

Es una época en la que nos insisten mucho en el tema de la hidratación, pero no me refiero a que cojas una garrafa de cinco litros y te riegues la melena. Aléjate de la peluquería un tiempo, no tiene sentido que hagas ahora un saneado si en un mes vas a tener que repetirlo. Dale descanso a tu pelo del tinte por un tiempo ya que son productos muy agresivos con el cabello.

Despídete de la plancha y del secador. Diles adiós hasta septiembre. El pelo es más sensible al calor que Belén Esteban a las críticas que le hacen sobre Andreita. Además, seamos sinceras, con el calor que hace fuera de casa el pelo húmedo se agradece.

Recuerda que el cloro es el lado oscuro de la Fuerza (de la piscina): destruye bañadores, destruye bikinis, te pica en los ojos y te estropea el pelo si no lo aclaras al salir del agua. Para mantenerlo hidratado convierte la mascarilla en tu básico de viaje. No te separes de ella. Como seguramente te la requisen en el control del aeropuerto, acuérdate de comprar una en cuanto llegues a tu destino.

Por último, ten en cuenta que los sombreros, gorras y pañuelos no solo sirven para crearnos un estilismo que ya quisiera Anna Wintour para el número de verano de Vogue, sino que protegen el pelo de los rayos del sol.

Tu pelo es como tu padre, solo tienes uno así que este verano no lo abandones a su suerte. Él no lo haría.

Del verano y tus vergüenzas

Esto va para ti, que solo te tumbas boca arriba en la toalla a pesar de que no estás cómoda porque sabes que si te tumbas de lado se te va a resbalar la tripa.

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Va para ti, que te da vergüenza hacer topless por tener las tetas pequeñas, o caídas, o con pezones grandes, o con areolas como hamburguesas, aunque te encantaría, por una vez, no tener la marca de los tirantes.

Esto va para ti, que nada más salir del agua de la playa o la piscina te enrollas en el pareo para que nadie vea tu celulitis. Que lo usas desde que sales del coche hasta que vuelves. Que no te lo quitas ni para tomar el sol en la arena.

Va para ti, que aún con 38 grados a la sombra no te quitas la camiseta para que no se vea que tienes los brazos flácidos. Para ti que cada verano es la misma historia y te da la misma vergüenza.

Va para ti, que te sientas cruzada de piernas por no querer mostrar tus dedos de los pies, pequeños y regordetes, como todos los de las mujeres de la familia. Que haces lo imposible porque no se vean aunque signifique no salir casi nunca con sandalias.

Va para ti, que rechazaste hace un mes ese bikini que te encantó solo con verlo colgado en la percha porque no te atreves a ir con la tripa al aire. Para ti, que al final compraste un bañador, aunque te gustaba mucho menos, solo porque tapaba más.

Va para ti, que no quieres bajar a la playa con la regla por si alguien se da cuenta de que llevas compresa. No, ni siquiera sin alas, o un tampón, no vaya a ser que se salga el hilo por fuera y te deje en evidencia.

Va para ti, que pasas de jugar al voley con las amigas porque se te olvidó depilarte las axilas. Para ti, que procuras levantar los brazos lo mínimo imprescindible para que nadie lo note.

O para ti, que te dejas la camisola para no enseñar las estrías.

Escribo para ti, que te has creado todas esas vergüenzas, que no te das cuenta de que no son cosa de tu cuerpo, que están en tu cabeza.

Te escribo para que te relajes, para que disfrutes, para que te olvides de todo. Tengas 15, 30 o 60 años si tu cuerpo te ha llevado hasta ahí con vida, créeme, vale más de lo que piensas.

(Para todas esas mujeres, pero especialmente para mi madre, mi tata y mi prima, mis tres mayores ejemplos de que siendo guapas por dentro lo demás importa una mierda.)

La relación con el sol a lo largo de mi vida

Mis primeros recuerdos de mi relación con el sol podría situarlos en mis cinco años de edad, cuando, poco antes de llegar a la playa, mi madre me embadurnaba de pies a cabeza en protector solar.

Lo hacía tan a conciencia que no me quedaba un centímetro sin cubrir por la pasta blanca. Con una madre enfermera y un padre químico era imposible no ser consciente de lo peligroso que es el sol. Pero no solo de pan vive el hombre y no solo de crema vive mi madre. Al llegar a casa tocaba ponerse after sun como si nos fuera la vida en ello.

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A los quince años fue cuando mi relación con el sol cambió completamente. No solo descubrí que el sol me ponía morena, sino que, de hecho, estar morena era algo cool y en los pasillos del colegio se había instaurado una especie de competición de a ver quién tenía la marca de los tirantes del bikini más marcada.

En esa época tomaba el sol como cuadraba. Normalmente estaba tan ocupada cotilleando con las amigas que no era ni consciente. Era un “aquí te pillo aquí te bronceo“. Luego había días en los que se quedaba exclusivamente para ‘morenear’, que era cuando, revista Bravo en mano, hacíamos los “vuelta y vuelta” hasta que para despegarnos de la toalla casi necesitábamos una espátula antiadherente.

A los 20 años me volví una sibarita. Tomar el sol era un hobby pero con cabeza. Cada día bajaba al jardín religiosamente (evitando ir de 12 a 16), pero no de cualquier manera. Tomar el sol era mi momento y no solo bajaba con la toalla, sino que la acompañaba de un cojín para las cervicales, una botella de agua, música, revistas y, la mayor parte de las veces, apuntes. Mis exámenes de junio, a lo largo de mis cuatro años de carrera, salieron de ese jardín.

A los 25 años, etapa en la que estoy ahora, el sol se ha convertido, no en un peligro, pero sí algo de lo que debo cuidarme. La crema factor 50 se ha convertido en mi básico antes de salir de casa y en mi indispensable en el bolso. Vale que si voy a la playa me tiro en la toalla, pero atrás ha quedado esa época en la que tomar el sol era el centro del verano.

No solo me he quitado la ansiedad que a veces llegaba a sentir porque se me iba el moreno, sino que estoy en una fase de mi vida en el que me da absolutamente igual estar o no estar bronceada. Creo que ahora mismo hay muchas cosas que prefiero hacer a cubierto antes que estar forzando a mis células a crear melanina constantemente para protegerme de una agresión como son los rayos de sol.

Bronceado pero sano

Aprovechando que nos faltan escasos días para el verano, que ya aprieta el calor y que este martes 13 de junio fue el Día Europeo de la Prevención del Cáncer de Piel, debemos tener en cuenta una serie de cosas si queremos tomar el sol con seguridad.

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Los consejos han sido sacados de de la nota de prensa del Hospital Vithas Nisa Pardo de Aravaca.

1. Protector solar antes de la exposición al sol y renovar, sobre todo después de cada baño (por mucho que diga que es resistente al agua, que más vale prevenir que curar). Ya sé que es un rollo tener que estar pendiente de la crema y que sin una madre detrás que nos lo recuerde se nos olvida la mayor parte de las veces, pero hay que hacerlo.

2. Nada de sesiones maratonianos al estilo “vuelta y vuelta” bajo el sol y sobre todo evitar la exposición solar entre las 12 y las 16 horas. Es decir, si quieres echarte la siesta, hazlo a la sombra pero nunca bajo el sol que es cuando más pega (y cuando más dañino es).

3. Adiós a las sesiones bronceadoras con lámparas de rayos UVA. No es obligatorio que siempre estés morena. Estas máquinas contribuyen a la aparición de cánceres cutáneos y aceleran el envejecimiento. Sales más morena, sí, pero con más posibilidades de padecer cáncer y más vieja.

4. No exponer a insolación directa a los niños menores de 3 años y ponerles siempre crema con un alto factor de protección. No olvidemos que la piel conserva la memoria de todas las radiaciones recibidas. Es por eso que cuanto más importante ha sido la dosis, mayor es el riesgo de la aparición de cánceres en la edad adulta.

5.  Salir a correr, montar en bici, irte de compras por Gran Vía… Podemos quemarnos realizando cualquier actividad al aire libre, así que échate crema antes de salir de casa.

6. Lo de que si está nublado/llueve/hay nieve etc el sol no pega, es falso.

7. Ropa protectora como gorras y gafas de sol con cristales homologados filtrarán los rayos UVA y UVB. A los niños, además, ponerles camisetas secas y opacas: una camiseta mojada deja pasar los rayos UV.

8. Secarse bien después de cada baño. Nada de secarse al sol presumiendo de tu nuevo bikini ya que el efecto lupa de las gotas de agua favorece las quemaduras solares y disminuye la eficacia de los protectores solares (sí, aunque sean resistentes al agua).

9. Beber agua a menudo. El sol deshidrata nuestro organismo. Vigilar especialmente a las personas mayores, cuya sensación de sed está atenuada, y a los niños, cuya necesidad de agua es importante y sus centros de termorregulación son todavía inmaduros.

10. Si ves que una peca o lunar ha cambiado de forma, tamaño o color, no lo “dejes estar” y consultar a un dermatólogo. Puede ponerse feo.

Los consejos definitivos para tener un “cuerpo bikini” este verano

Cuando los anuncios de colonias se ven sustituidos por otros de supuestas pastillas adelgazantes milagrosas o cremas reductoras sabes que es el momento de ponerse manos a la obra en el “cuerpo bikini”, ese que siempre se empeñan en que tienes que conseguir como si fuera una condición imprescindible para pisar la playa. Han montado tan bien la estrategia comercial que todas queremos tenerlo. Así que aquí tenéis, bajo mi punto de vista, algunos consejos que os ayudarán a conseguirlo:

  1. Bebe líquidos, sobre todo en buena compañía y en abundante cantidad. No, no estoy hablando de que te hidrates a base de mojitos o cubatas. Vale que una vez al año no hace daño pero lo suyo es que dejes todas las bebidas alcohólicas (incluyendo la sangría y el tinto) para ocasiones especiales. Los refrescos y sus azúcares también entra en esta categoría. Y no ya porque sea casi verano, sino porque para tu salud no son buenos. Si, como a mí, el agua no te apasiona, puedes hacerte infusiones o aguas saborizadas con rodajas de lima, limón y pepino. Importante tener cuenta que estarás haciendo trabajar al riñón constantemente por lo que más te vale estar en sitios con el baño cerca.
  2. Un poco de ejercicio al día. No digo que te apuntes a dos meses del verano al gimnasio, que eso no funciona así, pero sí que te cojas el reproductor de música y salgas a correr, si no quieres correr, a andar, si no aguantas el ritmo de andar, pues a pasear. Aprovecha los atardeceres veraniegos que son un regalo para los sentidos y te harán desconectar.
  3. Come sano, que no poco ni mal, no digo que te pongas a dieta, pero sí que te alimentes de manera equilibrada, que adquieras buenos hábitos y los mantengas el resto del año. Es la temporada de las ensaladas y de las frutas con alto porcentaje hídrico. Son alimentos jugosos, crujientes y frescos. Te permitirán hacer una digestión ligera, lo que significa que no caerás al sofá resoplando como un rinoceronte cada vez que termines de comer.
  4. La celulitis, la flacidez, las estrías, la cicatriz de la pierna derecha, la de la cesárea, el culo enorme, el culo plano, las tetas caídas, el pecho inexistente, la piel de los brazos que cuelga, las arrugas del escote, los tatuajes verdes comidos por el sol… Todo ello eres tú, así que, ¿qué tal si en vez de seguir insistiendo en esconderlo, este año, por fin, te reconcilias, lo abrazas y te aceptas tal y cómo eres?
  5. Cómprate un bikini o un bañador. Uno que te guste. Póntelo. Vete al espejo y siéntete preciosa. El único requisito para tener un “cuerpo bikini” es enfundar el tuyo en uno.