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Me duele ser mujer

Me duele ser mujer. Me duele más que nunca. Como si el peso de mi género me hubiera caído sobre los hombros de tal manera que no pudiera ni mover un solo dedo de la mano.

Me duele pensar que ahí fuera hay una hermana, amiga, hija, prima, vecina, clienta, socia, colega de cola de baño de discoteca, a la que han forzado, han vejado, han destrozado física y anímicamente, han reducido a la nada en contra de su voluntad y la juzgada ha sido ella.

Me duele ser mujer y me duele que mi valor haya estado dictado en una sentencia que ha transmitido un mensaje que ha llegado a todo país: viólame, fuérzame, méteme la polla por dónde, cómo y cuando quieras, que, a fin de cuentas, el precio te va a salir barato. No va a llegar a 9 años de tu vida, así de poco, así de sencillo. Que de hecho luego será menos, se te va a quedar en nada. Así que ahora que me veas por la calle ( a mí o a cualquiera de mis compañeras), si antes dudabas, ya no creo que te lo vayas ni a pensar dos veces

Me duele la vagina del peso que siento que ahora mismo acarrea haber desarrollado un par de tetas. Me duele que mi vida valga tan poco, que el aire sea más pesado que una sentencia que, de ligera, ha quedado en etérea.

Me duele que siga sintiéndome indefensa. No ya solo por las manadas y jaurías que hay ahí fuera, educadas en que la mujer es como su consola o una fiesta, algo para pasar un buen momento cuando apetezca, sino porque ahora ya sé que nadie va a hacer nada por detenerlas. Y que, aún si lo hacen, no pasará mucho hasta que vuelvan a estar fuera. Porque la justicia, esa que nos venden como una efigie de una mujer con una balanza, es en realidad un monstruo llamado machismo, y en sus manos, lo que empuña, es una desigualdad lacerante que está de parte de la justicia patriarcal.

Me duele que no he ido (ni iré) en mi vida a unos San Fermines pero da igual porque NUNCA VOY A ESTAR A SALVO. Nada garantiza mi integridad física, ni el lugar, ni el momento del día, ni estar sola ni estar acompañada. Porque esto le podría haber pasado a cualquiera.

Me duele llegar a casa y pensar que esa noche he tenido suerte porque he llegado entera. Me duele pensar que si me pongo una ropa u otra, si voy maquillada, serán atenuantes porque “está claro que lo iba pidiendo a gritos” y dirán que lo tengo merecido porque “iba buscando guerra”. Me duele también pensar que mejor no me pongo esos tacones por si tengo que correr.

Me duele que se desarrolle ropa interior “anti violaciones”, un anillo especial para defenderme si me atacan mientras he salido a correr o unos pantalones para guardar un arma en vez de concienciar de que no necesitamos ser defendidas sino ser respetadas haciendo comprender que “NO” es “NO”.

Me duele tener que estar preocupada por mis amigas, porque no me han mandado el mensaje de “Ya estoy en casa” y no saber si de camino, o en su propio portal, les puede haber pasado algo. Y creedme, es algo que me duele cada vez que salgo desde que tengo 16 años. No sé si alguna vez dejará de dolerme por mí o mis amigas, pero independientemente de ello, sé que empezarán dolores nuevos por una posible hija o sobrina.

Me duele que, desde el 26 de abril, si me violan, solo tengo dos opciones: o gritar, morder, arañar, rebelarme con todas mis fuerzas hasta que alguien, haciendo uso de su superioridad física (o numérica) me deje inconsciente o me mate, ya que la resistencia no es algo que vaya a detenerle. O bien mi otra opción: quedarme callada, asustada, recogerme a un rincón de mi cabeza y rezar a todas las deidades que se me ocurran para que pase rápido y pueda continuar un día más con vida, en cuyo caso, mi agresor, por mucho que me duela, será juzgado de otra manera.

Me duele pensar que no soy yo la que decide sobre mi cuerpo. Que dependo de que ningún hombre quiera hacerlo suyo por la fuerza. Me duele que ya no es una cuestión de sexo, dejó de serlo hace tiempo, sino de poder. De que realmente hay hombres que se creen en su derecho de hacer conmigo lo que quieran.

Me duele ser mujer, a mí y a tantas personas que se han manifestado en sus ciudades, a través de redes sociales, de whatsapps, de llamadas, de tuits… En definitiva, haciéndose eco de una situación que nos ha tocado cada fibra, que nos ha puesto la piel de gallina y nos ha dejado con la sensación de que, por mucho que nos lo vendan como un desenlace justo, no lo es.

Porque en los cuentos que nos leían de pequeños nunca nos habían contado que el malo vivía feliz por siempre jamás mientras era la princesa la perseguida, la hostigada, la culpable, la cuestionada.

Ellos 9 años (si llega) en la cárcel, ella, el resto de sus días recordando ese paso por el puto infierno.