Azul II

Por Sara Levesque

 

Y entonces, la vi. Una mujer diferente a las demás que me hechizaba porque no seguía el maldito guion. Con piernas tan eternas dentro de su pantalón verde tirando a marrón. Aparentaba una silueta angulosa desde lejos, apuñalando el suelo con sus zapatos de tacón. Sus cabellos cobrizos de seda natural, más esponjosos que el algodón, me hicieron creer que era la viva imagen de la pasión. De piel de raso tropical, quise esnifar su aroma por completo, aunque, por defecto, me llevase un sonoro bofetón.

Su flor fue lo que más me enamoró. No era de las que se ponen en la solapa o tiesas en un jarrón. Una flor en la que, cuando hace calor, siempre apetece darse un chapuzón y, si el clima es frío desilusión, reconforta más que atiborrarse en la soledad devorando un bombón. De la que nunca te sacias y se lo expresas gimiendo a pleno pulmón. Aquella flor exótica entre su jardín sin corrupción brotaba brillando con cada lametón. Parecía estar en llamas y resultó ser ese tipo de luz que uno tanto ama sin pedir perdón.

Y entonces, apareció junto a ella. Existía una mariposilla que se atrevió a volar. Sus alas eran las más alegres que haya apreciado mi mirar. De colores vivos, teñidas de un potente amarillo solar. En cada una se apreciaba un punto azul verdoso simulando el tono del mar. Su revoloteo era muy irregular, casi podría asegurar que rozaba lo bipolar. Cuando la sentía, solo ansiaba empaparme con su aletear.

Ascendía por mi vida exhibiendo su estelar danzar y descendía por mis miedos, que solo ella era capaz de abrazar cuando me echaba a temblar. Habitaba en mi pancita, ahí practicaba su gran salto mortal. Sabía que no me quería dañar, pero surcaba mis días con tanta ferocidad que, a veces, me lograba asustar. La mayor parte del tiempo me hacía sentir fenomenal, audaz, valiente y colosal. Debo confesar que, en ocasiones, deseaba que se largara y me dejara en paz.

Esa mariposilla revoloteaba sin parar. Impregnada del aroma de ella, que no me cansaba de esnifar. Así me susurraba que no me olvidase de que la quería recordar, de que no me dejase amilanar si algún día encontrase el valor necesario para preguntarle si le apetecía que nos ilumináramos un ratito en particular.

Ella no sabía de género, tiempo ni edad. Solo vivía en mí porque le rodeaba su esencia tersa y veraz. Me confesó que aborrecía el frío polar. Y yo aprendí a mudarme del hielo al que llamo hogar para que no se sintiera dispar. Construí para ella un cálido lugar repleto de flores de mil colores por las que pudiera retozar. A mi mariposilla le confesé desde la oscuridad de mi soledad que, de aquella mujer diferente a las demás, me llegué a enamorar.

Es verdad que nos unió el color del optimismo y la bonanza: el azul.

Azul celeste. Azul silvestre. Azul de cualquier techo que se acueste. Azul añil. Azul abrazando todo el mes de abril. Azul pacífico. Azul nada terrorífico. Azul calma. Azul comiendo de mi palma. Azul con que mi corazón se empalma. Azul que revive la paz en mi alma. Azul zafiro. Prefiero el azul del estanque del Retiro. Azul del arbitrario aire que aspiro.

Azul Antártida helada. Azul frescura abrigada. Azul aguas marinas. Azul de las ascuas en ruinas. Azul para bañarse. Azul donde sanarse. Azul para chapotear. Azul similar a un sosegado mirar. Azul lágrimas de cristal. Azul lluvia torrencial. Azul temporal bajo el que charlar. Azul abrigándonos al son de su ventoso cantar.

Azul taciturno cielo nocturno. Azul nomeolvides. Azul tú decides. Azul burbuja. Azul que el firmamento sobre el mar dibuja. Azul que a sus aguas empuja. Azul de tus vaqueros. Azul chapoteo o crucero. Azul marino. Azul para bailar blues saboreando un vino. Azul delfín. Si su azul representa la tranquilidad, que sea un azul sin fin.

© Sara Levesque

 

 

 

¿Nuestro Orgullo?

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)

 

 

Educación y colectivo LGTB+: una necesidad activista

Por Elena Flores

 

Ahora que está cerca la fecha del Orgullo, vemos a miles de abanderados LGTB+ alzar la voz para clamar por la necesidad de políticas y espacios seguros para el colectivo. El mes de la diversidad se convierte cada año en una gala donde influencers, empresas y políticos aspiran a ganarse los likes de un colectivo sensible que en junio se convierte en marca y el resto del año se ve ninguneado por el devenir capitalista y patriarcal.

La realidad es que cada junio el pinkwashing reaparece para apropiarse de una reivindicación que los activistas mantenemos los 365 días del año. Sin embargo, hay entidades que se suman a esa ola de venta que favorece que los pregones y las galas de premios, incluso las marchas —que han pasado a llamarse coloquialmente cabalgatas del Orgullo con todo lo que su semántica implica— se llenen de supuestos aliados que lo único que hacen por el colectivo es cobrar por ceder su imagen para vender el mensaje de que todo está ganado.

Sin embargo, este año parece que el devenir del mensaje reivindicativo es otro y que, al fin, estamos poniendo el foco en algo que podría ayudarnos realmente a lograr los objetivos que la agenda LGTB+ se marca. Por fin, alguien ha tenido la inteligente idea de reivindicar la Educación como garante de derechos y dejarse de ahondar en cuestiones superficiales que no arreglan nada si no modificamos el sustrato.

Como profesora me siento en la necesidad de decir alto y claro un “ya era hora”. Pero es que, además, como profesora que sufrió acoso laboral por ser lesbiana, asumo aún más la necesidad de que este año empiece a ser un antes y un después a la hora de plantearnos cuáles van a ser las peticiones que generemos a la hora de reivindicar derechos y cuáles van a ser las líneas que se sigan a partir de este momento.

Para mí—y creo que para muchas otras personas también— es esencial que sean la Educación y la Cultura las que sustenten el cambio que tanto perseguimos, pues estas son el único garante de democratización y liberación de estigmas que tenemos al alcance de nuestras manos durante todo el año y no cuando nos convertimos en el objeto de una campaña de marketing.

Ahora que a muchos políticos se les llena la boca hablando de Educación en valores, mientras que los discursos reaccionarios colonizan Europa, es el momento de incidir en que los valores más importantes para una estabilidad política y de paz son la tolerancia y el respeto.

Por eso es hora de asumir que, frente a lo que ocurre según ha concluido el estudio de la FELGTBI y CC.OO donde se corrobora que 4 de cada 10 docentes sufrimos actos de LGTBIfobia durante el desarrollo de nuestra labor docente, asegurar que el profesorado y todos los agentes educativos mantengan ese diálogo de tolerancia de manera incesante debe ser nuestro objetivo primordial.

Por eso ahora que quedan pocos días para que llegue el 28 de junio y salgamos a la calle a reivindicar nuestros derechos, planteémonos de dónde venimos y hacia dónde vamos para que a partir del 1 de septiembre, cuando llegue la vuelta al cole, sepamos cuál va a ser la línea argumental que vamos a seguir para erradicar el odio que contra nosotros se vuelca.

 

Rainbow pride flag flying in the daytime breeze. Original public domain image from Wikimedia Commons

Hasta aquí hemos llegado

 

Hoy recomendamos «Hasta aquí hemos llegado», un libro colectivo publicado por Egales, con prólogo de Eduardo Rubiño, que sigue estando de gran actualidad.

El movimiento LGTBIQ+ parece estar en horas bajas. El mensaje que lanzan las asociaciones y colectivos tradicionales llega a la ciudadanía cada vez con mayor dificultad mientras los discursos de odio siguen avanzando de manera imparable.

Pero ¿existe otro activismo fuera del asociacionismo? Fuera de esos ámbitos, hay muchas más voces dispuestas a ofrecer ideas nuevas. Hay activismos más allá del activismo tradicional que conocemos y ha llegado el momento de hacer resonar esos mensajes que pueden abrirnos nuevos caminos y devolvernos la esperanza en un futuro mejor que tanto necesitamos. Es el momento de pararnos a conversar entre nosotras y gritar con rabia: «¡Hasta aquí hemos llegado!».

«Hoy más que nunca necesitamos sentir que allí donde alguien sufra una agresión no va a encontrar soledad, sino una familia dispuesta a protegerlo. Necesitamos ocupar con la cabeza bien alta todos los espacios sabiendo que nos tenemos los unos a los otros. Y que quienes se atreven a atacar a alguien por vestirse de una determinada manera o por ir cogido de la mano con su pareja sepan también que no van a quedar impunes y que tendrán respuesta. Sabemos que la LGTBIfobia se combate sobre todo abordando las causas, apostando por la educación, transformando la cultura y cerrando la puerta a los que inoculan y construyen el odio».

Del prólogo de Eduardo Rubiño

Con textos de:

Juanma Samusenko

Enrique Aparicio

Darío Gael Blanco

Elena Marín Serrano

Ártemis López

Carlos Carvento

Arte Compacto (Juanra Sanz y Bernardo Pajares)

Lidia García

Nacho Esteban

Carlos Barea

Vicent Lozano Gil

Jimena González Gómez

Ramón Martínez

 

Si empezáramos de nuevo

Por Sara Levesque

 

Si empezáramos de nuevo, ¿sabes lo que haría? Te cantaría con mi voz desigual y algo apagada para que lloviera y tú empezaras a recitar tu más bello poema, empapándome con él, mojándote conmigo.
Si comenzáramos de cero, no me importaría calarme de los huesos al alma con cada uno de tus versos, los que detienen el corazón y los que lo aceleran en exceso.

Si volviéramos al inicio de aquel otoño por la tarde, yo te mostraría cómo puse fin a una timidez que no me condujo más que a perderme en el silencio de ninguna parte.

Si me dejara de tonterías, mataría encantada todas tus dudas y las mías con un beso interminable, aunque durase tan solo un segundo.

Si la distancia no supusiera un dilema, dejaría de emborronar mis cuadernos con palabras bonitas sobre ideas suicidas para iluminarlos con lo más hermoso del mundo, que empieza en tus ojos y nunca termina.

Si me volvieras a sonreír como hacías siempre, yo te querría más que nunca. Te escribiría en prosa o en verso palabras de esas que, según las vas leyendo arrancan la mordaza y vas sonriendo.

Si dejaras de oírme para escucharme, si abrieras los ojos para verme en vez de mirarme, entenderías que yo siempre he querido saberte feliz, y te acompañaría encantada en cada tropiezo que te haga sangrar cualquier cicatriz… aunque sea lejos de Madrid. Porque tu corazón es el mejor destino para mí.

Y que yo te quise causar de todo menos dolor, y quitarte cualquier cosa que te borrase la felicidad, alejarte de lo peor.

Tuve más miedo de mí que de lo que me hacías sentir.

Y que no te querré para siempre, porque mis palabras son guiones sin escribir, pero sí te amaré todo el rato que nos dure ese momento. Y de nosotras dependerá si lo queremos o no hacer eterno.

Si nos diéramos una oportunidad en condiciones, no volvería a enumerar las estrellas del cielo todas esas noches que no estuviste junto a mí, y pasaría a contar las veces que brilla la luna en tus pupilas cada vez que me miras. Dejaría de planear una guerra en el lado de los buenos autores o los malos soñadores para hacer el amor contigo en la misma cama y sanarnos los escozores. Revolvería todas las palabras del mundo hasta encontrar unas que rimen sin que nos timen.

Ahora que sé ser sincera, si empezáramos donde quisimos una vez, no volvería a dejarme arruinar por mi timidez.

Quizá sanaría las heridas que me he ido abriendo en este camino de años fingiendo, nadando a contracorriente en los recuerdos del ayer persiguiendo por doquier algo imposible de sostener.

Traficaría con los sentimientos, recorrería los lunares de tu espalda y de todo tu cuerpo, perdería mi norte por el sur de tus caderas y le aullaríamos al cielo nocturno como dos fieras. Te regalaría un sueño y mil estrellas más la luna, porque a ti te sigo amando como a ninguna.

Si me dices que sí, yo giro el mundo para que siempre te dé el sol y te acompaño en las tinieblas cuando sientas que has perdido el control.

Quiero regalarte una idea, dos relatos, tres palabras e infinidad de novelas y textos desde el foso de mi abismo. Tú fuiste el poema todo el tiempo. Tanto buscar las palabras adecuadas… Y no salían de tu boca sino de tus pupilas.
Busco un relato para antes de marcharme. Una novela que refleje lo que un día brilló en mí. Un verso desde el ventanal.

Un poema de la chica cobarde de Madrid que tropezó con el paso que debía dar una noche de abril. Quiero dar vida a la vida con una rima y que tú le otorgues la entonación que se te antoje.

Un relato capaz de cerrar a versos las cicatrices de cada duda fallecida. Un relato con el que lanzarnos a bailar y regalarnos el abrazo que nos alcanzamos a negar. Un abrazo que a ti se te ha llegado a olvidar y en el que yo no me paro de ahogar.

Si empezáramos de nuevo, te acariciaría con mi mirada y nunca más me mentiría. Te prometería una sonrisa cada día y jamás me escondería.

Pues sí, encanto, eso es lo que haría.

© Sara Levesque

 

Paradigma Lemebel

 

 

Hoy recomendamos Paradigma Lemebeldel escritor Ariase Barreta, publica Kaótica Libros.

Este ensayo se propone el objetivo de leer la obra de Pedro Lemebel en relación con sus aspectos políticos, ideológicos y de reformulación semántica de la realidad contemporánea.

Ariase Barretta se ha centrado sobre el concepto mismo de contemporáneo y sobre la superación de los límites de la modernidad que aparece evidente en las obras del escritor chileno. De allí ha llegado a proponer una lectura de su trabajo como posible expresión de la Transmodernidad. El primer paso ha sido reconocer en su escritura una forma constante de transtextualidad, como reflejo del magma fluctuante transmoderno, de las dinámicas de la cultura globalizada y de la transmisibilidad de información en tiempo real.

Ha reconocido, además, en todas las expresiones artísticas del escritor una constante «impertinencia», o sea una «necesidad/deseo» de oponerse al orden estructural impuesto por el conformismo, en primer lugar, el de la dictadura de Pinochet. El autor ha investigado la relación entre el pensamiento crítico y político de Lemebel, las principales corrientes de los estudios queer y algunos fenómenos socio-culturales y filosóficos como la identificación, el sacrificio y la sacralización del «chivo expiatorio», según la definición de René Girard, y la interpretación de la realidad como «mundo justo», según el modelo pro-puesto por Melvin J. Lerner. Este proceso de análisis se ha realizado teniendo siempre en consideración la dialéctica de la Transmodernidad.

Ha reconstruido aspectos importantes de las Teorías queer en el ámbito de la filosofía política crítica para identificar dentro de la obra de Lemebel elementos asociables a varias teorías con una fuerte connotación de carácter político revolucionario, como el Freudo-Marxismo, el Constructivismo radical, las Teorías antisociales y las nuevas Teorías utópicas. En estas últimas ha reconocido las principales correlaciones con la Transmodernidad, que se ha caracterizado desde siempre por su recuperación de elementos utópicos que se habían perdido en la evolución del pensamiento posmoderno. Por último, ha hipotetizado una posible ubicación identitaria del autor en un ámbito extraño al de las teorías analizadas y asociable a una forma de identificación pansexual arquetípica, anterior a todas las definiciones modernas, de carácter arcaico y proto-queer.

 

¿Quién soy?

Por Sara Levesque

 

Soy como un bebé, duermo mejor desnuda y con un pecho rozándome la anatomía de la nuez. A veces me dan ganas de berrear acentuando con hincapié todo aquello en lo que me reflejo, todo lo que jamás negaré. Solo sé que, aunque con tropiezos me tambalee, nunca me equivoqué.

Soy como una adolescente que se cree capaz de afrontar los problemas de frente, a la que le resbala si el gentío es honesto o miente. Por algo estoy carente de inconvenientes en la mente manteniendo mi esperanza aún vigente.

Soy como una adulta, no me importa recibir la mejor crítica o una gran multa. Lo que no hago es sepultarme cuando el camino se dificulta, aunque me disparen piedras desde una catapulta.

Soy como una vieja, pienso mucho en que no deseo cerca a la muerte pelleja. Demasiado mayor como para cambiar, muy a gusto de ser la más negra de las ovejas. Ya no malgasto los días que me queden con estúpidas quejas.

Sobre todo, soy un ser viviente, lúcido y consciente de que se culpa a la existencia por los errores de la gente. Si queremos que cada paso cuente hay que empezar por comprender que, de nuestros patinazos, la vida es inocente.

Aprendo como un alumno aplicado que en la escuela de escritores se ha escolarizado.

Escribo sentada en un pupitre de oficinista, ya sean novelas o colaborando en una revista.

Cuando el dinero impone su poder corpulento, me siento como una p**a vendiendo lo que invento sin poder intercambiar cariño con el aliento.

Hago malabares con las ganancias económicas al recitar en los bares.

Me agoto el pensamiento reflexionando sobre la moral de cualquier argumento.

Observo con dos ojos o cuatro todas las ofertas que idolatro.

Graduaba la audición hasta que aprendí a no seguir el guion.

Edifico desde el suelo una torre de manuscritos que le rasca la panza al cielo.

Diseño un estilo de vida a los personajes, sean secundarios o principales. Decoro sus hogares desde el techo hasta los cristales, les maquillo todos los modales y hasta esbozo sus gustos musicales.

Viajo junto a ellos por paisajes de lo más bellos, donde los matasellos, en vez de barreras, guardan destellos.

Les ordeno si deben pensar como progresista o conservador, me comporto con ellos como un dictador.

Cuando me entran las prisas escribo para ganar la maratón, aunque sea la única participante en la competición. Suena igual de irracional que ver a cien policías huyendo de un único ladrón. Hasta me los cargo si estorban en mi narración —ventajas del mundo de ficción—.

Me gusta toda la vida, cada profesión y mi color favorito es el gris. Hoy soy más gris que nunca.

Gris perla oculta y encontrada. Gris ceniza de cigarro requemada. Gris herida remendada. Gris más duro que el plomo, indestructible ante las malas jugadas. Gris olvido de lágrimas lloradas. Gris neblinoso de penas foll**as. Recuerdo grisáceo de emociones encontradas. El gris resultante al mezclar los tonos de un piano de madrugada. Gris hollín de melancolías incendiadas. Gris sin fin por revivir toda esperanza pisada. Gris asfalto, gris calzada o gris del camino que nunca acaba. Gris diferente al que me trata a patadas. Gris de navegar sin rumbo, desorientada. Gris grafito de escritura ilimitada.

Puede que en mi cabeza se empiece a descubrir un gris canoso, pero no me siento triste, aunque el amor me resulte a veces apestoso: soy un gris precioso.

© Sara Levesque

La ‘Academia de Geras’ Un novedoso proyecto para conseguir un envejecimiento LGTBI saludable

La Fundación 26 de diciembre lanza La Academia de Geras, un proyecto que busca formar a personas mayores de 50 años LGTBIQ+ para mejorar su conocimiento sobre el proceso de envejecimiento; y prepararlas para este momento vital que es continuo, heterogéneo, universal e irreversible.

Se trata de aprender a envejecer y comprobar cómo un envejecimiento feliz y saludable es posible si se sabe cómo.

La Academia cuenta con una web www.academiadegeras.com que incluye el cuestionario ‘¿Qué seré de mayor?’ para recabar datos sobre los hábitos y las actitudes relacionadas con el envejecimiento saludable en el colectivo LGTIBQ+

Como se expuso en el Informe de la ponencia de estudio sobre el proceso de envejecimiento en España, presentado en el Senado en 2022 por la Presidenta de la Comisión de Derechos Sociales, cerca de un millón de personas mayores en España pertenecen al colectivo LGTBI+.

En el citado informe se expuso también que el envejecimiento, desde el punto de vista social y cultural, parece haber dejado de ser una más de las etapas vitales para convertirse en un estigma. Una etapa que se invisibiliza y en gran medida, se niega y se oculta de lo público.

En este sentido, deviene especialmente relevante destacar la incidencia de esa invisibilización en un sector de la población que ha estado de por sí tradicionalmente invisibilizado, como es el caso de la comunidad LGTBI+, una comunidad que ha comenzado a conquistar espacios de visibilidad, igualdad y reconocimiento social en las últimas décadas.

Por todo ello, para atender las situaciones de doble discriminación que existen en el sector de población mayor que pertenece a la comunidad LGTBI+, la Fundación 26 de ha creado la Academia de Geras, un proyecto que tiene como objetivo reforzar las redes de apoyo y la creación de sinergias y evitar el aislamiento de las personas mayores del colectivo, con especial atención a las del medio rural.

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

Este proyecto de formación y sensibilización, financiado por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 para la promoción de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, se basa en una metodología experiencial y participativa dirigida a generar un aprendizaje significativo en las personas destinatarias sobre envejecimiento saludable en el colectivo mayor LGTBIQ+, a través de una academia itinerante y online.

Uno de los pilares de esta academia es la web www.academiadegeras.com, que incluye el cuestionario ‘¿Qué seré de mayor?’, donde se recabarán datos sobre las necesidades y temáticas que resulten de mayor interés y desean abordar las personas mayores. También se han creado perfiles en las redes sociales que más usan las personas mayores de 50 años: Facebook e Instagram.

Asimismo, el proyecto se difundirá en cuatro eventos del Orgullo LGTBIQ+ en Badajoz, Madrid, Lugo y Maspalomas, donde se realizarán acciones de calle; y en tres academias itinerantes en Madrid, A Coruña y Alcázar de San Juan, donde se desarrollarán talleres y ponencias en colaboración con entidades locales.

La primera de estas acciones de calle se llevó a cabo este sábado 1 de junio en las Fiestas de los Palomos de Badajoz. Allí hubo una carpa informativa donde personas trabajadoras y voluntarias de la Fundación 26 de Diciembre explicaron a los asistentes cómo un envejecimiento feliz y saludable es posible si se sabe cómo.

 

Recluta de mierda. Historias de un gay en la mili

Pablo Morterero (@pabloMorterero)

 

Leyendo “Recluta de mierda. Historias de un gay en la mili” de Francisco Antonio Macera Garfia, he revivido la angustia (olvidada por otra parte bajo toneladas de recuerdos) con la que viví los años previos a incorporarme a filas, aplazada primero por estudio y de la que más tarde me libré declarándome objetor de conciencia, días antes del fatídico momento.

No dudo que para muchos, hacer la mili fue una experiencia extraordinaria, posiblemente más por la tendencia a idealizar el pasado o recordar sólo los buenos momentos de la juventud perdida, pero para la mayoría de la población masculina de la época, cuanto menos eran 13 meses perdidos, y en lo peor, un suplicio sin paliativos.

Es curioso que una vivencia que afectó a millones de hombres, haya dejado tan poca literatura. A nivel general, solo recuerdo “Morirás en Chafarinas” de Fernando Lalana. Seguro que habrá más de carácter autobiográfico, pero sorprende que no exista incluso estanterías con dicha temática en nuestras bibliotecas y librerías.

Macera, un chico bastante inocente y muy creyente de principios de los setenta, relata en su libro autobiográfico sus experiencias en un ignoto Centro de Instrucción de Reclutas (CIR), cuyo nombre omite el autor, pero que no debía estar muy lejos de la ciudad de Sevilla, a pesar de que tardara ¡casi cinco horas en tren! un frío sábado de enero de 1972. Veinte años después, en cinco horas podías ir y volver de Sevilla a Madrid. ¡Cómo cambió España tras la muerte del dictador!

La amena lectura hace que sus 390 páginas pasen como un suspiro, lo que ayuda su carácter epistolar con un desconocido amigo, cuya inicial es T. Como nos informa el autor, “Recluta de mierda” se sustenta en un diario donde durante la mili fue apuntando sus experiencias, que para hacerlo ilegible utilizaba un criptografía que a la postre no fue tan discreta como pensaba.

Posiblemente, la mili de Macera, para su pesar, no fue el paradigma de la mayoría de los chicos homosexuales y bisexuales que reemplazo tras reemplazo, sufrían un sistema violento, arbitrario y doloroso. Sin llegar a los niveles que sufrió el autor más por su inocencia que por su rebeldía, millones de hombres padecieron meses bajo una disciplina castrense cuyo objetivo real no era defender la patria, sino sustentar un régimen corrupto y enriquecer a miles de militares que saqueaban los cuarteles, como tuvo la desgracia de descubrir nuestro autor. Un saqueo completamente legítimo, debían pensar, como vencedores de la cruzada nacional del 36.

Pero la novela no sólo muestra el carácter violento y arbitrario sobre el que se sustentaba el servicio militar obligatorio para la mitad de la población, sino que además refleja las violencias ampliamente interiorizadas por una sociedad, la española, sometida a tres décadas de tiranía franquista.

Tan interiorizadas que se volvieron invisibles, y que hoy observamos con horror cuando una novela o un documental (como el reciente de la cadena CUATRO sobre el Patronato de Protección de la Mujer, “Las Descarriadas”) nos lo muestra sin paños calientes. De esa forma, los protagonistas de “Recluta de Mierda” viven las violencias sin cuestionarlas, como parte del “decorado” del CIR, aspirando, como mucho, a evitarlas sin señalarse.

“Recluta de mierda. Historias de un gay en la mili” no es solo una entretenida novela, recomendable para cualquier público, sino además esencial para todas aquellas personas que hoy se identifiquen como “queer”. Porque también se trata de un documento fundamental de memoria LGTBI, lejos de los grandes relatos de la acción militante. Porque nuestra memoria se basa, sobre todo, en la lucha cotidiana por la supervivencia en un sistema hostil, violento y doloroso.

«Recluta de Mierda. Historias de un gay en la mili», Francisco Antonio Macera Garfia. Editorial Punto Rojo, Libros. ISBN 979-83-89989-54-2.

Paco Macera es un activista LGTBI que inició su militancia en el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria (MHAR) de Sevilla y que a lo largo de su vida ha mantenido el compromiso con la lucha por la libertad para vivirse y vivir plenamenta la corporalidad, la identidad y la orientación.

Y a lo mejor te escribo…

Por Sara Levesque

 

 

Querida:

Ojalá algún día pudieras entender lo que intento recitar de la manera en que me hago menos daño(s). Para mí no es un trabajo. Es un idioma. Una lengua. La única lengua con la que nos podemos unir tú y yo. La única con la que alcanzamos a besarnos.

Ahora que he abierto los ojos para mirarte y después verte sin dar rodeos, a ser sincera primero con mi corazón y después contigo tachando los «pero», yo no quería dejar pasar otra vez la oportunidad de cogerte de la mano y contarte a caricias un secreto. Te confesaré que mi insistencia por verte era para susurrarte cuánto me encanta tu dulzura y tu mala hostia. Tus bufidos de desesperación y los latidos esculpidos de tu corazón. Que aún ansío darte un beso en vez de dos a las tres de la mañana, que me muero por sanarme de la ausencia de tu cariño en la playa de Ojalá.

Escribir no es mi trabajo, es mi idioma. Mi forma de decir lo que hablando no me atrevo a descubrir. La manera en que me entiendes porque también escribes; porque también lloras cuando tus poemas te estrujan el alma sin compasión. Porque solo otra artista de las palabras puede intuir lo que pretendo desvelar así. Porque hablamos el mismo idioma. Y si ves que mi relato no te seduce, avísame que recojo los restos del cenicero y me voy a escribir bajo otro aguacero, a seguir desenredando en versos mis «te quiero».

Recuerdo cómo pasear contigo se convertía en el mejor deporte. Y mi meta era llevarte a compartir palabras y cafés en el cielo de Madrid, en una casa encendida de hermosura, brillante y calurosa como tu sonrisa. En aquella casa que, junto a tu mirada, encendía Madrid.

Y a lo mejor te escribo cuando tú pasas de mí porque soy así. Porque me gusta darlo todo por una chica o una mujer que ya no es tan chica cuando a ella solo le sale un monosílabo. Y a lo mejor solo quiero saludarte porque tu respuesta, por escueta que sea, tiene el poder de arreglar mi día. Y a lo mejor te escribo porque estás igual de guapa, sino más, con tu cara de no haber descansado desde el último berrinche. Con tu pelo alborotado por una almohada que, más que relajarte, te desquicia las noches. Cuando al reír te dan ganas de llorar. Estás igual de guapa, sino más, con el guiño de la resaca bajo tus ojos porque ya no recuerdas la última vez que dormiste desnuda, o acompañada, que viene a ser lo mismo. Estás igual de guapa, sino más, con tu mala cara de haber trasnochado para escribir sobre el papel y no encima de su piel. Pero yo, que no (te) miro con los ojos, bailo el dedo por todas tus ojeras y te aseguro que, cuando sonríes, estás igual de guapa, sino más. Y a lo mejor, por eso, te escribo…

© Sara Levesque