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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Historias de Vida Trans: en eterna compañía del miedo

Historia de Vida Trans es la serie de textos con lo acercamos la historia de mujeres transexuales que nacieron en una España que las criminalizaba y se hacen mayores es una España que sigue sin querer mirarlas de frente. Hemos contado con Judith,  Monse y Yaneli, hoy es Raquel.

Por Nayra Marrero (@nayramar)

Se baja del taxi una señora mayor, aunque no aparenta los 70 años que sé que tiene, con su pelo rubio oscuro recogido en un discreto moño, tanto como el maquillaje que apenas sombrea sus pómulos. Anorak burdeos, pantalón azul… ¿Raquel? Se vira y me sonríe.

He quedado con ella para que me cuente su historia, para que sepa cómo es ser una mujer trans y haber nacido en 1947. De las mujeres que estoy entrevistando es la mayor, y aunque su historia es parecida al resto la cuenta distinto. Lo primero que me llama la atención es el género que usa, porque Raquel, que siempre ha sido mujer, intercambia el masculino y el femenino porque asume que otros la veían un chico, aún hoy la llaman por su nombre de varón, más de 40 años después de que un amigo la llamara por la calle Raquel, porque sus andares con aquél pantalón de pana rojo nada tenían que envidiarle a la Raquel Welch de las pantallas de cine.

Entonces ella ya estaba en hormonas, con las famosas Androcur que la ponían guapísima, con una piel tersísima y unas caderas maravillosas.

Pero si algo se repite en la historia de Raquel es la palabra miedo.

Miedo que le metieron los curas en el cuerpo y que le hicieron odiarse después de haber disfrutado la primera vez con un hombre, el novio de una amiga de sus hermanas, ese negro tan guapo que la acompañaba por las noches de vuelta a casa y que en una ocasión varió su camino para colmar eso que tanto ansiaban y que era un gran pecado por el que lloró toda la noche abrazada al cuadro de la Virgen del Carmen. Ella tendría 13 años y aún no sabía que era ella, pero sí que se enamoraba de ellos,  se le iban los ojos, y  aquello no debería ser así. Le cogió miedo al sexo.

Miedo el que inculcó su madre, tan tradicional ella y tan fuerte, esa madre que siempre lo supo todo y lo entendió, pero que le pedía que tuviera cuidado, que no volviera de madrugada, que no se metiera en líos, que no se fuera de la isla a cantar, como le hubiera encantado hacer cuando se fue José Vélez, que se quedara cerca.

Y terror, porque no era miedo era terror, lo que le producía la polícia:

 ¿Tú sabes lo que es salir de trabajar una noche por Triana y que te persiga un coche de la policía? Yo ya le tenía terror a la policía, como todos los homosexuales, porque te podían mandar a picar piedra a La Palma o a Fuerteventura. Pero yo iba a la parada de guagua y ese coche me seguía y en un momento paró y me llamó para preguntarme dónde iba ‘Móntese en el coche, yo le llevo’. Yo no quería pero me dijo ‘Móntese, que soy policía’. Llegando a la Iglesia de San José le dije que yo vivía por ahí pero me dijo que íbamos a dar una vuelta para hablar. Era un hombre guapo, con el pelo rizado y bigote. Yo no me olvido de una cara. En el barrio de El Lasso paró, abrió la guantera y me enseñó la pistola y la placa. Lo demás no te lo cuento pero fue una violación en toda regla. Cuando terminó me dejó en una calle grande, me dio 200 pesetas y me dijo que dejara de llorar porque eso era lo que a mí me gustaba. Estuve una semana sin dormir. Todavía es y a veces siento que me está siguiendo por detrás.

Y es que no era fácil ser  ella en la época en la que ella lo fue, porque entonces estaba mejor visto ser de los que se casaban con una mujer para acabar teniendo una doble vida o de los reprimidos, esos franquistas amargados que si se te cruzaban en el camino te hacían la vida imposible por pura envidia.

De estos se cruzó más de uno en su vida, como aquél encargado de la tienda Cortés en Triana que le tiraba las colillas al suelo después de que pasara barriendo para que no terminara nunca. Ese trabajo lo tuvo que dejar porque un día quiso pegarle, matarlo, fíjate tú, que era un señor mayor, y eso no podía ser.

Pero es que quitando al fotógrafo que la contrató para corregir negativos y colorear imágenes, ese que habló con un comandante para conseguirle un puesto de ordenanza para hacer la mili en la base de Gando, en Gran Canaria, en vez de en África, el resto de experiencias laborales no es que fueran muy positivas.

Algunos me contrataban, sí, entraba a trabajar y cuando me trataban decían ‘este niño aquí no conviene’. Y ¡pum! Para la calle.

Así que con 30 o así le pide al padre, que ya había vuelto de Venezuela, que le pagara un curso de peluquería con Juan Twins. Antes ella había estudiado hasta 1º de Bachillerato, y mecanografía y taquigrafía, y 3 años de pintura en las escuelas municipales pero tuvo que dejarlo, con la pena de sus profesores, para meterse a trabajar porque el dinero de su padre llegaba cuando llegaba y ellos eran muchos en casa. Y es que menos dos hermanos, que se quedaron allá, y su padre, que volvió más tarde, el resto estuvieron solo unos 9 años en Venezuela. La posguerra en la isla era complicada, sobre todo para algunos, y su padre, que rapsoda, que se juntaba con escritores, poetas… Llegado un momento se subió a un barco para pasar 40 días de viaje hasta el otro lado del Atlántico.

De él heredó su vena artística, que no sólo es la pintura, porque ella ha escrito siempre, incluso canciones, que la música se rebeló como su auténtica pasión. De joven la llamaban La Voz de Cristal.

Podría haber sido una estrella de la canción, copla, pasodoble, boleros, lo que se terciara. Grabó un disco que promete traernos a la oficina, pero cuando otros cantantes se fueron de la isla para intentarlo fuera, ella se quedó. Por miedo, ya ustedes saben, por lo que pudiera pasar allá fuera. Tuvo una segunda oportunidad cuando un grupo de amigas como ella se fueron a Bélgica a hacer cabaret e hicieron mucho dinero alternando, y se casaron, se operaron… Pero su madre metió el rejo, y le pidió que no se fuera, Y ella, qué iba a hacer, se quedó.

Ella se operó el pecho en 1981, que las hormonas no sacaron pecho y desde que pudo ahorrar se lo puso: 125.000 pesetas de la época le cobraron en la Clínica San Roque. Y hasta ahí, porque aunque a veces lo hecha de menos no quiso operarse más porque nadie le aseguraba que fuera a sentir placer, y ser mujer sí, pero ser un mueble, eso puede volver loca a cualquiera.

Cuando se cansó de que la tuvieran lavando cabezas por cuatro perras y quiso crecer como peluquera se montó una peluquería clandestina en una casa que alquiló en la misma calle que su madre, en el barrio de San José, que le daba para vivir modestamente. El sobresueldo se lo ganaba cantando, eso sí, haciendo galas  o en algún local de la zona turística, donde durante años al menos estuvo con tres actuaciones a la semana, junto a otras mujeres y transformistas. Entonces llegó la crisis y la noche también cambió, y por lo que antes cobraba 200 o 300 euros le querían pagar 60 y eso, perdonen que les diga, es humillar. Aunque si la llamaran para una gala, aún hoy, con 70, ella la haría.

Eso sí, pese a pasarse la vida de un trabajo para otro, Raquel hoy vive de una paga no contributiva porque sus patrones rara vez le pagaron los seguros sociales y ella, en su peluquería, tampoco los arregló porque no ganaba lo suficiente. Así que es otra mujer trans que para el Estado no consta como trabajadora. Bueno, ella ni siquiera consta como mujer, porque su hormonación siempre la ha llevado por su cuenta y cambiar el DNI, total, para qué, si a estas alturas van a seguir llamándola como la llaman…

Pero tengo que preguntarle por su vida en la noche, por su relación con las drogas, el alcohol, la prostitución… No puedo evitarlo, es una constante en todas las historias, y ella ¿por qué iba a ser distintas?

‘Pues por miedo’, me dice otra vez. A ella le salían clientes, como a todas, extranjeros que pagan dinerales para irse con ella al hotel, pero entonces también pasó lo del sida e irse por ahí con cualquiera… Le daba miedo.

Pero es que son mil historias aquellas en las que está en peligro por tener pluma, por ser transexual u homosexual, que en aquella época no se era trans, y la insultaban por la calle, notaba las risas, las imitaciones, la ira… Y muchas veces tuvo que echarse a correr para que unos cualquiera no le metieran una paliza, o para que la policía no la condujera a un calabozo, que se aparecían con sus furgonetas en el Parque San Telmo o en la Plaza de las Ranas donde ellos se ponían a hablar, a tontear con sus pretendientes, a ver pasar las horas, y se llevaban a todo el que pillaran.

A ella se la llevaron una vez, unos carnavales, en una fiesta en un cine en Tamaraceite, vestida de la Cleopatra de Liz Taylor, con su cobra y todo, impresionante. 5000 pesetas se gastó en ir tan bella, con su cetro y sus sandalias doradas, maquillada con su cola de pescado y todo. Sonaba la orquesta y un hombre con una chaqueta de pata de gallo la sacó a bailar, y mientras conversaban iba conduciéndola a la puerta, y la sacó de la sala y la metió en el furgón porque él era policía y estaba haciendo limpieza… ‘Entra ahí Cleopatra que ahora te traigo a Marco Antonio’. Veintidós personas durmieron esa noche en el calabozo, y los que se escaparon de esa gran redada. Los no reincidentes pagaron una multa de 5000 pesetas, los que sí, el doble.

Los transexuales y los gays de aquella época hemos sufrido tanto que tenemos un carácter más bien agrio. Noto que me altero mucho, estamos a la defensiva a veces, pero todo es consecuencia de lo que hemos pasado… yo digo ay dios mío, que le hablé muy fuerte a esta persona, que parece que estoy enfadada… No sé si dios existe, que dios me perdone, pero yo le hablo y le pido, aunque a misa solo voy a funerales, de resto no.

¿Y qué le pide? Una vida tranquila, ser feliz y que lo sean sus seres queridos. Y en su casita de toda la vida en San José, con su pareja de hace 23 años que la quiere mucho, como toda su familia, y la respeta, parece que la tiene.

 La vida que he llevado ha sido feliz por un lado pero infeliz por otro, porque he dejado mucho en el camino, quizá por no tener el valor. He sido un poco cobarde, vaya. No es que yo vaya a celar a otras, no las envidio lo que tienen, pero sí la valentía que tuvieron. Yo tengo que atenerme a lo que tengo, pero sé que podría haber tenido más. También me habría gustado casarme y haber adoptado un hijo…

Y cuando le pido que lance un mensaje a la juventud me dice que sí, pero sin cámara, que no le gustan las redes sociales, y lo siente si me hacía ilusión, pero me promete que la juventud no necesita vídeos, que ellos leen, como su sobrino de 17 años que está todo el día mandándole noticias y cosas. A él también le da los mismos consejos:

Tú no tengas miedo, que te dicen maricón, di que sí, ¿qué problema hay? Tienes que darles a entender que a ti no te importa, que eres normal, que sí, que eres gay, o transexual, y estás orgulloso. La mitad del camino lo tienen hecho ya pero que no tengan miedo, que luchen por tener más que lo que nosotras tuvimos.

Historias de Vidas Trans es una propuesta por la visibilidad de las mujeres trans mayores que forma parte del proyecto T-Acompañamos que realiza el Colectivo Gamá, con la subvención de la Consejería de Igualdad y Participación Ciudadana del Cabildo de Gran Canaria.

Puedes encontrar más información en www.infotransexualidadcanarias.org.

 

 

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