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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Historias de Vida Trans: conjugando la vida en presente

Después de Judith, seguimos con la serie Historias de Vida Trans, una serie de textos que nos acercarán a mujeres transexuales que nacieron en una España que las criminalizaba y se hacen mayores es una España que sigue sin querer mirarlas de frente. 

Por Nayra Marrero (@nayramar)

Cuando una llega a la adolescencia no piensa en mañana, ni en pasado mañana. Piensa en que las hormonas le sientan bien, la ponen guapísima y crece el pecho. Así que Monse, según cuenta, con 14, 15 años, ya tenía un carro puesto.

Entonces vivía con su hermana en El Polvorín, barrio de fama en Las Palmas de Gran Canaria por lo conflictivo, al que se mudó cuando la quitaron de estudiar para trabajar. En esa época ella, que ya empezaba a salirse del tiesto, vio la oportunidad de ser ella, porque siempre fue mujer, me dice, y actúo como tal.  Monse es, cómo explicarlo, una señora. En su saber estar, en sus andares, con su calidez y su gestos, con la profunda mirada que me sostiene ahora, a nada de cumplir 60, en la que además de cariño encuentro siempre un halo de tristeza.

Pero Monse no suele mostrar debilidad, se guarda lo malo y mira al mundo de frente. Eso lo heredó de su madre, como la genética, el cutis fino y el vello escaso, y ese no quedarse callada, que es sello de familia.

A su madre no tuvo que darle explicaciones nunca, porque lo que se ve no es necesario contarlo. Otra cosa es que ella intentara hacerse la loca a ver si colaba. No coló y Monse, como la bautizó su abuelo porque no sabía pronunciar el nombre con el que lo había hecho el cura, tuvo siempre su apoyo. Ella sería lo que ella quisiera ser, faltaría más.

Con su padre era distinto, su actitud no era ni de sí ni de no, aunque cuando así falta estaba a su lado. El día que le tocó presentarse al cuartel la acompañó, como había hecho antes con su hermano, pese a las burlas, pese a la vergüenza. Del cuartel de La Isleta la mandaron al médico y de ahí, en 15 días, a casa, con una cartilla de enferma mental.

Supuestamente, porque esto no es una enfermedad, nacemos así, confunden una cosa con otra. Y si estamos enfermas, ¿dónde tenemos que dirigirnos? Porque pagas no tenemos, no nos queda sino la calle, que es triste pero es la realidad.

No tiene nada malo que decir de su familia ni de las autoridades, aunque algunas noches pasó en comisaría por escándalo público, pero me cuenta que las cachetadas se las ha llevado del pueblo, de la gente corriente, esa que la llamaba enfermo con desprecio, o manolo, maricón, fuego y otra palabra que no pronuncia porque le sienta como una patada. Esa gente que se ha burlado, la ha agredido o la la ha juzgado sin conocerla, que es lo que más duele, que iban con el no por delante cuando iba a buscar trabajo, mirando su físico antes que su valía. Esa que lo sigue haciendo, aunque distinto, hoy, porque esto, me insiste, no se acabó con Franco.

Se le llena la boca hablando de su trabajo, del que se siente orgullosa y en el que nunca tuvo un problema porque siempre ha sabido cuál era su sitio, ni en el aeropuerto, ni en la cafetería, ni en los 5 años limpiando barrancos contratada por el Ayuntamiento. Ni en las casas y comunidades que ha limpiado sin contrato.

Pero cuando no había, como ahora, la calle era, es, su único recurso, porque comer tiene que comer.

Ese fue el argumento que le dio una amiga para convencerla la primera. Entonces tenía 20 años y vivía en una chabola a la que se había mudado con su novio, y en la que siguió viviendo cuando él se marchó y ella se quedó sin recursos. Así que se fue al barrio de Guanarteme, como tantas otras, y allí le explicaron qué era un francés, qué un completo, a cuánto tenía que cobrarlo y aquello de que cuanto menos se entretuviera, más trabajo. 14 años de su vida en la calle, aunque no seguidos, que a ratos ha tenido otros ingresos, la ayuda de su madre, la necesidad de cuidar de un hermano ya fallecido, y un novio celoso y controlador que la lleva a decir que mientras pueda, evitará volver a compartir su casa. Sola se vive más tranquila.

Pero desde que tiraron las chabolas y le dieron una casa de protección oficial, entre el agua, la luz… lo que saca de limpiar escaleras no le da y o se tira a la calle o pasa hambre.

Así, de lunes a jueves ve amanecer en Guanarteme, donde sigue recibiendo burlas y humillaciones, donde algunas noches le tiran huevos o hasta botellas, donde pasa frío a veces por cuatro duros, y otras veces ni eso. Por la mañana duerme y luego prepara la comida para ella y una vecina que la espera para comer, y es que Monse siempre ha tenido suerte con sus vecinos, me dice, y me consta que me miente,  pero como la conozco sé que ella intenta quedarse con lo bueno y lo malo, si puede, lo olvida.  Los viernes tira a casa de su hermano para cuidarlo el fin de semana y hacerle el relevo a otra hermana. Monse prometió a su madre que siempre echaría un ojo a sus hermanos, y una señora siempre cumple sus promesas.

Y así vive la vida, sin esperar más que un puesto de trabajo, que todos los españoles tienen derecho a trabajar, aunque sabe que no se labró un futuro porque en su vida bastante era enfrentarse al presente.

Si volvieras a nacer, ¿qué cambiarías?

Si volviera a nacer, y tuviéramos otro régimen, a lo mejor no haría falta que cambiara nada.

Y entonces pienso que quienes deberíamos volver a nacer somos el resto, para devolverle la posibilidad de un mañana que no le permitimos plantearse, para darle la oportunidad de vivir, en mayúsculas, de estudiar Arqueología y visitar las ruinas romanas de Mérida, o ruinas griegas, que también le gustan, o por lo menos, por lo menos, Madrid.

Unos sueños que no se permite tener, que le saco con cucharilla, pero que proyecta en su mensaje a la juventud trans:

¿Y te dan envidia?

No, tristeza, porque yo con la edad que tengo, que tenga que seguir en la calle por no tener un puesto de trabajo…

 

Historias de Vidas Trans es una propuesta por la visibilidad de las mujeres trans mayores que forma parte del proyecto T-Acompañamos que realiza el Colectivo Gamá, con la subvención de la Consejería de Igualdad y Participación Ciudadana del Cabildo de Gran Canaria.

Puedes encontrar más información en www.infotransexualidadcanarias.org.

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser nadie es dueñx de la sexualidad ajena

    Nadie en esta vida debería tener erecho a fastidiar la vida y libre expresión de sexualidad de otrxs por el simple hecho de ir en contra de unos principios que se hunden en épocas de mucha ignorancia e histeria en todo lo que se refiere a la sexualidad humana. Nadie debería tener derecho a imponer un asexualidad, un modo de sentir, de pensar, y menos aún impuesto por quieens no tienen ni idea de lo que es la sexualidad humana, o que sabiéndolo no quieren verla, que ya sería peor.
    Tanto rollo con el sexo, tanta hipocreía, tanta censura, tanta desinformación, ta est´abien, que ya somos creciditos y mayorcitos. Que cada cual la sienta como su naturaleza se la ha entregado y el respetito sea para todxs total.
    Más educación sexual y menos represión y desinformación.

    22 enero 2018 | 13:32

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