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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Historias de Vida Trans: la profesión de la risa del mundo

Uniéndonos a la iniciativa de dedicar 2018 a los derechos y la visibilidad de las realidades trans, como ha propuesto la FELGTB, durante las próximas semanas los lunes publicaremos Historias de Vida Trans, una serie de textos que nos acercarán a mujeres transexuales que nacieron en una España que las criminalizaba y se hacen mayores es una España que sigue sin querer mirarlas de frente. Sus  historias son parte de la Historia del colectivo LGTB, su futuro, responsabilidad de todas y todos.

Por Nayra Marrero (@nayramar)

Su último año no ha estado mal, sobre todo teniendo en cuanta los 13 anteriores. Lleva unos meses haciendo un curso de costura en un proyecto de empleo gestionado por un colectivo LGTB. Los 6 meses anteriores los pasó barriendo las calles en el primer trabajo normalizado que ha tenido en sus 54 años de historia.

La historia de quien según ella tiene más nombres que las infantas.

El primero que me refiere es el de marica o maricona, que se lo ganó teniendo 8 años en las calles de su barrio, Escaleritas, en lo que entonces era la periferia de Las Palmas de Gran Canaria. Ella, que no sabía lo que significaba eso, sí sabía que no quería serlo, aunque a los 12, y con lo aprendido con otras del barrio con la misma pluma que ella, en esa comunidad generada a base de miradas y sonrisas de reconocimiento, lo asumió y se lo contó a su madre.

Pero te prometo que no me voy a meter a mujer, mamá, te lo juro.

¡Ay, la inocencia infantil! Esa que invita a hacer promesas imposibles de cumplir.

Entonces era Purdey, como la protagonista de Los nuevos vengadores, nombre por el que se peleaba con otras que también idolatraban a esa belleza televisiva que, además, sabía kárate. Y nuestra Purdey, que no practicaba artes marciales ni era de las más listas del grupo, sí aprendió pronto que su aire infantil, su carilla de no haber roto un plato y su feminidad eran armas suficientes para ligar con soltura en  el club Sagitario, ese donde se juntaban travestis, homosexuales, y quienes querían librarse de la encorsetada mirada moralista que sobre los deseos imponía Franco.

Pero no fue hasta que la llamaron para la mili cuando, asustada por lo que pudiera pasarle en Cerro Muriano, Córdoba, se inyectó sus primeras hormonas, con una amiga también convocada, y juntas se fueron al cuartel vistiendo faldas.

Fue la primera vez que me trataron como una mujer, con respeto.

Porque sí, se libró de la mili, pero se descubrió a sí misma y ya no hubo marcha atrás, desarrollando lo que su madre llamó la profesión de la risa del mundo, porque ella se reiría mucho, sí, pero de ella se reirían más.

Muchas risas se le han marcado en el cuerpo, como cuando fue a apuntarse al paro y le dijeron “¿Quién te va a llamar a ti, mi niño?”, o cada una de las tres veces que fue detenida en Madrid por la ley de Vagos y Maleantes y le hacían corrillo mientras la obligaban a  hacer flexiones desnuda. Entre unas y otras no pasa tanto tiempo pero media toda una vida.

Porque cuando entiende que va a seguir siendo ella y para eso necesita seguir hormonándose siempre, aunque no tenga a quién pedirle dinero ni trabajo, se deja guiar por el camino en el que la guían sus iguales, primero pidiéndole a alguna amiga que la acompañe en sus salidas, luego, con la confianza ganada y los 18 recién cumplidos, dando el salto a Madrid para que nadie que la conociera le fuera con el cuento a sus padres.

Pero en la capital del anonimato había muchas iguales, mucha competencia. Empezó a trabajar en una casa de tapadillo especializada en travestis, donde pagaba una pasta por trabajar sin descanso y dormir, cuando se podía, en el suelo, junto a otras, como en una lata de sardinas. Y cuando se cansó de que le impusieran cuánto, cómo y con quién, se fue a un hostal donde tenía una habitación para ella sola que tenía que llenar buscando  acompañante en la calle, ¡ay, la calle! Porque la libertad que le permitía elegir ciertas cosas tenía también muchas dosis de inseguridad, de violencia, sin ayuda de una policía con la que se encontró tres veces para dar a parar, tres noches cada vez, en un calabozo lleno de drogadictos y rateros.

Tardó dos años en ahorrar y ponerse pecho, ese que los hombres le añoraban porque era guapa, pero con tetas lo sería aún más, le decían. Su busto es obra de un cirujano peruano que operaba en casa, clandestinamente,  y que hoy tiene renombre pero podría ganarse la vida igual a base de contar anécdotas, como la de aquellas locas que se tiraron por la ventana de la segunda planta donde se recuperaban de la operación, desde que tuvieron fuerzas, y para evitar pagar las facturas. Pero esas son otras historias.

Nos vamos a morir, pero milagrosamente ninguna por hormonas ni por travesuras.

Purdey, que aunque le gusta llamarse tonta tiene instinto de sobra para sobrevivir, entró en el mundo del espectáculo, que en su experiencia es también alterne pero te llaman artista, y se fue a Barcelona y adoptó el nombre de July Bell, como la bautizó un coreógrafo.

Conoció escenarios de toda España y hombres de todo tipo, aunque según ella siempre excluyendo guarros, siempre evitando líos, y se enamoró muchísimo, aunque nunca correspondida, se le enamoraron muchísimos, pero siempre con esposa. July triunfaba por sus artes, también como lo que ella llama psicología mundana, porque se le daba bien escuchar, aconsejar, acompañar… Habla de sus clientes con cariño, como hombres maravillosos, porque quienes la hicieron daño, la robaron o la violaron ella no los llama clientes, aunque los conociera en el alterne, aunque se fuera con ellos pensando que lo eran.

Y así transcurrió su vida hasta que su madre enfermó, y con 40 lo dejó todo para aterrizar de vuelta en la isla y volver a ser Purdey, como la llaman en familia, y abrir las puertas a la depresión.

Depresión porque me vine, depresión porque no tenía trabajo, depresión porque vi a mi madre mala, y depresión porque mi madre se fue. Yo he estado 13 años hundida.

Y en ese tiempo nació Judith, aunque debería ser Judith del Carmen, por su madre, aunque de que se podía poner dos nombres se enteró después. Porque Judith es el nombre que consta en su DNI, ese que para arreglar le llevó a la puerta del Colectivo Gamá, y que le trastocó la vida porque en sus servicios encontró fuerzas para volver a salir de la cama para participar en el espacio de mujeres trans mayores y para arreglar papeles que la llevaron a trabajar en el Servicio Municipal de Limpieza, una experiencia que le enseñó lo que era el trabajo, el de verdad, el que tiene derechos, horario, sueldo y compañerismo. Ese por el que suspira ahora, esperando que vuelvan a llamarla.

Y yo que pensaba que había sido feliz.

Porque Judith ya no quiere, no puede, volver a prostituirse. Algo le pasó, algo que no quiere contarme, pero me dice que prefiere matarse a volver a la calle. Algo tan grave que, si no le hubiera pasado, no la frenaría y estaría, posiblemente y a disgusto, haciendo servicios por cuatro perras. Pero le pasó.

“Así es la vida”, me dice. Así es su vida, en presente, porque Judith está viva y lo estará por muchos años aunque su futuro es incierto en una sociedad que no la mira ni construye para ella.

Y a la juventud ¿quieres mandarle un mensaje? Espera, que te grabo:

 

Historias de Vidas Trans es una propuesta por la visibilidad de las mujeres trans mayores que forma parte del proyecto T-Acompañamos que realiza el Colectivo Gamá, con la subvención de la Consejería de Igualdad y Participación Ciudadana del Cabildo de Gran Canaria.

Puedes encontrar más información en www.infotransexualidadcanarias.org.

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser cuando el cuerpopierda su estigma

    Un mundo sin tabúes soluciona mejor los problemas porqeu los encara de un amanera más inteligente.
    Un mund donde al cuepro se le tiene por enemigo es difícl alcanzar buenas metas en favor de todo lo referente a la parte corporal y natural del ser.
    HAbría que educar a la gente a respetar el cuepro ajeno, a amar la belelza ajena enlugar de insltarla o violentarla, o envidiarla malaente y a aceptar el mundo humano como es, sin imponer formas de experimentar la sexualidad de cada cual.
    Cuando el cuerpo pierda su estima tal vez la mente acepte connaturalidad todas las corporales cosas.
    Un mundo que censura difícilmene encontrará soluciones justas y racionales del aspecto que censura. Impondrá la antinatura, lo contrario a lo que censura.

    https://vimeo.com/189495335

    15 enero 2018 | 19:48

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