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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Conoce el olivo mágico de Saramago en Lanzarote

El escritor portugués José Saramago amaba los árboles. Aunque quizás no tanto como su abuelo materno Jerónimo Melrinho, pastor de cerdos en la pequeña villa de Azinhaga. Fue a él a quien dedicó su discurso de aceptación del premio Nobel ante la academia sueca. Un memorable texto que empieza así:

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”.

De él aprendió de niño mil historias y leyendas, escuchándole en las largas noches de verano que pasaban juntos durmiendo bajo la gran higuera de la huerta, mirando a las estrellas.

Jerónimo, pastor y contador de historias, al presentir que la muerte venía a buscarlo se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver. Lee el resto de la entrada »

El amigo olvidado de Lorca y Dalí

En plena celebración del centenario de la creación de la Residencia de Estudiantes de Madrid, nadie se ha acordado de felicitar al último testigo vivo de tan singular acontecimiento.

Amigo de Juan Ramón Jiménez, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors, Federico García Lorca, Buñuel, Salvador Dalí, Severo Ochoa, Alberti o Salinas, también conoció a visitantes ilustres como Einstein, Keynes, Le Corbusier, Marie Curie, Stravinsky, Valéry o Chesterton.

Cien años de intensas vivencias y, sin embargo, en todo este tiempo tan sólo ha recibido incomprensión, olvido y muchos palos. Se llama eucalipto. Así, sin más apelativos. A lo sumo, “el eucalipto de la Residencia”. Y hoy lo pueden ver en el mismo sitio donde lo admiró Lorca y quizá dibujó Dalí, solo que más viejo, decrépito y maltratado que entonces. En medio de un aparcamiento, adoquinado hasta el tronco, dando gracias al contratista sensible que en el último momento decidió indultarlo a pesar de que, como dicen algunos estudiantes cuando tratan de aparcar el coche junto a él, molesta.

Al menos este singular árbol ha tenido suerte. Porque las reformas que lo esquivaron se llevaron por delante decenas de álamos negros centenarios, aquellos que hicieron a Juan Ramón Jiménez bautizar el lugar como “la colina de los chopos”, ahora de los chopos cortados.

Los eucaliptos se plantaron profusamente en las ciudades a comienzos del siglo XX, en la creencia de que, al igual que limpiaban los pulmones catarrosos, sus balsámicas hojas ayudarían a purificar los aires de los humos provocados por los primeros automóviles y las calefacciones de carbón. La contaminación hoy en día es tan brutal que, definitivamente, hemos renunciado a acabar con ella a golpe de árboles. En realidad hemos preferido acabar con los árboles en general, quizá para que no nos provoquen el recuerdo no deseado de esa naturaleza perdida. Pero al menos este pobre eucalipto se merecería recuperar algo de espacio. Aunque sólo fuera como homenaje a sus viejos amigos intelectuales desaparecidos.

Foto superior: El viejo eucalipto recibe la admiración de dos destacadas personalidades en la defensa de los árboles singulares españoles, Bernabé Moya, director del departamento de árboles monumentales de la Diputación de Valencia, y el artista Miguel Ángel Blanco, autor de la Biblioteca del Bosque.

Foto pequeña: La Residencia de Estudiantes a comienzos del siglo XX, cuando aún era la Colina de los Chopos sin cortar.

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